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Full text of "Escombros! : Novela original (Bosquejo de la época de Andueza Palacio)"

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UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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.a6T3 
E8 



UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 




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This book is due at the LOUIS R. WILSON LIBRARY on the 
last date stamped under "Date Due." If not on hold it may be 
renewed by bringing it to the library. 



DATE ppT^ 
DUE ^^^ 


DATE 

DUE ^^^ 
























































































































































■5 







-¿^-¿A^^-í^-v/'^x^ -f^c-C^ 



ESCOMBfieSI 

Kc 
o 

NOVELA ORIGINAL 







(Bosquejo de la época de Andvieza Palacio) 



POR 



MIcrofiímed 

SOLdVET/ASERL PROJECT 

1990-92 



R. ARÉVALO GONZÁLEZ 




CARACAS 

TIP. DB "LA LEALTAD" 

189» 



i>E:r>io^^ToiM.^ 



A MI PADRE 



Hasta de perseguirme, á mí, que nada valgo, se 
ocupó el execrable usurpador Andueza Palacio. 

En el escondite á que me redujeron sus esbirros 
resolví bosquejar su malhadada época ; por eso es- 
cribí esta obra, que dedico á TJd. como homenaje de 
filial afecto, y para la cual reclamo la benevolencia de 
mis innumerables coopartidarios en la triunfante 
Causa de la justicia y del honor nacional. 

No dudo que ellos la otorgarán esa benevolen- 
cia, porque muy fácil les será imaginar el estado de 
ánimo de un legalista, perseguido por la usurpación, 
y que no pudo siempre sustraerse á la desalentado- 
ra influencia de los hacinamientos de mentiras, llama- 
dos Boletmes Oficiales, con que los conculcadores de 
nuestros derechos pretendieron contrarrestar el pre- 
potente empuje de la onda revolucionaria. Y bajo 
tal estado de ánimo, el más desfavorable para mane- 
jar la pluma, tracé las páginas siguientes. 



Quiero exigirle aquí que adune su gratitud á la 
que de veras profeso á mi apreciado primo señor Ri- 
cardo Ramos, por haberme dado en su hogar hospi- 
talidad á la inglesa, cuando los sabuesos del usurpa- 
dor me perseguían. 

La seguridad y magnificencia de ella diéronme 
grandes alientos para acometer la para mí ruda em- 
presa de escribir esta obra. 



Su hijo 



El Autoe 



Octubre de 1892. 



-5^'^S^^- 



•vf 






ESCOMBROS 



I 

Una de las últimas noches de noviembre de 1891, 
al salir del " Teatro Caracas," me dirijí á uno de los Ca- 
fés más cercanos. Esquivé el saludo de un conocido pe- 
tardista que en él se hallaba ; pues sabía que por lo me- 
nos habría de costarme el valor de otra cena, y fui á 
sentarme junto á la mesita más distante de la que ocupa- 
ban tres jóvenes completamente beodos y capaces de 
hacer perder la paciencia al mismo Job, con sus insufribles 
impertinencias. 

Uno de ellos pretendió que el dependiente que en el 
acto acudió á servirme me dejase para atenderles. Como 
no lo consiguió, arrojó al suelo tres copas, una tras otra, 
gritando : 

— Vamos á ver si atienden con esta campanilla! 

El dueño del establecimiento salió á reprender á los 
ebrios con la acritud merecida: todos tres sacaron sus 
revólveres, y un toiTente de insolencias, capaz de hacer 
som-ojar las paredes de un cuartel, salió de aquellas bo- 
cas, insaciables sumideros de licor. 

Los presentes acudimos á evitar un crimen, con ex- 
posición de nuestras vidas, pues aquellos calaveras pare- 
cían resueltos á agi-egar una página más á la historia de 
sus vergonzosas aventuras. 

Acudió' la policía, pero buen chasco recibimos los 



6 ESCOMBROS ! - 

que pensamos que los alborotadores de oficio serían con- 
ducidos á la Cárcel. 

El que había roto las copas tenía uniforme, cuyas 
insignias no reconocí y los otros eran: uno, protegido de 
un alto personaje político y el tercero, hijo de un señor 
que toma siempre la mañana con el Presidente de la Re- 
piiblica y se sienta á su mesa, de donde se levanta para 
caer sobre un sofá. 

La justicia ordinaria habría caído sobre el infeliz 
dueño del Café, si todos los espectadores no hubiésemos 
protestado contra la intención de prenderlo que tenían los 
agentes del orden priblico. 

Apaciguáronse por fin los ánimos y vino la calma, á 
pesar de los esfuerzos de luia ramera que acudió á iiltima 
hora con el propósito de revivir el fuego de la discordia. 

— El que manda, manda, ¿no es verdad, pichón? Te- 
nemos el gobierno en la mano, y el que no coma avispas, 
se eAizanjona ! 

Esto decía la ramera á uno de los escandalosos, 
mientras le tendía un brazo por los hombros. 

Marcháronse los ebrios sin pagar ni las copas rotas, 
ni lo que se habían bebido y comido. Sin duda irían en 
busca de algún baile para quitarlo á garrotazos, si era de 
personas pobres, ó para tomar parte en él si era su. dueño 
persona de respeto, es decir : de dinero. 

En el primer caso, todos le celebrarían la (jracia y 
les ratificarían el epíteto de valerosos : en el segundo, el 
dueño del baile no les reprobaría que sin invitación se 
presentasen frescamente á aumentar el número de los pa- 
rejas y á entorpecer el goce de los convidados previamen- 
te ; pues para tales jóvenes hay siempre excusas y exqui- 
sitas atenciones. 

El mencionado suceso dio pj^bulo á una serie de me- 



ESCOMBROS 



^litaciones en que se abismó mi mente. 

¡ Desgraciada juventud ! pensaba. En tí vincula la 
patria sus mejores esperanzas, y yá muchos de tus miem- 
bros están corrompidos por el aliento pestilencial que sale 
de la Casa de Gobierno. 

Todos los tiranos lian ideado un medio para hacerte 
impotente: unos las férreas cadenas; otros la pasión por 
el lujo, y los más el servihsmo y la abyección; pero los 
actuales han optado por -el más inicuo de todos : por el 
vicio de la embriaguez. Esas báquicas* excursiones, esos 
banquetes y orgías y tanto dinero ofrecido á los viciosos, 
no han tenido más objeto que arrojarte en los brazos de 
la depravación para que sea extrangulado tu espíritu de 
independencia. 

Abre los ojos ¡oh juventud! y mira la sonrisa de los 
malvados al ver cuan lastimosamente tambaleas. 

Sacude tu cabeza para que se disipen los vapores del 
licor y rompe la coyunda del despotismo que te tiene 
avasallada. Di á esos gobernantes que sólo te oíreceii 
botellas de champagne y litros de brandy, (iue con sus 
corchos no puedes castigar á los usurpadores de nuestra 
Gua}'ana. Pídeles fusiles y cañones, que no costarán tan- 
to como los elementos de su despensa, y con los cuales 
podrás imitar la portentosa epopeya de nuestros mayores. 

Adviérteles que no están allí para comer como Vite- 
lio, para beber como Baco y })ara arrojar sobre el tapete 
verde los tesoros del pueblo, reunidos á costa de tantos 
i^acrificios. Si no te escuchan, recuérdales que de la Ca- 
sa Amarilla á la Rotunda la distancia es tan corta como 
del Capitolio á la Roca Tarpeya. 

Puse punto y seguido á mi jneditación para saldar la 
cuenta de la cena. Al pisar la calle fué reanudada. 

Atravesé diagonalmente la Plaza Bolívar, v, al ver 



8 ESCOMBROS f 

la estatua del Libertador saludando hacia la Casa de Gro- 
bierno, exclamé: 

— ¡ Saluda hacia el Avila, donde habitan las serpien^ 
tes y los jaguares, si no quieres que te deshonren más ! 

El Padre de cinco naciones saludando una madri- 
guera de vicios ! - — ¡ Que triste epílogo para tanta glo- 
ria ! 

Seguí por el houlevard oriental del Capitolio y luego 
torcí hacia la derecha. Inpensadamente me detuve fren- 
te al Templo de las Leyes y miré sus artísticas molduras 
como pudiera hacerlo un extrangero recienllegado. 

Parecíame que debía ver allí las manchas del lodo 
con que lo han salpicado los indignos Representantes del. 
Pueblo, y las huellas de la vergüenza por no haberse veni- 
do abajo cuando los siervos del despotismo jugaron á los 
dados del interés personal, bajo sus bóvedas y sobre la 
desgarrada túnica de la República. 

Diminutas me parecieron las puertas por donde lian 
salido para la Patria tantas calamidades, inmimeras como 
la séptima plaga de Egipto, pero mucho más desastrosas. 

Creyó distinguir mi oído que en el interior del Capi- 
tolio resonaba aún el chasquido del látigo dictatorial, y 
mi oli'nto se esforzaba en vano por recoger las emanacio- 
nes de la vertida sangre de algún César. 

¡No estoy en la Roma viril! exclamé con amargura. 
Me encuentro en mi patria, muy niña aún ! . 

Un presentimiento, sinembargo, me decía que el Con- 
greso del 92 era el Mesías destinado para realizar la re- 
dención del Poder Legislativo. 

Los nombres de nmchos de sus honorables miembros 
destilaron por mi mente, llevando cada cual la aureola de 
sus republicanas virtudes, la inflexible espada del deber' 
\ el iinulnerable escudo de su independencia para cora.- 



ESCOMBROS 



batir Y vencer al Poder Ejecutivo, que empuña yd las ar- 
mas innobles del atentado y del cohecho. 

Luego, A despecho mío, mi mente descendió hasta el 
estercolero de la depravación para contemplar, todos iil- 
ceras, los nombres de los que hoy forman la gleba del 
Poder, y que aumentarán mañana el niímero de los maldi- 
tos de la Historia. 

A mi espalda tenía la Universidad. Me volví para 
saludarla con el respeto digno de una venerable matrona. 
■ Las sombras de la noche, que la envolvían, la daban 
el aspecto de una enlutada madre. 

; Y en verdad que está de duelo ! 

Ella ha amamantado en su seno muclias liermosas 
inteligencias; ])ero¡ay! ¡ cuántas, al mirar la luz jmbli- 
ca, han cegado y caminado á tientas hasta desaparecer en. 
el abismo del deshonor! 

Hoy, bajo su mriiito maternal, se cobija nueva legión 
de soldados de las letras. ¿ Pasará, por ventura, })or el 
escenario do la vida como una ])rocesión de fuegos fatuos 
de mentidas gloi'ias, ó de espectros de infundadas espe- 
ranzas ! ^ - 

Lejos de combatir la tiranía, ¿ irá á dormir sobre las 
gradas de su trono ? 

¿ Los sacerdotes de Minerva serán más tarde siervos 
de la autocracia f 

Cuando la mente, cansada de vagar por el yermo del 
presente, donde abundan las ortigas y zizañas, quiere so- 
lazarse, se detiene ante la L^niversidad y la contempla 
cual si fuere el sen:íillero que ha de suministrar imevas 
glorias y eternas bienandanzas para poblar el campo del 
porvenir de la Patria. 

Si exclamamos con DantcSn : La estatua de la liber- 
tad no se ha fundido aún, pero el bronce est^ Mrviendo^ 



I o ESCOMBROS ! 

y álgnien nos pregunta donde está la fragua, el pensa- 
miento señala al punto el Templo de Minerva, donde la 
llama del saber comunica su calor y su luz al cerebro de 
la estudiosa juventud. 

Felices aquellos que puedan reclinar la cabeza en tu 
regazo ¡ oh Ilustre Universidad ! pues serán nutridos con 
la preciosa leche de la instrucci(5n. 

Desgraciados los que desde tierna edad se ven o})romi- 
dos por el des.piadado pulpo del trabajo material, pues 
sus inteligencias no podrán desarrollarse en el gimnasio 
del estudio. 

Desgraciados, sí, porque el Estado, que cuando liom- 
bres les reclamará sus servicios y su sangre, no se oen- 
pa de ellos cuando niños para darles la instrucción que ne- 
cesitan y los vestidos y alimentos de que carecen por ló- 
gica consecuencia de nuestra organizaci(Sn social y políti- 
ca : organización que tiene la forma de un embudo. 

Soy de los que razonablemente se resisten á conceder 
importancia alguna á nuestra decantada InHrKcción Po- 
ptilar, pues ella es un mito, con engañad<~>ra apariencia 
solamente. 

Fijémonos bien 3^ no veremos en el Decreto del 27 de 
junio sino una puerta más para penetrar á liurtadillas en 
la Tesorería Nacional. 

Esa farsa solemne cuesta mucho dinero á la nacicSn, 
y son tan fugaces y despreciables los heneficiofi que re- 
porta, que es tiempo ya de pedir el ñn de especulación 
tan vergonzosa, ó reclamar que su no cumplido progTa- 
ma sea una realidad fructífera. 

¿Qu.é se aprende en las Escuelas Federales f Nada y 
se pierde el tiempo. Los padres, se convencen al fin de 
esta triste verdad, y retiran á sus hijos, tan imbéciles co- 
mo antes. * 



ESCOMBROS ! - TI 

Los maestros de escuelas públicas eii este país son 
aquellos que se ven forzados á refugiarse en la última 
trinchera de la necesidad : son los valetudinarios traba- 
jadores de la cuadrilla del progreso. 

Los cojos, los mancos, los paralíticos, ó los persegui- 
dos tenazmente por los acreedores y por el hambre, son 
¡ oh mengua ! los únicos que entre nosotros pueden ejer- 
cer la honrosa misión del profesorado. 

¿ Qué resultados puede dar un preceptor de escuela, 
peor remunerado que el portero de un Ministerio ? 

Es verdaderam.ente inconprensible é irritante que las 
-porterías estén mejor dotadas que las cátedi'as donde de- 
biera beber luz el cerebro del pueblo. No obstante, pre- 
ceptores hay que gastan parte de sus sueldos protejiendo 
á aquellos niños que no tienen ni aiin para comprar una 
])luma <) un lápiz. 

La InHrucción Pública, además, no está al alcance de 
los infelices que se ven obligados á trabajar, porque sus 
padres no pueden alimentarlos y vestirlos. 

r, Cuántas madres pierden la salud por trabajar exce- 
riivamente con el fin de que sus hijos se instruyan, y cuán- 
tos niños son rechazados en las Escuelas Federales por no 
tener apariencia de señoritos ! 

Las roturas de las al})aro'atas, los remiendos en la 
ropa, }' el ser el sombrero de |)aja ordinaria, son impedi- 
mentos para que ciertos ])receptores reciban en sus pliui- 
teles á los hijos de la pobreza ! 

El Estado no ignora todo eso ; pero, en tratándose 
délas necesidades de la plebe, el Estado, que sólo aprecia 
ííu sangre, finje no tener (|jos ni oídos. 

De los bancos de las Escuelas Federales sólo pasan 
ios hijos de los casiques de los pueblos, á quienes tenga el 
<Grobierno necesidad de halag-ar. Los demás irán á tra- 



1 2 ESCOMBROS 



bajar para que gocen y se enriquezcan los mandatario». 

Conozcoá un joven capaz de alcanzar la talla de Mu- 
rillo, al cual el Grobierno lia negado su protección varias 
veces, y á un muchacho que dá los centavos que pide de 
ñapa en las bodegas á los niños de la casa donde sirve, 
para que lo enseñen á leer y á escribir. 

A su deseo de aprender reúne este muchacho una 
memoria prodigiosa. Basta que oiga dos ó tres veces pre- 
gonar una alocución oficial en las esquinas, ]:)ara que la 
retenga fielmente. Para ese infeliz amante del saber no 
hay un asilo del educación : para esa inteligencia, oculta 
entre el cuarzo del pauperismo, no. hay un cincel que la 
haga relucir. 

En cambio, los actuales mandatarios tienen á su la- 
do una inmoral c^^'ií'rt, contentiva diQ fondos i'eservados, 
con los cuales se quiere propagar por toda Venezuela la 
^•orrupción que fermenta en las regiones del poder. 

Prosituir conciencias, alimentar vicios, derrochar el 
tesoro público y comprar esclavos : he ahí la criminal ta- 
rea á que se han dedicado los que tendrían á menos sal- 
var la República y honrar sus nombres difundiendo la 
instrucción en el jjueblo. 



II 



Así meditaba yo mientras andaba hacia mi casa. Tan 
preocupado iba, que no advertía que una mujer se esfor- 
zaba por darme alcance, queriendo con sus voces llamar 
mi atención. Al fin escuché esta exclamación : 

— ¡ Caballero ! 

La calle en que me hallaba estaba desierta y algo os- 



ESCOMBROS ! . - . - 13 

cura. Exaltado mi sistema nervioso, me hizo pensar, un 
tanto alarmado, en las apariciones de que nos hablan las 
viejas ; más bien pronto me cercioré de que lo que estaba 
en mi presencia era un ser humano. 

Al sentir gran peso en mi bolsillo, sin duda me hu- 
biera creído sorprendido por un ladrón, y esto me ha- 
bría costado un desmayo, por lo menos, y una rotura en la 
cabeza al caer. 

Esta es una de las pruebas de que á veces suele ser 
conveniente la pobreza. Vean los p(^bres si esta adver- 
tencia les sirve de pildora para facilitar la digesti(5n de sus 
miserias. 

Vuelto de mi sorpresa, vi más claro y pensé que 
quien me hacía detener era una tentadora hija de Venus.; 
pero como oía la voz de Morfeo que á gritos me llamaba, 
y como no estaba para correr aventuras amorosas, ni para 
brincar canddadas, di media vuelta en retirada. 

—Perdone Ud, señor ; tenga la bondad de aten- 
derme. 

La desconocida pronunció estas palabras con una en- 
tonaci()n tan dulce y tan humilde, que me hizo conmover, 
predisponiéndome de la manera más favorable hacia ella. 

Me le acerqué, y maquinalmente llevé la mano al 
bolsillo donde tenía el escasísimo dinero. Creíla una men- 
diga; más ella, conociendo mi intención, se apresura á 
hacerme comprender que lo que de mí deseaba no era una 
limLOsna. 

— ¿Podrá usted informarme, caballero, por donde 
queda el camino de la Guaira ? 

Por toda contestación m^e la quedé mirando de arri- 
ba abajo. Entonces me fijé en el porte distinguido de 
aquella mujer y en el temblor febril de todo su cuerpo ; 
pues antes, la lejana luz del farol, que me daba en los 



1 4 ESCOMBROS ! 

ojos, no me permitía verla bien. 

— Un misterio ! pensé. — ¿ Quién será f— ¿ Qué 

tendrá que hacer con el camino de La Guaira ?^ — ¿Pen- 
sará dirigirse á ese puerto á tales horas t 

Luego llegué á suponer que viviría cerca de^Ia en- 
trada de dicho camino y que se había extraviado. 

Tuve curiosidad de examinar con detención sus fac- 
ciones ; pero el farol no me favorecía satisfactoriamente : 
su claridad apenas llegaba hasta nosotros. 

Feliz idea ! Torcí un cigarrillo, saqué la caja de ce- 
rillas j rasqué una. 

¡ Qué sorpresa la mía al ver una belleza angelical en 
quien juzgué primero una ramera y luego una mendiga ! 
Una belleza incomparable, que solo Rafael, en los éxtasis 
de su genio, hubiera podido imaginar ; pero trasladar al 
lienzo. nó. 

Un abrigo de estambre cubría la cabeza de la desco- 
nocida, dejando ver unos gajitos de pelo negro y brillan- 
te que adornaban una frente donde me parecía leer un 
poema, escrito por el ángel de la pureza. Su frente con- 
vidaba al beso paternal, pero su boca al beso del amor. 
Sus cejas, pobladas y correctas, parecían trazadas por el 

pincel de un hábil pintor. Sus ojos . al momento no 

pude contemplarlos, porque los tenía banjos. Más vale así! 
La primera y vivísima impresión que me hubiera causado 
la vista de tantas bellezas á un tiempo mismo, sin duda 
habría sido demasiado para hacerme perder el imperio 
sobre mí en aquella ocasión, de suyo tentadora. 

Su nariz, sus labios, el hoyuelo que lucía en su bar- 
ba, y todas sus facciones, eran admirables y perfectas. 

Parecíame que algo extraño circulaba por mis ve- 
nas ; algo- se me agolpaba á la garganta., y algo tenía raí 
caraziju, pues violentamente me golpeaba las })aredes del 



ESCOMBROS ! 15 

pecho. 

I Qué de sensaciones me tuvieron largo rato como en 
suspenso, vacilante ! ^ 

Ya me daban tentaciones de aiTodillanne y adorar 
tanta beldad. Ya sentía ímpetus de an-ojarme en sus bra- 
zos y besarla y estrecharla contra mi pecho para conte- 
ner el desasosiego del corazón. Ya quería tomar sus mór- 
bidas manos, con que sujetaba un pequeño lío, y llevarlas 
á mis labios, entre los cuales palpitaba la sed del beso. 

Ahogaba los deseos ; me los echaba en cara ; me 
arrepentía por haberlos tenido, y luego los sentia de nue- 
vo despertar y otra vez desaparecer. 

Al frenesí sucedía el respeto, y á éste aquél. 
Era mi cuerpo el palenque donde batallaban ruda- 
mente los arrebatos de la materia y las impo^ciones de 
la conciencia. 

Larffo rato estuvo la lucha indecisa. Al fin las im- 
posiciones de la conciencia alzaron en alto la palma de la 
victoria para ofrecerla á mi desconocida como prenda de 
seguridad. 

Tenemos mucho de lodo ; pero la conciencia es el 
molde donde son vaciadas nuesti-as acciones, y la mía no 
es, por cierto, tan frágil que pueda romperse por la pre- 
sión de un capricho impuro . 

innumerables estrellas ! viajeras incansables del es- 
pacio ! I No evS verdad que sería imposible describir fiel- 
mente aquella muda escena que vosotras presenciasteis 3- 
de la cual fuimos actores mi bella desconocida y yo ? 

Ya que os he recordado, concededme el perdón que 
os imploro por haberos maldecido aquella noche, al ver 
que vuestras débiles luces no eran poderosas á iluminar 
la liermosura que á mi lado estaba. Perdonadme también 
por liaberme recreado en la Immillación que sufristeis 



1 6 ESCOMBROS 



cuando ella alzó sus bellísimos ojos. 

Xia cerilla prendida me quemó los dedos, iuisqiié 
otra^/^ ejitonces, sin duda no pudiendo^í'onteiier más la 
proverbipJ curiosidad mujeril, ó para leer en mis facciones 
las cualidades de jni alma, quiso verme á su vez, favore- 
cida por la luz. 

Cielos !- - . . qué ojos los suyos!. . - . Ternura, impe- 
rio, seducción, amor ; todo lo grande, todo lo bello, to- 
do lo sublime' iiTadiaban aquellos hermosos diamantes ne- 
o-ros. 

En presencia de tan esplendorosa belleza, mi mente 
improvisó una historia amorosa de la cual hizo protago- 
nista á aquella niña. 

Pensé que ella podría haber abandonado su hogar 
por uno de esos motivos tan manoseados por la novela, j 
que, arrepentida ya, volvía á él. Me incliné, pues, ante 
acuella supuesta Magdalena y la indiqué la dirección que 
debía seguir para, dar con el camino de La Guaira, á cu- 
yas inmediaciones supuse que estaría su casa. 

Después de recibir sus gracias, quedé un momento 
inmóvil contemplando el andar gracioso de la desconoci- 
da, que se alejaba precipitadamente. 

Poco más de media cuadra había andado ella, cuan- 
do ocurrióseme la idea de seguirla á distancia. No sé si 
fué la curiosidad ú otra cosa la madre de esa idea; lo 
cierto es que la juzgué poderosa y la acepté incontinenti. 

Tratando, pues, de que nos separase siempre una 
prudente distancia, de ir lo má« cercano á la pared j de 
amortiguar en lo posible el ruido de mis pisadas, empren- 
dí el resuelto seguimiento. 

Anduvimos mucho : empecé á sentirme litigado por 
la ascensión de tantas empinadas cuadras y deduje por el 
m\o el estado jadeante en que debía hallars-e la mistenosa 



ESCOMBROS ! 17 

joven. 

Esta dejó atrás las últimas j aisladas casas de la ciu- 
dad y atravesó sin detenerse los umbrales del despoblado. 

Ora distinguiendo su blanquecina, silueta, ora ocul- 
tándomela las espesas tinieblas, continué singiéndola agui- 
joneado cada vez más tenazmente por la curiosidad. De 
pronto la vi caer en tierra. Imaginé que las impresiones 
de su ánimo, la fatiga del tanto andar y el dañino relen- 
te de aquella noche vecina de diciembre la habían causa- 
do un desmayo. 

Desaciéndome entonces de los brazos de la prudencia, 
avancé presuroso : el polvo del camino impedía el ruido 
de mis pisadas y pude llegar muy cerca de ella sin ser no- 
tado. 

Arrodillada sobre la espesa alfombra de polvo, con 
la mirada AMielta hacia el cielo y con las manos, palma 
con palma, colocadas en el pecho, la desconocida oraba. 

Pedía á su Dios fuerzas para proseguir en aquel ca- 
mino, cuya verdadera longitud ignoraba sin duda. 

Convencido de esto, quise retroceder, pero su 

oraciiSn había concluido. Púsose en pié, miró hacia 

atrás ; vióme ; lanzó un agudo grito y herida por la 

sorpresa, anonadada por el miedo, vaciló y cayó. 



III 



^ La escena subsiguiente se halla patéticamente graba- 
da en mi memoria ; mas me desespero al reconocer la tos- 
quedad de mi pluma para acometer la empresa de trasla- 
darla con fidelidad al papel. 
Ensayaré, sinembargo. 



1 8 ESCOMBROS 



Ambas rodillas en tierra y sosteniendo con el brazo 
izquierdo la preciosa cabeza de la inerte niña, estuve lar- 
go rato sin saber que partido tomar. 

Los rayos de la luna por fin abriéronse paso por en- 
tre el cortinaje de nubes aglomeradas hacia el oriente é 
iluminaron el semblante de la desconocida, cuya palidez 
era mortal. 

Ante tan perfecta imagen de la muerte me aterroricé 
profundamente, y ya temía cerciorarme de la realidad, ya 
ansiaba conocerla. Por fin apliqué el oído á su pecliO : 
era un simple desmayo. Entonces sonreí y lo con- 
fieso avergonzado, llegué á desear que aquel desmayo 
fuese muy largo para recrearme más en la estática con- 
templación de aquellas facciones tan bellas, tan bellísimas. 
. La bestia humana apareció en mí y arrojó un erup- 
to. La parte de lodo que mi cuerpo tiene dejó escapar 
una fétida emanación que me atosigó el cerebro. 

Dejar un beso en su boca ; deslizar mis labios por el 
finísimo terciopelo de sus mejillas y sentir en mi frente 
su perfumado y tibio aliento ; he ahí lo que apetecí. 

Ya el abuso me empujaba y la vileza me llevaba de 
la mano ; mas de pronto la conciencia, severa, inflexible 
y colérica, recobrando su imperio sobre mí me impuso el 
respeto debido á aquella niña infeliz y desvalida. 

La conciencia ! Desgraciado aquel que no la tie- 
ne, ó desoye sus mandatos ! 

La desconocida se estremeció ; abrió los ojos paula- 
tinamente ; los fijó en mí ; paseó una mirada por su re- 
dor, volviólos á cerrar para abrirlos otra vez, entonces «on 
la certeza de que no dormía. 

De un salto se puso en pié ; yo hice lo mismo ; me 
reconoció y . 

— ^Ah ! . . . , ¡Es usted ! . . . . exclamó. 



ESCOMBROS ! 19 

Estas palabras, pronunciadas con cierta entonación 
«de complacencia, reveláronme que yo la inspiraba con- 
fianza y me hicieron an'epentir aún más vivamente de 
aquellos ruines deseos que me asaltaron. 

— Soy yo, señorita ; me he peraiitido seguir á usted 
con la esperanza de serla útil. ¿ Es decir que pretende us- 
ted dirigirse á La Guaira, á pie ? 

— Sí, señor. 

— Oh ! Eso es imposible ! Son muchas leguas. 

I Puedo conocer los motivos que la han obligado á formar 
tan disparatada resolución ! Puede usted contar conmigo ; 
utilice mis servicios, que serán sinceros. 

Me tendió una mano ; yo se la estreché cariñosamen- 
te y sorprendido por su excesivo calor, la dije: 

— Señorita : usted tiene mucha fiebre. ¿ Quiere dis- 
pensarme el honor de creerme su amigo y recibir un con- 
sejo! 

Aún más ardientes que sus manos, cayeron sobre las 
mías varias lágrimas, chispas desprendidas de la llama de 
la gratitud que brotó en el pecho de aquella infeliz al ver- 
se tratada por un extraño con cariño tan vivo. 

Aquellas lágrimas me emocionaron tanto, que sin- 
tiendo despertarse en iní un afecto paternal hacia ella, 
instintivamente la tut<^e enseguida. 

— ¿Por qué lloras? la pregunté. ¿Sufres mucho"? 
I Tienes canfianza en mí í 

Meditando luego sobre la índole del primer afecto 
que me inspiró la desconocida, me he explicado aquel tra- 
tamiento recordando que siempre me había creído despo- 
sado con la desgracia y siendo ella una hija de la desgra- 
cia, debía esperar de mí un afecto paternal. Más tarde, 
^cuando me juzgué feliz, no creí lo mismo. 

A mis preguntas respondió de esta manera, después 



20 ESCOMBROS ! . 



de estrechar nuevamente mis manos y mirar al cielo : 

— Me llamo Pancliita Céspedes. Soy una infeliz. Co- 
nozco que usted es muy bueno : protéjame ; me siento- 
muy mal ; el Cielo le premiará lo que liag-a por mí. 

Otra lágrima y luego muchas más, cayeron sobre mis- 
manos. 

— ¿, A dónde te dirijías ? 

— Quería alejanne de Caracas y llegar á Maiquetía 
ó á Macuto para refugiarme en alguna casa donde no ha- 
llase tantas amarguras como en la mía, que acabo de aban- 
donar. 

Tan extraña y conmovedora respuesta afianzóme en 
mi creencia de que aquella joven era virtuosa. 

— Sigúeme, la dije. Te llevaré á una casa donde 
serás bien atendida j hallarás consuelo para tus penas. 

Me siguió sin vacilar; lo que probaba la generosi- 
dad de su alma y la confianza que yo la inspiraba. 

Pocos pasos habíamos andado, cuando Panchita no- 
tó la falta del pequeño lío que llevaba: me devolví á. 
buscarlo. Cuando estuve á su lado, me dijo : 

— Ay ! señor : no sé cómo he podido venir sola 

hasta aquí. Ahora que usted se separó de mí, sentí mie- 
do ; antes no lo había sentido ; sin duda era la violenta 
excitación de la fiebre lo que juzgué valor. 

Recordando yo entonces que, en efecto, ella era pre- 
sa de Tortísima fiebre, me quité el sobretodo y se lo eché 
por los hombros. 

— Qué bueno es usted ! me dijo. En este mundo 
hay muchos seres desgraciados ; pero hay muchos bue- 
nos también. Nosotros somos dos ejemplos. 

Atravesamos algunas calles sin dirigimos la palabra* 
Ella parecía abstraída en tristísima meditaci<')n y yo re- 
producía en mi mente las escenas descritas. : 



ESCOMBROS ! 21 

En una esquina encontramos un pequeño grupo de 
condiscípulos míos, quienes, engañados, tan pronto como 
:^me vieron empezaron á aclararse el pecho y á dirigirme 
bromas. 

— ¿ No necesitas padrinos I preguntóme uno. 

— ^No tengo inconveniente en disfrazarme de mujer 
para servir de camarera á la novia, dijo otro. 

— Ya que Dios te la dio, san Pedro te la bendiga, 
añadió un tercero. 

Cada cual me dirigió lo que creyó ingeniosa ocuiTen- 
■ cia, todas muy propias de esos vagos nocturnos que tie- 
nen á menos acostarse antes de las tres ó las cuatro de la 
madrugada, porque suponen que eso no es propio de los 
hombres y porque, contemporáneos quijotes, andan en 
busca de aventuras, de las cuales las más ruidosas son, el 
-echar abajo la puerta de alguna casa de rameras, rom- 
'perle la cabeza y molerle las costillas al primer pobre 
diablo que caiga en sus manos, ú otras por el estilo. 

Al oir las bromas de aquellos jóvenes, Panchita, con 
ambas manos me tomó del brazo y me lo apretó con ese 
sobrecojimiento con que la mansa tórtola se refugia en el 
regazo de su dueña, á vista del ave de rapiña. 

Detalles semejantes, al parecer sin importancia algu- 
na, son bases para el juicio que de otras personas nos for- 
mamos. Para creer en la virtud de aquella niña, ya de 
nada necesitaba yo ; pero me hubiera bastado aquel inci- 
dente ]>ara juzgarla merecidamente. 

Sin saludar siquiera al retén de la vagabundería noc- 
turiía, lo dejamos atrás. Según supe después, uno de 
aqviellos jóvenes hirió gravemente á otro, en el mismo si- 
tio donde los vimos, no recuerdo porqué fútil motivo. 

Continuamos callados, atravesando las calles de la 
ciudad, en las cuales sólo se veían giiipitos como el an- 



22 ^ escombros! 

t6rior ; uuo que otro ebrio tendido en las aceras, y sere- 
nos departiendo gozosamente con las hijas del vicio y der 
la noche que detenían al pasar. 

Muchos coches encontramos ; quise alquilar uno para 
evitar á Panchita el cansancio, pero en los que estaban 
descubiertos, hombres de levita y pumpá entonaban en 
dó sostenido báquicas canciones, y en cada uno de los 
otros se hallaba una pareja compuesta de un joven de 
arístocráticat familia y de una mujer de la vida airada, 
que iban camino de Pompeya. 



IV 



Miseá Josefa de Burguillos es el nombre de la inme- 
jorable señora que regenta la casa de pensionistas donde 
habito. 

Es una viuda sin hijos; tiene sesenta años, poco más 
ó menos; pero está muy consei-vada y robusta, gracias á 
la buena salud de que siempre goza . Tiene una fisono- 
mía franca y benévola, ojos ¡pequeños y brillantes, barba 
doble, labios delgados, nariz grande, aunque bien forma- 
da, y su abundante cabellera, que semeja un haz de lar- 
gos hilos de marfil. En esto finca su vanidad, que alguna 
había de tener, como mujer al fin. 

Como se recrea el armiño en la limpieza de su piel, 
así se recrea miseá Josefa en la blancura de su cabello. 

Varias veces la he sorprendido con las clinejas en 
anibas manos, haciéndolas ondear para mirar sus visos, ó 
ante un espejo de cuerpo entero, con ellas destrenzadas y 
cambiando á cada instante de posición para contemplar 
mejor la cascada de nieve tendida sobre su espalda. 



escombros! 23 

Cuando esto ha sucedido, no he pedido dejar de son- 
reirme, y ella entonces me ha dicho con simia naturalidad: 

— ¿ Te causa risa la coquetería de las viejas I 

Cuidadosamente se escudriña á menudo la cabellera, 
y si por casualidad encuentra alguna hebra no muy blan- 
ca, se la arranca con indignación. 

Su cabellera y el orden de su casa parece ser lo úni- 
co que la preocupa. 

Es acérrima enemiga de chismes y enredos, cosa rara 
en toda mujer que pase de los treinta. 

— No me ligo con gente cuentera, dice á menudo. 

Siempre que se presenta la ocasión, refiere que una 
vez, antes de enviudar, puso en la puerta de la calle á 
uno que fué á decirla que su mando tenía relaciones amo- 
rosas con otras mujeres, y que después se convenció de 
que el chismoso lo que andaba buscando era otra cosa. 

Su narración la concluye irremisiblemente con las 
siguientes observaciones filosóficas : 

— El chismoso es el reptil más peligroso que hay. 
Cuídense más de ellos que de los asesinos y ladi'ones. To- 
do lo que oyen lo alteran y sueltan más adelante. Si yo 
hubiera sido otra, presto oídos á aquel chismoso (dice 
aludiendo al de su historieta) peleo con mi marido, me= 
dejo arrastrar por el despecho, pago tales chismes con mis 
favores, y hoy estaría viendo por todas partes la sombra 
de mi esposo pidiéndome cuenta de mi adulterio. 

Miseá Josefa se ha puesto al frente de una casa de 
pensionistas, no por el deseo de especular, sino por el 
de no verse sola en su hogar y prodigar sus maternales 
cuidados aunque sea á jóvenes extraños. No los escoje 
entre los ricos, .sino entre los de mejor conducta y que 
sean capaces de con-esponder con gran docis de cariño 
las atenciones que reciban. A todos atiende ; por todos 



24 ESCOMBROS 



vela, y aún no es parca en sesudas amonestaciones para 
aquellos que las han menester. 

Yo soy uno de los más favorecidos con su afecto. 
Siempre que me enfermo, ella vela á la cabecera de mi 
cama con la acuciosidad y contracción de una madre. 

Cuando, queriendo economizarla molestias, pego yo 
mismo lo botones de mi ropa, tomo antes las mayores pre- 
cauciones para no ser sorprendido por ella ; pues una vez 
que lo fui, me convencí de que su cara, de ordinario bo- 
nachona y animada por una bondadosa sonrisita, es capaz 
de atemorizar á cualquiera, cuando el furor desplega en 
ella sus alas en batalla. 

No hubiera reprendido más acerbamente el cura al 
sacristán cojido infraganti bebiéndose el vino de la con- 
sagración, que como lo hizo conmigo la excelente patrona. 

Me preocupó tanto su disgusto, que me di con tesón 
á idear el medio de obtener su perdón. Al fin encontré' 
uno felicísimo. 

Ella siempre preside nuestra mesa. En la tarde del 
mismo día del suceso, poco antes de ocupar nuestros res- 
pectivos puestos, aproveché el momento en que se hallaba 
distante del comedor y cubrí coii su servilleta un objeto 
que los otros comensales deseaban ver, á pesar de ini opo- 
sición. 

Al llegar ella, alzó la servilleta y ante su vista apa- 
reció la venerable figura del Leóíí de Payara. 

Páez, para miseá Josefa, es un semidiós. 

Yo había visto al pasar por delante de una quincalla, 
un bonito cromo que lo representa y que tiene abajo el 
aplaudido soneto de nuestro Andrés Bello á la batalla de 
Bailen. Me golpee la frente y exclamé: ¡JSureJcaf En- 
tré ; lo compré sin perder tiempo en regatear y me dirijí 
á casa, lisonjeándome con la reconciliación de que sería 



escombros! 25 

mediador el retrato del Esclarecido Ciudadano. 

Esto me sucedió ; mas, | cómo podré describir fiel- 
mente lo que pasó por la idólatra paecista I 

Lo primero que hizo, fué pasamos revista con una 
lenja mirada. 

Yo quedaba inmediatamente á su izquierda y ella 
comenzó por la derecha. 

Cuando fijó sus ojos en mí, prorrumpí recitando el 
soneto : 

Rompe el león soherhio la cadena 
Con que atarle pensó la felonía, etc. etc. 

Al concluir, mis compañeros me aplaudieron, dando 
golpes sobre la mesa que hacían saltar las copas y chocar 
los platos. 

Miseá Josefa, no pudiéndose contener, me tendió los 
brazos diciendo : 

— ¡ Ah ! zaramullo ; ya te conozco. 

Para completar mi victoria, eché vino en las copas y 
alzando la mía exclamé : 

— Por las glorias de Páez, para quien ha sido ingra- 
ta la generación que se ha postrado ante las estatuas del 
moderno Nabucodonosor, y porque las generaciones del 
porvenir le hagan justicia, como se la han hecho nuestras 
matronas, únicas en cuyos corazones alienta la debida ve- 
neración hacia el héroe que dejó atrás con sus hazañas 
las concepciones más osadas de la fábula. 

* 

Yo pensé, muy acertadamente, que tan excelente se- 
ñora acojería bajo su protección á la pobre Panchita. 

Llegamos á la casa, y al atravesar el primer corre- 



26 ESCOMBROS ! 

dor, uno de los huéspedes, que acababa de entrar, me gri- 
tó por la ventana de su cuarto : 

— ¡Epa! socio: y ese contrabando ? 

Panchita quiso retroceder. Quizás pensó que allí no 
moraban sino hombres, y por primera y última vez dudó 
de mí. Esto no me incomodó; era muy natural y dis- 
culpable. 

Dimos unos pasos más y toqué en la ventana de la 
pieza donde dormía miseá Josefa. 

— ¿ Quién llama % preguntó sobresaltada. 

— Hágame el favor de atenderme, señora. 

Apenas hube dicho estas palabras cuando ya estaba 
abierto uno de los postigos y armado el rostro de ella, 
revelando una gran ansiedad por recibir la contestación á 
la serie de preguntas que, una tras otra, me dirigió sin 
darme tiempo para responder : 

— Qué tienes! — Qué te ha pasado! — Estás herido? 
Quién fué ? — Responde, niño. 

— Estoy bueno y sano, miseá Josefa ; no se angus- 
tie y escúcheme. 

— Ay ! - - . . qué susto me has dado ! Creí que te 

había sucedido alguna desgracia. Estoy tan nerviosa ! 

y como ahora no se oye hablar sino de muertos y heri- 
dos y hay por esas calles tantos vagabundos y borrachos 

protegidos por el Grobierno ! Habla, pues : qué 

quieres? 

— Perdóneme usted el susto y la molestia. He ha- 
llado en la calle una desgraciada joven, sin amparo y vir- 
tuosa (el corazón me decía que era asi). He recordado 
la bondad de usted y como la creo digna de su protec- 
ción, la invité para que me acompañara. Usted la prote- 
jerá; verdad, señora? 

— Y en dónde está ? 



ESCOMBROS ! 27 

Pauchita se había arrimado á la pared ; entonces se 
presentó, y con humilde voz, que hizo gran efecto en el 
ánimo de miseá Josefa, la dio las buenas noches, agre- 
gando : 

— Soy muy desgraciada ; compadézcase de mí, se- 
ñora. 

Estas palabras de Panchita la captaron en el acto las 
simpatías de miseá Josefa. Esta nos hizo esperar un mo- 
mento, mientras se vestía. Luego abrió la puerta del 
cuarto inmediato, que se comunicaba con su dormitorio y 
que la servía de salita, y nos hizo entrar. 

En pocas palabras la referí nuestro encuentro. El 
cariño que ella me tiene y el concepto que la merezco 
desde que para mi bien la conocí, no le permitieron la 
más ligera duda sobre la sinceridad de mis palabras. 

Miró con detención á Panchita, revelando en su sem- 
blante el interés y compasión que la infeliz la inspiraba. 
La acarició maternalmente .y la quitó el abrigo con que 
cubría su cabeza, á la cual estaba atado un pañuelo man- 
chado de sangre. Miseá Josefa exclamó con indecible 
sorpresa. 

— ¿ Qué es esto, hija mía I ¡ Estás herida !! 

Por toda contestación, ella se arrojó en su brazos so- 
llozando. 

— ^Vamos, vamos ^ tranquilízate, la dijo miseá Jose- 
fa, como arrepentida de haber pronunciado las palabras 
que provocaron las lágrimas de la desgraciada niña. 

Habiendo notado entonces que ésta era presa de for- 
tísima fiebre, me invitó á salir de la pieza para acostar á 
la enferma, después de hacerla tomar un sudorífico : hí- 
ceme el desentendido, resuelto á permanecer allí hasta 
que fuese absolutamente necesaria mi salida. 

En el acto se puso á arreglar otra cama, rehusando 



28 ESCOMBROS 



mi ayuda cada vez que se la ofrecía, pues es de esas amas 
de casa acostumbradas más á hacer las cosas que á man- 
darlas á hacer. Después, sacando de un cajoncito varios 
paquetes de hojas secas y medicinales, se dio á leer sus 
rótulos. Para esto si se vio obligada á acudir á mí, por 
no tener á la mano los espejuelos ; por cierto que lo sen- 
tí, pues en ese momento empezaba á contemplar á, Pan- 
chita. ' Miseá Josefa tomó varias hojas, encendió el re- 
verbero y puso á hervir la tisana. 

Keanudé mi contemplación. Panchita estaba senta- 
da en el borde de una cama y con la mirada fija en una 
Virgen del Rosario que tenía al frente. Yo, recostado de 
un escaparate, quedé extasiado ante aquel rostro angeli- 
cal, bañado de lleno por la luz de la vela. 

De sus ojos brotaba un resplandor divino, que rae 
parecía la aureola refulgente de su alma pura ; veía su 
frente ceñida por la diadema de la virtud y sus labios 
moviéndose ligeramente para dirigir al cielo fervorosa 
oración. 

Una niña, bella y desgraciada, orando, es sublime. 

Mi alma quedó abstraída en su contemplación ; mas 
no llegó á comprender que pisaba ya una de las sendas 
por donde el progreso podía aproximarla á la perfección : 
á Dios. 

La satisfacción de la conciencia y las gratísimas 
fruiciones que se desprenden del bien que hacemos, una 
vez experimentadas, nos atraen más poderosamente que 
á los creyentes las delicias de la gloria que les prometen 
las religiones reveladas, tentáculos del pulpo ignorancia. 

Ser el protector de la infortunada Panchita ; no ha- 
ber abusado de su desamparo ; haber cumplido el manda- 
to de mi honor, sofrenando los ímpetus de la materia, y 
iHuer conquistados su aprecio y gratitud, todo por ca- 



escombros!---. 29 

ballerosidad y por deber de conciencia, sin interés algu- 
no de recompensas divinas ni humanas, me causaron una 
complacencia que mucho se parece á la verdadera felici- 
dad, si no lo es. 

Como exhala la flor su primer perfume al entreabrir 
su corola, y una onda del aire lo an-ebata, así mi alma 
exhaló allí su primera ilusión, que fué en el acto des- 
vanecida por esta voz salida de mi interior: Profana- 
ción! í 

Un golpecito que me dio en el hombro miseá Josefa 
me hizo salir de aquel arrobamiento. 

Hlzome una seña ; me despedí de ambas y salí. 



V 



Al llegar á mi cuarto me dejé caer en una silla, cual 
si fuese un peregrino, rendido por el cansancio. Puse los 
codos sobre una mesa y apoyé la cabeza en ambas manos. 

Repasé varias veces por mi mente los pormenores de 
mi encuentro con Panchita : sentía vibrar nuevamente en 
mi oído su armonioso acento ; estremecíame, creyendo 
que estrechaba aún su caliente mano, y él corazón me 
palpitaba con violencia cuando me pai-ecía estar bajo su 
mirada, y suspiraba mi pecho, al contemplar con los ojos 
del alma su celestial belleza. 

Fijaba los ojos en algún punto, que no miraba, y así 
permanecía, como un idiota, hasta que, cansada la vista, 
la necesidad de despabilar hacíame recobrar la conciencia 
de mí mismo. 

Entonces volvía á pensai' en Panchita, y se apodera- 
ba de mi espíritu una inquietud tan viva como profunda 



30 ESCOMBROS ! 

había sido su precedente abstracción. 

No podía explicarme lo que por mí pasaba y deplo- 
raba aquel cambio, bastante extraño en quien hasta en- 
tonces sólo había meditado en presencia de los libros y 
no se había inquietado sino por las miserias de la especie 
humana. 

Panchita, indudablemente, era también víctima de 
esas miserias ; pero ------ no podía comprenderlo bien, 

mas presentía que no era su infortunio la causa pmicipal 
de mi preocupación. 

No era llorosa, ni triste como la recordaba, sino ra- 
diante de belleza y con inia expresión de candidez que 
parecía ser la fotografía de un alma aún más bella que su 
rostido. 

En mi oído no vibraban sus sollozos, ni sus tristísi- 
mas palabras que tan dolorosa impresión me causaron. 
Dulce, ternísimo y aún con cierta entonación de alegría, 
el eco de su voz me hacía estremecer. 

No podía explicarme, cuando me fijaba en ello, por 
qué mi mente se representaba arbitrariamente á Panchita, 
no desgraciada como era, sino feliz y risueña. 

Parece que se resistía á convencerse de que para tan 
preciosa niña tuviese también penalidades este nnuido. 

Parece que, saltando por sobre la realidad, quería 
halagarme, representándomela como debiera de ser. 

Bien pronto hube de explicármelo todo. 

Cinco campanadas que dio un reloj despertador que 
sobre la mesa estaba, pusieron fin á mi abstracción. 

Sacudí la cabeza como para advertirla que debía re- 
cobrar su imperio. Entonces comprendí que debía acos- 
tarme cuanto antes para dormir algo ; jiues muy tempra- 
no tenía que levantarme para dar un repaso á mis lec- 
ciones é irme á las clases de la Universidad. 



ESCOMBROS ! 31 

Puse el despertador en la hora en que debía levan- 
tarme y empecé á desvestirme : quitábame las piezas de mi 
traje con no acostumbrada lentitud j á veces liie quedaba 
como en suspenso, sin saber ni en qué pensaba. 

Al fin me acosté. 

La almohada, inagotable surtidora de pensamientos, 
parece que se complace siempre en desesperar los espíri- 
tus inquietos que apetecen el reposo. La mía suministró 
á mi mente innumerables pensamientos que ocudieron en 
tropea para fatigarla. Los rechazaba, pero volvían, para 
ser de "nuevo rechazados con indignación. 

Cuando se me aparecía la imagen de Panchita, siem- 
pre alegre y radiante, la contemplaba gozoso Y- - - - ¡ ay ! 
con cuánto dolor me resolvía á alejarla ! 

Me esforcé por tener presente que debía dormir, 
pues convenía á mi salud, y me dormí al cabo. 

* 
* * 

Ah ! si tuviera razón el dualismo ! Si el es- 
píritu, separado del cuerpo conservara sus facultades, 
después de nuestra muerte, soñaría, como sueña cuan- 
do dormimos. Y si fuera así, con los ensueños eter- 
nos serían premiados los justos y castigados los per- 
versos. 

^'La verdadera felicidad está en el cielo," dice la re- 
ligión. " La verdadera felicidad consiste en creerse fe- 
liz," dijo alguien. 

Siendo esto último exacto, y creyéndose un enamo- 
rado, por ejemplo, incomparablemente feliz gozando con 
su amada la luna de miel, ¿con qué delicias se le podi-ía 
recompensar por sus virtudes, en la otra vidüj que fuesen 
superiores á las que gozaría con el eterno ensueño de 



32 escombros!. 



una luna de miel ! 

Si para un avaro no puede haber desgracia más 
grande que el verse despojado de sus tesoros, ni con lla- 
mas, ni con pailas, ni con aceite hirviendo, ni con demo- 
nios aunados de rojos tridentes, podríamos imaginar ma- 
yor castigo para él que su condenación á soñar eterna- 
mente que se halla amordazado y atado de pies y manos, 
mientras en su presencia unos ladrones desentierran y se 
llevan su talegos de oro ? 

¡Cuántas veces, al despertar, hemos maldecido al 
imprudente rayo de sol que penetr(5 por el entreabierto 
postigo para poner fin al sueño que hubiéramos deseado 
fuese eterno, aunque se corrompiese nuestro cuerpo y 
perdiese sus formas la materia ! 

Otras, por el contrario, hemos dado gracias al zan- 
cudo qué, clavándonos su aguijón, nos libertó de una ho- 
rrible pesadilla. 

A las seis y media desperté sobresaltado. 

— j Maldito reloj ! exclamé y lo batí contra el suelo. 

¡ Excelente hazaña ! El cumplió fielmente la consig- 
na armando gran ruido á aquella hora, y sinembargo, lo 
recompensé haciéndolo pedazos. 

Qué miserables somos! Hasta la lealtad de los débi- 
les nos parece reprensible á veces. 

No les concedemos ni aún el cumplimiento del de- 
ber cuando nos cuadra. 

Era natm'al que me mortificara el ver desvanecida la 
dicha que gozaba en sueños ; ¿ pero qué culpa tenía el 
maltratado reloj de que yo lo hubiese dispuesto para que 
me despertara á las seis y media ! 

— Todo era sueño ! . . . . me dije, y pasé del furor á 
la profunda tristeza. 

El despertar era horrendo pai-a mí, después de ha- 



ESCOMBROS ! 33- 

berme visto an'odillado ante Panchita, quien se hallaba 
sentada, ensortijando mis cabellos, acariciándome la frente, 
mirándose en mis pupilas y sonriendo con la pureza y 
dulzura de la infancia. 

—Maldito reloj ! repetí. 

¿Cómo no desear la eternidad de semejante sueño, 
aunque no fuese en mi cama, sino en la tumba 1 

Mas, era justo que terminara pronto. Tan delicioso 
ensueño no era sino el premio por mi buena acción, y 
harto recompensado estaba ya. 

Cuando procedemos bien, una gran satisfacción se 
apodera de nuestro espíritu, reclinamos en la almohada 
la cabeza, cargada de bellos pensamientos, y gozamos en 
ensueños la felicidad mayor que pudiéramos desear. 

Ah! si el espíritu no fuese sino una consecuen- 
cia, y nada más, eso mismo sucedería á los que desde el 
borde de la tumba tienden complacidos la mirada por el 
recorrido sendero de la vida y se rinden al yugo de la 
muerte. 

¡ Qué de horribles pesadillas atormentan por la no- 
che á los que se duermen entre los recuerdos de sus ma- 
las acciones ! 

¡ Si el sueño eterno tuviera también sus pesadillas! . . 

Reflexiones semejantes deberían ser suficientes para 
que modificaran ventajosamente su sistema los que para 
extirpar el mal y fomentar el bien han optado por el me- 
dio de atemorizar las inteligencias infantiles con espanto- 
sos toraientos, y estimularlas con halagadoras promesas, 
asegurando que serán sufridos aquellos y cumplidas estas 
más allá de los linderos de la vida. 

. 'Más difícil es hacer creer en un exacto paralelo entre 
el sueño y la muerte, que en ciertas absurdas y ridiculas 
concepciones de la fantasía, aceptadas únicamente por 

3 



34 ESCOMBROS ! - - - . 

aquellos qne creen todo, á manera de como tragan los 
pavos. 

Nunca habíame vestido tan á prisa como ese día, ni 
me había, sinembargo, retorcido tanto el bigote, ondeado 
el cabello j puesto más esmero en que el lazo de mi cor- 
bata fuese irreprochable ante los ojos de los cupidos que 
han hecho de ello una ciencia. 

Salí en busca de miseá Josefa, quien estaba en la co- 
cina dando 5US ordinarias instrucciones á los sirvientes* 
Al verme salióme al encuentro y tomándome del brazo nos 
encaminamos al comedor. 

— Está dormida, me dijo. Ha delirado mucho; pe- 
ro ya la fiebre ha bajado. Es necesario pensar alguna 
explicación para dársela á los otros pensionistas, á fin de 
evitar malas suposiciones y conversaciones atrevidas. ¿Sa- 
be alguno que esa niña está aquí I 

— Solo Estrada nos vio cuando entramos. 

— ^Ah! bien : de él nada temo, y como es mé- 
dico, le diremos la verdad, pues él correrá con su cura- 
ción y debe estar en cuenta de todo. A los demás dire- 
mos 

Quedóse un rato pensativa y luego continuó : 

— A los demás diremos que es ima sobrina mía, que 
padece de ataques, en uno de los cuales, al caer, se rompió 
la cabeza ; que me la han enviado de Guarenas para que 
aquí la haga curar, y que vino anoche. 

En ese momento el Doctor Estrada salió de su pie- 
za ; miseá Josefa lo llamó ; le refirió lo que sabíamos y 
lo ensayó sobre lo que á los demás debía decirse. 

Es Carlos Manuel Estrada un perfecto caballero, 
discreto como pocos. No hace mucho tiempo que recibió 
su grado ; pero, favorecido por una gran inteligencia y 
gracias á su ejemplar perseverancia en el estudio, ha 



ESCOMBROS ! 35 

conquistado una reputación que envidian muchos médi- 
cos antiguos. 

Sus enfermos se reaniman cuando le ven ; pues 
siempre se les aparece con una alegría en el rostro que 
ellos juzgan consecuencia de la plena confianza que él 
tiene en su ciencia y de las seguridades de alcanzar el 
triunfo. 

Por regla general, los médicos, después de examinar 
con misteriosa miimciosidad al paciente, haciendo al mis- 
mo tiempo desconsoladoras muecas ; aunque solo le en- 
cuentren un ligero quebranto catarral, exclaman en tono 
sentencioso y solemne : 

— Esto es grave ; gravísimo. Si no me llama tan á 
tiempo, dentro de una hora usted sería cadáver. 

Estrada es una de las excepciones de esa regla. 

— Eso no es nada ; eso no vale nada : pronto estará 
usted bueno. 

He ahí las primeras palabras que dirijo á todo enfer- 
mo, aunque tenga una tisis galopante. 

Sabido es que las enfermedades de los ricos son 
'siempre más largas que las de los pobres ; no obstante la 
carencia de recursos de éstos ; pero, precisamente, en ello 
está el «busilis del enigma. 

Para Estrada, lo aseguro, no existe paralelo alguno 
entre un enfermo rico y una mina, ni tiene negocio con 
los boticarios, ni es otro su interés que el devolver pronto 
la salud á sus clientes, para satisfacción de su conciencia 
y honra de su nombre. 

Es de regular estatura, de treinta años, poco más ó 
menos, muy simpático, excelente amigo, y muy dado á 
la política. 

Por lo general, su conversación es siempre festiva ; 
pero no desperdicia la ocasión de espetamos serias diser- 



^6 ESCOMBROS ! 

taciones, que son siempre oídas con agrado. 

Después que miseá Josefa lo hubo impuesto de 
cuanto sabíamos referente á Panchita, nos prometió su& 
servicios j su discreción. Esta promesa tenía para noso- 
tros gran valor. 

Otro, que no hubiera sido como Estrada ¡ quién sa- 
be de qué modo nos habría juzgado ! 

En seguida de haberme desayunado púseme á dar 
paseos por el primer corredor de la casa, repasando mis 
lecciones. 

Las aprendí! Me daba cuenta de lo que leía I 
Una hora después me preguntaba el catedrático : 
— Pero, qué tiene usted ?— No me oye ? 



VI 



Ya presumía yo que no era un simple interés de pro- 
tector lo que sentía por Panchita, ni la generosa compa- 
sión que la desgracia inspira lo único que ella debía es- 
perar de mí. 

Mi corazón abrigaba algo no sentido hasta entonces, 
y que se había primero manifestado en el éxtasis de mi 
contemplación mientras oraba, y luego en la inquietud 
que se apoderó de mi espíritu antes de acostarme. 

Mi inolvidable sueño, además, me había impresiona- 
do mucho, haciendo germinar y desarrollar rápidamente 
en mi alma una viva aspiración por la realidad de tanta 
dicha. 

Así como al que viaja en un trena toda máquina 
parécele que ante su vista corren impetuosos los árboles, 
las llanuras y los montes, ante mi alma, viajera en el 



ESCOMBROS !. . . - 37 

i^ren del amor, con impetuosidad semejante las ilusiones 
cruzaban en tropel. 

Para hablar de la belleza de esas ilusiones, bástame 
decir que todas me hacían creer dueño del corazón de 
Panchita ; pero, | hacia dónde ^najaba mi alma ? Hacia 
un imposible talvez : hacia el profundo dolor probable- 
mente. 

Confieso que entonces no consideré seriamente esa 
pregunta j su respuesta : foijar ilusiones era todo el afán 
.de mi mente. 

Ya no las rechazaba como rechact^ la primera, ni la 
\07, profanación ! salía de mi interior. 

No recuerdo qué respuesta di esa mañana al cate- 
drático de Derecho ; tan disparatada, tan propia de los 
que despiertan sobresaltados, que mis condiscípulos se 
mofaron de mí y aquél me preguntó : 

— Estaba usted durmiendo ? De qué feliz encuentro 
me habla *? ' 

Abrumado por las reprensiones de mis maestros, ter- 
miné las clases. Fueron esas reprensiones las primeras 
que recibí. 

Con los libros bajo el brazo fui hasta el último cuar- 
to de la casa en busca de miseá Josefa. 

— ¿ Cómo sigue nuestra enfenna I la dije. 

— Me preguntó por tí. El Doctor la hizo tomar unos 
medicamentos que la han calmado más. No la encuen- 
tra muy mala ; pero sospecho que teme algo en lo ade- 
lante. 

Aquel me preguntó por tí, me hizo saltar el corazón 
de júbilo ; pero luego sentí en él como el contacto de un 
dedo helado al revelarme en seguida miseá Josefa su 
funesta sospecha. Temiendo que ella sorprendiera mis 
impresiones, repuse incontinenti : 



38 ESCOMBROS ! 

• — Hágame el favor de solicitar su permiso para 
verla. 

— Puedes entrar, me dijo, después de haber cumpli- 
do mi encargo. 

Panchita estaba sentada en un mecedor, abrigada 
cuidadosamente por miseá Josefa con una manta de lana, 
y descansando los pies sobre un pequeño taburete que la 
misma señora, para su mayor comodidad, la había puesto* 
delante. 

Al verla me estremecí y me detuve, con esa vacila- 
ción del tímido criado que en presencia de su amo espera 
orden para avanzar. 

Ella también debió sentir alguna sensación extraor- 
dinaría, pues noté que una de sus manos se movía bajo la 
manta, para aplicarla al corazón. 

Di algunos pasos más : al estar cercano á ella, sola- 
mente la hice una cortesía, cual si hubiese olvidado la 
fórmula del saludo. Después, para sorpresa de miseá Jo- 
sefa, quien algún tiempo más tarde me habló de ello, 
quedé largo rato mudo é inmóvil. 

Asi como el viajero, apasionado del arte, se detiene 
ante la Concepción de Murillo, ó ante la Venus de Milo 
y la contempla detenidamente, como queriendo grabar eu 
su mente, de manera indeleble, todas las bellezas brotadas 
al conjuro de la paleta ó del cincel del genio, yo, extasia- 
siado, miraba y remiraba las perfectas facciones de Pan- 
chita, cual si pretendiera que me revelasen el nombre de 
algún sublime artista, cuya gloria h-radiaba tan divinos 
destellos. 

La noche anterior había juzgado su belleza impon- 
derable y la encontraba ahora mucho más bella y, aluci- 
nado talvez, á causa de la poderosa sensación que pade- 
cía, muy claramente vi una aureola refulgente que cir- 



ESCOMBROS ! 39 

cundaba su preciosa cabeza y una vivísima lumbre que 
despedían sus ojos y que se mostraba á mi alma cual otra 
escala de Jacob para ascender al cielo de la dicha. 

Cuando pude volver en mí, hice un violento esfuer- 
zo para entablar conversación con ella. 

En verdad, no puedo decir cómo empecé, y de su 
exordio sólo hago memoria de lo mucho que celebró 
nuestro encuentro y de estas palabras que agregó con 
expresión indescriptible : 

— ¡Quién sabe lo que hubiera sido de mí, si Dios no 
lo interpone á usted en mi camino! 

Después elogió mis sentimientos y mi noble conduc- 
ta para con ella, y con voz enternecida me habló de su 
inmensa gratitud. 

Por primera vez encontré demasiada hueca la pala- 
bra gratitud. 

Nos invitó á sentamos cerca de ella y nos dijo : 

Permítanme ustedes que dé comienzo á la narración 
de mis desventuras. 

■ — Oh! nó, la inteiTumpí prontamente. No se ocupe 
usted de eso ahora : no nos faltará tiempo para oíi'las, us- 
ted debe tratar de distraerse y alejar los tristes recuerdos, 
porque así lo ha recomendado el médico. 

La noche anterior la había tuteado ; ¿por qué ahora 
la I trataba de usted? Era muy fácil explicármelo: una 
gran variación se había efectuado en mí. Las ínfulas del 
protector habían desaparecido y en su lugar quedaba el 
tono comedido y respetuoso del admirador ó idólatra. 

Si no hubiese llegado tan á tiempo el Doctor Estra- 
da, habríamos accedido á las exigencias de Panchita, quien 
persistía en su empeño. 

— ^Vamos á ver como están ese pulso y ese rasguño. 
Dicho ésto. Estrada pulsó á la enferma, en seguida curó- 



40 ESCOMBROS ! . 

la nuevamente la herida de la cabeza y luego repuso : 

— Es conveniente cubrir con papeles las rendijas de 
la ventana, miseá Josefa. 

— Muy bien, Doctor : ya se me había ocun-ido tal 
idea^ pero me distraje. 

— Permítame un momento, señora, dije entonces. 
En mi cuarto tengo varios periódicos gobiernistas que 
me mandan gratis y que no servirían para nada mejor. 
Voy á buscarlos. 

— No te molestes, hijo ; aquí hay bastante papel. 

Esto diciendo, miseá Josefa deshojaba un gran libro 
con carátula amarilla. 

— ^¡Cómo destroza usted ese libro, señora! ¿Qué tí- 
tulo tiene? 

— jBah! ¡Para lo que sirve el tal libro! Se titu- 
la : Viaje del Presidente de la República á los 
Estados Lara y Carabobo. Supe que lo regalaban 
á todo el que lo pedía y mandé ocho veces á un mucha- 
cho para conseguir ocho ejemplares. Ya he invertido dos 
envolviendo especies, poniendo tapones á las botellas, ha- 
ciendo candela en la cocina y en otras cosas más. Toda- 
vía me quedan seis : cuando se me acaben esos, ya ten- 
dré los que se publiquen con motivo del paseo que se pro- 
yecta al Estado Ber mudez y de las terneras que se co- 
mieron en El Valle y en Sabana Grande. 

— ¡Por Dios!! miseá Josefa — ^la interrumpió Estrada, 
quien solía acordarse del naturalismo — No recuerde us- 
ted las terneras de Sabana Grande y El Valle, porque 
nos descompone el estómago el hedor del maíz nacido. 

— Pues sí, señor — continuó la señora, después de ce- 
lebrar la ocurrencia de Estrada — cada cual pezca lo que 
puede en los ríos revueltos, y del charco de esta Admi- 
nistración [que el diablo se lleve] las mujeres no pode- 



ESCOMBROS ! 41 

mos sacar más sardinas que estos líbrazos; 

— ¿Y sabe usted de otras mujeres que hayan hecho 
lo mismo! la pregmitó Estrada. 

—Válgame Dios! Esa coquetísima que vive en- 
frente, y á quien algunos de ustedes hacen carantoñas, le 
rompía al padre todos los periódicos para hacerse crespos 
la pollina. Como á él le interesa coleccionar sus periódi- 
cos, porque no está suscrito sino á los independientes y ha 
suplicado á los redactores de los gobiernistas que no se 
los manden ni de balde, como lo hacían, siempre regaña- 
ba á su hija, pero ésta. . . . maldito el caso qUe hacía! 
Su pollina antes que todo. Por fin al padre se le ocurre 
traerle un libro igual á éstos, y así ha podido salvar sus 
periódicos. ¿Saben ustedes cuántos ha mandado á bus- 
car esa niña! ¡Catorce! 

— Esa pollina come mucho papel, objetó sonriendo 
Estrada. • 

— Como no se le vaya á envenenar, dijo miseá Jose- 
fa, porque esos papeles son capaces de envenenar hasta 
las pollinas de cabello. ¿ Y cuántos libros de esos creen 
ustedes que tiene la vieja que vive al lado I Esa tiene un 
rimero, y dice que los va á vender en his bodegas, cuan- 
do este Gobierno caiga, á razón de cuatro centavos la 
libra. 

— I Que te parece, querido Doctor ? le pregunté en- 
tonces. I Cuánto dinero nos liabrá costado la publicación 
de ese libro que regalan á todo el mundo y que para na- 
da sirve ? Lo que hace miseá Josefa lo hacen todos los 
que se han tomado la molestia de solicitarlo. Y en ver- 
dad que no merece más. Telegramas insulsos, brindis 
imprudentes, revistas pagadas, discursos huecos ó degra- 
dantes, necedades, adulaciones, humillaciones : he ahí lo 
que contienen esos grandes volúmenes. Y para publicar- 



42 ESCOMBROS ! . 



los por millares, se han extraído millares de pesos del 
Tesoro de la Nación !. . . . ¿Qué utilidad recibe, en cam- 
bio, el pueblo de semejante recopilación ? Ninguna, toda 
vez que al pueblo nada le interesa que sea halagada la 
vanidad de su Presidente. Nuestra patria tiene hijos que 
mucho la enaltecen, que han dedicado los mejores años 
de su vida al estudio ; que han profundizado varias ma- 
terias del saber humano, y cuyas inteligencias, cultiva- 
das notablemente, han dado frutos que alimentarían el 
espíritu del progreso, si pudieran gustarlos los hambrien- 
tos de instinicción. Esos frutos son valiosas obras que 
duermen y dormirán bajo el ala de la miseria, hasta que 
la protección de un Gobierno, no estúpido como éste, ó 
de una generación menos ingrata les diga : Levantaos, 

— Uno de nuestros sabios, dijo Estrada, tiene ochen- 
ta y pico de obras inéditas. 

— Ese es el Doctor Núñez Cáseres. Lo sabía y era 
su nombre el que tenía más presente. Ese "atleta del tra- 
bajo intelectual ; ese Lope de Vega moderno; ese pro- 
fundo poligloto ; ese que todos los días compra el mucho 
papel que ha de iluminar con la brillantísima luz de su 
cerebro, primero que el escaso pan que ha de llevar á la 
boca, ha formado, cuartilla sobre cuartilla, un tesoro ines- 
timable, que el mundo no conoce y del cual no espera 
dicho Doctor satisfacciones en el ingrato presente ; pero 
sí inmensa gloria en el porvenir, cuando la Patria quiera 
exhibir ante el mundo la ilustre grandeza de tan modesto 
hijo sobre el grandioso pedestal de sus obras. 

— Todos esos telegramas y revistas, proseguí ; tan- 
tos brindis y discursos como contienen esos libros, no va- 
len lo que una octava de las ^^ Metamorfosis ^^^ diQ Nóñez 
Cáseres, ni lo que cualquiera de sus pensamientos ; y, 
sinembargo, sus obras no ven lá luz pública por falta ¿^ 



escombros! 43 

protección, mientras que el Grobiemo apesta á Venezuela, 
dando á los cuatro vientos de la publicidad el incienso 
que le queman los aduladores de oficio. 

— Es verdad todo eso, agregó Estrada. Nuestras 
notabilidades en las ciencias y en las letras escriben obra 
tras obra, sin que sea parte para infundirles el desaliento, 
la injusticia de un Gobierno que estima y acata á los que 
besan el polvo que pisa todo poderoso, y desprecia á los 
ilustres ciudadanos que con la altiva frente tocan el cielo 
de la inmortalidad. 

— ^Y lo peor es que si alguien dice al Gobierno, ob- 
jeté : Vo^ á establecer una cantina^ protéjame^ en el acto re- 
cibirá ti'escientos ó quinientos pesos, y si otro le anun- 
cia que desea publicar una obra, útil para la humanidad 
y honrosa para la patria, ó no recibe contestación, ó es 
calificado de majadero. 

— Perfectamente, dijo Estrada. Este Gobierno está 
muy lejos de ser un Mecenas para los hijos de Minei'va y 
de las Musas. Es un banquete de donde caen huesos y 
migajas para los perros de la adulación. El Tribuno es 
un periódico que nadie lee, que nadie acepta, ni aún gra- 
tis, como es, porque solo contiene majaderías; sinembar- 
gOj según me aseguró persona fidedigna, recibe del Te- 
soro Público la subvención de noventa pesos diarios 

— ¡Cómo !! - exclamamos á un tiempo miseá Jo-^ 

sefa y yo. Noventa pesos diarios ? 

— Sí; sí; noventa pesoSy 6 sean trescientos sesenta bo- 
lívares diarios; es decir: todos los días; si lo quieren más 

claro.. -- 

— ¡Pero entonces JEl Pueblo, j El Intransigente, y 

ía Opinión Nacional, y La Behabilitación, y El Padre Co- 
dos, j los demás de la República, que son incensarios del 
Grobiemo, se Uevaráiij por lo menos, la cuarta parte da 



44 ESCOMBROS ! 

nuestro tesoro ! 

— ^Indudablemente. Setecientos veinte pesos quince- 
nales recibe El Campeón Liberal, de Valencia, por insul- 
tar á la actual Administración del Estado Carabobo. 

— ¡ Cielo santo ! . . . . exclamó miseá Josefa, hacién- 
dose la señal de la cruz. ¿Pero qu(^ clase de gobernantes 
son estos I ¡Ave María Purísima!. ... Y todo eso es para 
parrandas y borracheras!. . . . Dios mío de mi alma?. . . . 
Y el pueblo tiene hambre ! Alabado sea el Santí- 
simo ! 

Continuó la buena señora con una larga serie de ex- 
clamaciones por el estilo, y yo, indignado, corrí á mi ha- 
bitación para quemar todo cuanto periódico asalariado la 
infestaba. 

Ah ! . . . . si hubiera podido quemar también las plu- 
mas que los escribieron y fundir los tipos que los impri- 
mieron ! . 

Por primera vez me compadecí entonces de los sa- 
bios de mi patria. 

Yo los creía dichosos, porque llevan un mundo de 
ideas en el cerebro ; porque honran á la nación que los 
llama hijos, y porque son artistas que con el poderoso cin- 
cel del genio tallan el magnífico grapo Libertad, Igualdad 
y Fraternidad, ante el cual, como símbolo divino, se pros- 
ternará la conciencia de las felices generaciones del por- 
venir. 

Creía dichosos á mis ilustrados compatriotas, porque 
sé que es la vida el crisol que probará los quilates de sus 
almas, para que la posteridad las admire, irradiando los 
esplendores de la gloria. Pero al medir la tamaña in- 
justicia de que son víctimas, comprendí que deben sufrir 
horriblemente, viéndose menospreciados por los que po- 
drían protejerlos, si aspirasen al verdadero progreso y si 



escombros!!..- 45 

desearan ver enaltecido el nombre de la patria, y el de 
ellos mismos pasar á la posteridad, rodeado por la at- 
mósfera de sin^patía entre la cual viven el de Mecenas, el 
de Augusto, el del Duque de Bajar y el del Conde de 
Lemos. 

¡Con cuánto dolor no contemplarán nuestros hom- 
bres de letras sus obras, inéditas por falta de' recursos, 
mientras que el Grobierno invierte un caudal en periódi- 
cos asalariados y en recopilaciones de telegramas insul- 
sos y necedades sin cuento, que sólo sirven para dar una 
idea tristísima de los que están al frente de la Adminis- 
tración Pública, y para exhibir á Venezuela ante el ex- 
trangero como una madi'iguera de vanidosos y adulado- 
res ! 

Sinembargo, los amantes y sacerdotes del saber no 
desmayan: terminan una obra, la archivan, y en, el acto 
comienzan otra. 

La perseverancia es la tercera potencia de esos horn- 
bres. Las dos primeras son : la inteligencia y el amor á 
la gloria. 

Yo os saludo, hijos ilustres de esta patria, infortuna- 
da hoy ; pero que, quizás no nmy tarde, llegará á la tieri'a 
de promisión, conducida por vosoti'os y por todos aque- 
llos que con vosotros formarán la magnífica constelación 
que lucirá Venezuela como gloriosa y eternal diadema.. 

Trabajad incansablemente, sin que sea parte á de- 
salentaros la indiferencia de gobernantes que tienden los 
brazos á los que llevan la bacanal corona de pámpanos, 
y vuelven las espaldas á los que ciñen los divinos laure- 
les de Apolo y de Minerva. Ya llegará el día en que 
esos cerdos, que hoy se alimentan con las bellotas de las 
lisonjas, se revolcarán en el cenagoso charco del oprobio, 
y para vosotrgs entonces habrá un ti'ono en el corazón del 



40 ESCOMBROS I . 



pueblo, por cuyo bienestar os desveláis, j su admiración 
será la atmósfera que alentará etemamenre vuestros ilus- 
tres nombres. 

Dejad dormir en los pupitres vuestras obras inéditas, 
ya que los que debían ser vuestros principales protecto- 
res, duermen también el profundo sueño producido por 
los vapores de la orgía y por el humo esparcido por el 
pebetero de la adulación. 

Ellos despertarán muy pronto, porque no ha de ser 
muy duradero el sopor enervante que priva al pueblo de 
la virilidad manifestada en otros días, y sufrirán el con- 
digno castigo, que evitará que sus sucesores elijan la mis- 
ma funesta senda que han trillado los que comparecerán 
ante el tribunal augusto de la ^Historia, cargados con el 
enorme fardo de la ignominia y azotados por la terrible 
granizada de los anatemas del pueblo. 

Entonces habrá protección para las preciosas hijas 
de vuestras inteligencias ¡oh filósofos y poetas de mi pa- 
triat Entonces, cuando tengamos gobierno y no un in- 
moral Cán-cán, bailado en la Casa Amarilla, los poseídos 
del espíritu alcohóhco cederán el puesto á los asistidos 
por el espíritu del patriotismo. 

Las copas, musas de los actuales gobernantes, serán 
pulverizadas y el polvo de esas copas servirá de arenilla 
para vuestros escritos, con los cuales educareis el corazón 
del pueblo, enriqueceréis su cerebro y aumentareis el 
brillo del nombre de la amada patria. 



^< < » it^ ' 



ESCOMBROS ! 47 



VII 



Después que concluí la tarea de quemar todos los nú- 
meros de periódicos asalariados que tenía en mi cuarto, en- 
vié á cada uno de sus redactores una tarjeta, suplicándo- 
les que no me los enviasen más ; pues, aunque nada pa- 
gaba por la suscrición, me repugnaba verlos, mucho más 
que antes de la conversación y meditación que he consi- 
gnado en las anteriores páginas. 

Tentaciones me dieron después del almuerzo de no 
ir á la Universidad, pues mucho temía que, como en la 
mañana, quedase deslucido ; pero la voz del deber me 
hablaba con imperio j al fin hube de acatar su man- 
dato. 

j Con cuánta dificultad entra una lección en la ca- 
beza que tiene entre ceja y ceja la imagen de una niña 
encantadora ! 

El recuerdo de Panchita era señor de mi memoria, 
y gracia que fuera en ella reconocida la redondez de la o. 

En vano las estudiadas materias reclamaban el pues- 
to que habían conquistado en mi cerebro. Allí no ha- 
bía lugar sino para el coro de pensamientos, delirios é 
ilusiones que, innumerables como los pajarillos del bos- 
que, dirigían un himno de salutación á la alborada pre- 
cursora del astro del amor, cuyos esplendores luchaban 
ya contra las sombras de la indiferencia, que cual no- 
che sombría arropaba á mi alma. 

Sentado ya sobre los bancos de la Universidud, po- 



4S ESCOMBROS 



tros de tormento para unos y caballos de batalla para 
otros, apelé al recurso de los estudiantes pésimos. 

Tuve el cuidado de que á derecha é izquierda me 
quedasen los más aventajados y con el descaro de los 
que engañan á sus padres, quienes sacrifican su salud 
trabajando para que sus hijos aprendan algo, les dije : 

— Hoy no sé la lección : espero que ustedes me so- 
plarán todo lo que deba responder. 

Regresé á casa pensando en los que hacen de ordi- 
nario lo que yo aquel día hice por primera y última vez." 

Engañar á los padres, burlar á los maestros, es, ver- 
daderamente, criminal. 

Quien no desea saber, debe decir con franqueza á 
su padre : 

— Aquí tiene usted los libros que me ha comprado ; 
déme una vara de medir y unas tijeras para vender gé- 
neros, ó un azadón para cultivar la tierra; pues no 
quiero que usted trabaje más para sostener á un ocioso 
que ni quiere, ni logrará aprender nada. 

No hacerlo así y engañarlo, es no tener conciencia ; 
es no sentir ni siquiera compasión por aquél á quien de- 
bemos la vida. 

Yo he conocido estudiantes que ni aún abrían los 
libros y que respondían siempre fonográficamente á sus 
maestros. Los he conocido robustos y gozando de envi- 
diable salud, mientras que sus padres, ancianos y acha- 
cosos, sucumbían ante el peso del trabajo material que 
se habían impuesto para poder atender á la educación 
de sus hijos. 

Después, llegado el día del examen, he visto á los 
j)obres viejos subir gozosos y con casi juvenil ligereza 
las escaleras de la Universidad, creyendo que iban á ver 
á la justicia ciñendo con el lauro de Minerva la cabeza' 



ESCOMBROS ! 49 

de sus hijos, tantas veces besada por ellos con lágrimas 
en los ojos. 

Pero ¡ ay! ¡ Cuánto he sufrido al verlos cabiz- 
bajos y abatidos, detenerse, al bajar, en los descansos de 
las mismas escaleras, para pasárselas manos por la vista, 
como queriendo apartar de ella el vergonzoso estigma 
que había sido justamente impreso en la frente del obje- 
to de sus desvelos. 

¡ Eeprobado ! 

Un hijo reprobado, después de ser la causa de tantos 
paternales sacrificios, es un espectáculo desgarrador para 
quien ha cifrado en él sus mejores esperanzas. 

Sin embargo ; es tan frecuente ! 

Llegué á casa ; me dirigí al comedor, y allí enconti'é 
á miseá Josefa, batiendo con una cucharilla un caratillo 
de arroz que había preparado para la enferma, 

— Podré entrar con usted *? la pregunté. 

— Sí: vente.. 

Entramos. La pobre niña acababa de pasar la fiebre; 
pero tenía, muy fuerte aún, el dolor de cabeza que se le 
había unido. 

Tomando el caratillo, más de una vez se detuvo para 
despejar la garganta de los sollozos que la obstruían, ó 
para recojer en el pañuelo las lágrimas que pretendían 
mezclarse con la bebida. 

Por último, no pudiendo contenerse más, alargó la 
tasa á miseá Josefa y proiTumpió á llorar. 

— ¿Y eso qué es, hija mía? la preguntó la buena se- 
ñora con voz cariñosa y conmovida. 

Ella guardó silencio largo rato, porque le era impo- 
sible hablar. 

— Ustedes son muy buenos, dijo al fin; pero yo les 

causo demasiadas molestias. ¡ Ay, Dios mió! ¿Por 

4 



50 ESCOMBROS ! 



qué no tienes piedad de tu desgraciada hija*? 

Perla tras perla rodaron por sus mejillas, haciendo 
recordar las gotas de rocío resbalando por los blanquísi- 
mos pétalos del jazmín del malabar, j sus hermosos ojos, 
nublados por el llanto, dirigieron sus miradas á lo alto, 
cual si esperasen leer én lo desconocido la promesa del 
impetrado consuelo. 

Miseá Josefa, después de acariciarla en la frente y 
moverla suavemente la barba con dos dedos, díjola en el 
tono que juzgó más adecuado para tranquilizarla : 

— Esos lloriqueos no están bien. Quiero verte con- 
tenta. Serte iitil no es molestia para ninguno, de nosotros, 
sino motivo de verdadera complacencia. 

— Ah! señora, dijo Panchita. Qué corazones tan 

nobles tienen ustedes! Pero yo estoy de más en 

este mundo, donde sólo sufro y hago sufrir. Mil veces 
he ofrecido á Dios mi vida, que es una carga insoporta- 
ble para mí; no ha querido aceptarla, para que ahora 
venga á serlo también para ustedes. 

— Escúchame : repuso miseá Josefa. Hazte el car- 
go que eres mi hija, pues si en realidad lo fueras, no te 
querría más. Por este afecto y por lo que hago por tí, 
no puede haber mejor recompensa para esta pobre vieja 
que tu cariño. . Quiéreme como á una madre y no me 
hagas sufrir más con tu llanto y tus escrúpulos. 

Antes de que pudiera evitarlo la buena señora, Pan- 
chita se apoderó de sus manos y se la besó repetidas ve- 
ces con ese frenesí del que teme ser privado del placer 
que saborea al fin, después de haberlo deseado con vi- 
vísima ansiedad. . " 

Aquella mano fué bañada también con el rocío de la 
gratitud. 

— Ah! yo no suponía, dijo, que hubiese seres 



ESCOMBROS ! 51 

tan generosos en este mundo donde he sido tan maltrada. 
Yo creí que el egoísmo era dueño de todos los corazones ; 
pero veo que en los de ustedes hay compasión y bondad 
para los que padecen. El mío les pagará con cariño y 
gratitud, y mi alma encargará en sus plegarias á mi di- 
funta madre que pida á Dios la felicidad de ustedes. 

Miseá Josefa poco á poco fué alejando la conversa- 
ción de aquel tema, tan perjudicial para la eníerma, por 
lo mucho que la hacía sufrir, y sobre el cual no quise 
proferir palabra, porque cuando no se puede hablar li- 
l)remente, vale más no intentarlo, y mi corazón temía ha- 
cerse traición. 

La pobre Panchita nos confesó qne, á causa del 
llanto, su dolor de cabeza había aumentado. Miseá Jo- 
sefa la untó láudano en las sienes y ciñó á ellas un pa- 
ñuelito blanco doblado en cuatro. 

¡ Cuan bella quedó ! Yo no puedo decir qué gra- 
cia, qué encantos añadió á su rostro aquella especie de 
diadema blanca, emblema de su inocencia ; lo cierto es 
que sufrí mucho al verla tan seductora.. . sin ser mía!.. . 

¿La ambición de poseerla! Hé ahí la hija que 

aquel sufrimiento engendró en mi alma, y queriendo su- 
focarla, antes de que tomase creces, resolví alejaime de 
aquella belleza, cuya fascinadora influencia enardecía 
mis sentidos, y á la cual no servía aún de contrapeso la 
grandiosa veneración que bien pronto debía surgir en mí 
ante el poder fascinador de un alma no menos bella que 
el cuerpo en cuyo consorcio vivía. 

Salí de la estancia ; pero antes de traspasar el um- 
bral de la puerta, dirigí una mirada á Panchita,* mirada 
que se encontró con otra ternísima de sus hei*mosos ojos, 
los cuales se bajaron, como avergonzados por haber sido 
sorprendidos siguiendo mis pasos 



5 2 ESCOMBROS ! . 

El deseo devolver á entrar, de verla oti*a vez, de 
no alejarme de aquella encantadora niña, que tanto me 
interesaba, era el imperioso mandato que me dictaba el 
corazón. 

¡Qué esfuerzo tan sobrehumano nos vemos obliga- 
dos á hacer para desobedecer al tirano que llevamos den- 
tro del pecho! 



VIII 



Entre todos los pensionistas de la casa de miseá Jo- 
sefa el Doctor Estrada me distingue invitándome á pa- 
sear de vez en cuando. Con ninguno de los otros le gus- 
ta hacerlo, j esta distinción es debidamente apreciada 
por mí. 

Por este motivo, la noche de aquel día, en que me 
prometía visitar otra vez á Panchita, tuve que renunciar 
á tan acariciado proyecto y complacer al Doctor, si bien 
con la intención de regresar temprano. 

Después de la comida nos dimos á vagar por las ca- 
lles de la ciudad, hablando, ora de la enferma, ora de las 
calamidades de la patria y de las juveniles esperanzas, y 
muchas veces de la injusticia é ineptitud de los gober- 
nantes. 

De pronto, al pasar por una casa, en cuya sala y á 
través de la celosía había visto un joven, que conozco de 
vista, una señora como de veinte y ocho años y una niña 
de nueve, poco más ó menos, me detuve y pregunté á 
Estrada : 

— ¿ Quién vive en esa casa ? 

— El señor X 



escombros!-..- 53 

— Es casado? 

— Con una mujer encantadora. Me parece que la 
vi sentada junto á la mesa redonda, jugando á las damas 
con un joven. 

— Pues yo, como traía la acera, he visto más : he 
visto la mano del joven colocada sobre la rodilla de la 
señora. 

— Cómo ! exclamó mi amigo. ¿ Has visto bien ? 

. Esa señora pasa por ser una de las más respetables de 
esta sociedad. A quien la conozca le es difícil, muy di- 
fícil creei: lo que dices. 

— Pues entonces no es ella ; pues he visto bien, y 
no digo mentira. Continuemos. 

— No ; devolvámonos ; quiero saber si es la misma 
señora á quien he hecho tantas respetuosas cortesías. Si- 
gúeme. 

Retrocedimos y — . ¡ que claramente vimos el adul- 
terio de la señora X ! 

La niñita había sido alejada, sin duda intencionai- 
mente, para que no presenciara el lúbrico beso que la 
adúltera daba á quien tal vez pasaba por el mejor amigo 
de la casa. 

- Nosotros vimos á la culpable, medio tapándose con 
el abanico, inclinarse para que el joven imprimiese en su 
rostro, quizás por centésima vez, este sello terrible : 
¡Adúltera ! 

Por un momento parecióme que era yo el marido 
engañado y mi sangre hirvió. 

¡Qué horrorosa escena !. . . . 



El martirio de Cimodocea ; el suplicio de Galileo y 
el más horripilante de los bárbaros autos de fe con que la 
Inquisición manchó para siempre la historia de la Igle- 
sia, no hubieran causado en mí impresión de más viva 



54 escombros!. 



furor. 

Las carnicerías de Boves ; las iniquidades de Zoa- 
zola y los inhumanos festines de los antropófagos, no su- 
blevan tanto el espíritu como una escena de adulterio. 

Nada es comparable en crueldad á las puñaladas 
que dá una mujer al honor de quien la alimenta ; de 
quien se afana por hacerla feliz, y de quien ha recibido 
sus juramentos de fidelidad ante la sociedad y al pié de 
los altares de su Dios. 

Estrada y yo nos alejamos, silenciosos, del profana- 
do hogar. 

Ambos meditábamos. 

Llegué á formar el propósito de poner un anónimo 
al cómplice de la adúltera, asegurándole que el esposo 
conocía ya el crimen y se preparaba para castigarlos 
merecidamente. Quería evitar de esta manera que con- 
tinuase el criminal comercio. 

Andando á la ventura, llegamos á la puerta del ''Ca- 
fé Milanés." 

— Mira, me dijo de pronto Estrada. Aquel que con- 
versa con aquella meretriz, en la última mesita, es el se- 
ñor X 

— j Oh ! exclamé retrocediendo. ¡ Cuánto des- 
caro en un padre de familia ! . . . . ¡ Qué tamaña impu- 
dencia ! 

— Has de saber, me dijo mi amigo, que lo que vi- 
mos hace poco, no es otra cosa sino el castigo que me- 
rece ese hombre. Jamás se le encuentra en su casa; 
disipa su fortuna dándose una vida de libertino ; sos- 
tiene á dos ó tres queridas en casas lujosamente amue- 
bladas, y cuando no está con ellas, está en los Cafés, ó 
entre los bastidores de los teatros. Su esposa sabe todo 
esto, y ya has visto cómo se desquita. En pago de 6U 



escombros! 55 

buen comportamiento, le ha puesto una diadema de cuer- 
nos ! I, A cuál de los dos aiTOJas la primera piedra ? 

— A quien la merece, respondí. Al marido que no 
ciunple sus sagrados deberes, que ha sido el primero en 
faltar á la fe jurada y que tan \állanamente ofende á la 
sociedad en que vive. 

— Has contestado muy bien, porque el adulterio de 
aquella señora no es sino un efecto : la causa es la depra- 
vación de ese hombre. Este ha la herido la fibra más deli- 
cada de toda mujer : su amor propio. Y ella, despreciada 
y abandonada, no ha podidí^i^sig-narse á cargar el pesa- 
do fardo de la humillación, sm protestar de la manera 
tan terrible como lo ha hecho. Que una mujer mantenga 
incólume el honor que le ha confiado el hombre que le 
destroza el corazón y pisotea su orgullo, me parece que es 
pretender casi un imposible. Cuando el esposo hace giro- 
nes el alma de la esposa, lo factible es que la esposa haga 
girones la honra del esposo. Sin mayor violencia puede 
una niña pasar del hogar de sus padres á un convento. El 
velo délas religiosas no es más tupido que el de las vestales 
del templo social, y este velo no fué rasgado para contem- 
plar la esplendorosa luna de miel, y ese jardín de delicias 
que se llama imperio de Himeneo. Pero, ¿ puede la despo- 
jada del velo virginal resignarse á ver trocada su cámara 
nupcial en solitaria' celda de convento"? Nó ; cuando recli- 
ne la cabeza sobre la almohada, abandonada por el marido 
infiel, recibirá consejos de venganza, y visiones crimina- 
les, pero tentadoras, surjirán de esa almohada. 

— Estás hablando brillantemente, amigo Estrada. 
Pocos minutos antes, la señora de X era en mi con- 
cepto el ser más odioso ; ahora, más que esto, me parece 
desgraciada. ¿Y ese infortunado matrimonio tiene hi- 
jos? 



56 ESCOMBROS ! 

— Tiene ti*es. La primogénita es la niña que vimos 
al pasar la primera vez. 

— Y ni aún los hijos, objeté, hacen reflexionar á este 
hombre \. . . . Verdaderamente, es imperdonable. Famo- 
so ejemplo les está dando ! . — Por supuesto, nada sor- 
prendente sería que sus queridas lo arruinasen, y que á 
sus hgos llegase á faltarles el pan y los medios de edu- 
carse, i Para qué se casarán ciertos hombres ? Si tienen 
mucho dinero y sólo gustan del libertinaje, ¿ por qué no 
se irán á Turquía, para pasar la vida en un serrallo ? . 

— Porque nuestra solwdad no es severa para con 
ellos, dijo Estrada, sino la principal alcahueta. Cualquie- 
ra, con casaca, puede arrojar sus salivas á la sociedad y 
pretender que le rían la gracia. ¿ Quieres ser respetado? 
Usa pumpá ó solideo. La mano más ensangrentada y en- 
lodada se estrecha siempre con agrado, si lleva guante, ó 
si luce un hermoso solitario. 

Cuando la sociedad expulse de su seno á todos los 
vagabundos; cuando establezca la sanción moral y sean 
merecidamente despreciados esos seres, asquerosas lepras 
sociales, habrá moralidad, y no estaremos metidos en el 
fango hasta la garganta. Pero, dime : | te ha causado 
o-ran asombro lo que hemos visto ? 

— No solamente asombro, sino indignación también. 

— Bah ! . Ya veo que has mirado el mundo des- 
de la luna. Dos ó tres escenas semejantes se representan 
á un mismo tiempo entre nosotros, y el intervalo mayor 
entre una tanda y otra no dura más de cinco minutos. 

— ¡ Oh ! qué exagerado ! exclamé. 

— Exagerado ? No parece sino que estás recienna- 
<iido. Si no me das la razón, he de creerte la personi- 
ficación de Adán, el protagonista de JSl Diahlo Mundo. 
Pensaré que has visto las casas, las iglesias, los teatros, 



escombros! 57. 

las alamedas, los bosques, los ríos, los cerros; es decir: 
las decoraciones ; pero no la comedia social: muy ocii- 
iTente, por cierto ! 

— Hay en tus palabras, amigo Estrada, una natura- 
lidad que desconcierta. 

— Y cierto sabor de persuación. Verdad I Escucha : 
tú me crees un hombre de conciencia ; lo sé ; pero lo que 
no conoces, son los quilates de mi conciencia. Vas á apre- 
ciarlos, porque te voy á hacer una revelación, y te la 
haré, porque lo que otro juzgaría una solemne tontería, 
fu lo aplaudirás como un rasgo caballerezco. Así me lo 
hace pensar el concepto que me mereces. 

— Mil gracias, amigo mío. 

— Cierta ocasión fui llamado por una señora, cuya 
virtud consideraba de buen temple, para que le dispen- 
sase mis servicios profesionales. Antes de explicarme sus 
padecimientos, la dio por imponerme detenidamente del 
culpable proceder de su marido. Que si era esto, que si 
era ag'ííe//o ; que la veía con la mayor indiferencia; que 
ella antes lo quería muchísimo, pero que ya sentía por él 
una repulsión invencible ; que hacía tiempo que esta- 
ban completamente divorciados, aunque continuaban \á- 
viendo bajo el mismo techo. Hé alú lo que, entre otras 
cosas, me dijo. Al fin logré que pusiera punto á tales 
revelaciones y hablase al médico ; pues suponía que co- 
mo á tal me había llamado. Seguramente no se tomó el 
cuidado de ensayar bien el ardid que había elegido, pues 
no supo decirlo que sentía, y cada explicación contrade- 
cía la anterior. Ya yo había sospechado el fingimiento 
de aquella señora, y al fin lo vi palpable. No le dolía 
nada ; absolutamente nada. Su propósito fué advertir- 
me que su marido le había sido infiel, que le odioba, que 
estaban divorciados y que ella alimentaba la intención de 



58 ESCOMBROS 



vengarse. Lo demás correría por mi cuenta. Después, 
de la consulta médica, que dio por resultado una receta 
que extendí por llenar la fórmula, y que ella rompería por 
innecesaria, impuso por tema dé conversación el recien- 
temente público adulterio de otra mujer. No habló de él 
con severidad, como era de esperarse : al contrario, estas 
palabras, que me pasmaron de asombro, salieron de su& 
labios : i Pero con esposos como el de Fulana y el mío, quién 
no vá á aceptar un amante f 

— Eso dijo, amigo Estrada? 

— Son sus mismas palabras. Ella pensó que yo na 
había comprendido su plan, ó que por timidez no sacaba 
partido de sus revelaciones, y quiso cantar más claro aún. 
Debo advertirte que es bellísima y voluptuosa en alto 
grado, y ese día, como debes suponer, se había ataviado 
de modo que el poder de sus encantos fuese avasallante. 
Figiírate en el extremo de una larga sala, á esa hora en 
que el sol enardece más nuestra sangre^ solo con una 
mujer elegante, de formas correctas y admirables, vesti- 
da con una bata blanca, cuyos calados dejaban entrever 
unos brazos redondos y provocativos, y cuyo primer bo- 
tón se separó de su ojal para permitir galantemente que 
fuese contemplada una garganta que habla muy alto de 
otros mundos de belleza. 

Imagínate un pié pequeño, calzado por un zapatito 
corte-bajo, asomando indiscretamente hasta dejar ver el 
redondo empeine, cubierto con seda encarnada y movién- 
dose ligeramente para hacerte cosquillas en el sistema 
nervioso. Y luego, piensa que esa mujer quiere ser tu- 
ya ; que sus preciosos brazos pueden estrecharte ; quo 
puedes reclinar la cabeza sobre su seno tentador, y que 
te será fácil acariciar su garganta, ser el Colón de otros 
mundos, y juguetear con el travieso pié. Dime ahora 



escombros! 59 

¿caerías de rodillas, rendido por la emoción, ó te lanza- 
rías á la calle, aconsejado por la conciencia? ¿Serías ca- 
paz de imitar á José ante la mujer de Putifar 1 

— Depende de las circunstancias que mediasen, que- 
rido Doctor. 

— Bien : esa respuesta me convence más de que po- 
di'ías hacer lo que hice yo. Un libertino la hubiera res- 
petado sólo en el caso de ser ' su hermana. Para todo 
caballero, hay otras consideraciones tan poderosas como 
el lazo fraternal. Yo compadecí á aquella señora ; pero 
no acepté el papel de cómplice de su venganza que me 
tenía reservado ; porque es la depositaría del honor 
de un amigo que me distingue, con quien tengo senos 
deberes, y á quien aprecio de veras. S# que en el con- 
cepto de esa señora no soy sino un fatuo ; pero la opi- 
nión que me merece ella, no es, por cierto, preferible. 

— En verdad, querido amigo, puedes vanagloriarte 
de esa acción. Admiro tu conciencia 

" — Que libró una verdadera batalla contra una legión 
de demonios. Cuando salí de aquella casa, me dije : 
one he salvado, como el náviñ-ago que alcanza la orí- 
lia, después de luchar largamente con las olas, 
Ah ! - - - - Si pudieras comprender cómo nadó mi alma en 

el mar de las pasiones ! Muchos días me inquietó el 

recuerdo de aquella mujer tentadora, y hasta una idea, 
perteneciente á la lógica de los malvados, ciiizó por mi 
mente: ¿Habré evitado, pensé, la deshonra' de mi ami- 
go 1 Su esposa elegirá otro cómplice y nada se habrá 
ganado. ¿ Por qué no he hecho, pues, lo que otro hará ? 
Pero entonces recordaba que había logrado la tranquili- 
dad de mi conciencia é inmensa satisfacción por haber 
cumplido mi deber, y quedaban disipadas todas las ideas 
de arrepentimiento. Además, quien como yo piensa ea- 



6o ESCOMBROS 



sarse pronto, no puede echarse á cuestas un delito, cuyo 
castigo puede emanar de la ley del talión. Sé que mi 
prometida no es de la madera de la señora en cuestión ; 
pero la imaginación de los culpables suele delirar y la 
mía podría más tarde torturarme, concibiendo visiones 
horribles y escenas en mi hogar como las que quería la 
despechada esposa que representásemos en el de mi ami- 
go. Este suceso me ha enseñado cómo debo conducir- 
me con la que será mi esposa y cuál es la causa princi- 
pal de los nó escasos delitos de adulterio. Nuestras 
querellas domésticas, si las hubiere, no durarán un día 
completo ; y, puesto que no me agradan las flores mar- 
chitas, me abstendré de marchitar la que embalsamará 
con su perfume el resto de mi vida. Saca tú también 
partido de la revelación que te he hecho, querido amigo, 
y no olvides que, como á los niños, tenemos el deber de 
arrullar las pasiones que despertamos. 

Las iiltimas palabras me las dijo Estrada detenidos 
ya ante la puerta de nuestra morada. 

El se dirigió á su pieza y yo á la ventana de la de 
miseá Josefa. Una vez que me convencí de que aún no 
se habíají acostado, dando un golpecito en la madera, 
pregunté : 

— Miseá Josefa : ¿ cómo sigue la enfenna 1 

— Sigo mejor ; muchas gi'acias, rae contestó la mis- 
ma Panchita. 

Tuve la intención de dirigirle otras preguntas, por 
el deseo de oír su tierna voz que, sin estar viendo el mo- 
vimiento de sus labios, me parecía descendida del cielo ; 
pero pensé en las lecciones que debía aprender ; la di 
las "buenas noches" y me retiré á mi cuarto, á estudiar 
hasta que el sueño me rindiese. 

^ 



ESCOMBROS ! 6 1 



IX 



En la mañana del día siguiente, al regi'esar de la 
Universidad, donde había cumplido mi deber, encargué á 
miseá Josefa que pidiera permiso á Panchita para visi- 
tarla. 

— Está empeñada, me dijo, en que oigamos su histo- 
ria y me exigió que cuando vinieras te hiciera la invitación 
a nombre de ella. 

— Pues bien ; vamos á complacerla, porque mienti'as 
no quede satisfecha estará intranquila, y esto puede ha- 
cerla peor efecto que la relación de sus sufrimientos. 

De acuerdo ambos en esto, poco rato después pres- 
tábamos atención á Panchita, quien comenzó su liistoria 
diciendo : 

— Soy la segunda y última hija de Cipriano Céspe- 
des : la primera, de nombre Rosatn-a, está casada y actual- 
mente ausente de Venezuela. Mi madre murió, dejándo- 
me de cinco años de edad. Ah ! . . . . si ella viviera, no 
sería yo tan desgraciada ! 

Aquí hubo una pausa. Los bellos ojos de Panchita 
llenáronse de lágrimas y yo hice iniítiles esfuerzos para 
rogarla que no continuase, pues me había enternecido 
mucho el vivo sufidmiento que revelaba en su semblante. 

— Mi padre, prosiguió, á quien Dios perdone todo el 
mal que me ha hecho, tiene más afecto al dinero que á 
sus hijas. Le satisfacen más los halagos de la riqueza, 
g^ue las sonrisas de los seres cuya felicidad debería de 



62 ESCOMBROS ! . 



ser su TÍQica ambición ; su mayor placer es invertir un 
capital en un pomposo baile ; no pierde una función de 
teatro ; pasea á menudo en coche y en cada mes ha de 
comprar un nuevo flux. He resuelto decir a ustedes 
toda la verdad ; no extrañen, pues, ninguna de mis pa- 
labras. Teniendo tal carácter y siendo pobre, mi padre 
resolvió casarnos con hombres ricos, aunque ésto fuera 
para nosotros un inaceptable sacrificio. |, Verdad, seño- 
res, que son muy culpables los padres que hacen desgra- 
ciadas á su hijas por amor al dinero ? ¡ Qué homble es 
considerarse una hija víctima de la ambición de su pa- 
dre ! El mío sacrificó á mi hermana Rosaura, obli- 
gándola á dar su mano de esposa á un hombre estúpido, 
ordinario, antipático é incapaz de todo noble sentimiento. 
Ella se resistió mucho y sufrió más. A cada paso reci- 
bía reprensiones y golpes que ni las esclavas deben reci- 
bir. Mientras no se resignó á acatar la injusta voluntad 
paternal, ni siquiera á la ventana pudo asomarse : la in- 
feliz no hacía sino llorar, llamar á nuestra madre en su 
auxilio y suplicarla que intercediera por ella allá en el 
cielo ; pero ¡ ay ! mi padre probó que cuando el de- 
monio de la avaricia se apodera de un hombre, no hay 
poder alguno que lo ahuyente. Después de varios me- 
ses de constante sufrir, Rosaura se resolvió á concederle 
el placer, solicitado por tan brutales medios. " Presiento 
que en cualquiera de sus arrebatos puede usted matarme, 
le dijo. Deseo la muerte; mil veces la he pedido á Dios; 
pero quiero evitarle un filicidio, el implacable remordi- 
miento que le llevaría á la tumba y la eterna condena- 
ción de su alma. Acepto, pues, el sacrificio que usted 
me impone y el Cielo le perdone." Tan conmove- 
doras palabras no tuvieron resonancia en la conciencia de 
mi padre ; penetraron en su corazón ; pero no como lo» 



ESCOMBROS ! 63 

gemidos de la moribunda felicidad de su hija, sino 
como los Víctores de su despiadada ambición. Un 
mes más tarde la pobre Rosaura había dejado de ser már- 
tir para ser esclava! Siempre que nos veíamos 

después de su matrimonio, me decía al oído al abrazar- 
me : ¡Qué desgraciada soy, hermana mía! Y ambas 

sollozábamos sin añadir palabra. Al despedú'se, otra 
vez me abrazaba, y entonces me repetía dos ó tres veces : 
No te sacrifiques jamás. Mi padre comprendió que había 
hecho desgraciada á Rosam'a, Ella, siempre tan alegre 
y robusta, se había vuelto triste y enfermisa ; pero mi 
padre no se arrepintió al verla así. Ay ! si lo hu- 
biera querido el Cielo. Yo no sé cómo debo juzgarlo : 
me parece muy culpabl*^, pero no quiero medir su culpa 
en toda su extensión. En el corazón de la buena hija 
hay algo que sostiene la inviolabilidad del padre, aunque 
él haya sido el causante de su desgracia. Yo amo al 
mío, á pesar de lo mucho que me ha hecho sufrir. Dios 
le perdone! El ha sido siempre inclinado al lujo y 
los placeres ; pero la amistad con varios personajes polí- 
ticos, á quienes no les duele botar el dinero á manos lle- 
nas, porque es robado al pueblo, lo ha perjudicado mu- 
cho, conviniéndolo en un derrochador desenfrenado, co- 
mo lo son todos ellos. 

En mala hora vino del Yuruary y resolvió estable- 
cerse en Caracas Don Cristóbal Saltrón, un vejete peque- 
ño, flaco, bilioso, encorvado y necio, que se ahorca siem- 
pre con la corbata, que sólo se abotona el primero y úl- 
timo botón del chaleco, y que á menudo llama la aten- 
ción hacia el enorme brillante que luce en la pechera de 
la camisa, salpicada casi siempre de amarillenta grasa. 
Sus visitas son tan largas como fastidiosas y su pausada 
conversación versa invariablemente sobre sus acciones de 



64 ESCOMBROS ! .... 

minas, sobre sus hatos y sobre sus qué sé yo cuantas ca- 
sas que posee. Mi padre lo recibe en el primer con*edor 
de la casa, en prueba de que es considerado como amigo 
de confianza, y después de su despedida, yo llamaba á la 
sirviente para que barriera los pozos de saliva que de am- 
bos lados de la silla dejaba el asqueroso viejo, consecuen- 
te mascador de tabaco. 

— ¡Y pensar que con semejante hombre quiere casar- 
me mi padre! 

La infeliz Panchita llevóse las manos á la cara y co- 
menzó á sollozar. Miseá Josefa aplicaba á sus ojos las 
puntas de un pañuelo de madras que llevaba á guisa de 
manteleta, y yo, que no puedo ver una lágrima, ni oír un 
sollozo sin conmoverme, no era dueño de mí. 

Siempre que he asistido á un entierro, me he abste- 
nido de penetrar en la casa mortuoria, ó he tenido el cui- 
dado de salirme al llegar el sacerdote ; pues de lo contra- 
rio, me expondría á ser el blanco de las burlas de los 
indiferentes, á quienes esta confesión parecerá una pueri- 
lidad imperdonable. 

Siendo aquellas lágrimas y sollozos de Panchita, 
I cómo no llorar también ? 

Sí, lloré mucho ; y entonces comprendí cuan profun- 
damente pueden conmover las lágrimas de una niña á 
quien piensa que no debe haber música más deliciosa 
que el chisporroteo de la incineración de un tirano ó el 
chocar de su cráneo con el empedrado de las calles. 

Yo estaba sentado muy cerca de ella y dominado por 
mi emoción, me incliné hacia adelante y separé las manos 
de su rostro. Al ver que yo también lloraba (¡quién 
sabe lo que pasó por ella ! ) sin darse cuenta de lo que 
hacía, libertó una de sus manos y la pasó por mi 
frente. 



ESCOMBROS ! 65 

Entonces, volviendo en sí y toda azorada, exclamó: 
— j Dios mío ! qué he hecho?. ... 

Cubrióse el rostro nuevamente y agregó : 

— Perdone usted. 

El roce de aquella delicada mano despertó en mi 
Ihente el recuerdo de mi ensueño, y perplejo me pregunté 
si otra vez soñaría. 

En aquel momento dé confusión para Panchita y de 
sublimidad y eterna recordación para mí, el amor sentó 
sus reales en mi corazón. 

Mi espíritu salió de la penumbra y se hallaba en 
arrobamiento, como el soldado de la leyenda de Damas- 
co, inundado por una refulgente claridad. 

Fué entonces cuando por primera vez me dije : amo! 
y cuando comprendí que no hay nada más grandioso. 

La belleza incomparable de Panchita desde un prin- 
cipio me había profundamente impresionado, y después, 
cuando valoré los quilates de su alma, cuando me sor- 
prendió con el cariño y respeto que aún profesaba á su 
padre, mejor dicho : á su verdugo, sentí esa veneración, 
esa seducción que al alma imponen las nobles y genero- 
sas almas. 

La conjunción de esos dos sentimientos se había 
efectuado en mí. 

A un tiempo mismo la suave mano de Panchita ha- 
bía acariciado mi frente y el ángel de la dicha, con la 
punta de sus alas, tocó mi corazón para decirle : — Des- 
pierta ! 

Así como quien ha estado mucho tiempo rodeado 
por las espesas tinieblas de un antro no podrá explicar la 
impresión que le causó la primera luz del sol meridiano, 
mi corazón tampoco puede describir su primera sensa- 
ción en la vida del amor. 
5 



66 ESCOMBROS 



PancMta quería continuar su historia ; miseá Josefa 
y yo nos oponíamos, advirtiéndola que habría sobrado 
lugar para concluirla y que no se debía desobedecer al 
médico por más tiempo. 

Ella alegaba que se sentía bien ; que temía que la 
volviese la fiebre y que deseaba que cuanto antes cono- 
ciéramos todo su infortunio. 

Se hubiera salido con las suyas si en ese momento 
no toca á la puerta el Doctor Estrada, preguntando : 

— Se puede? 

— Adelante! respondió miseá Josefa. 

Entró el Doctor, con su perenne sonrisita y su an- 
dar algo atolondrado, que revelan su característica jo- 
vialidad. 

— Hola! Por aquí como que no me necesitan ya. 
Aunque mucho me place la visita, me alegraría que es- 
tuviese demás, pues en el imperio de la buena salud, 
los médicos están como los turcos en Venezuela. 

— Pero el generoso amigo, dijo Panchita, será siem- 
pre bienvenido ; y cuando se le profesa aprecio y gi'ati- 
tud, no solamente se desean sus visitas, sino que se su- 
plican también. 

— Debo advertirla, señorita, dijo sonriendo Estrada, 
que la gratitud está de sobra en las personas que, como 
usted, tienen un acento tan melodioso. 

— Exquisitas galanterías malgasta usted, señor 
Doctor. 

— Qué! Ingenuamente : siempre que al entrar 

á esta pieza me dice usted : "buen día;" "buenas tardes," 
ó "buenas noches, Doctor," me digo : ya me pagó anti- 
cipadamente la visita, y al salir, me considero deudor de 
usted por el placer que me haya causado con todo lo de- 
más que agregara. 



escombros! 67 

— Pues me veré obligada á no hablarle nunca, con- 
testó Panchita, para poder tener el derecho de profesarle 
gratitud. 

— Le participo, señorita, que yo no he estudiado pa- 
ra curar estatuas, por bellas que sean. 

Una sonrisa en un semblante hermoso y triste, es 
algo así como un lucero entre los pálidos arreboles del 
ocaso. 

Las últimas palabras de Estrada merecieron una 
sonrisa de Panchita, la primera que me dio una exacta 
idea de la sublimidad. 

El Doctor tomó el pulso á la enfenna : la encontró 
mejor y la prescribió buena alimentación y distracción. 

Dejamos á miseá Josefa rogando á Panchita que no 
desairase las finezas que la había preparado ; elogiando 
el caldo de gallina, ponderando el muslo asado y asegu- 
rándola que el arroz provocaba comerlo. 

La tierna solicitud de mi buena pati'ona trasformó el 
afecto que yo la profesaba. La aureola maternal divini- 
zaba su cabeza. 

Mi madre, de quien digo con Acuña : 

.la que vive todavía^ 

Puesto que vivo yó, 
estaba representada por aquella buena señora. Ella tam- 
bién hubiera querido mucho á la bella criatura que sa- 
liéndomeal encuentro en el fragoso camino de la vida, 
me prometía, como Beatriz al Dante, guiarme al imperio 
de la dicha. 

Ah sí ; si la inflexible ley de morir no la hubiese 
herido, la habría dado el nombre de Mja, depositando en 
su pura frente besos tan amorosos como los que me daba. 

Tanto Panchita como yo, buscábamos inútilmente 
el regazo maternal para apoyar la cabeza, cuando se ren- 



ESCOMBltdS 



día al yugo de abrumante dolor. 

Doce años hacía que ella lloraba las lágrimas de lar 
horfandad y yo diez y seis! 

Ambos recordamos á nuestras madres queridas, cuan- 
do vimos la cariñosa acuciosidad de miseá Josefa. 

Por eso Panchita aplicaba un pañuelito á sus ojos y 
yo salí conmovido de la estancia. 



Un cuarto de hora después nos sentamos á la mesa. 
Todos almorzaron con apetito de estudiante, menos yo. 
El Doctor Estrada, mientras llegaban los demás comen- 
sales, me dijo que algunos síntomas que había notado en 
la enferma lo tenían muy preocupado, y que temía cier- 
tas complicaciones, que me explicó, pero que yo apenas 
oí, pues quedé como anonadado desde que pronunció sus 
primeras palabras. 

Ya miseá Josefa me había abierto la herida al co- 
municarme la sospecha de Estrada, y éste ahora la profun- 
dizaba más. 

Morir Panchita! Morir cuando la amaba tanto! 

' Ah! pensando en esto, las manos y el corazón se me 

helaban, mientras que á mi cabeza agolpábase toda la 
sangre. 

Recordaba á su padre, y en mis labios espiraba una 
maldición. 

Había oído decir á ella que para su alma, su pa- 
dre era inviolable. También debía serlo para mí. 

Al levantarme de la mesa me pregunté : ¿Para qué 
ir á la Universidad! 



ESCOMBROS ! 69 

Con tan inmensa pena en e\ pedió y una viva inquie- 
tud en el cerebro, me era impasible aprender una lección 
y me expondría á sufrir la vergüenza y amonestaciones 
del día anterior. 

Me fui á mi cuarto ; me encerré en él y tendíme en 
la cama para dejar al corazón gemir libremente, y al 
pensamiento volar impetuoso hasta golpear la puerta de 
lo desconocido, intentandcT apoderarse de la clave de mi 
porvenir. 

Pensé mucho ; mas, ¿qué fué lo que pensé! 

Un laberinto, del cual me sacaron tres golpecitos da- 
dos á la puerta. 

— Qué se ofrece! pregunté enojado. 

— No duermas más y ven á atender á Panchita, que 
me ha encargado que te llame, dijo miseá Josefa, apli- 
cando los labios á la boca-llave. 

Salté de la cama ; me acerqué al espejo, arreglé mi 
traje y me pasé un peine con no acostumbrado esmero, 
porque ya sentía la presunción de todo enamorado. 

— ^Aqui me tiene usted, Panchita, la dije tan alegre 
como si el Doctor no me hubiese comunicado su terrible 
sospecha. 

Mi alegría por ser llamado por ella, me hacía olvidar- 
lo todo. 

Además ; en el corto trayecto de mi cuarto á donde 
ella estaba, había cruzado con rapidez una idea por mi 
mente. 

— Será que no puede estar sin verme? pensé. ¡Oh 
vanidad, compañera del amor! 

Después de hacemos tomar asiento, * nos dijo Pan- 
chita : 

— Suplico á ustedes que oigan lo restante de mi historia- 

— Ahora sí que no estamos dispuestos á complacer- 



70 ESCOMBROS 



la, señorita ; con que así, elija otro tema y charlemos 
cuanto guste, la contesté. 

— ^Y Estrada, agregó miseá Josefa, lo primero que 
ha encargado es que tratemos de distraerte. g,Cómo vá á 
ser posible que te complazcas recordando tus sufrimien- 
tos ? 

— Créanme ustedes, dijo la joven con voz suplicante: 
me darán un gran placer si me permiten concluirla. No 
estaré tranquila hasta que ustedes no puedan juzgarme 
tal cual soy. Por otra parte, ¿ de qué mejor modo 
podría probarles la gratitud y estimación que les profeso, 
sino refiriéndoles mis pesares y confiándoles un gran se- 
creto! Pennítanme, por Dios, que así lo haga. 

En vano nos esforzamos por lograr siquiera que es- 
perase el día siguiente ; tuvimos que ceder. 

— Ya les he dicho, continuó Panchita, que con Don 
Cristóbal Saltrón quiere casarme mi padre. Cuando me 
comunicó su propósito, me arrojé en sus brazos llorando. 

— Qué! me dijo. ¿Serás tan necia que deseches se- 
mejante partido? ¿Quieres que cerremos la puerta á tan 
inmensa fortuna? Atrás las preocupaciones infantiles y 
prepárate á ser millonaria. La vida sin dinero es inso- 
portable, y yo, lo sabes bien, soy pobre y me intereso mu- 
cho por tu porvenir, que si no tiene el brillo del oro, se- 
rá una noche á través de la cual caminarás á tientas y 
cayendo á cada paso. 

— Pero, padre, exclamé. Casarme con Don Cristó- 
bal! 

— Sí ; con Don Cristóbal ; con el millonario Don 
Cristóbal ; y no tolero objeciones, dijo con furia des- 
prendiéndose de mis brazos. 

— Pero. si es muy viejo ; si puede ser mi abue- 
lo, y es muy despreciable, padre mío! 



ESCOMBROS ! 71 

Ah ! yo no quiero recordar las terribles impre- 

oaciones que llo\4eron sobre mí. Me postré á sus pies; 
estreché sus rodillas y agoté las súplicas. Nada conse- 
guía. ¿ Cómo iba á conmover á quien no habían con- 
movido las lágrimas y los sufrimientos de Rosaura ? Des- 
de ese día comenzó para mí eí más tremendo de los 

martirios. Ay ! el Cielo no debería ser sordo para 

los que con tantas ansias le piden la muerte ! . No pu- 
de comer nada en todo el día, y ya en la noche tenía tan 
fuerte dolor de cabeza, que me parecía que estallarían 
mis sienes. Por tentación, ó de acuerdo con mi padre, el 
maldito viejo fué á visitarnos. Aquél entró á mi pieza, 
donde me había retirado y sin piedad alguna me obhgó á 
salir. Al verme Don Cristóbal, se levantó para darme 
la mano ; yo le hice una ligera cortesía. Al principio 
me dirigió una serie de preguntas que yo, ó no contesta- 
l3a, ó lo hacía con monosílabos. Después se ocupó de 
su tema favorito : sus cupones, sus hatos y sus casas. Es 
lo único que ha hecho de mi agrado. No quedé en paz 
cuando tan impertinente visita se fué ; pues mi padre me 
insultó de malcriada y de que sé yo cuantas cosas más. 
No referiré punto por punto todas mis penalidades. Us- 
tedes se habrán formado una idea del carácter de mi 
padi-e y se imaginarán fácilmente los tormentos á que me 
sometió, cuando sepan que yo no cedí un palmo, pues 
siempre resonaban en mi oído aquellas amargas frases de 
Eosaura: Qué desgraciada soy! No te sacrifiques jamás f 
Lo mismo que hizo con mi hermana, lo puso en práctica 
€onmigo. Creyó que amaba á otro y me prohibió salir 
á la calle y asomarme á la ventana. Siempre que llega- 
ba el odioso viejo, me resistía á recibirlo; pero con mi 
resistencia sólo ganaba golpes y empujones. Qué padre ! 
amigos míos. Cuando lo recuerdo en su actitud furiosa ; 



7^í escombros! 

brotando chispas por los ojos, amoratado el rostro, hen- 
chidas las venas de la frente, pálidos los labios y con el 
puño alzado para descargarlo sobre mí, se me hiela la 
sangre y un estremecimiento nervioso se apodera de mi 
cuerpo. Dios mío ! Perdónalo ! Varias veces estu- 
ve, como mi hermana, á punto de ceder ; pero recordaba 
sus frases y también que Don Cristóbal es más viejo y 
despreciable que el esposo de ella, y entonces juraba es- 
perar la muerte que debía venir en pos de tanto padecer. 
Como supo que Rosaura estaba enferma, me permitid 
ir á verla cierta mañana de un día terrible. Su marido 
está en La Habana desde hace algunos meses arreglando 
asuntos mercantiles. Me encaminé directamente á su al- 
coba y. (con la revelación de este horrible secreto 

quiero probar á ustedes la estimación que. les profeso.) 

— ^No; no, Panchita, la interrumpí. No necesitamos 
pruebas piara creer en su generoso sentimiento. Evítese 
usted el pesar que le causará una confidencia innecesaria 
y dolorosa. 

— ^Es muy grande, en verdad, objetó ella, la pena 
que me causa el fijar mi recuerdo en la horrorosa página 
que voy á mostrarles ; pero la complacencia de un cora- 
zón que ofrece tan importante testimonio de amistad, es 
aún mucho mayor. Permítanme que continúe. 

Sin darnos tiempo para replicarle nuevamente, pro- 
siguió : 

— Cuando penetré en la alcoba, vi á Rosaura tendi- 
da sobre su cama. En el acto comprendí que no dor- 
mía, por la Hvidez de su rostro, por sus ojos entreabiertos 
y sin brillo y por su posición incómoda y forzada. Me 
abalancé hacia ella ; la toqué : estaba fría ; sacudíla con 
fuerza; quise gritar, pero la voz ^spiró en mi garganta. 
Tampoco podía dar un paso, é intenté hacerla volver con 



escombros! 73 

mis repetidos besos. Estará muerta ? me pregunté. Para 
salir de tan tremenda ansiedad, apliqué el oído á su pe- 
cho y los latidos de su corazón me dieron un gran con- 
suelo. En la mano derecha Rosaura tenía una carta 
muy arrugada. No sé qué demonio me tentó á leer tal 
papel. Estaba fuera de mí ; no me daba cuenta de nada 
y la voz de la desesperación me decía que allí estaba la 
clave de la situación de mi hermana. Lo leí varias ve- 
ces, y estas fueron suficientes para que en mi memoria 
quedasen grabados con fidelidad todos sus caracteres. 
La carta decía así: 

^^ Honorable señorsii (La palabra honorable estaba 
" subrayada) He tenido la honra y complacencia de re- 
*' cibir su fina felicitación por mi próximo enlace con una 
" señorita que no me jugará, por más que usted tan viva- 
*^ mente lo desee, la partida que entre los dos hemos ju- 
" gado á su desgraciado esposo. 

^' Confieso de buen grado que tiene usted mucho ta- 
" lento para dirigir felicitaciones cáusticas, honorable se- 
" ñora ; pero quiero probarle que yo no tengo menos pa- 
" ra componer Rimas candentes. 

" Vea la muestra que le envío, escojida entre muchas 
" inspiradas por días que, sin duda alguna, no recordará 
*' usted con tanta complacencia como yo : 
Tú te pones los lentes del cinismo 

Cuando á mirarme vas ; 
Yo de la desvergüenza la careta 

Para mirar tu faz. 
Es por eso que en público nos vemos 

Impávidos los dos. 
¿ Dónde hallaremos máscaras y lentes 
Cuando nos llame Dios f 



74 ESCOMBROS ! - . . . 

Cuando me juras eternal amor, 

No extrañes que me ría. 

A tu esposo también, ante el altar, 
Se lo juraste un día. 

— " Mi corazón, primero que olvidarte, 
Se romperá en pedazos^ 

Me repites lo dicho á tu marido, 

¡¡Y te hallas en mis hrazosü 

Be la pasión el infernal incendio 

Tu conciencia inflamó: 
Por acercarme á ti, también el fuego 

La mía devoró. 

'^ I Qué tal, honorable señora f ¿Le parecen bien ins- 
^^ piradas esas Bimasf Lo fueron, como ya la he dicho, 

■'^ por aquellos días Aprovecho la ocasión para de- 

^' clararle que reconozco que debo á usted algunos servi- 

" cilios; pero confíe en que oportunamente sabré 

" pagárselos, escribiéndola una necrología, en la cual pien- 
" so llamarla ^^ matrona honorabilísima," ^^ virtud tres seis j*^ 
" modelo de esposas," ^^ fidelidad de veinte y un quilates" 
^' Gibraltrar del deber conyugal," etc. etc. 

B. S. P. su ex-suyo. — Jacinto" 

Esta carta era para mi hermana y la fií-ma pertenece 
á un libertino que ha dado mucho qué hacer á la policía. 
Burlarse de las crédulas mujeres, jugar y beber, es todo 
su oficio. Sinembargo, en todos los salónos es bien reci- 
bido, porque á menudo se le mira pasear en coche, por- 
que tiene fama de rico y por no sé qué raíces de su árbol 
genealógico. Leí aquella carta muchas veces. Al ter- 
minar, contemplé á Rosaura y no me ati-eví á dar crédito 



ESCOMBROS !. J . . 75 

aún á lo que tau claramente veía. ] Mi hermana adúltera, 
Dios mío! exclamé por último, y me dejé caer en una bu- 
taca anonadada por el dolor. Rosaura comenzó á vol- 
ver de su desmayo. Abrió los ojos, extraviados, como los 
de un demente : se fijó en mí, y recobrando entonces el 
uso de razón, buscó, toda azorada, la malhadada carta. 
Yo se la alargué llorando ; lo comprendió todo y se arrojó 
en mis brazos exclamando : 

— ^Perdóname ! Perdóname, hermana mía ! Nuestro 
despótico padi'e es el primer culpable ! 

¡ Qué verdad tan grande había dicho ! Rosaura 

no ama ; por el contrario, detesta mucho á su compra- 
dor, que no otra cosa es quien la llama su esposa. Sin- 
tió necesidad de amar y ser amada ; buscaba las delicias 
con que ha soñado su alma impresionable y se dejó guiar 
por un seductor, que la ha arrojado en el abismo del 
adulterio, para luego, después de verla encenagada, bur- 
larse de ella é insultarla despiadadamente. El segundo 
culpable es su marido. El sabía que Rosaura no lo que- 
ría, ni podía quererlo jamás. ¿ Por qué confió su honor 
á quien no le importaba nada de lo suyo? Después de 
éstas y otras reflexiones por el estilo, Rosam-a me pareció 
menos delincuente que desdichada. Puede decirse que 
la han obligado á cometer tan abominable delito. Me 
refirió lo^ pormenores de su criminal amor y yo hice lo 
posible por consolarla. 

— Tú no sabes, hermana mía, me dijo, el horrible 
suplicio que es verse una casada con un hombre detes- 
table, sobre todo, cuando no trata de captarse siquiera 
nuestra consideración, sino que, por el contrario, nos 
juzga un mueble ó una esclava que solo le ha costado su 
dinero. Al primero que nos trate entonces con delica- 
deza, le profesamos gratitud; notamos el contraste en- 



76 ESCOMBROS ! . 



tre sus exquisitas atenciones y la brutal conducta -áe 
nuestro marido; ponemos en parangón su simpática fi- 
gura y la aborrecible de quien nos trata como dueño y 

señor, y. un ángel debe ser la que no sucumba! 

Ningún hombre debe conformarse con la mano de una 
mujer, si á la vez no le entrega su corazón, porque el 
día menos pensado un seductor se apoderará de éste, y 
conducidas por el corazón, con mucha facilidad se nos 
arrastra hasta el abismo del crimen. Perdone Dios á los 
que me cegaron para hacerme caminar por entre las ti- 
nieblas del infortunio, hasta tropeza,r con la desespera- 
ción y caer en el lodo ! . 

Bañada en llanto pronunció Rosaura estas palabras. 
Abrazadas y gimiendo permanecimos largo rato sin ha- 
blarnos, hasta que resolví retirarme á mi casa, porque se 
me había advertido que debía regresar pronto. Rosaura me 
exigió, y así se lo prometí, no decir nada de lo que sa- 
bía, ni á nuestro padre, ni á su esposo. La aconsejé que 
pusiera un calograma á éste pidiéndole permiso para irse 
á su lado, pretextando trastornos de salud y la opinión 
de los médicos de que debía pasar el mar. Pocos días 
después se embarcó para La Habana. Cuando regresé á 
mi casa me dije : — Jamás me casaré con Don Cristóbal. 
Esta frase la pronuncié con mayor energía. La desgra- 
cia de Rosaura era el espejo en que veía mi pqrvenir, si 
acatase la voluntad de mi padre, y su delito un fantasma 
amenazador que me hacía estremecer. Mi padre redobló 
sus hostilidades al apercibirse de que algo sostenía mi 
firmeza. Mis padecimientos se hacían cada día más ho- 
rribles, pero no por eso flaqueaba mi resolución. 

-—Ya que quieres ser pobre, trabajarás como pobre, 
me dijo cierto día. 

Despidió todos los sirvientes, menos un muchachito 



EwSCOMBROS ! 77 

que hacía los mandados, y me obligó á barrer, á cocinar, 
á fregar, á hacer, en fi», lo que hacían dos sirvientes. 
Cuántos gajos de mi pelo han quedado en sus manos! 
Cuántas veces me ha tirado los zapatos, porque no he te- 
nido tiempo para limpiarlos, y cuántas he caído, y al le- 
vantarme he esputado sangre! Cualquier cosa era 

un pretexto para atropellarme, como talvez no lo hubiera 
hecho con una esclava. 

¡Ese es mi padre! ¿Habrá desgracia mayor 

que la de ver que no tiene compasión de nosotros quien 
nos dio el ser ? 

Panchita se había fatigado demasiado con la relación 
de tantas desventuras. Sus últimas palabras fueron acom- 
pañadas por sollozos ; la rogamos que suspendiese su his- 
toria, á lo cual accedió, después de recibir nuestra pro- 
mesa de oiría pronto lo restante, y miseá Josefa salió á 
buscarla la comida. 

Quedamos solos. Tomé la mano que en la mañana 
acarició mi frente, y la besé respetuosamente, pero con 
toda el alma. 

— Esto es en señal de reconocimiento, la dije. 

Panchita clavó en mí sus hermosas pupilas como 
queriendo descifrar en mi semblante la sensación que me 
animaba, ó para dejar que á ti'avés de su mirada contem- 
plase la huella que aquel beso había dejado en su alma. 

Dulzura y no severidad ; destellos de alegría y no 
sombras de disgusto, había en sus ojos, luceros generosos 
que me invitaban á orientar la nave de mi \dda, impul- 
sada por el soplo de una misteriosa aspiración ; pero des- 
provista del ancla de la esperanza y de la alentadora brú- 
jula de la fé. 

Miseá Josefa regresó á la habitación, prodigando 
elogios á las viandas que traía, con el fin de despertar el 
apetito de la enferma, y yo me alejé. 



78 ESCOMBROS 



XI 



Después de la comida quise volver al lado de Pan- 
chita ; pero, comprendiendo que le era menester el repo- 
so y que indudablemente se empeñaría en proseguir su 
triste historia, hice un violento esfuerzo y salí de aquella 
casa, que empezaba ya á considerar como templo de mi 
alma. 

Anduve maquinalmente largo rato, ocupado sólo de 
mis pensamientos que parecían los hilos de una madeja 
enredada y me detuve al pié de la escalinata del Calvario. 

Ya el sol se había ocultado tras la hermosa colina ; 
pero quedaba aiin la huella de su magestuoso paseo por 
nuestro cielo. 

La odalisca del Avila comenzaba á engalanarse con 
multitud de luces, que semejaban brillantes pedrerías, 
para recibir la noche, trasunto ó asociada del crimen, á 
la cual se le rinde homenaje, como también se le rinde á 
aquel. 

Lentamente subí la escalinata, cual si esperase que 
sobreviniera algo que me hiciese aproximar otra vez á 
Panchita. 

Al llegar á su término, lo primero que hice fué bus- 
car coíi la mirada el techo de aquella casa que ausente de 
ella, era para mi pensamiento lo que el polo boreal para 
la aguja imantada. 

En aquella altura, recostado de un árbol, con la ca- 
beza descubierta para ^que fuese refrescada por la agrá- 



ESCOMBROS ! 79 

dable brisa y con la vista fija en el techo con tanto afán 

buscado, pensé otra vez :— Si Panchita me amara ! 

Si nuestras almas se fundieran en una! Si tanta di- 
cha me estuviese reservada! 

Y con desenvoltura hasta entonces no acostumbrada 
forjó mi mente ilusiones bellísimas y sin cuento ; imagi- 
nó apasionadas escenas y coloquios sublimes y éxtasis 
indescriptibles y deliquios de amor y juramentos é im- 
presiones y delicias que me sumieron en una alucinación 
profunda, haciéndome creer el más feliz de los mortales. 

Ay ! si esa alucinación hubiera sido eterna! . . 

Pero un prolongado suspiro, acompañado de un sacudi- 
miento nervioso, se escapó de mi pecho, poniendo fin á 
tanta dicha. 

Estuve contemplando el amado techo hasta que fué 
completamente envuelto por las espesas sombras de la 
noche. Proseguí mi ascención, atravesando por entre los 
jardines, tan mimados antes, tan descuidados hoy, y me 
detuve frente á frente de la mole que sirvió de pedestal á 
la estatua de Guzmán Blanco. 

Acudió á mi mente el recuerdo de aquellos gran- 
diosos días en que el nobley pueblo de Caracas, desasién- 
dose de su enervamiento gritó : — / No más Urania ! ¡ No 
más servilismo ! Grito que resonó en el confin de la Re- 
pública, despertando á todos los ciudadanos que durante 
veinte años durmieron el sueño de la inercia ; pero que, 
sintiendo al fin hervir en sus venas la sangre de nuestros 
libertadores, juraron no ser más esclavos, sino de la ley, 
ni idólatras, sino de la libertad. 

Me pareció ver otra vez rodar por las calles de la 
egregia ciudad las efigies del autócrata, hechas pedazos, 
que se l^n debido conservar para fundir su bronce y 
darlo á beber á los mandatarios que en el porvenir sien- 



^ escombros!. 



tan sed de la sangre del pueblo. 

Caracas ! Tú también has derribado tu Bastilla. Tu 
has penetrado también audazmente en la cripta donde se 
hallaba enterrado el derecho de la ciudadanía venessola- 
na; lo hiciste levantar, y sepultaste luego, para siempre, la 
satánica grandeza de la pasada autocracia. 

Jura: jura siempre que veas asomar en el Oriente 
el sol que admiró tu altivez el 26 de octubre y el 20 de 
mayo, que no permitirás jamás que el despotismo aplaste 
bajo su trono tu valeroso corazón. 

Recuerda, ciudad ilustre, que los puñales que se 
hunden en el pecho de los tiranos son los de la libertad, 
y los relámpagos de los puñales de la libertad son des- 
tellos sublimes de la gloria de los pueblos. 

Bruto y Casio son unos redentores : son los hijos 
más amados de la antigua Roma. 

Todo corazón que lata por la libertad y que á la li- 
bertad venere, bendice sus manes, que deben ser los ma- 
nes tutelares de los pueblos libres. 

Los que maldicen sus nombres, los que .tienen horror 
á la sangre que gotea de sus puñales y que ca^ sobre la 
frente de los pueblos como óleo santo de la libertad ; los 
que no se prosternan ante la memoria de esos magnífi- 
cos romanos, no profesan la sublime religión dei derecho 
humano, única que no deprime la conciencia, ni atrofia 
el corazón. 

Religiones hay que nos dicen que toda autoridad es 
emanada de Dios ; pero aunque también lo sea la autori- 
dad de los tiranos, en sus propios pechos debe cavársele 
una sepultura con los puñales que divinizaron Harmodio 
y Bruto. 

Predicar el tiranicidio es predicar la justicial, y en- 
tre nosotros es una necesidad; porque entre nosotros el ma- 



ESCOMBROS 



tador de un tirano, el libertador de un pueblo con un so- 
lo golpe, no encontraría protectores, ni refugio alguno, ni 
alabanzas; sino delatores, sacrificadores y, lo que es peor 
aún, imprecaciones 6 desprecio de los mismos á quienes 
libertó del férreo yugo del despotismo. 

Aquí todos se creen honrados por estrechar la mano 
de un déspota ; pero sentirían asco para estrechar la que 
derramase la sangre de algún déspota. 

No debe ser asi; pues la sangi*e de los inocentes es 
la que tiene un hedor insoportable en las manos de los 
asesinos, mientras que la sangre de los tiranos tiene un 
olor delicioso en las manos de los sacrificadores ante el 
ara de la Diosa Libertad. 

Unas cuantas gotas de la sangre de un déspota eco- 
nomizan an'oyos de la del pueblo. 

Si Chile, entre tantos valerosísimos hijos hubiese te- 
nido un Marco Bruto, no se hubieran sembrado de cadá- 
veres sus campiñas y sus montes, ni el agua de sus mares 
se hubiese enrojecido. 

El tiranicidio es una virtud de que deben ser sacer- 
dotisas todas las conciencias : es un deber que todo pue- 
blo debe consignar en sn Decálogo. 

Cuando no se les puede enjaular, se mata á los de- 
mentes y á las fieras, y los tiranos *son, ó locos como Calí- 
gula, ó tigres como Rosas. 

Matar, antes que nos maten : hé ahí un consejo de 
la prudencia. 

La mano sacrilega que ose desgarrar las sagradas 
Instituciones de los pueblos, debe ser cortada, y herido 
todo pecho que sea caverna del odio al derecho humano. 

Los usurpadores, que hieden á carniceros, deben ser 
olfateados, para abrirles las entrañas antes que, como Ne- 
rón, se recreen en la contemplación satánica de las des- 
6 



82 escombros! 



garradas entrañas de la Patria. 

Para los buitres del despotismo no debe haber com- 
pasión, sino afilados aceros. 

Qué salte hecho fragmentos todo cráneo que aspire 
á ceñir la corona del cesarismo! Que muerda el polvo la 
boca de los gobernantes perjuros! 



•Sí- * 



En presencia de lo que fué pedestal de una de las 
estatuas de Guzmán Blanco, salieron de mis labios estos 
versos, que copio por tener para mí el mérito de ser los 
únicos que con facilidad he improvisado. 

Eso que allí se mira es una tumba 
De la increible vanidad de un hombi-e ; 
Y ella afirma que todo se derrumba 
Si de un pueblo valiente mancha el nombre. 

Después me senté en un banco colocado al pié de 
una frondosa cepa de bambú ; recliné la cabeza en su 
espaldar y á los recuerdes del pasado de la patria sucedié- 
ronse las apreciaciones del presente y luego las congetu- 
ras sobre el porvenir que la espera. 

Estas, en verdad, no fueron muy halagadoras. 

Con la mente pasé revista á la conducta de varios jó- 
venes, preciosas esperanzas de otros días, y un presenti- 
miento tristísimo torturó mi espíritu. 

¿En dónde está tu vigor, ¡oh juventud? exclamé. 

Muchas frentes que rompieron la coyunda del des- 
potismo se han rendido al yugo del vicio. 



ESCOMBROS 



Muchos corazones de los libres de ayer han perdido 
ya la pista de la gloria y corren ¡insensatos! en pos de va- 
nos placeres. 

Almas que fueron sacerdotisas^ de la libertad y que 
entonaban la marsellesa sublime del derecho, se han_^dor- 
mido, arrulladas por el chocar de las copas de la orgía. 

Todos exclamamos con profunda amargura : — Ved 
á ese : su pluma era antes el cortante escalpelo que des- 
<íubría toda la podredumbre del Cuerpo Ejecutivo ; aho- 
ra es la lengua vil que lame los pies del poderoso. — Mi- 
rad á aquél. Su boca era el clarín que llamaba á los ciu- 
dadanos á batallar bizarramente en las incruentas luchas 
del civismo en defensa de sus amenazados ó conculcados 
derechos : hoy es un insensario que despide el humo de 
la lisonja para adormecer al mandatario que por un plato 
de lentejas le ha comprado su independencia. 

Recordaba también que varias veces, cuando he ha- 
blado de dignidad, me han señalado con zumbante ironía 
á uno que fué, por su fogosidad y altivez, tipo de la ju- 
ventud independiente; pero que más tarde ha llevado su 
inaudita desvergüenza hasta el punto de jactarse pública- 
mente por la habilidad, según él, con que ha logrado unos 
nailes de bolívares, en cambio de su conciencia y de su 
honor. 

Sinembargo ; cruzaban por mi memoria los nombres 
de unos cuantos jóvenes que se han conservado dignos y 
patriotas, y ésto disminuía la tristeza de mi alma. 

Me parecía verlos con la cerviz erguida, desafiando 
los atentados del Poder ; con la sonrisa desdeñosa en los 
labios, como respuesta única á las pronaesas de los mer- 
caderes políticos, y lanzando una mirada aterradora que 
pudiera traducirse con las misteriosas palabras que tur- 
baron los orgiásticos placeres de Baltazar. 



84 ESCOMBROS ! 

— "Esos jóvenes salvarán la República", me decía 
la voz, talvez engañadora, de mi deseo. 

Ah! Si los extraviados volviesen á la senda 

donde cosecliaron tantos aplausos, donde conquistaron 
el aprecio general y fueron confirmados esperanzas de la 
Patrial 

Si rompieran las ligaduras del vicio, como rompie- 
ron las cadenas del despotismo ! 

Si se libraran de las garras del peculado, para vol- 
ver al regazo de la dignidad !-...- . 

Aliento de la libertad ! Arranca de sus cabezas la 
corona de pámpanos de los bacantes, ó la gorra con cas- 
cabeles de los juglares palaciegos, y despierta en ella» 
las dormidas ideas de patriotismo y honra. 

Infunde en los corazones de esos jóvenes que hicie- 
ron concebir tantas esperanzas, ya burladas, eterno odio 
á los cínicos vagabimdos de la Casa Amarilla que se han 
propuesto corromper la nación entera y volver escom- 
bros la moral pública, para poderse entregar á la satis- 
facción de sus vicios con el desenfreno de los habitantes 
de Pompeya y Herculano. 

Sí ; odio implacable para esos gobernantes — vómi- 
tos de las tabernas— que desprecian á los altivos y ejem- 
plares ciudadanos y halagan y protegen con los caudales 
del pueblo á los que viven ó quieren vivir en brazos de 
la crápula. 

Veía tan oscuro el porvenir de mi desgraciada pa- 
tria, que no quise pensar tan continuadamente en él por 
temor de caer en el paroxismo de la tristeza. 

Puse atento el oído á las cadenciosas notas que 
arrancaba la brisa á las delgadas hojas del bambú, y po- 
co á poco me fui librando de aquellos pensamientos. 



escombros! 85 

El vacío se hizo en mi mente. Mi imaginación que- 
dó envuelta entre tinieblas. 

Semejante á los destellos precursores de la aurora, 
una claridad despuntó en el horizonte de mi espíritu. 
Era la aureola que circunda la divina imagen de Pan- 
chita. 

No es más bella la sonrisa de la rubia hija del sol 
que la que plegaba los coralinos labios de la encantadora 
visión. 

Ella venía á borrar de mi frente las huellas del pe- 
sar y á ofrecer á mi corazón el cáliz del consuelo. 

— Benditas seas! exclamé, y la contemplé extasiado 
y feliz. 

Ya no me quedaba la menor duda de que yo amaba 
con delirio, y para el que ama así, tiene su espíritu días 
y noches, como la vida universal. A la" tristeza sucede la 
alegría, y ésta, solo momentáneamente le cede el puesto 
á aquella. 

El amor es un beso que la dicha nos dá en el cora- 
zón, ó el sello con que la desgracia marca sus fritiu'as yíg- 
timas. 

Mientras el amor pueda cultivar ilusiones, preciosas 
üores del alma, el mundo nos parece un paraíso. Todo 
es alegría á nuestro redor, solo períumes aspiramos, y 
nos parece que es para celebrar nuestra dicha que los in- 
quietos paj arillos modulan sus incensantes gorgeos. 

Pero ¡ay! .si falta el rocío de la esperanza, donde 

lucieron flores, brotan zarzas y abrojos, entre los cuales 
van quedando los girones de nuestra vida. 

Terminó al cabo el delicioso éxtasis en que me había 
sumido la aparición de la encantadora imagen de Panchi- 
ta ; pues un recuerdo, terrorífico como el graznido de un 
buho para los supersticiosos, cruzó por mi memoria. 



86 escombros! 

Había oido decir á Panchita que su padre creyó q¿ue 
ella amaba á otro, y esta frase hizo una impresión en mi al- 
ma que despertó entonces más violenta, pues había que- 
dado adormecida por la tranquila mirada de sus ojos. 

¿ Amará á otro ? 

La pregunta solamente me horrorizaba. Nó ; no 
quiero creerlo, me dije. El tesoro de su amor me está re- 
servado : si nó ; i para qué se ha interpuesto en mi caminoT 
Sus preciosos' labios no han pronunciado nunca juramen- 
tos de amor. En sus negras pupilas no se ha mirado aúu 
algún afortunado amante, ni su pecho ha suspirado, en- 
volviendo un nombre en el suspiro. 

Panchita me amará : será mía, dije en mi delirio. 

Columpiado mi espíritu por tan gratas ilusiones, me 
creía el más feliz de los mortales ; más la destemplada voz 
de la duda me gritaba luego : | Pero, si ama á otro f 

Entonces me golpeaba la frente ; mesábame los cabe- 
llos y se me agolpaba la sangre á la cabeza. 

Un rayo de luna que, atravesando el folliaje del bam- 
bú fué ú herirme la vista, puso fin á la contienda empe- 
ñada entre la duda tenaz y mis bellas ilusiones. 

Saqué el reloj : era tardísimo. 

Me puse en marcha con rapidez y atravesando la 
esplanada del "Calvario", brillantemente iluminada por 
la luna, pensé en Panchita ; después en los alegres paseos 
que, favorecidos por el fanal de la noche dan los recien- 
llegados al reino de Himeneo, y luego en el andar acom- 
pasado de los que llevan camino de la paternidad. 

¡ Cómo delira la mente de los enamorados ! 

Llegué á casa : todo estaba en silencio, 
j Cómo no he llegado á tiempo para verla ó para pre- 
guntar por ella á miseá Josefa ! . . Cómo habrá seguido' ? 
¡ Soy un imbécil !!.... ¿ He de acostarme sin saber cómo 



escombros! Sy 

está ? 

Así me reproché por mi descuido. Tentaciones me 
dieron de llamar á miseá Josefa ; pero podía estar donni- 
da Panchita j despertarla mi imprudencia. 

Entré á mi cuarto y me tendí vestido sobre la cama 
para pasar una noche horrible. 



XII 



A las seis de la mañana siguiente, al salh* miseá Jo- 
sefa de su cuarto, salíla al encuentro. Estaba asechán- 
dola hacía rato. 

— Cómo sigue! la pregunté. 

La buena señora dio un salto : salía encandilada y 
la soi'prendí. 

— Niño! . Qué susto me has dado! .... dijo lle- 
vándose una mano al corazón, y después de haberse se- 
renado, agregó con esa alegi'ía que sucede siempre á los 
sustos : 

— ¿Has pasado la noche de centinela! Pues señor í... 
ya apareció el peine! Ahora sí que la compusimos!.. 

Sin hacer caso de estas palabras, la volví á preo-un- 
tar con muestras de mal contenida impaciencia : 

— ¿Cómo sigue Panchita.^ 

— Descuida, sereno del amor, me contestó riendo. 
La encantadora, la adorable Panchita sigue bien. 

Quise hablar, pero miseá Josefa me interrumpió : 

— Qué es eso? ¿Te has metido á coquetof ¿Ahora 
te pintas chapas y ojeras, como la damisela de enfrente!.... 
Ah! no : es el carmín del sonrojo y las huellas del in- 
somnio. 



88 ESCOMBROS 



— Amanece usted de muy buen humor, señora. 

— Cómo no! hijo mío, si he visto resucitar tu cora- 
zón? Eso me ha complacido mucho. Y en verdad que 

tienes excelente gusto! Esa niña es un ángel por 

lo bella y por lo buena. |,Sabes que ha extrañado mucho 
que no hubieses entrado anoche á verla? 

-r-Cierto? la pregunté alborozado. 

— Gruá! Por qué lo dudas! Se te atraca en la gar- 
ganta ^sa pildora de placer? 

¡Qué necios son los enamorados! pensé. 

¿Qué cosa más natural que su extrañeza'? Cuando 
el amor se anida en nuestro pecho, nos convertimos en 

niños, y entonces ¡qué de tonterías cometemos y 

cuántas necedades decimos! 

Yo me he reído muchas veces de jóvenes que presu- 
mían de perspicaces, pero que luego, al hacer la corte á 
alguna dama, han dado la diversión a los demás como 
cualquier simple. 

Y los viejos? Ah! no provoca más hilaridad un 

mono tití de las selvas del Río Negro que un viejo ena- 
morado de una niña de diez y seis á veinte primaveras. 

Con teñirse el cabello y la barba ; con abandonar 
el proverbial tabaco y fumar cigarrillos en pinzas de oro ; 
con dejar en un rincón el pesado bastón para jugar con la 
flexible varita, y con empapar el pañuelo en corilópsis y 
andar para arriba y para abajo con una rosa gigante en 
la mano, todo viejo se cree convertido en un conquista- 
dor de corazones. 

Aunque las ridiculeces de los jóvenes enamorados 
son de menores proporciones que las de los viejos, ya 
empezaba á temer por mí, pues no me quedaba la menor 
duda de que estaba frenéticamente enamorado, y miseá 
Josefa había comenzado á divertirse • con el papel que es- 



ESCOMBROS ! 89 

taba á mi cargo. 

Afortunadamente Panchita no tenía hei*manitos que 
me arruinasen pidiéndome dulces y pesetas, ni me vería 
obligado, para seguir la moda establecida por los que no 
han encontrado otra manera de congraciarse con las futu- 
ras suegras, á sacar á paseo á los chiquitines, sentarlos en 
mis rodillas y soportar que me hicieran sus gracias, arru- 
gasen mi sombrero, reventasen mi leontina y dejasen im- 
presas en la pechera de mi camisa las manecitas con que 
al gatear por los corredores de la casa recogieran tanto 
sucio. 

Amar y no tener un confidente debe ser, ó un im- 
posible, ó un tormento. 

Nuestras dudas é ilusiones, nuestras esperanzas y te- 
mores, y todos nuestras impresiones necesitamos confiar- 
las á un pecho amigo. 

Miseá Josefa, quien es para mí como una madre, 
tiene títulos bastantes para ser mi confidente. Mi deber 
era abrirle el libro de mi alma y decirla : — Leed. 

En efecto, la referí todo ; todo lo que había sentido 
y pensado. Cuando concluí mi relato, me dijo : 

— O soy una imbécil, ó ha de llegar el día en que 
los llame mis ahijados. 

— ¿Por qué lo dice usted, señoral 

— Porque cada uno lee en su libro ; y yo he leído 
en el libro de la experiencia. ¿Te figuras que lo que me 
has dicho es nuevo para mil Yo había sorprendido tu 
secreto y el de Panchita también. 

— Es decir que usted cree que ella . — 

— Te ama. 

Alegre, como el niño á quien se acaba de ofrecer un 
vestido nuevo, me arrojé en los brazos de miseá Josefa ; 
pero otra vez sentí el aguijón de la duda ; por eso contesté 



90 ESCOMBROS 



con una sonrisa, que tenía un marcado tinte de amargura, 
á la siguiente ocurrencia de ella : 

— Mira, ahijado, te advierto que me prometo además 
el comadrasto. 

—Yo no sé por qué me atormenta tanto la voz de un 
fatal presentimiento ; pues no soy supersticioso. Creo que 
no disfrutaré la diclia que anhelo y temo que Panchita 
ame á otro. 

—Na lo creas : ella te corresponde. Si tuviese un 
amante, se hubiera hecho depositar por él. 

Tal idea, que no se me había ocurrido, me llenó de 
gozo, aunque fugaz, pues la duda, fantasma pavoroso de 
los que aman y no han recibido un juramento de amor, 
otra vez me decía : — quién sabe ! . . . . 

Resolví exigir á Panchita que me sacase de tan ho- 
n'ible incertidumbre y esperé la hora oportuna para entrar, 
presa de una inquietud más viva que la de un general en 
jefe la víspera de una batalla decisiva. 

Miseá Josefa dejóme sólo con mi duda. 

Qué tremenda fué mi ansiedad ! . . . . 

Violentos calofríos sacudían mi ser, y ya encendía un 
cigarro, creyendo que mi inquietud disiparíase como su 
humo ; ya balanceábame con ahinco en el mecedor que 
ocupaba, como intentando dar mayor movimiento al reloj 
del tiempo ; ya quedábame inmóvil con la mirada clavada 
en el techo, y hasta llegué á hacer objeto de distracción la 
escena de una araña devorando una mosca. 

Al fin oí estas deseadas palabras de miseá Josefa. 

— Puedes entrar. 

Panchita, como siempre que la fiebre no la postraba, 
se hallaba sentada en un mecedor; muy pálida, pero bellí- 
sima. Al verme me dijo sonriendo ligeramente : 

— Creí que usted se había olvidado de mi 



ESCOMBROS ! 91 

— Oh ! - no insulte usted mi corazón. Olvidarla í 

Solo sería posible perdiendo el uso de razón 

— Lo cual yo sé de quien depende, interrumpió miseá 
Josefa, tosiendo maliciosamente mientras ponía en orden 
los objetos colocados sobre el alféizar de una ventana. 

Panchita se estremeció ; bajó los ojos, j coloreáronse 
sus pálidas mejillas. 

— Habré dicho demasiado I pensé. 

Tomé asiento junto á ella, j estuve largo rato sin sa- 
ber cómo romper el silencio. 

I Qué interpretación habrá dado á mis palabras y á 
las complementarias de miseá Josefa 1 ¡^ Qué impresión 
la habrán causado ? Será de desagrado! Si es así, ama 
á otix) hombre. 

Estos pensamientos y la favorable circunstancia de 
habernos dejado solos la inteligente vieja, me decidieron á 
abordar de frente la cuestión. 

— Panchita : la dije. Ya que usted me ha dado prue- 
bas de su generoso aprecio hacia mí, haciéndome delica- 
das revelaciones y confiándome el importantísimo secreto 
sobre su hermana Rosaura, voy á permitirme hacerla una 
pregunta. 

— La'í que usted guste, me respondió con voz emocio- 
nada, cual si presintiera algo grave. 

— No ha dicho usted que su padre creía que usted 
amaba á alguien ? No se ha engañado al pensar tal cosal 

— Oh ! sí, sí, respondió prontamente, inclinándose 
hacia adelante y alzando la mano como para impedirme 
que continuase. No lo dude usted, por Dios ; no tenía 
razón : vo no amaba á nadie. 

Aquel tenía y este amaba, pronunciados descuidada- 
mente por Panchita, resonaron en mi alma de una mane- 
ra gratísima. Me lisonjeaba creyendo que su corazón 



92 ESCOMBROS ! . 



la había hecho traición. No amaba entonces y daba á 
comprender que ahora sí ; ¿ á quién podría ser í 

Además, su visible azoramiento j el tan marcado 
empeño en impedirme que continuase exponiéndole mis 
dudas y en hacerme creer en la sinrazón de su padre ; eran 
las manifestaciones ingenuas de un corazón virgen para 
el amor, ó interesado en que yo no le creyese unido á 
otro. 

Impulsado por poderosa emoción, tomó la mano que 
ella suspendiera para imponerme silencio, y la dije con 
insegura voz : 

— Gracias, Panchita. Su respuesta me ha hecho 

mucho bien. La duda me mataba por porque la 

adoro, concluí bajando la voz. 

Luego, cual si hubiera dicho una heregía, ó cual si 
la hubiera dirigido una ofensa imperdonable, agregué 
presuroso y en tono suplicante : 

— Perdóneme, perdóneme usted esta confesión que era 
ya una inaplazable necesidad de mi alma. 

Quedóme, todo azorado, trémulos los labios y entrea- 
biertos, y con la mirada fija en sus párpados, que eclip- 
saban la lumbre de sus ojos en aquellos instantes en que 
deseaba leer en ellos lo que sus labios no podrían decirme. 

Ni yo podía comprender la situación de Panchita, ni 
á ella la era posible imaginar lo que por mí pasaba. 

Varias veces vi agitarse ligeramente los delgados co- 
rales de su boca ; creía que iba á decirme algo ; ansio- 
so me aprestaba á recojer en mi oído todas sus palabras ; 
pero, para aumentar mi ansiedad y mi tortura, permane- 
cía muda. 

Como relámpago vi dos veces- la luz de su mirada, 
pues sus ojos se alzaron y se bajaron incontinenti. 

Por terqera vez fijáronse en mí ; pero entonces se 



ESCOMBROS ! 93 

detuvieron á contemplarme á través de una lágrima, con 
una ternura tan grande, que juzgué tristeza. 

Creyendo yo que su pesar lo causaba el verse ama- 
da por quien habitaba bajo el mismo techo que ella, me 
apresuré á volver á su corazón la confianza en mi lealtad 
de caballero, diciéndola : 

— ^Ha disgustado á usted mi confesión, Panchita? 
Me ha animado á hacérsela el pensar que usted me juzga 
un caballero de quien nada debe temer, por mucho que 
la ame y aunque vivamos bajo el mismo techo. 

— Usted ha pensado muy bien, señor ; me contestó. 
¿Cómo voy á temer á quien acaba de darme una prueba 
más de su generosidad! 

— Y entonces, esas lágrimas? la interrumpí al ver que 
lloraba. 

— No son de enojo, me respondió haciendo un es- 
fuerzo para que la última sílaba venciera la resistencia 
que un sollozo le oponía. 

— Luego, ¿me permite usted que la ame? Sea indul- 
gente con el corazón que no ha podido disimular su pa- 
sión, ni sufrir por más tiempo las torturas de la duda. 
Calcule la inmensidad de ambas cuando no he podido 
ocultarlas. 

La pobre niña temblaba y el rubor había vencido la 
palidez de azucena de sus mejillas. Repuesta algo du- 
rante un corto silencio, me dijo conmovida : 

—Usted es demasiado bueno conmigo. Yo no soy 
sino una desgraciada que solo merece compasión. El co- 
razón me dice que jamás dejaré de serlo, y me mortifica 
la idea de que su noble alma participe del infortunio á que 
estoy condenada para siempre. 

Después de oir estas palabras de Panchita, yo he de- 
bido quedar conforme por lo pronto, y no estrecharla aún 



94 ESCOMBROS 



más en su difícil situación ; mas no fué así ; antes por el 
contrario, tomando aliento al ver que mi revelación no la 
había desagradado, exclamé : 

— Ali ! nó : si nuestras almas se unen serán dichosas. 

Me detuve, porque una nube de tristeza, más densa 
aiín, apareció eii el rostro de mi amada ; pero, como al de- 
seo satisfecho sucede otro, aún más imperioso, yo, que pri- 
mero deseaba solamente saber, si ella tenía libre el corazón, 
luego declararla mi amor, y enseguida saber si ésto la ha- 
bía enojado, sentí por iiltimo el anhelo de escuchar mi 
sentencia. Por eso la dije : 

— ¿, Qué debo esperar de su corazón, Panchita, en 

cambio de mi amor? Gratitud solamente ? . . . Deje? 

usted que sus labios interpreten la voz de su corazón. 

¿ Me ama usted, Panchita ? Respóndame, por favor, 

y perdone mi locura 

Una mano que tiembla y que á otra estrecha ; unos 
labios que se agitan sin articular palabra, y unas lágrimas 
que nublan las pupilas que con ternura angelical nos mi- 
ran ¿qué dirán? 

Las lágrimas, próximas á caer, los labios temblorosos 
y mudos, y la convulsa mano de Panchita estrechando la 
mía, decían que su corazón me amaba. 

Me sentí feliz, como jamás pensé que se pudiera serlo. 

Más elocuentemente no hubiera podido hablar un co- 
razón y confesar su amor, que como lo hizo el de mi 
amada ; sinembargo, como quise go^ar la celestial delicia 
de oír apasionadas frases de su armonioso acento, me pro- 
puse conseguirla, dirigiéndola preguntas que contestaba 
con monosílabos, con un movimiento de cabeza, ó con 
elocuente silencio. 

Por fin, no pudiendo contenerse más, é instada por 
mi anhelo, me dijo con aquella candidez que tantas veces 



escombros! 95 

me sirvió de prisma para contemplar y apreciar debida- 
mente la nobleza de su alma. 

— No es sólo gTatitud lo que siento por usted; anocbe 
presentí que era algo más, cuando noté la gi-an falta que 
me hizo su visita; pero, amigo mío, á pesar de saber ésto, 
no sé por qué deploro en mi interior que usted me ame. 

— Amándome usted, Panchita, debe serla grata mi 
declaración. 

— Talvez sucede lo contrario porque temo muclio 
que sea usted desgraciado por mi culpa. 

— ¿ Pero cómo he de serlo, si usted me ama i 
, — Hay seres nacidos para la desgracia y para hacer 
desgraciados á cuantos se interesen por ellos : yo soy uno 
de esos. 

— Nó ; nó, Panchita ; seremos felices porque la adoro 

y porque usted me ama ¿ Verdad que usted me 

ama? 

— Sí ; respondió con voz casi perceptible y bajando la 
mirada. 

En presencia de tanta dicha, en cuyos brazos creí 
atravesar el porvenir ; al oír aquella sublime palabra, ex- 
clamé alborozado : 

— ¡Qué feliz me has hecho, vida mía! Ámame 

mucho y repíteme que me amas Te adoro, Pan- 
chita. Nuestras almas se buscaban y se han hallado para 
ser dichosas. Hemos nacido el uno para el otro. Sere- 
mos felices, muy felices 

Su preciosa cabeza hizo un ligero movimiento de 
derecha á izquierda y viceversa, y luego se inclinó, co- 
mo abatida por abrumadores pensamientos. 

Iba á preguntarla en qué pensaba ; pero en ese ins- 
tante entró miseá Josefa y dijo : 

— Aquí está el Doctor 



90 ESCOMBROS 



La buena vieja, sonriendo maliciosamente, me exa- 
minó el semblante y luego hizo lo mismo con Panchita. 
Después largó esta exclamación, aislada, pero significativa 
para nosotros : 

— Ay, hombre! 

Mientras Estrada examinaba á la enferma, me puse 
á meditar sobre el movimiento de cabeza con que ella 
contestó mis iiltimas palabras. 

La infejiz ni creía en la felicidad, ni la esperaba. Te- 
nía razón, pues no la encontró en su hogar y sólo sufri- 
mientos había recibido de la mano paternal. 

Ella se creía desposada para siempre con el infor- 
tunio. 

Pobre Panchita! 

^ Cuando me he preguntado en mis elucubraciones fi- 
losóficas si Dios es un ser consciente, me ha golpeado la 
mente el recuerdo de los sufrimientos de mi amada, y 
entonces no he podido comprender el por qué, siendo po- 
sible evitarlo, ha permitido que padeciera tanto la pura 
niña que sólo merecía ser colmada de felicidades. 

Para ganar la gloria? (Sé que estoy pisando la mo- 
vediza arena de las metáforas). ¿ Luego los felices en este 
mundo no podi'áii serlo en el otro, aunque sólo sean ejem- 
plares de justicia? ¿La íeHcidad terrenal es un crimen! 

¿Las lágrimas y los ayes son las monedas con que 
anticipadamente se paga aquí la felicidad de alláf 

Convengo en que tales suposiciones suelen ser con- 
soladoras para unos pocos desgraciados ; pero los que á 
ellas acuden ponen, en sentir de otros, un ceño de ociosa 
crueldad en la frente de su Dios. 

Por otra parte: ya es tiempo de que trabajemos de 
consuno y esforzadamente, á fin de evitar ó disminuir 
nuestros males, y abandonemos la ridicula tarea de con- 



ESCOMBROS !- . . - 97 

«olarnos mutuamente con imaginarias recompensas. 

Nada de sufrir con resignación. Mientras haya quien 
sufra con resignación é indebidamente, habrá serviles, y 
mientras haya serviles, la humanidad estará tiranizada 
por el vicio y por el crimen. 

Tratemos de que desaparezcan las causas de nues- 
tras penalidades, y no nos crucemos de brazos indig- 
namente para soportar sus efectos, creyendo meriforio 
el ser cómplices y víctimas á la vez de la injusticia 
que en el mundo campea. 

Presentemos el pecho á esa injusticia ; no la rinda- 
mos el cuello. 

Combatámosla ; no la suframos. 

Desengañémonos: los que lloran no serán consolados, 
;sino secando los manantiales de sus lágrimas ; y los ma- 
nantiales de sus lágrimas son las pésimas leyes de la aso- 
ciación universal. 

Mientras los que sufren estén lisonjeados por recom- 
pensas imposibles, no pretenderán sacudir el yugo de la in- 
justicia, y mientras los que nos hacen sufrir se crean ins- 
trumentos de alguna Divinidad para castigarnos ó someter- 
nos á prueba, lejos de horrorizarse por su crueldad, se juz- 
garán altamente honrados por haber recaído sobre ellos la 
elección para ser los esbuTos de un dios á quién, sin saber- 
lo, representan despótico y pigmeo. 

Yo, pobre Panchita, te considero una víctima de la tira- 
nía paternal, que también tiene su trono, y á esa tiranía, 
consecuencia de la idolatría del oro y de la pasión por el 
lujo, emanaciones pestilenciales de nuestro canceroso cuer- 
po social. 

Los que quieran emprender una obra humanitaria 
que derriben aquel trono, que extingan aquellos miasmas 
y sanen ese cuerpo. 



98 ESCOMBROS ! 

Cómo? 

No por cierto diciéndonos que suframos con resigna- 
ción, por ser ésto meritorio ; ni divinizando la injusticia, 
llamándola crisol donde nos prueba Dios. 

No haciendo de las penas letras de cambio, pagaderas 
en otra vida, y de los pecados instrumentos de tortura que 
el moribundo entrega al confesor para que los pulverice, 
después de liaber probado con ellos la fé de los ^predestinados.. 



XIII 



Recordando mi primer amoroso diálogo con Panchita^ 
caí en que la había tuteado nuevamente. 

Porqué*? Porque el usted debe proscribirse cuando 
dos corazones se hablan al oído. En el lenguaje de la ter- 
nura el tú es indispensable. 

Cada cual tutea á su dios, |,y qué otra cosa es el ser 
amado y que nos ama I 

Lo divino, lo sublime, eso es Bios, y el objeto de nues- 
tra idolatría es divino, y en él encontramos la sublimidad. 

Si toda la humanidad estuviese uinida por un senti- 
miento tan sublime como el amor perfecto, la huínanidad 
sería un dios, cuyos átomos serían dioses también. 

Cada cij^l amado por los demás, amando á los demás 
y pronto á sacrificarse por los demás; hé ahí lo necesario 
para que la humanidad se atavíe con el desocupado ropa- 
je de la Divinidad. 

¡Oh grandioso ideal!. . Tú tienesmás poder que todos- 
los dogmas religiosos para hacer marchar por la recta sen- 
da á las conciencias libres ! . , Yo • estoy enamorado de tí : 
yo te busco ; yo te persigo con más insistencia que otros. 



ESCOMBROS ! 99 

las egoístas recompensas de ultratumba 

Después que el Doctor Estrada tomó el pulso á la en- 
ferma, y examinó su herida de la cabeza, aplicóle el oído á 
la espalda, diciendo que era para que el corazón le i'^ve- 
lase sus secretos. Al terminar su examen dijo : 

— Ya no está usted tan impresionada; su corazón pal- 
pita con firmeza. Pronto estará completamente buena. 

Comprendí que estas palabras tenían por objeto di- 
sipar todo temor en la enferma. Cierta contracción de de- 
sagrado en las facciones de Estrada me decían que su« la- 
bios mentían. 

Una nube negra y fatídica cruzó por el cielo de mi 
fantasía, segundos antes tachonado por hermosas ilusiones, 
estrellas fulgurantes que escribían el grandioso poema de 
mi soñada ventura. 

Yo deseaba que Estrada saliese cuanto antes para 
preguntarle confidencialmente su opinión sobre la enferma 
pero, para suplicio mío, se dio á hablar del Gobierno, que 
habla ordenado ese día la prisión de un amigo muy queri- 
do de él, por el solo motivo de ser Redactor de un perió- 
dico, que ni recibía consigna oficial, ni vendía lo que de- 
cía. 

— ¿Háse visto, señores, dijo Estrada con énfasis 
oratorio, atentado más inaudito 1 ¿Qué liberalismo del 
infierno es éste I ¿ En dónde está la libertad de la 
prensa que la Constitución consagra y cuya rei- 
vindicación selló el pueblo en la cívica jornada del 
20 de mayo ? El liberalismo de esos hombres es xma 
irritante mentira y la única libertad de que podemos 
gozar es la libertad de adular. 

Comparad sus palabras de ayer con sus actos de hoy 
y tendréis una idea del máximun de hipocresía que puede ' 
contener el pecho un felón. Pedidles una prueba de su 



lOO ESCOMBROS 



democracia y os alargarán una copa con cuatro dedos de 
brandi. Decidles que queréis servir á la República y os 
preguntarán si vuestra conciencia está dispuesta á ocupar 
el lecho de la prostitución. Si tenéis hambre ; si deseáis 
ganar dinero y ocurrís á ellos, pretenderán que vuestra 
lengua se convierta en cepillo limpia-botas. La tiranía, 
que creíamos muerta para siempre, ha renacido, pero de- 
generada : si tiene alguna grandeza, es la grandeza del 
cinismo y del ridículo. En la Rotunda gimen varios pe- 
riodistas ; sinembargo, nos aturden con el retintín de la 
fulana Behahilitación, palabra tan hueca como sus cráneos, 
y se llaman liberales, é insultan á los godos, y hablan de 
libertades que son para ellos lo que los fulgores del sol 
para los buhos. Si aparece un periódico con este lema : 
Al^TivEZ Y HONRADEZ, inmediatameiite escucha su Re- 
dactor el maraqueo de una cajita que contiene el dio eró 
con que el Poder compra sus esclavos : si no se vende, 
va á parar á la cárcel, para oír la música de sus cadenas y 
del manojo de llaves del brutal carcelero. Por eso, mu- 
chos han empuñado la pluma, no como piqueta para gol- 
pear el trono del despotismo, sino como martillo de su- 
basta para rematar la conciencia y el honor. Prostituir 
la prensa es más odioso que encadenarla. Detesto más á 
los tiranos que aplican al periodista una mordaza de oro, 
que los que le ponen un grillete de hierro. Los escritores 
que consignan sus ideas hasta en las paredes de un cala- 
bozo, dan al civilizador poder de la prensa la magestad 
del martirio : los que escriben sus nombres en la nómina 
de la asalariada jauría del poderoso, prostituyen imper- 
donablemente su sublime misión. 

¡Cuándo tendremos República! 

¡Cuándo tendremos Gobierno que moralice y no co- 
rrompa! 



ESCOMBROS!. lOI 

A mi amigo le projMsieron comprar su silencio ; co- 
mo les respondió lo que la dignidad le dictó, lo lian pren- 
dido esos infames hipócrítas. Ahora lo tendrán así me- 
ses y meses sin ocuparse, siquiera por vergüenza, de lle- 
nar las fórmulas de un juicio, como ha sucedido con otros 
muchos. Pero lo más irritante de todo ésto es que esos 
señores que así proceden, no se llaman absolutistas, ni go- 
dos, ni visigodos, ni ostrogodos, ni vándalos, ni hunos, 
sino ¡liberales!!! 

¡Malditas sean las lenguas que profanan tan hermo- 
sa palabra!!! 

Hablando así, estaba el Doctor Estrada hecho una 
furia. Su sonora voz era el termómetro que indicaba el 
aumento de su cólera. 

Estaba hermoso. 

Con las venas de su frente henchidas y resaltantes ; 
con la sangre agolpada á la cabeza y queríendo brotar 
por los poros ; con los ojos inyectados y centelleantes ; 
temblándole los labios y golpeándose las piernas en su 
violento accionar, parecía la personificación de la ultra- 
jada libertad lanzando su ene'rgica protesta á la faz del 
despotismo. 

Estrada es incorruptible y talentoso. Escribe para 
el público con la misma independencia con que habla en 
privado. Ha podido hacerse ríco, rompiendo ó esclavi- 
zando su pluma ; pero ha insultado debidamente á los 
que se lo han propuesto. 

No me sorprenderá la noticia de su prisión, puesto 
que es digno, y hoy, como ayer, si queremos encontrar la 
dignidad, debemos buscarla en la Rotunda. 

Patria mía! ¿ Porque^ no das muchos Estradas ? 

Continuó el austero Doctor, después de tomar alien- 
to; increpando severamente á los compradores de concien- 



I02 ESCOMBROS 



cias con los dineros del pueblo, y«á los que las venden. 
Protestó contra los atentados del Poder y maldijo la indi- 
ferencia de los que llevarían á las mil maravillas las fal- 
das mujeriles. Encomió merecidamente al señor Miche- 
lena, á los jóvenes Marquíz, á Vargas Vila, á Montaña, 
á Baptista, y á los Redactores de "El Partido Democrá- 
tico, " de " El Criterio" y de " El Carácter," apellidán- 
dolos HONOR DE PUESTEA PRENSA. Impetró del cielo 
un cólico miserere pa,ra Echeverría, quién empezó diri- 
g-iejido al Gobierno las invectivas y denuestos acostum- 
brados por Rochefort, y de la noche á la mañana se con- 
virtió en su perro faldero, y para todos los quB, como Se- 
derstrong, Peraza y los Aldrey, reciben del Poder un 
mei^drugo de pan por cada editorial que escriban. 

— Malditos sean esos canallas, exclamó finalmente, 
que vejan á los hombres dignos y se rodean de mercena- 
rios escritores que consumen en la crápula caudales que 
cuestan al pueblo arroyos de sudor y penalidades infini- 
tas. 

Habiendo llegado, su furor á su último grado, me to- 
mó del brfizo diciéndome : 

— Vayámonos : no quiero hablar más sobre ésto. 

Nos dirigimos á la puerta ; pero antes de llegar á ella 
Pan chita me preguntó : 

— ¿ Volverá usted después de almuerzo ? 

— Indudablemente. Cómonó!.. la respondí lleno 
de gozo. 



ESCOMBROS ! lO' 



XIV 



La voz de los libres es siempre seducfora. 

Mucho me gustaba oír hablar á Estrada como aca- 
l3aba de hacerlo ; sinembargo, cuando m^e in\'itó á salir se 
lo agradecí inmensamente, pues anhelaba conocer su opi- 
nión sobre el estado de la enferma. 

Lo guié á mi cuarto y ofreciéndole una silla y un ci- 
garrillo, le pregunté: 

— Panchita sigue mal ¿ verdad, anigo mío ? ^^ Se 
lian convertido en certidumbre tus sospechas f 

—Así es : sus pulmones no están sanos : los crueles 
padecimientos que han raimado su salud y el riorono de hi 
fría noche en que la hallaste, la han puesto en un camino 
muy corto y que conduce al sepulcro. 

La iinpresi(5n que estas palabras me causaron fué te- 
rrible, como la que produce en el buen hijo la repentina 
noticia de la muerte de la idolatrada madre. 

Mi amigo se extendió en otras explicaciones que, co- 
mo las de la mañana anterior, no pude comprender, por 
•el anonadamiento de mi espíritu. ' 

El conoció en seguida todo el mal que me había he- 
cho con su franca revelación, y trató de consolarme ; pero 
sus esfuerzos para conseguirlo fueron inútiles. 

Me habló de los recursos de la ciencia ; prometióme 
■que consultaría con otros facultativos más competentes, y 
tomó á empeño el hacerme creer en la posibilidad de una 
equivocación por parte suya. Todo fué en vano. Más 



I04 ESCOMBROS ! 

fácilmente creemos en la fatalidad que en la dicha. 

La muerte de Panchita ! He alií una idea que me- 
causaba torturas más horribles que las que un condenada 
á la horca experimenta en sus últimos momentos. 

Ni la boca de una pistola amenazando nuestro pecho ; 
ni la fría punta de un puñal en contacto con nuestra gar^ 
ganta ; ni el hallarnos colocados en medio de una sabana,, 
cuya tostada yerba arda por los cuatro costados, será un 
suplicio tant^grande como el saber que nuestra amada mo- 
rirá muy pronto. 

Nó ; no hay angustia mayor. 

Ah ! si mi buen amigo Estrada hubiera sabido lo que 
era Panchita para mí, no habría desgarrado el corazón que 
le profesa tan sincera amistad. 

Una era de sufrimientos comenzaba para m\ ; muy 

bien lo comprendí, y no tenía siquiera el consuelo de creer 

que mis pesares serían títulos para merecer en otra vida una 

felicidad superior á la que me prometía el amor de Pan- 

•hita. 

Bien ; sufriré, me dije, y luego, después de haber re- 
cibido el último suspiro de mi amada, me burlaré de, 
quien me dirija la tan gastada letanía del consuelo. 

Las voces de miseá Josefa, avisándonos que el almuerzo 
estaba servido, pusieron fin á la disertación de Estrada y 
á mi tristísima meditación. 

- Yo tenía siempre buen apetito ; pero en esos días lo 
había casi perdido, lo cual estaba ya notado por mis co- 
mensales. 

Aquella vez no tenía absolutamente alguno ; pero resol- 
ví comer á la fuerza para no llamar la atención y por 
parecerme consolador el siguiente raciocinio : JEl camino 
(le la apoplegia y el de la tisis conducen á un mismo punto. 

Deseaba que cuanto antes terminase el almuerzo pa- 



ESCOMBROS ! 105 

ra que se marchasen mis compañeros, pues si me veían 
entrar á la habitación de la enferma, era capaz alguno de 
seguirme. 

Concluyeron de comer, pero comenzaron á charlar 
de sobremesa, 

¡Qué necios y pesados me parecieron ese día! 

Verdad que algunos lo son siempre. 

Jacobo E, — . sacaba el pecho, repleto de vanidad, 
cual si luciese allí el profanado Busto del Libertador, que, 
por lo pronto, lo tiene media humanidad ; pero él sola- 
lamente tenía en el ojal de la solapa un macito de viole- 
tas que se empeñaba en hacer pasar por la prueba amo- 
rosa que le había dado una rubia, más linda de lo que 
pintan á María Santísima, si hemos de deducir por la des- 
cripción que de ella nos hizo. 

Adolfo le dijo con zumbante risa que lo había visto 
en el mercado comprando las violetas á una vieja isleña, 
y concluyó con estas palabras : ' -^ 

— ¿Es esa tu Dulcinea, queridot Pues á íé que la 
celebérrima del Toboso ha hallado su rival ; no en la be- 
lleza, sino en la liabilidad para sazonar el mondongo. 

Fué digna de verse la furia del presuntuoso petime- 
tre al oír tales frases. 

Con el rostro amoratado, pálidos los labios y los ojos 
centelleantes como ascuas, se puso en pié y desafió á to- 
dos-Ios presentes. 

— ¿„De dónde has sacado tales bríos, le preguntó Car- 
los, cuando ayer no más te faltaron para castigar debida- 
mente al insolente que te dijo que ahora meses, antes de 
ausentarse de Caracas tu familia, tu madre mandaba á su 
hija mayor á hacer á Andueza no sé qué reclamaciones, 
para ver si su belleza lo tentaba y concedía más de lo 
pedido! fePor qué no desafiaste, como lo has hecho con 



106 ESCOMBROS !. . . . 

nosotros, á quien atrevidamente te preguntó si no te había 
quedado un sobrinito de esas reclamaciones? 

Amostazado por estas tremendas preguntas de Car- 
los y por las rechiflas y cigarroneo que á ellas sucedieron, 
Jacobo se dirigió á su cuarto. 

— Vete con Dios, buen muchacho, dijo el implacable 
Carlos : si te agarras á pelear con alguno de nosotros, se 
te deshojan las violetas, y esto sólo bastaría para hacerte 
llorar. . - 

Después de reirse todos, hasta más no poder y prolon- 
gar largo rato el cigarroneo, de que tanto gustan los estu- 
diantes, aquellos jóvenes escogieron nuevos temas de con- 
versación. 

-■ — ¿Recuerdan ustedes, dijo Carlos D. . - ., la bíblica 
ocurrencia de una mujer bautizando con agua sucia á su 
marido, desde lo alto de un balcón? 

— ¡Cállate, por Dios, chico! exclamó Felipe L . 

— Noyno ; gritaron todos. Continúa : sí la recor- 
damos. 

— Pues bien ; algo parecido sucedió anoche. 

— Te suplico que calles, ^^olvió á interrumpir Fe- 
lipe. 

— Lo que resuelva la mayoría. Qué dice! Se sigue 
la historia ó no se sigue! 

— Sí ; sí : adelante, respondieron todos, con excep- 
ción de Felipe. 

— Cállate, si no quieres perder mi amistad. 

— Me importa un bledo la amistad de los bautizados 
con amoniaco animal. Y allá vá la anécdota, pésele á 
quien le pesare : JEste era un caballeritó, que ni visita á 
sus amigas, que se mueren de fastidio en las ventanas con- 
tando y recontando las estrellas ; ni vá al teatro, á pesar 
de que tiene con qué ; ni se queda en casa aprendiendo 



ESCOMBROS ! 107 

las lecciones que nunca sabe, para formar corrillo con 
otros camaradas en cierta esquina, desde las siete, hasta 
las doce de la noche, sin falta alguna, Y es el ca«o, que 
no pudiendo soportar más las serenatas de gritos, carca- 
jadas é, interjecciones cuarteleras, anoche, desde un bal- 
cón, tuvo á bien una vieja bautizar al tal caballerito y 
compañeros con que sé yo con qué. 

Cuando terminó de hablar Carlos, todos se aplicaron 
el pañuelo á la nariz y Felipe, comprendiendo la burla y n-^a 
pudiendo contenerse más, alejóse entre una lluvia de pe- 
loticas de pan, acompañadas de estas exclamaciones : /o/ 
fó ! 

Los pañuelos fueron nuevamente guardados, las ri- 
sas cesaron, se olvidó á Felipe y otra vez sobrevino la 
calma. 

Entonces dijo Mendoza : 

— Saben ustedes que se me ha presentado 1» oca- 
sión de comprar un magnífico reloj y una gruesa leonti- . 
na de oro por la cuarta parte de su valor % 

— Y por qué no la aprovechaste '? preguntaron todos. 

— Supónganse que se me aparece un sujeto con di- 
chas prendas diciéndome : — Tengo urgente necesidad de 
dinero ; ¿ quiere usted darme por esto doscientos pesos ? 
(valdrían cuatrocientos.) Le fui regateando hasta que que- 
damos en cien. Malicié que eran robadas; entramos al bo- 
tiquín de Scoíet y le propuse que me esperase mientras 
volvía con la suma convenida. Regresé muy pronto, pero 
acompañado de un Jefe de policía. Traigo este señor, le 
advertí, como testigo de la compra que voy á hacer á us- 
ted. El individuo manifestó entonces que desistía del ne- 
gocio y hasta se negó á sacar las prendas ; pero instado y 
amenazado por mi acompañante para que se las mostrara, 
tuvo al fin que obedecer y, por las señales que aquél tenía 



I08 ESCOMBROS 



anotadas en su cartera, reconoció las que la noche anterior 

le fueron robadas al general K por haberlo rendido 

la embriaguez en uno de los bancos de manipostería del 
Puente de Hierro. 

— i Bravo General ! exclamó Carlos. Baco lo engen- 
dró y la Federación lo dio á luz ! No puede negar que. es 
hijo de sus padres. 

Siguieron luego comentando la consuetudinaria em- 
briaguez del aludido Greneral de la Repiiblica, á quien el 
Gobierno pasa una pensión para que proteja las cantinas, 
hijas mimadas de esta época, fecundizada por el arroyo de 
corrupción que viene de arriba. 

— Por ese estilo son todos los sicarios de Andueza — 
dijo Fortique. La flor y nata de las tabernas! . . Estamos 
en pleno reinado del aguardiente, de la lujuria y del tape- 
te verde. Las cantinas están constantemente llenas de 
empleados piiblicos y militares; pues quien no beba como 
un arenal^ no merece un destino oficial, ni puede vestir 
uniforme Una célebre meretriz gritaba de voz en cuello 
ayer tarde en el Restaurant del Puente de Hierro que el 
General Batalla la había regalado un anillo de brillantes 

cuyo valor es de j tres mil fuertes ! y el Ministro del 

Interior perdió antier noche en Antímano ¡ cuarenta mil 
pesos ! 



- ^^¿ Es ésto positivo f preguntóle Luis. 

— Que si es positivo ? ^ Me lo oyes asegurar y lo du- 
das 'F Al mismo individuo que se los ganó se lo oí decir. 
¿ Ignoras que en la Casa Amarilla hay un salón destinado 
para jugar y que cada parada es una pila de onzas? En 
Antímano y Macuto las orgías son mayores y, por supues- 
to, más costosas á la Nación. 

Después de otras referencias sobre la corrupción y 
despilfarro del Gobierno, uno de aquellos jó venes pregun- 



escombros! 1Ó9 

tóá Rodolfo N . - 

— Qué tal está la musa ? 

— Fecunda como la Zona Tórrida que al sol enamora- 
do circunscribe el vago curso, respondió el interpelado con 
aire pedantesco. 

— A ver : muéstranos una piiieba de su fecundidad. 

Sacó Rodolfo un número de El Noticiero, periódico 
que soporta los emplastos poéticos con la impavidez con 
que soportan las paredes de las esquinas los carteles de 
teatro, y después de aclararse el pecho, dijo : 

^Oigan este acróstico : 

A tí, ninfa, querubín, sirena, náyade, 

— Échale! interrumpió el burlesco Carlos. Por 

ahí, zambo viejo! ¡Qué de piropos j cositas tiernas sabe 

decir este muchacho en un endecasílabo de setenta síla- 
bas ! 

Unos querían oir los otros versos ; éste le preguntaba 
con qué cabuyita los había medido ; aquél que en dónde 
aprendió tantas lindezas ; y otro le aconsejaba que fuera á 
escribir poesías á la Patagonia ; en fin ; cada cual tiró de 
la manta y el pobre Belpinito se vio tan comprometido, co- 
mo Sancho en la inohádable escena del corral de la venta, 

El Ateneo se volvió un campo de Agramante, pero 
unos golpes, dados á ia puerta de la calle, restablecieron 
el orden. ., 

— Adelante ! gritó uno á quien llamaba. 

Entró un repartidor de telegramas. 

— -Señora Josefa de Burguillos, dijo : 

— Miseá Josefa ! - un telegrama ! gritó Carlos. 

— A ver, á ver, se apareció diciendo la señora. 

Léemelo, que no tengo aquí los espejuelos. 

— "El Callao, tal y tal. Las 9 hs. 20 ms. a. m. Para 
Josefa de Burguillos. Pasado mañana saldré para esa. Fa- 



no ESCOMBROS 



vor decir Argquet me haga uii flux paltó-levita, negro, 
medidas tengo allá. Úrgeme mucho hallarlo hecho. Salu- 
dos compañeros. Su amigo, Luis Ernesto Fortique. " 

— ¡ Oh poder de la electricidad ! exclamó Fortique, 
quien se hallaba presente. Y luego, dirigiéndose al re- 
partidor que 'había pedido á un sirviente un vaso de agua, 
dijo: 

— Mire : dígale usted al Director del Telégrafo que 
quien puso ese telegrama en El Callao, hace diez y ocho 
días, está aquí desde antier ; que lo manda á saludar y fe- 
licitar por el acierto con que desempeña su cargo, y por 
la buena inversión de los quinientos pesos diarios que pa- 
ra la reparación de las líneas recibe hace diez y nueve 
meses. Que no lo hago personalmente, por que no tengo 
ropa para salir, por culpa de su ineptitud y por que Ar- 
gouet no es adivino. 

Todos aquellos jóvenes vaciaron entonces un costal 
de quejas contra el Telégrafo. 

Carlos dijo que hacía tiempo no recibía telegrama de 
su familia, ni viceversa, á pesar de que diariamente ponían 
uno. Santiago nos impuso de que un telegrama para su 
padre había ido á parar al bufete del Presidente, donde lo 
vio un escribiente amigo suyo, por la única causa, según 
supone, de decir : " asunto arreglado, " y que este asunto 
era el compromiso que recientemente había contraído con 
una señorita. Miguel se confesó aburrido porque hace 
quince días está yendo á la oficina telegráfica para poner 
un parte y encuentra en una pizarra el invariable : Oriente 
sin corriente. 

Todos hablaban ; sólo yo callaba, poniendo cuidado 
á aquella charla para no fatigar mi cerebro con tristes y 
profunda meditación en momentos en que el estómago 
ejercía sus funciones digestivas. De esa manera atendía 



>• ESCOMBROS ! III 

el consejo de un viejo médico, quien muchas veces me ha 
recordado que es en alto grado dañino el trabajo simul- 
táneo del cerebro y del estómago. 

Mis compañeros notaron mi silencio y se empeñaron 
en que dijera algo. A pesar de mis excusas me siguieron 
incomodando hasta que, para libertarme, ingresó otro jo- 
ven á la reunión diciendo : . 

— Me he retardado presenciando el más inaudito 
de los atentados. ¡ Oh ! qué cinismo ! . Qué Go- 
bierno tan ridículo y estúpido ! 

— Desembucha sin preámbulos cliico ; dijo uno. 

— Supónganse ustedes que entro en un botiquín 
para tomarme un aperitivo; á poco rato se aparece un 
oficial de policía, acompañado de dos más y manifiesta al 
dueño del establecimiento que estaba preso ; en efecto, 
se lo llevaron. Inquiero la causa de esa prisión y tres 
señores, respetables, que me habían precedido, me di- 
jeron que no hacía mucho que el mismo oficial había ido 
á decir al botiquinero que de orden del Gobernador debía 
poner un cartel con este aviso: Se prohibe hablar 
DE POLÍTICA, y que él, en persona, debía ir á la Gober- 
nación á denunciar al que lo hiciese. El dueño del boti- 
quín contestó que pondría el cartel, pero que no se com- 
prometía á denunciar á nadie, porque su dignidad se lo 
prohibe y porque su oficio no es el de delator; sino el de 
hotiquinero ; que podían poner allí un vigilante ¿^ pero que 
no lo ofendieran proponiéndole el empleo de espía. Por 

eso le han hecho preso : porque no quiere ser espía ! 

Y no es eso solamente : cuando venía, pasé por el Cuartel 
de Policía á tiempo que entraban, preso también, á mi 
barbero. Adivinen el por qué. 

— ¿ Por igual motivo ? preguntó Carlos. 

— Has acertado, g, Qué les parece ese liberalismo ? 



112 ESCOMBROS!.-., 

A pesar de 'lo que estamos viendo, esos batracios dicen 
que para que gocemos, entre otras, de la libertad ab- 
soluta del pensamiento y de la prensa, es que desean po- 
ner en vigencia inmediata la nueva Constitución. |, Aca- 
so la vigente prohibe hablar de política ! Lo que van 
buscando es el continuismo de este ridículo can-can. Oh ! 
Esto nunca se había visto. Se prohibe hablar de política ! 
es decir : se prohibe tratar los asuntos de la patria ; nues- 
tros propio^ asuntos. ¿ Estamos en la Etiopía? Es de 
creerse, por lo que vemos y por lo que oimos. Se prende 
al que se ocupa de los negocios de la República y al que 
no quiera ser espía y se nos trata de engañar hablándonos 
de reformas., dicen que no es liberal la Constitución Suiza, 
pero nos mandan con el sistema ruso. Ya el pueblo vá 
á ser tan sandio para creer que quien lo ha mandado dis- 
crecionalmente desea que esté regido por buenas insti- 
tuciones ! ¡ Qué necios son los que creen tan necio al 

pueblo ! ¿ Qué contestarían si éste les preguntara ; 

"¿ Si deseáis mi bien, por qué no me habéis goberna- 
do según el ideal de la libérrima Constitución que me que- 
réis dar ? I Por qué me habéis mandado autocráticamentel 
¿Por qué me habéis conculcado los pocos derechos que la 
Stii.?a me concede í<^ 

— JN o hay duda, exclamó Mendoza. Andueza Pala- 
cio sería un magnífico Presidente si tuviera la barriga don- 
de tiene la cabeza y la cabeza donde tiene la barriga. 

— Pienso, añadió otro, y creo no estar equivocado, 
que si Baco puede engendrar y las pipas concebir, ese 
mastodonte de los vicios debe ser hijo de Baco y de una 
pipa. 

— Por lo visto, repuso Carlos, el Gobierno de Andue- 
za Palacio sólo es comparable en lo ridículo á la figura 
que hace un hombre en pantaloncillo y con paltó-levit,a. 



ESCOMBROS ! 113 

Continuaron aquellos jóvenes hablando un rato más 
sobre la inmoralidad del Gobierno y sobre los vicios y 
cinismo de sus principales miembros. 

Los pechos de todos ellos estaban rebozantes de odio, 
inspirado por los que, para vergüenza y fatalidad de es- 
ta patria, han llegado en mala hora á las alturas del Po- 
der. 

Las risas y las bromas de estudiantes cesaron y vi- 
niendo á la escena la esfervescente indignación juvenil, 
desatóse contra Andueza Palacio en imprecaciones que 
hubieran prohijado Tácito ante Tiberio y Cahgula, y Ju- 
venal en presencia de Nerón y Domiciano. 

— Siempre he oído decir, exclamó Fortique, que el 
gobierno de los sacerdotes es el peor de todos, y nosotros 
estamos gobernados por sacerdotes de Baco. 

— El diablo nos va á llevar, agregó Mendoza ; los 
que ya hasta á los garitos deshom'aban se han hecho due- 
ños de la Casa Amarilla. Qué desgraciado es este ^jííÍ5, 
como dice el viejo Villegas, á quien los curas van á ca- 
nonizar cuando se muera. 

Poco á poco se fueron retirando ; unos á dormir la 
siesta, otros al trabajo y los más á la Universidad. , 

— ¿ Tampoco vas ahora ? preguntóme uno. 

— Nó, le respondí ; me siento enfermo. Discúlpame 
con los maestros. 



i—i » »■ lili 



114 escombros!. 



XV 



Al fin. quedé sólo. 

No más gozoso se dirige el pajarillo á la puerta de la 
jaula que inesperadamente mira abierta, que me dirigí yo 
á la entrada de la habitación donde estaba mi amada. 

Ella me esperaba ansiosa. En su semblante divisé la 
viva alegría que comienza cuando concluye la ansiedad. 

Pesares del alma ! ceded el puesto á las expansiones 
del amor. 

Poco á poco fué amaneciendo en mi espíritu ; sus 
sombras, ante la lumbre de los ojos de Pancliita, disipá- 
banse como el velo de la noche en presencia de la aurora 

Posé mis labios respetuosamente en la pequeña mano 
de mi dulce bien. ¿ Por qué no saltaste de gozo, corazón^ 
^ Por qué te helaste I 

Porque su mano quemaba ! 

La fiebre habíase apoderado de ella y la fiebre tam^ 
bien se apoderó de mi cerebro. 

— Qué tiene usted f me preguntó sorprendida. Lo 
noto diferente. Me encuentra mala *? Tengo fiebre ; verdad^ 

Era preciso disimular mi pena para que no se cercio- 
rase de su causa, y luché con ella. 

— No, Panchita : es que hallándome muy feliz á tu 
lado, me pongo á pensar, sin que pueda evitarlo, si será 
todo un sueño solamente, hasta que me cercioro de tan su- 
blime realidad, y entonces inunda mi pecho la más inmen- 
a alegría. Ves ? Ya estoy contento ; ya soy otro. 



ESCOMBROS ! 115 

— I Y qué le ha dicho el Doctor de mi enfermedad ? 

— Opina que muy pronto estarás completamente 
1)uena. 

La pobre niña sonrió con amargura y luego dijo : 

— El Doctor es un excelente sujeto y y usted 

<algo embustero. 

— En lo del Doctor estoy de acuerdo, y en cuanto á 
lo que dices de mí, te responderé con la frase sacramental 
de todas las mujeres : Ese es favor que usted me dispensa. 

— Estoy dispuesta á retirar el calificativo si usted 
confiesa que Estrada no ha dicho tal cosa. 

— Qué cosa ? 

— Que yo estaré pronto completamente buena. 

— Pero si es verdad que lo dijo ; créelo, Panchita. 

— Pues entonces, mucho temo que el buen Doctor, 
á pesar de su ciencia, se engañe en esta ocasión ; pues co- 
mo ya he dado algunos jjasos en el camino de la dicha, es 
forzoso que tropiece y caiga. 

— ¿ Por qué razón, señorita ! 

— Porque no estoy destinada para su reino, amigo 
mío. 

— Por experiencia aseguran los felices que los viajeros 
que se dirigen á ese reino son caprichosos é impacientes- 
Les estás dando la razón, Panchita. Dime : ¿qué presen< 

timientos te atormentan? Recobrarás la salud y. . , 

I Entiendes el lenguaje de los -puntos suspensivos? 

j Qué bella se mostraba mi amada cuando el rubor 
dejaba en sus mejillas la huella de sus besos ! 

— Usted tan pronto está triste y pensativo, como de 
buen humor y ocurrente, me dijo. 

- — Trátame de tú. Los corazones que se aman no 
saben hacerlo de otro modo. 

— Eso es muy cierto ; pero mis labios son los que ha- 



1 1 6 ESCOMBROS ! . 

blan. 

— -Y tu corazón 1 

— Ya no tengo. 

— Y qué lo hiciste 1 

•^— Me lo robaron. ¿ Sabe usted quién fué ? 

— -Lo presumo ; mas, ¿ en cambio no te dieron otro ? 

— Un pedacito, nada más. No estoy satisfecba, sa- 
be usted? 

— Ambiciosa! ^ En dónde hallarías más amor f ¿ En- 
contraste en el cielo quien te amase tanto "? 

— Que pregunta tan curiosa ! No conozco ese país.. 

-^¿ No eres de allá t Será que viniste muy pequeña 
y no te acuerdas de él. 

—Muy ocurrente está usted. Me complazco en ver- 
le así y no tan serio como otras veces. Confieso que ha 
nacido con vocación para divertir á las enfermas que tie- 
nen también sufrimientos morales; pero, francamente, lo 
que tengo aquí ( dijo tocándose la frente con el índice ) no 
permite que su victoria sea completa. 

— I Y qué es lo que tienes en ese pedacito de cielo f 

— La conclusión de mi historia. 4 Quiere usted oír- 
la.? 

— I Válgame Dios ! Si será esa fulana historia la en- 
trometida que en lo más deleitable interrumpa nuestros 
diálogos ! 

— Ya lo creo, si ustedes se empeñan en no dejármela 
concluir y yo no puedo prescindir del deseo de que se 
impongan de todo lo que me ha sucedido. 

— ¿ Y qué crees ganar con eso I 

— ¿ Se figura usted que nada ? Cuando menos, lo- 
graré que aumente la lástima que les inspiro, y sabrán en- 
tonces cómo me encuentro aquí. Hágame el favor de lla- 
mar á miseá Josefa. 



ESCOMBROS ! . 117 

-^Vuelvo á suplicarte qué me trates de tú, y que 
hablemos de nuestro amor y olvidemos tus desventuras. 
Nuestras almas se buscaban, se hallaron y se besaron. 
Deleitémonos con la armonía de ese beso. | Para qué re- 
cordar los gemidos del pasado ? 

— Cuando usted tiene 

— Cuando tú tientes 

— Bien, pues, cuando tú tienes satisfacciones <5 pe- 
sares, ¿no sientes necesidad de coniiárselos á un amigo ^ 

— Sí es verdad, pero ya conozco gran parte de tu 
tristísima historia y por ella deduzco lo restante. Ha- 
blemos de nuestro amor ; repíteme que me amas y dé- 
jame decirte cuan feliz soy oyendo tu voz y mirándome 
en tus ojos. 

— Ah! - - - - por Dios! no sea usted tan 

— No seas 

— Me cuesta trabajo acostumbrarme. No seas, pues, 
tan incomplaciente. Y no le diré más tú, señor mío, si no 

me deja concluir mi narración. Con que vea qué 

Tesuelve. 

Coíi gracia indescriptible é infantil pronunció Pan- 
chita su amenaza, y después de'cambiar una sonrisa con 
ella, la dije : 

— flaz lo que gustes, pues. Las mujeres tan bellas 
y adorables como lo eres tú, siempre salen vencedoras. 
No sé por qué llaman á los hombres sexo fuerte; pues si 
en algo manifiesta la mujer su modestia, es dejándose 
llamar déoU. La mirada de una hermosa, si es tierna, nos 
desarma, y si furibunda, nos acoquina. Un gesto de des- 
precio de los. labios que nos hacen agua la boca, anonada 
más que un pugilato de Jaime Sánderson, y una súplica 
hace doblegar nuestra voluntad, por férrea que sea, como 
el furioso vendaval al débil junco. 



ii8 escombros! 

— Los hombres tienen su teoría y las mujeres la su- 
ya, objetó Panchita, pero creo que la práctioa es una 
misma. 

Luego persistió en su empeño y me hizo llamar á mi- 
sea Josefa, para que la oyésemos. Ella también se re- 
sistió ; pero al fin hubo de ceder. 

Tomó asiento á nuestro lado y Panchita continuó : 

— Ya les he dicho que mi padre despidió los sirvien- 
tes, menos un muchacho que venía en ratos en el día pa- 
ra hacer los mandados á la calle. Todo el oficio de la 
casa lo hacía yo ; no me alcanzaba el tiempo para tanto : 
sentí que mi salud se consumía ; el constante y rudo tra- 
bajo me hacía sufrir mucho ; pero mi mayor suplicio era 
el verine tratada por mi padre con la crueldad con que no 
ha sido tratada esclava alguna. Yo hubiera podido, con 
costuras y bordados, ganar más de lo suficiente para pa- 
gar dos sirvientes : se lo propuse á mi padre, pero ni si- 
quiera me contestó, pues él lo que quería era que yo su- 
friese cocinando, barriendo y fregando. Aún ésto podrá 
soportarlo una niña, siempre que en. recompensa obtenga 
las caricias paternales y pueda reclinar la cabeza, desva- 
necida por el humo de la ..cocina y agobiada por la fatiga,, 
en las rodillas de quien la dio el ser. Pero yo, cuando 
caía en la cama, desfallecida, pedía todas las noches la 
bendición á mi padre, quien dormía en la pieza contigua 
á la mía, y no obtenía respuesta. Repetía mi petición 
tres ó cuatro veces, alzando la voz, cada vez más ; pero 
inútilmente. Entonces la almohada bebía el torrente de 
mis lágrimas. Ella sabe cuan amargas eran! 

Hubo noches que las pasé en vela y tosiendo cons- 
tantemente ; sinembargo, muy temprano tenía que levan- 
tarme para cojer por la ventana el pan del desayuno : esa 
era la única vez en el día que la abría. Don Cristóbal 



escombros!. 119 

Saltrón iba todas las noclies,^ y unas veces mi padre me 
obligaba con brutales medios, á recibirle, y otras le decía 
que estaba enferma. Le agradecía tanto cuando así lo 
hacía! De esta manera trascurrieron más de dos meses, 
sin otro consuelo para esta infeliz que el que me daban 
los ensueños en que me veía al borde del sepulcro, y con- 
templando la vcDcrable imagen de mi madre, abriendo 
los brazos para estíecharme entre ellos y borrar de mi 
frente las huellas del dolor. 

— ¡Por qué no tendrá Dios misericordia del suicida! 
me preguntaba á menudo. 

Mi padre no me hablaba sino para insultarme. Una 
tarde, mientras le servía la comida me dijo: 

— Siéntate y escucha. 

Un fuerte temblor se apoderó de todo mi ser. Pre- 
sentí una borrasca de su cólera. 

— Debo advertirte, continuó mi padre, que he dado 
á Don Cristóbal mi palabra de que dentro de Un mes se- 
rás su esposa ; con que así 

Tantos sufrimientos habían dado ya á mi alma cier- 
to temple de energía, y no arredrándome ni la idea de la 
muerte, ¿qué podía temer? 

Cuando mi padre, pues, pronunció aquellas palabras, 
en mi tembloroso ser efectuóse una violenta reacción y 
con voz firme y resuelta exclamé: 

— ¡Jamás!! 

— Cómo I Qué dices? gritó furioso. 

— Qué jamás!! repetí más recio aúu. Lo juro por 
la memoria de mi madre. 

No necesitó de más. Tomó un cuchillo y me lo arro- 
jó con turia á la cabeza 

Cuando Panchita pronunció estas últimas palabras, 
lanzó un grito, como si la fiera que llamaba padre la hu- 



I 20 ESCOMBROS ! . 



biera arrojado otro cuchillo. 

Una de sus manos estaba entre las mías y, sin darme 
cuenta de ello, se la apreté horriblemente en un acceso 
de furor. 

Ah! si hubiera podido apretar así la garganta 

del^bárbaro ! 

La pedí perdón con palabras j con un beso que de- 
posité en su dolorida mano. 

Después continuó : 

— El cuchillo me causó esta herida en la cabeza. La 
sangre nie corrió por el rostro, mas no por verla se con- 
movió mi padre. 

— 'No le llames másijaríre, la. dije interrumpiéndola. 

— Pero si, á pesar d.e todo, es mi padre, replicó. 

EnjugxSse una lágrima y continuó su narración: 

— Con tela de araña y aceite yo misma me curé la 
herida. En la noche se estrenaba una ópera y mi padre 
fué al teatro, pues con frecuencia lo hace. Todos los do- 
mingos pasea en coche y asiste á cuantas diversiones 
puede. Para satisfacer el deseo de divertirse sacrificó una 
hija y quiere sacrificar la otra. Qué desgraciado es ! 

Estando sola y llorando en mi cama, cru.ísó una idea 
por mi mente : la de la fuga. ¿Pero á dónde dirigirme? 
¿ Quién podría socorrerme f Mi hermana se halla ;niseiite 
y no tengo más familia. Dos señoras, muy amigas mías 
y que me distinguen con verdadero cariño, están, una en 
Maiquetía, temperando, y la otra en Macuto, donde la co- 
nocí cuando fui con Rosaura el año pasado. Podía contar 
con la protección de ella ; pero, ¿de qué miedlos me valdría 
para trasladarme á los pueblos citados ? Ante la aparente 
im_posibilidad de realizar mi propósito, desistí muchas ve- 
ces, pero otras me empeñaba en vencer los obst;'¡c;ilos que 
se presentasen. Debía sahr de aquella casa, que era un 



ESCOMBROS ! 121 

horroroso infierno para mí. Sostenía tal lucJia, cuando mi 
padre llamó á la puerta, de regreso del teatro. Era forzoso 
que me levantase para abrirle, á pesar de la fortísima fie- 
bre que tenía j del dolor que me causaba la herida. Entró 
y se dirigió á su dormitorio, tropezando bruscamente con- 
migo. Me habría tumbado, si no hubiese estado apoyada 
en la puerta. No corrí el cerrojo, pues aquella circunstan- 
cia definió mi resolución de fugarme. Volví á mi cuarto 
por la última vez; me abrigué la cabeza ; tomé el costure- 
rito, recuerdo de mi madi-e, que he traído aquí ; me enco- 
mendé á Dios ; derramé las últimas lágrimas en aquella 
casa, donde he derramado tantas, y sin hacer ruido me 
diri.oi é. la calle. — -A Maiquetía ó á Macuto, me dije, y 
temblando de miedo y de frío, eché á andar lo más á pri- 
sa que pude. 

No sé cómo he podido resolverme á tanto! El dolor 
de mi herida, la fiebre que me abrasaba y la resistencia 
del corazón á sufrir más la tiranía de quien debía ser para 
mi todo cariño y ternura, solo han podido darme ánimo 
para realizar mi desesperado proyecto. Me consideraba 
una hoja desprendida del árbol, j Quién sabe lo que será 
,de mi! me decía; pero también pensaba que á donde 
quiera que me arrastrase mi mala suerte, no sería más 
degraciada que en mi hogar. Esto lo juzgaba una verdad, 
muy triste, por cierto, pero innegable. 

Anduve á la ventura muchas cuadras hasta que en- 
contré al protector que el cielo me deparaba. El lo ben- 
diga, como también á usted, señora, á quien queiTé 
siempre como á una madre. 

Calló la pobre niña, y miseá Josefa y yo nos queda- 
mos largo rato contemplando en silencio aquella víctima 
del infortunio. 

La aui^eola de los mártires circundaba su tersa frente^ 



122 '^ ESCOMBROS !. 



espejo donde se miraba él áng-el de la inocencia, y la mi- 
rada de sus ojos, serena y brillante, revelaba que su alma 
era vencedora en cien combates contra la desesperación. 

¡ Pobre Panchita ! Toda su historia la repetía mi 
mente, como para que jamás se extinguiese su tristísimo 
eco. 

La desmedida ambición de un padre, idólatra del oro, 
para quien sus hijas no eran sino muebles de gran valor : 
la. inmolación de Rosaura, que prefirió más tarde arrojarse 
entre las negras fauces del abismo del adulterio, á per- 
manecer fiel entre los brazos de un estúpido, que habían 
estrangulado la libertad de su alma, porque en aquel abis- 
mo, por cenagoso que fuera, podía respirar la atmósfera 
del placer, que jamás se encontrará en la alcoba de un 
mercader de esposas : la despiadada burla de un libertino, 
de que fué objeto la infeliz adúltera, cuando una nueva 
conquista le hizo parecer despreciable la víctima de su in- 
famiia é insoportables las caricias mendigadas otros días 
de rodillas : aquellos versos, improvisados sin duda cuan- 
do su cabeza estaba rendida por la saciedad y reclinada 
sobre el pecho de la infiel, y que expresaban muy bien el 
ruin y bastardo sentimiento que solo puede inspirar la 
mujer agena al seductor : la ridicula pretensión de un vie- ' 
jo setentón, que quiere casarse con una niña de diez y 
siete abriles, cuando solamente debía aspirar á desposar- 
se cuanto antes con la muerte : los sufrimientos de mi 
amada Panchita, celestial mariposa que llamaba padre á 
un inmundo gusano : la crueldad inaudita de éste y su 
exacto paralelo con la Iglesia del siglo XV, que llamaba 
hijos á los hombres y, sinembargo, los torturaba y los que- 
maba: el castigo recibido por el marido de Rosaura quien 
pensó que su dinero bastaría para comjDrar una esposa 
que no se merecía, y que le costó además el honor ; todos. 



escombros! 123 

todos los lúgubres y tristísimos lineamientos de aquella 
dolorosa historia habían quedado fielmente grabados en 
mi mente, ¡ ay ! para su eterno tormento ! 

Algunas lágrimas rodaron por las pálidas mejillas de 
Paiíchita ; algunos besos depositó en su frente la conmo- 
vida miseá Josefa y yo salí de la estancia llevándome un 
gran peso en el cerebro. 



XVI 



Esa tarde ni siquiera fui á la mesa : quédeme en rai 
cuarto y me puse á meditar. 

— Y bien! me dije: Don Cipriano Céspedes, el sal- 
vaje padre de Panchita, ¿ podrá ser la obra de un Dios 
consciente y justo? ¿Porqué crear unos hombres buenos 
y otros malvados! Si la acción humana y su instinto son 
resultante del medio material en que los seres viven, ¿por 
qué no disuelve y transforma la materia de los monstruos 
como aquél para que den vida á las plantas y no muerte á 
la sociedad? Si son consecuencia del alma que los ani- 
ma, ¿ cómo es que de los labios de un Dios se escapa un 
aliento emponzoñado? 

Quién sabe á dónde hubiera ido á parar en mi medi- 
tación y en qué laberinto de ideas me habría metido, si 
muy á tiempo miseá Josefa, colocando una mano sobre 
mis hombros y acercándose á mi oido no me hubiera 
dicho : 

— Panchita me encarga decirte que no la dejes espe- 
rando como anoche. Parece que ya están entendidos mis. 
ahijados. Eh 1 

— Sí, señora. Panchita también me ama y 



124 escombros! 

— Entonces, ¿por qué estás tan abatido y pensativo! 

— Meditaba sobre su historia ; mi alma paladeaÍ3a 
sus amarguras y mi cerebro pesaba toda la infamia de 
ese hombre que ¡ah! no quiero pensar en eso. 

— Concluye, hijo mío. |, Qué temes f 

— Temo que ese padre, indigno de llamarla Mja -y 
merecedor de un presidio y un grillete, la haya puesto 
muy cerca de la tumba. Miseá Josefa ! exclamé echán- 
dome en sus brazos: Panchita no será mía ! Panchita 

morirá muy pronto !....-- 

—•No hagas caso de infundadas preocupaciones. Dios 
no será injusto y después de tantos sufrimientos la premia- 
rá haciéndola tu esposa. Confía en la clemencia divina. 

— La clemencia divina ! repetí con un movimiento de 
cabeza que hizo á miseá Josefa fruncir el entrecejo. 

Media hora después estaba en el paraíso ; es decir : 
al lado de mi amada. 

Hablamos mucho del porvenir, tratando de disfrazar- 
lo con la careta de una risueña quimera y con los oropeles 
de las más halagadoras ilusiones ; pues temamos miedo de 
fijar la mirada de nuestra mente en el horroroso pasado, y 
aún en el presente, que parecía burlarse de nuestros deli- 
rios y proyectos. 

Cuando á solas tendía la mirada liacia el horizonte 
del porvenir, veía una negra nube que amenazaba vomitar 
la tempestad que -debía mortalniente azotar nuestras cabe- 
zas ; pero las almas de los enaniorad(;d, cuando se hallan 
juntos, siempre sueñan. 

Yo elegí temas alegres para nuestra conversación, ha- 
ciéndome violencia, pero con la idea de distraer á mi ado- 
rada enferma. 

Poco á poco lo conseguí, y aún yo mismo sentí, al 
cabo, la alegría que sus íniradüs y sonrlsus me infundían. 



ESCOMBROS !- ... - 125 

Me complacía, sobre todo, en interrumpirla con cari- 
ñosas reprensiones cuando no me tuteaba, j á veces^ 
exprofeso, ella me largaba él Usted, con el íin de gozarse 
con mi fingida seriedad. 

— Antes de decírtelo mis labios, me preguntó ; no ha- 
bías comprendido que yo te amaba 1 . ¿ No me liabían 
vendido mis ojos *? 

— Pero, si ni aiín diciéndomelo lo creo, vida mía. 

» — El índice de su diestra j sus delgados labios for- 
maron una cruz. 

— Silencio ! caballero ; me dijo con aparente enojo : 
hay bromas que no se usan. 

— ¿Y estás convencida de que me amas? 

— Pues no he de estarlo ! Me basta con lo que he 
notado : cuando te vas, la tristeza se apodera de mí y me 
creo la más desgraciada de las criaturas : te veo entrar 
aquí, y ya soy oti'a : entonces me pongo de buen humor, 
que creí haberlo perdido para siempre. Sabes una cosa I 
Yo no creí que el amor tomase los corazones por asalto: 
me parece que hace mucho tiempo que nos conocemos y 
tratamos. ¿ Te sucede lo mismo ? 

—Sí ; pero, dame otra prueba. 

— Allá vá : cuando me preguntaste por primera vez 
si te amaba, ¿pude disimular siquiera f ¿No leíste en mi 
alma la 'verdad*? ¿Recuerdas mi azoramiento cuando 
comprendí que tú creías que amaba á otro'? ¿Has olvida- 
do la ingenuidad con que te hablé después ? Si no sa.bes 
apreciar todo ésto, me parece que no eres digno de que te 
quieran tanto. Estamos f 

— Tercera prueba, agregué maliciosamente y sólo por 
seguir la broma y complacerme en verla como una rosa. 

— No quiero hablar más con gente incrédula; por 
eso me pongo una mordaza. 

j 



126 escombros! 



En efecto : tapóse la boca con el pañuelo porque co- 
noció que sus labios eran tan tentadores como preciosos. 

Luego, retirándolo, dijo como variando de conversa- 
ción: 

— ¿Conoces á una señora, tan celosa! que se pone 
bravísima si sus hijas no la besan á ella solamente *? 

— Nó : no tengo ese honor. 

—Pues mírala ah! no está ahí. Qué se ha- 
brá hecho ? é 

Quiso mostrarme una imagen que estaba casi siempre 
en el altar de miseá Josefa, quien la había llevado á otra 
pieza para rezarla una novena. 

Miseá Josefa entró en aquél momento y Panchita la 
preguntó : , ■ 

— Y la Virgen del Rosario 1 

— Presente ! dijo entrando el Doctor Estrada. 

— Cómo! ¿ Es usted la Virgen del Rosario ? 

— Sí, señorita. JEgo simi: ó mejor dicho : lo seré. 
Quiere que se lo pruebe '^ Si alguien lá pregunta ho j 
quién la asiste, usted responderá : El Doctor Jostrada; pero 
cuando ya esté buena, asegurará que quien la curó fué la 
Virgen del Bosario; es decir : me cambiará el nombre. No 
es verdad f 

, Panchita protestó ; pero mi sea- Josefa y y ó. sostuvi- 
mos al Doctor en su propósito de darle bromas para dis- 
traerla y volver la alegría á su espíritu. 

Estrada era recomendable para esto, por lo expansivo 
y jovial. 

— Sí, sí, devota señorita de la Virgen del Rosario ; 
toda su gratitud será para ella, que bien la merecería si 
la hubiese evitado su enfermedad ; á mí, cuando más, me 
ereerá el instrumento de que se ha valido para devolverla 
la salud. 



ESCOMBROS !. . . . 127 

Volvió Panchita á protestar, asegurando á Estrada 
que ella siempre reconocería su« méritos y le haría justicia 
como médico hábil, inteligente y generoso. 

Después de otras bromas que el Doctor juzgó sufi- 
cientes, trajo la conversación al terreno de la seriedad, 
comenzando de esta manera : 

— Bien, bien; me resuelvo á considerar á las presen- 
tes como excepciones de la regla ; pero siempre que no 
defiendan á sus congéneres, para quienes nada vale la 
ciencia. Las drogas y específicos que atesora la Farma- 
cia y las operaciones tan ensayadas y estudiadas por la 
Cirujía, no valen nada para las mujeres, ün médico exa- 
mina minuciosamente á un enfermo ; conoce su mal, lo 
somete al tratamiento que la ciencia prescribe, el cual lo 
aprendió ^quemándose las pestañas y largando el cabello; 

logra devolverle la salud y . qué significa todo esto *? 

Que la Virgen lo ilmninó. Por supuesto, no debía ser de 

otra manera. ¡Se le pusieron tantas velas! ¡Se le 

rezó tanto! ¡Tantas promesas se le hicieron! 

Por eso, cuando la familia se halla reunida celebrando la 
salvación del enfermo, dice una mujer por allá: 

— Yo sabía que San Bafael me iba á oir; todos los días le 
rebaba su novena ; es el mejor de los médicos ; es el imbdicü 
CELESTIAL. Luego grita otra : — Un bracito de plata y un 
becerrito de oro le llevé á Nuestra Señora de la Consolación, y 
ya saben ustedes lo milagrosa que és. Después una tercera, 
más chillona que las demás, agrega : — ¿ Y lo que yo lie lie- 
dlo f - - Para que me dijera odio misas le entregué diez pesos 
al padre Toe quemada, ^ él asegura que todas las misas 
que dice dan resultado. En seguida una vieja pone en co- 
nocimiento del auditorio que ha hecho la promesa de ir 
todos los domingos, de rodillas y con una vela encendida, 
desde la puerta de la iglesia hasta las gradas del altar 



128 ESCOMBROS 



mayor; luego enumera los paquetes de vela que encendió 
y las botellas de aceite consumidas en la lámpara del 
Santísimo, sosteniendo á pié firme que á eso es que se de- 
be la curación del enfermo. Todo esto sería pasable ; 
pero es el caso, que al presentar el médico su cuenta, se 
le dice : Háganos él favor de esperar irnos días, porque esta 
enfermedad nos ha dejado arruinados. Esos días no tienen 
fin, y mientras tanto, los santos se fumaron sus Velas ; la 
Virgen de la Cosolación la echa de coqueta con sus mila- 
gros de oro y plata: el Santísimo se bebe sus botellas de 

aceite, y el cura los diez pesos en vino de consagar. 

Para el médico ni aún las gracias ! Si se muere el 

enfermo, allá le van denuestos y maldiciones í Pero lo 
más ocurrente es que ta,n convencidas cómo están de que 
todos los que sanan es por milagro de la Virgen, ninguna 
sigue el refrán castellano que dice : Fíate de la Virgen y no 
corras. Y, si es que los santos solo necesitan instrumentos^ 
á los cuales iluminan para curar á uno, ¿ por qué ese afán 
en buscar médicos buenos f 

-—Nuestra profesión, continuó Estrada, ya algo aca- 
lorado, es la profesión más ingrata. Nos matamos estu- 
diando ; pasamos los días presenciando las miserias de 
los hospitales ; sufrimos mucho amputando miembros y 
haciendo autopsias ; nos metemos en la cabeza libros 
enteros ; nos desvelamos á la cabecera de los enfermos ; 
repasamos lo estudiado, consultamos, escudriñamos, y 
para qué? Para que ni se nos pague, ni se nos agradez- 
ca el bien que hacemos. Las obras de los pintores y es- 
cultores se llevan toda la gloria y todas las ofrendas. Na- 
da dejan para los pobres soldados de la ciencia ! 

Quedóse Estrada como abatido por tanta ingratitud 
é injusticia de que son víctimas los médicos, y luego 
agregó : 



escombros! 129 

— ! Qué bien nos ha definido Guillermo Michelena ! 
*' El médico — decía este sabio — tiene tres faces : mientras 
está asistiendo al enfermo es un ángel; después de haberlo 
cui'ado es un lionibre, y cuando pasa la cuenta es un ¡de- 
monio! " Esa es la humanidad ! y con todo eso, 

hela ahí, hinchada por la tamaña pretensión de tener algo 
divino. 

Esto diciendo, se puso á examinar á Panchita. Cla- 
vé la mirada en su semblante para interpretar sus impre- 
siones, y al retirarse salí tras él para que me hablase nue- 
vamente con franqueza sobre el estado de la enferma!; pe- 
ro ya él había comprendido que la fatal verdad me hería 
profundamente y me engañó. Esa noche dormí satisfecho. 

El amoroso diálogo con Panchita que, aunque sin^ 
interés alguno para otro, he consignado aquí por lo grato 
que me fué, y lo que me dijo Estrada ¡ay! desgraciada- 
mente falso, poblaron mi fantasía de bellas ilusiones que 
dieron pábulo á patéticas escenas de inolvidables ensueños. 



XVII 



Hasta las diez de la mañana estuve durmiendo. Me 
había desquitado de las malas noches anteriores. 

Cuando abrí los ojos, me asombré de lo tarde que 
era, sin saber de Panchita. 

Vestíme á toda prisa y llevando aún en la mano el 
vaso con que me enjuagaba la boca, me dirigí al comedor, 
donde se hallaba miseá Josefa. 

— Amigo ! exclamó al verme. Así duermen los feli- 
ces. Bienaventurados los que se levantan á las diez de la 
mañana, porque eso quiere decir que están en la sabana. 
9 



1 30 ESCOMBROS 



— Miseá Josefa, dije riéndome: parece que tiene us- 
ted unas bienaventuranzas rítmicas y de nuevo cuño. Y 
Panchital 

— Este es el San Agustín del sermón. Me preguntó 
si habías salido y, aunque me encargó ocultártela, te diré 
la verdad: pasó mala noche. 

— Solicíteme su permiso para verla,. 

— Aguarda. 

— Pocos minutos después me dijo : 

— Entra. 

Cuando se está en presencia de la mujer amada se 
está en la gloria. No hay cielo más hermoso que las pu- 
pilas que con amor nos miran. Nada nos deleita más que 
la atmósfera perfumada por el aliento que se escapa del 
pecho virginal donde palpita por nosotros un corazón 
amante. No hay acordes de liras, ni armonías celestiales, 
ni cánticos de querubines, que tengan más deliciosa reso- 
nancia en nuestra alma que el ternísimo acento de la 
adorada que a cada instante nos repite que nos ama. Y. . 
que digan los que han recibido sonrisas de tentadores la- 
bios, como desbordamiento de una gran pasión, si puede 
haber felicidad mayor que nos inimde el alma. 

Me consta todo eso. Al lado de mi Panchita, no me 
era dado el pensar que se j)udiera ser más dichoso, que lo 
era yo cuando ella me sonreía y la escuchaba. 

Toda nube de tristeza que cruzaba por mi frente al 
contemplar la palidez de su rostro, recordar su historia, ó 
notar, si estrechaba su mano, la fiebre que la abrasaba, 
ella se proponía extinguirla con sus miradas, con sus son- 
risas y cariñosas frases. 

Teniendo una de sus pequeñas manos oculta entre 
las mías, y con los ojos fijos en sus mejillas, rompí de 
pronto el hilo del animado diálogo que sosteníamos, pues 



ESCOMBROS ! 131 

recordé lo que me dijo miseá Josefa sobre la mala noclie 
que había pasado y tras de ese recuerdo presentóse la 
aterradora idea de que la muerte pudiera arrebatarmie 
m.uy pronto á mi Panchita. 

— ¿Qué es eso, caballerito? me preguntó sonriendo. 
I Y esa repentina seriedad 1 Vamos : no parece sino que 
has recordado que anoche, por estar conmigo, dejaste es- 
perando á tu prometida. Mira : dila á nombre mío que te 
perdone ; que así se lo suplica su madrina. 

— ¿Eres celosa, Panchita? 

— ^Por qué me lo preguntas? ¿ Por lo que acabo de 
decirte? Si es una simple broma, hombre de Dios! Crees 
que te estoy celando? ¿Cómo voy á tener celos, si te he 

oido jurar que me amas, y si te amo tanto? Nó; no; 

por Dios; no lo creas. Desgraciada de mí si dudara dé 
tu amor! 

— Yo tampoco te he dirigido mi pregunta en serio. 
Solo he querido devolverte broma por broma. Sé que 
tienes fé en mí y que no dudas que á tí solamente amo. 

; — Oh I sí; tú me lo has dicho y te creo incapaz de 
engañarme porque te adoro. ¿No es verdad que no se 
debe dudar de la persona amada? Yo no puedo excusar 
á los celosos si aman y si reciben promesas de fidelidad. 
Es un disparate decn que los celos son hijos del amor, 
verdad? 

— Sí, lo son, pero del amor innoble. La pasión su- 
blime, como la que nos une, por ejemplo, es formada por 
las simpatías físicas y por las simpatías morales. El amor 
simple es la adoración del cuerpo ; la amistad, la adoración 
del alma. La unión de estos dos sentimientos es lo subli- 
me, á lo cual se acostumbra dar el nombre de anwr, pero 
con algún calificativo que lo distinga del simple. Este 
pueden inspirarlo una Mesalina y una Cleopatra; pero 



132 ESCOMBROS 



amistad á la vez, jamás. Las fisonomías bellas ó simpáti- 
cas y las almas nobles son las que despiertan esa sublime 
pasión, cuyos componentes son el amor y la amistad. Si 
nuestro cuerpo adora otro cuerpo, bien está que lo cele 
en todo caso, pero si nuestra alma adora otra alma, no la 
celará nunca, si le ha prometido fidelidad, puesto que la 
cree sincera y noble. 

— Por eso yo no dudo de tí : creo tu alma incapaz de 
la infamia y de mentirme, 

— Me sucede lo mismo. Yo adoro tu cuerpo y adoro 
tu alma; es decir: te profeso amor y amistad. Si sola- 
mente fuese lo primero ese sentimiento no sería digno de 
tí, ni me liaría feliz. Los celos me atormentarían conti- 
nuamente y con ellos te ofendería y abriría una profunda 
zanja entre los dos. Quien cela, ó no ama, ó ama insen- 
satemente. Si hombre, está tan sólo hechizado por los 
encantos corporales de su amada; si, mujer, se halla sola- 
mente seducida por la apostura de su novio, ó poseída del 
deseo de tener amante, según la torpe moda, ó de la sed 
de tener marido. Cuando se llega á celar á una persona, 
es porque ya no se hace aprecio de su alma, puesto que se 
la cree falsa y capaz del perjurio. 

. — De ahí viene, repuso Panchita, la desgracia de mu- 
chos matrimonios. Conozco varios que alarman constan- • 
tómente á los vecinos ; que se dan golpes, se insultan, se 
tiran cuantos objetos encuentran á la mano; que son, en 
fin, irreconciliables como los perros y los gatos. Qué 
ejemplo dan á sus hijos! Estos crecen presenciando esas 
escenas vergonzosas. Las hijas se ponen de parte del pa- 
di'e y los varones defienden á la madre, y así, la discordia 
se enseñorea en el hogar, pues los hermanos, divididos en 
dos bandos, hasta llegan á odiarse, perdiendo la madre el 
respeto y cariño de unas, y el padre los de los otros. Pero- 



escombros! 133 

^llos son los culpables ! 

— Sí, es verdad; porque se casan sin amarse verda- 
deramente. Esas son las consecuencias de los matrimonios 
por cálculo, por moda, por capricho ó por oñiscación de 
los sentidos. Casi todos juzgan el matrimonio muy á la 
ligera, y los que creen darle más importancia, dicen que 
es una lotería, como si fuesen unas cuantas pesetas lo que 
en él se arriesga. El matrimonio es un importantísimo 
problema, cuya solución es la felicidad ó la desgracia de 
una familia. La pasión sincera debe ser el principal fac- 
tor, y á quien la abriga no se le ocurre jamás una idea 
ofensiva para el ser amado: ni la mujer duda de quien la 
ba ofrecido ó dado su mano, ni el hombre ofende á la que 
llama ó llamará su esposa. 

— I Y esa pasión no desaparece ó varía despue's del 
matrimonio f Quiero oirte disertar sobre esto. No por- 
que tenga necesidad de ello, sino porque me agrada el 
tema. 

— Como esa pasión, según te he dicho, es una mez- 
cla de amor y amistad, es decir: de adoración al cuerpo 
y adoración al alma, el primer sentimiento varía, como 
su fuente misma; pero el segundo aumenta y se ennoble- 
ce más, así como se atina más un sentido cuando otro 
pierde su facultad. Las formas van perdiendo su magia 
poco'á poco ; los encantos físicos desaparecen al fin, y el 
cuerpo, de pasada hermosura, ya no tiene el poder de se- 
ducir ; pero ese cuerpo sigue siendo la morada de un al- 
ma cuyas bellezas no son pasajeras y, de consiguiente, 
tampoco puede serlo el sentimiento que inspire : por el 
contrario, se arraiga y crece más, pues con ocasión del 
trato en la vida íntima, se han podido apreciar los verda- 
deros quilates de esa alma. Ahora, quien se case con una 
persona sólo porque su presencia lo encante, sin recono- 



134 ' ESCOMBROS !. . - - 

cerle prendas morales j sin estar sojuzgado por sn alma^ 
indudablemente ha puesto el pié en los umbrales de la 
desgracia. Fué autómata de un capricho efímero, y una 
vez extinguido éste por la satisfacción del deseo, la indife- 
rencia ocupa su puesto ; no muy tarde es reemplazada por 
el hastío, que se transforma en odio cuando vienen las 
quejas, los insultos y los maltratos. Los celos nacen en- 
tonces ; nó engendrados por el amor, sino por la ausen- 
cia de éste^y por el orgullo, y al ser que se amaba se cree 
capaz de todo lo malo, puesto que ningún sentimiento ge* 
neroso inspiró su alma. Luego se suceden las escenas 
conyugales^ de que has hecho alusión y hé ahí una fami- 
lia que viene á ser una lepra social. 

- — ¿Y los que se celan sin haberse casado aún? 

— Lo hacen, como ya te he indicado, porque la 
amistad no los une á la vez que el amor. ¿Quién duda 
de un amigo verdadero? Nadie; porque se le cree sin- 
cero ; porque se tiene fé en su lealtad ; porque se le juz- 
ga incapaz de una villanía; porque todo ésto es inspira- 
do por sil alma y porque con el alma se le quiere. Si so- 
lamente tus encantos físicos, hubiesen hablado á mis sen- 
tidos, yo podría dudar de tí, Panchita; pero como adoro 
tu alma y reconozco la belleza de tus dotes morales, me 
parece un sacrilegio pensar que puedas serme infiel. A 
tí te sucede lo mismo : ¿verdad lindeza? 

— Ah! sí : tengo tanta fé en tí ! Te adoro 

porque veo que tienes una alma noble y gi-ande. 

— Oh! grande no. Mi alma es tan pequeña, que há 
podido holgadamente anidarse en el hoyuelo de tu barba. 

— Vaya! exclamó Panchita soltando una carcajada. 
Desapareció el disertador formal y presentóse el román- 
tico galán. 

— Di más bien que he terminado mi excursión por 



escombros! 135 

las fuentes de muclias calamidades sociales para recrear- 
me nuevamente en la contemplación de esa fuente de 
poesía que tienes en la barba. 

— De poesía? ¿Porqué entonces no me dices en 
verso todo eso? 

— Porque Petrarca murió, llevándose el privilegio 
de cantar dignamente á las beldades como tú. 

— ¿Es decir que no piensas dedicarme ni siquiera 
un acróstico^ ¡Qué amante tan insípido eres! No perte- 
neces á la última moda. 

— En algo debo distinguirme de los enamorados 
vulgares que tienen la manía de dar con la pluma pin- 
chazos á las musas, para que con sus chillidos desgarren 
el tímpano de la pobre humanidad. 

— Haces bien; para quererte no es menester que 
me llsüJiGS sh'-ena, ni sílfide, ni lucero, y para creer que me 
amas, no es preciso que me digas en versos que de mi har- 
ija el hoyuelo es un diminuto cielo; que mis hermosos y ras- 
gados ojos hacen á tu alma prosternar de hinojos ; y que es- 
tá tu mente delirante y loca por las sonrisas de mi linda bo- 
ca, etc, etc. 

— Pues te hago justicia, Panchita mía, reconociendo 
en tí una de las excepciones de la regla. Generalmente, 
para las mujeres no hay defecto más imperdonable en 
un amante que el no saber hacer versos. Muchas hay 
que se han dejado morder la mano, celebrando la ocu- 
rrencia y que, cuando el amante les ha dado traidoramen- 
te un beso en las mejillas, han improvisado un fingido 
gesto de disgusto, que es al fin rematado por una carca- 
jada; sinembargo, cuando se han convencido de que el 
galán no se arriesga en la fabricación de versos, le han 
dado con la ventana en las narices. 

— ¿Y supones tú, que es ese el defecto que la mayor 



136 ESCOMBROS ! 



parte de las muchachas encuentra más imperdonable en 
un hombre'? 

— Sabes de otro? Cuál es? 

—Los principales son dos : lo que llaman xñchirrez ; 
es decir : que no se arruine y entrampe, enviándolas un 
regalo por la mañana, otro al medio día y otro en la no- 
che, y la falta de atrevimiento, el respeto, á lo cual dan 
el nombre de timidez. Para esas, quien no , regala bas- 
tante no es buen amante. Parece que se complacen mos- 
trando á sus' amigas los escaparates llenos de los trofeos de 
sus conquistas, porque creen que por eso serán envidiadas 
y admiradas. Es por esto que cuando el carnero está 
esquilmado, lo mandan á pas^o y atrapan otro. La quin- 
calla formada por sus varios galanes, es el mejor espejo 
donde la coqueta contempla su hermosura. Ellas no 
comprenden un amante pobre, porque no puede dar 
pruebas ele amor; es decir : brazaletes, sortijas, abanicos, 
etc., etc. 

— Por supuesto que pagarán como puedan. 
— Sin duda: y como no temen arruinarse por más 
besos que den ! Además, como dije ya, timidez lla- 
man ellas el respeto que se debe tener á toda señorita : 
y este es el segundo defecto. Si á los cinco días ; (qué 
digo á los cinco!) si al siguiente día de haber recibido el 
sí, el amante no pide un beso á su amada, ya está mal 
parado; si á los diez no lo ha hecho, empieza á recibir 
desaires, y á los veinte, á más tardar, recibe su patente de 
fatuo y con ella el pasaporte. 

— Parece, Panchita, que has estudiado muy bien el 
punto en tus amigas. 

— Ah! sí: de diez ó doce, no amigas, sino conocidas^ 
que he tratado, una solamenfe ha pensado y procedido de 
diversa manera. Para todas las demás, unjovenrespetuo- 



ESCOMBROS !. 137 

SO es un necio insufrible, incapaz de hacer bien el amor, é 
indigno de que ninguna mujer lo acepte por galán. 

— ¡Qué verdad tan soberana has dicho, Panchita! Es 
por eso que el velo nupcial cubre casi siempre mejillas 
marchitas por los labios de unos cuantos enamorados de 
oficio. Muchas veces, cuando la curiosidad me ha deteni- 
do junto á alguna de las ventanas de la G-obernación para 
presenciar un matrimonio, he oido decir á alguien en voz 
baja, señalando á otro la novia : he xmrdido la cuenta de los 
besos que la he dado. Cierta noche, cuatro jóvenes, conoci- 
dos míos, me detuvieron al pasar por una esquina para 
hacerme algunas preguntas. Poco rato después llegó 
otro, de andar afectado y petulPvnte en extremo : traia la 
mano derecha m^etida por entre la abertura del chaleco, 
como si estuviese contando los latidos del corazón: nos 
saludó con una de esas largas y dilatadas cortesías que 
solo se ven en la Casa Amarilla j nos dijo : " Dispensen 
ustedes que> no les ofrezca mi mano; pero no los creo 
bastante dignos para estrechar la que acaba de acariciar la 
escultural garganta de una ninfa encantadora." 

Risas y desprecio fué todo lo que alcanzaron estas 
palabras. Uno de aquellos jóvenes exclamó: — "¡Gran 

puñado son tres moscas ! Di, cupido : ¿ no notaste si 

la escultural garganta tiene callos ó surcos producidos por 
otros dedos 1 Si no los tiene, forzoso es confesar que mi 
pellejo es más delicado que la garganta de esa ninfa, por- 
que - - - mira, toca esa mano y verás que callosa está ! " 

''•Y la mía; y la mía," dijeron dos más. Se abandonó el 
tema de la política que era el que nos ocupaba y siguióse 
hablando de amoríos y muchachas. Tuve que permanecer 
con ellos un rato más, imponiéndome de sus propias alaban- 
zas, de sus aventuras, de sus conquistas y de las culpables 
y livianas complacencias de nfeas cuyos nombres y apelli- 



138 ESCOMBROS 



dos salieron á relucir. Este mostró un retrato, iluminán- 
dolo con una cerilla, lo besó y se lo aplicó al corazón con 
cómico ademán. Aquel dio á oler un billetico perfumado, 
leyó sus últimas palabras y enseñó la firma, preguntando: 
¿'^La conoces?" Otro sacó de una cartera, llena de flores 
secas, un largo rizo de pelo rubio, y dejando que la luz del 
farol le diese de lleno, dijo: — "El oro de El Callao no 
brilla tanto! Sabéis de quién es?" "Vaya!. . . , , . le 
interrumpieron, ¿ Quién no conoce el pelo de Amalia?" 
I, "Y quién no tiene una muestra I" agregó quien sacando 
otro rizo lo puso en parai^gón con el primero diciendo: — 
"Me parece que son hermanitos. " 

— Ali! Dios mío! me interrumpió Pancliita. Pobres 
muchachas! ¡Cómo se exponen á ser desacreditadas y á 
servir de tema en conversaciones callejeras! Ellas mis- 
mas tienen la culpa. Saben que lo pierden todo, aceptando 
por amantes á jóvenes libertinos, renunciando las conside- 
raciones debidas y satisfaciéndoles sus ofensivos caprichos» 
y, sinembargo, no tienen más voluntad que la de ellos y 
se olvidan de la propia dignidad. 

— Has dicho que lo pierden todo y has dicho la ver- 
dad. Un beso en la boca es un paso dado en un plano 
inclinado y resbaladizo. Sé de varios jóvenes que tuvie- 
ron las mejores intenciones de casarse; pero se les ocurrió 
la idea de someter á pruebas á sus prometidas, pidién • 
dolas un beso, por ejemplo, y una vez logrado, adiós 
respeto! adiós veneración! y adiós proyecto de matri- 
monio ! Y esto es natural ; porque desde el momen- 
to que un hombre recibe un beso de quien piensa hacer 
su esposa, no puede dejar de creer que otros más la ha- 
yan besado anteriormente, y debemos convenir en que 
no debe ser muy satisfactorio, que digamos, eso de pre- 
sentarse á la sociedad dandt> el brazo á una especie de 



escombros! 139 

pila de agua bendita. 

— Por eso es, dijo Panchita, que concluyen muchos 
compromisos sin saberse el por qué, ó presentando por 
causa algún fútil pretexto. 

A este punto había llegado nuestro largo y agradable- 
coloquio, cuando se presentó miseá Josefa exclamando : 

— ¡Échenle! Bien se conoce que no tienen 

huesos esas lenguas. Qué &acam¿ tan bien tallado! ¿To- 
davía ninguno de los dos está deshancado? 

— Nuestra imaginación, valiente buzo, contesté, se 
ha paseado por las honduras de la filosofía social y ha 
visto flotar en la superficie de nuestra sociedad algunas 
fétidas algas que se llaman costumbres, muy generalizadas 
y bastante cancerosas. 

— Pues ahora sé lo que no sabía, dijo riendo la buena 
señora. Los enamorados suelen fi-lo-so-far. Por supues- 
to, Panchita, que sobre tanta fi-lo-so-fí-a no te harán da- 
ño un plato de hervido y unas costillitas asadas. Verdad ? 
Y tú, dijo dirigiéndose á mí, ve á entenderte con aquella 
filosofía que te aguarda en el comedor. 



XVIII 



Terminado el almuerzo y una vez solos, miseá José- - 
fa sentóse a mi lado, me anunció que la enferma reponía 
con una siesta la rriala noche anterior y comenzó á darme 
bromas y á celebrar la felicidad de que gozábamos, termi- 
nando con estas pala*bras: 

. — Supongo que nunca habías imaginado toda la inmen- 
sa ventaja de *un proceder caballeroso y correcto. Si yo 
no te conociera tan á fondo y si no hubieras dado á Pan- 



140 escombros!. — 

chita pruebas muy elocuentes de la nobleza de tu alma, 
desde tu encuentro con ella, no te estarían permitidos esos 
diálogos sin testigos que tan feliz te hacen. 

— Pero en verdad, no merezco nada menos. Desde un 
principio la inspiré confianza, porque las primeras palabras 
que oyó de mis labios fueron la expresión del más profun- 
do respeto. Un libertino habría abusado de su desamparo, 
y hasta la hubiera juzgado desfevorablemente ; yo fui des- 
de un piincipio su protector, y jamás el corazón me impuso 
una veneración más grande por mujer alguna. En cuanto 
á usted, sé el concepto que la merezco y sé también que 
el hecho de haber conducido aquí á Panchita habla muy 
alto en confirmación de ese concepto. 

Continuamos hablando sobre esto y otras cosas hasta 
que, recordando yo mis estudios, quise aprovechar la bue- 
na disposición de mi ánimo para asistir á las clases de esa 
tarde. 

A mi regreso encontré á Estrada, quien llevaba idén- 
tica dirección; juntos entramos á la habitación de la 
enferma y juntos también salimos para repetir mis inda- 
gaciones sobre el estado de la enferma. 

Por segunda vez quiso engañarme, pero claramente 
vi que la expresión de su rostro contradecíalo que sus la- 
i)ios sostenían. 

Hubiera preferido la verdad, por terrible que fuera, á 
aquella incertidumbre de aceradas garras. 

Maldije labora en que entre los estudios de derecho y 
los de medicina opté por aquellos; pues de lo contrario, 
hubiera podido deducir, por el tratamiento de Estrada, el 
verdadero estado de Panchita. 

En la noche ella me confesó que la siesta que había 
dormido había sido provocada por la violenta fiebre que 
la había entrado después de almuerzo, y como tosiera muy 



ESCOMBROS ! 141 

continuadamente, dijo: 

— Esta tos me molesta mucho ; ya me duele el pecho 
de tanto toser. 

Después de una corta pausa agregó con marcada 
amargura. 

— Todo esto son malos síntomas. 

— Recuerdo que nos dijiste que tenías esa tos desde 
antes de salir de la casa de 1;u padre, y como no te hiciste 
remedios desde su principio, se te ha hecho crónica. 

— Si es verdad : pero antes no me mortificaba tanto 
como ahora, ni era tan continuada: es muy mala, convén- 
cete. 

Ocurrióseme la idea de mentirla para desvanecer su 
preocupación, y por eso la dije. 

— Sabes una cosa ? Yo también me había fijado en 
el progreso de esa tos y angustiado por ello, pregunté á 
Estrada si era peligrosa, pero me tranquilizó completa- 
mente. 

Sus labios, algo pálidos yá, dibujaron una sonrisa 
con tintes de incredulidad y amargura. 

— Parece que no me crees, Panchita, y te has enca- 
prichado en dar á esa tos/ la importancia que no tiene. 
¿No has notado que yo también toso á menudo^ Sin- 
embargo, no me preocupo por ello. 

— Tu tos, amigo mío, es producida por el catarro 
que tieixes. Con un ponche la harías desaprecer. En- 
cárgaselo á miseá Josefa para que lo tomes esta noche y 
no te serenes. Las noches están frías y en este tiempo 
son peligrosos los catarros. 

En efecto; yo tenía un fuerte catarro, como todos 
los que dan en los meses de diciembre y enero, y me ha- 
bía afectado el pecho. 

En la noche tosí muchas veces fingidamente, con la 



142 escombros! 

idea de ver si de esa manera se preocupaba menos Pan- 
chita por su tos. 

Ella exigió á miseá Josefa que me hiciera un ponche 
de sábila y leche y m.e ordenó que me acostase temprano, 
encargándome además, con cariñosa solicitud, que me 
-abrigase con una ó dos cobijas de pies á cabeza. 

Cuando volví á su lado el día siguiente, la encontré 
desbaratando el abrigo que llevaba en la cabeza la noche 
que salió 'de su casa. 

— 4 Por qué tratas tan mal á ese hifeliz abrigo? la 
pregunté. 

— Mal no ; al contrario ; lo voy á transformar ven- 
tajosamente para él. No adivinas mi intención? 

— ^No, por cierto. 

— Pues mejor, siempre lo que sorprende vale algo. 

— Pero como me has despertado la curiosidad, su- 
pongo que harás la obra de caridad de dejarla satis- 
fecha. 

— Hombre y curioso ? Es extraño ! Creí que la cu- 
riosidad estaba monopolizada por mi sexo. 

— Mas como soy hijo de mujer, tengo una pequeña 
parte por herencia materna. 
' — ¿Y de paciencia no tienes alguna cantidad? 

— ^No siempre; pero sí una muy grande de compla- 
'cencia para tí, y si me ordenas que espere la sorpresa, 
te obedeceré ciegamente; pues has de saber que soy una 
medalla que, aunque de cobre, es por el anverso tu es- 
clavo y por el reverso. . . . tu dueño. Digo bien? 

— En cuanto al reverso, bien dicho está ; en lo de- 
más, paréceme que exageras. 

— Y á mí me parece que quieres mostrarte tan des- 
prendida como pretensioso he sido. 

De esta manera continuamos nuestro diálogo, to- 



ESCOMBROS I 143 

mando yo, como siempre, á empeño el distraerla. 

Unos días después me presentó una bufanda dicién- 
dome: 

— Para hacerte esto íné que desbaraté mi abrigo. 
¿No es verdad que te gusta más así que si hubiera sido 
tejida con estambre nuevo f 

- — j Qué inteligente eres ! Permite, pues, que pague 
con un par de besos á cada una de esas preciosas manes 
que tal ofrenda me hacen. No tiene mi alma moneda 
más valiosa. 

Cuando sus manos quedaron libres, me dijo riendo •' 

— En la Universidad enseñarán todo, menos á con- 
tar. Un par es una decena? Has dado veinte besos á 
mis manos ! 

— Y á fé que les daría mil, si no supiera que el mu- 
cho calor marchita los pétalos del jazmín. 
' — Pues, como les has pagado excesivamente, permi- 

te á tu vez que estas manos (formadas con pétalos de 
malabares) te devuelvan el exceso, colocándote en el 
cuello la bufanda. Yei'ás ahora cómo se te calmará 
la tos. 

¿ Otro, antes que yo, habrá experimentado la indes- 
eriptible complacencia de que su amada le abrigase cui- 
dadosamente el cuello, temerosa por la pérdida de su 
salud f 

Si hay alguno, ése solamente podrá comprender lo 
que sentí ; que los demás juzgarán simpleza, pero que yo 
llamo goce sublime. 

Cuando se adora con el alma, gozamos hasta con 
^ k tristeza que revela en su semblante nuestra amada por 
la enfermedad ó el pesar que nos afecta. 

, {Cuántas veces interrumpí la alegría que presidía 
nuestros dulces coloquios, para quejarme de un fingido 



144 escombros! 

dolor de cabeza, sólo por ver cómo la fisonomía de mi 
Pancliita pasaba síibitamente del regocijo á la angustia \ 

Ella entonces poníase á meditar : llamaba en sii auxi- 
lio sus conocimientos sobre la medicina casera, y termi- 
naba generalmente recomendándome el Agua Divina. 

— Muclias veces me la he puesto, la dije una vez, 
y no ha surtido efecto. No sé si será que tengo mala ma- 
no ; ¿quieres ponérmela tú? 

Mientras pasaba por mi frente su mano humedecida 
con la citada agua, me dijo : 

— ¿Verdad que tengo vocación para ser Hermana 
de la Caridad ? Te gustaría que lo fuera f 

— Después de muerto, quizás ; por ahora, solo me 
pareces espléndida para ser mi esposa. ¿ Qué te sería 
más grato : ser ángel de mi hogar ó ser ángel de un hos- 
pital? 

— Responde tú por mí. 

— Pues serás lo primero y no deberás envidiar la 
gloria de las beneméritas hijas de Vicente de Paúl, pues, 
aunque grande, no lo es tanto como la incomparable de 
ser madre. 

Esta palabra, que se me escapó no sé. cómo, hizo 
bajar la mirada á Panchita, sin duda porque vislumbró 
el cuadro que en ese instante había trazado m.i mente, y 
en el cual figuraba ella, rodeada . de la tierna prole que 
en mis delirios creí que me estuviese prometida 

j Cómo se complace á veces la imaginación en ser 
optimista y dibujar paisajes bellísimos allí donde sólo 
habrá desiertos y zarzales, para luego ¡ ay ! hacer la 
realidad menos sufrible ! 

Yo quise gozar paladeando el almíbar de las ilu- 
siones. 

¡ Qué amargo es el agenjo de que se halla rebozante 
la copa que me ha ofrecido mi destino ! 



EseoMBRos ! 1 45 



XIX 



— ¿Sabes qne si yo fuera tii médico te daría un rega- 
ño de padre y muy señor mtío? 

Esto dije á Pancliita entrando á su cuarto cierto día 
después de almuerzo. 

— I, Por qué, querido amigo! preguntóme. 

— Porque no haces bien en leer, y porque has debido 
esperarme, si deseabas saber lo que dice ese libro. 

— Te engañas completamente. Como son oraciones 
me harán, por el contrario, mucho bien, y tú no me agra- 
decerías que te invitase á rezar. Verdad? 

— Respecto á esto, te diré que contigo todo me agra- 
daría, y en cuanto á lo primero, quiero advertirte que toda 

lectura te hará daño ; ya sea la de una novela ó la de 

¿cómo se titula ese libro? 

— Ancora de Salvación. ¿Pero suj^ones que nada he 
de lograr con las oraciones que rece en él, á pesar de la fé 
que me inspiran? 

— Los beneficios que de tu fé pudieran desprenderse 
quedarían neutralizados por la infracción á lo preceptuado 
por la ciencia. Bien sabemos que por la sola virtud de la 
predisposición, favorable ó funesta, se obtienen resultados 
análogos á ella ; pero sí, como en este caso, hay oti-a causa 
que los neutralice, nada se habrá ganado. Por esto, vería 
con agrado que rezaras solamente las oraciones que con. 
serva tu memoria, ó las que pueda improvisar tu alma. 
No desobedezcas á la ciencia, ateniéndote á tu fé. 
10 



1 46 ESCOMBROS 



— Si lo deseas, te complacerá, díjome con una mezT- 
cla de ternura y humildad. 

—Gracias, Pancliita mía; sí lo deseo, por tu bien y 
por el mío. 

—Yo preferí las oraciones de este libro porque son 
muy buenas. 

— Para el creyente deben ser todos iguales. Las pa- 
labras escojidas, las frases sonoras y los períodos correctos 
nada pueden, significar. L? fé con que se ore es lo que 
proporciona tranquilidad al espíritu, y de la tranquilidad 
del espíritu bien sabemos lo que puede esperarse. Para 
la oración no hay moldes, amada Panchita. Suelta ese 
libro, cuya lectura te hace mal y deja que tu alma se 
prosterne é improvise sus plegarias. 

— '^Y tú cómo rezas? 

— Con la elocuencia del silencio. 

— ¿Es decir que no rezas"? 

— Sí ; 2)ero á mi modo. 

— No me puedo explicar ese modo. 

— El día en que ambos entramos al paraíso ; es decir; 
cuando nos confesamos nuestro amor, me preguntaste si 
ya había comprendido yó que me amabas ; esto prueba 
que sabes que no solamente hablamos con la boca. Me en- 
tiendes ahora? 

— Yo temía que mis acciones me hubieran vendido. 

— Pues, precisamente; con las acciones es que yo re- 
zo. Antes de ponerme á ensartar una tras otra las cua- 
renta ó cincuenta oraciones de ese libro, doy cuarenta ó 
cincuenta limosnas. Quiero así distinguirme de los devo- 
tos por apariencia, que rezan mucho y obran mal. Esos 
deberían creer que lo que más debe agradar á Dios es que 
se socorra á los pobres, á los cuales deberían considerar, 
como á todos los hombres, Mjos de él, á pesar de decir ■ el 



ESCOMBROS ! 147 

Credo que Jesucristo es su único hijo. Más que las oracio- 
nes, las limosnas que doy tranquilizan mi conciencia y pro- 
porcionan á mi alma fruiciones más inefables. Por eso opi- 
no que miseá Josefa, por ejemplo, que viene entrando, lo 
liaría mejor si diese á los j)obres los cinco centavos que 
invierte en una vela cada vez que va á rezar una novena, 
cosa que liace dos veces diariamente. 

— Ya vuelves con tu tema de siempre, dijo la buena 
señora que, en efecto, en ese momento entró. 

7 — Pero, querida vieja; ¿no vé usted que las velas no 
nutren á los santos, mientras que el pan si nutre á los men- 
digos, y que el equivalente de cada vela son tres hogazas! 

— Pero, ¿no sabes, testarudo, que yo también doy 
limosnas ? 

— Lo sé, y sé además que si sus imágenes no fuma- 
sen tantas velas, los pobres á quienes proteje comerían 
más ; lo cual sería mil veces más loable, pues no hay te- 
mor de que esos infelices mueran de apoplegía, ni que sus 
santos se descríen si no comen velas y beben aceite. 

—En fin ; no estoy ahora para discusiones ; quédate 
con tus caprichos y tus teorías que yo tengo mucho que 
hacer. 

— Esto diciendo, la amable patrona se dirigió á la 
puerta, pero Panchita la hizo detener diciéndola : 

— Señora : permítame. ¿ Quiere usted regalarme es- 
te santicb ^ 

— Sí, hija mía ; cómo no ! 

— Gracias. Está bendito? 

— Sí ; y por otro santo. 

— ¿ Por la Papisa Juana, miseá Josefa? 

Esta última pregunta la hice yo ; pues suelo bromear- 
me con la que, como casi todas nuestras matronas, tiene 
muchos humos de fanática. 



148 ESCOMBROS ! . 

El santico que Panchita habíala pedido era una pe- 
queña estampa de San Rafael, que se hallaba entremetida 
en el Ancora de Salvación, perteneciente á miseá Josefa. 

Una vez que ésta hubo salido, gruñendo por mi últi- 
ma pregunta, Panchita me dijo: 

— Bien veo que no participas de muchas de nuestras 
creencias; sinembargo, quiero hacerte un escapulario de- 
San Rafael, para que te acompañe y te cuide. Lo acep- 
tarás? 

— Pues no he de aceptarlo, bien mío ! 

— Yo le rezaré por tí; sabes? 

— Convenido ; pero si lo deseas, también le rezaré. 

— En ese caso lo harías sólo por complacerme, y lo 
que no se hace expontáneamente, de nada sirve. 

— Es que siendo expontánea la causa; es decir, el 
deseo de hacer tu voluntad, expontáneo es también el 
efecto. 

— I, Pero no lo harías por fé? 

— Si deseas además que tenga fe en la virtud divina 
del escapulario que me harás, la tendré. 

— Eso no me huele bien, repuso ella con un gracio- 
sísimo mohín. Adivino tu intención de hablar conmigo 
sobre esas cosas, evadiendo las discusiones, y te la agra- 
dezco. 

— ¿Sabes cómo definen la fé'? 

— Es una virtud hija del cielo : nó? 

— Pues bien; para mí, tu voluntad es una orden, y 
tú, mi cielo Gres. De consiguiente, mi corazón acojerá 
con agrado toda creencia que venga de tí, trasmitida por 
tu voluntad. 

— ¿ Sabes que ignoraba que tuviese vocación para 
misionera f 

— Pues convéncete de que nadie mejor que tú posee 



ESCOMBROS ! 1 49 

el don de convertir. Se me ocurre una comparación, que 
bien puedo soltar, puesto que soy el imico hombre que 
la escuchará, y quiero en tu presencia alardear de mo- 
desto. 

— ^Vá con la comparación, pues. 

— Los hombres somos como los cerdos. 

— Como los cerdos? j Virgen Santa !! ¿ Y yo 

estoy enamorada de un cerdo, y no lo sabía? Tu com- 
paración, amigo mío, hiere también mi orgullo de mujer 
de buen gusto. ¿Dónde iba yo á pensar que se pareciera 
á un puerco un joven de veinticinco años, amable, espan- 
sivo, generoso, de modales distinguidos y presencia sim- 
pática, y en cuyo rostro, con excepción de la nariz, no 
hay nada feo ? 

Estas frases de Panchita provocaron hilaridad en mí; 
tanto porque me hicieron cosquillas en la fibra de la vani- 
dad, que sin duda alguna la, tengo muy delicada, puesto 
que soy de este siglo, como porque lacron pronunciadas 
con gracia encantadora. 

— ¿Sabes, la dije, -que el amor servirá para todo, me- 
nos para fabricar espejuelos? 

— No sé si tienes razón, porque no los uso. Pero, 
volvamos á tu peregrina comparación. Decías que los 
hombres son como los cerdos. ¿Querrás rectificar ó ex- 
plicarte mejor 1 

— Gustosísimo. ¿Has visto cómo se resisten los cer- 
dos á andar cuando el látigo los acosa, y cuan dócilmente 
siguen á quien los llama con una totuma con maiz ? El 
lema de los puercos es el siguiente : Por las malas ni al 
chiquero ; por las buenas, hasta el matadero. 

— Ya voy entendiendo. ' 

— Pues bien ; los hombres tenemos un lema pareci- 
do. Los que con injurias y amenazas quieren llevarnos 



150 ESCOMBROS 



al imperio de la fé, pierden su tiempo ; por el amor y con 
la dulzura, se nos puede conducir á todas partes. Siempre 
que deseando creer en ciertas cosas, he ocurrido á algún 
sacerdote para que inculque en mi cerebro lo que esté tan 
tenazmente ha rechazado, he salido con la bilis movida y 
con la nieve de la duda más sólida aún. Deseaba oir ra- 
zonamientos luminosos y deducciones innegables y sola 
he escuchado improperios, insultos y amenazas. No se 
me ha dicho: JEsto es así por ésto y ésto, sino se me ha lla- 
mado hereje, ateo, condenado, imbécil é^ é^ Quise bañar- 
me con luz ' y se me salpicó con baba inmunda : quise 
palpar preceptos inviolables de la religión y recibí todos 
los irritantes calificativos del vocabulario del impoteiite 
fanatismo. Pretender que mío crea por la fuerza y nó 
por la razón, es contraproducentem; pues una vez que se 
nos logra exasperar, juzgamos ridiculas las creencias que 
consideramos consoladoras, aunque falsas; y sus sustenta- 
dores, á quienes quizás llegamos á respetar, acabarán por 
inspirarnos odio ó desprecio. Tú, en cambio, Panchita 
mía, me hablas con cierta ternura; me haces tan feliz, que 
me encuentro en la mejor disposición para creer en todo 
lo que tú creas. Semejante al fluido magnético, tu ié 
puede obrar sobre mí por inducción. Para la conversión 
no hay más que dos poderes: el poder de la razón y el 
poder del amor. Mi cerebro aún no se ha sentido subyu - 
gado por el primero en los momentos en que ha clamado 
por el renacimiento de algunas consoladoras creencias de 
mi infancia ; pero mi alma, en cambio, dócil por el fuego 
de tu amor, cuando se siente incomparablemente feliz, 
está, como blanda cera, dispuesta á recibir la misma for- 
ma que tu alma tiene, con todas las molduras y linca- 
mientos que la íé la ha impreso. 

— I, Y no ternes, amigo mío, que á la mía le suceda lo 



escombros! 151 

mismo con relación á la tuya f ¿No temes que se me 
contagie tu duda? 

— No ; porque la fuente de mis dudas es el cerebro ; 
y para hacerte flaquear en tus creencias, yo no tendría 
más fuerza que la del raciocinio ; la que no emplearé con- 
tigo. Sabes que en el hombre predomina el pensamiento, y 
en la mujer tiene la preponderancia el sentimiento: esto es 
cuestión de naturaleza. Entre un cerebro y un corazón 
no debe haber discusión; y el hombre es cerebro y la mu- 
jer corazón; por eso yo dudo mucho, y tú, toda sentimien- 
to, das á mi alma esa ductilidad de la infancia. Mi alma 
es una recién nacida en la vida del amor. 

— Pues entonces voy á mandar á llamar ál padre E . . 
para aprovechar la buena ocasión de convertirte. 

— Ni por un pienso ! porque entonces me volvería to- 
do sesos en presencia de un hombre todo bilis. Xqm tienes 
otro Saúlo ; tú eres el rayo de luz descendido del cielo. 
No necesitas sino hablar, como diz que habló la voz mis- 
teriosa al que fué después San Pablo, para que me veas 
dispuesto á todo. Cuando estoy á tu lado, soy un coloso 
de felicidad y un niño por el sentimiento y entonces estoy 
dispuesto á creer hasta en el coco y en que las brujas sa- 
len los sábados ; aún más: también en la infabilidad del 
Papa y en los milagros de los santos. 

— Pues eres lo contrario de los demás, que son de- 
votos cuando están temerosos ó en la desgracia y se olvi- 
dan y dudan de todo cuando se sienten dichosos. Me di- 
jiste que si yo te hablara como habló Dios á San Pablo, 
te vería dispuesto á todo. ¿Ratificas este dichof 

— A todo ; menos á vestir sotana. Sabes por qué? 

— En ese lazo pensé cojerte. ¿Por qué no te echa- 
rías los hábitos*? 

— Porque estoy requeteenamoradisimo de cierta seño- 



152 ESCOMBROS ! 

rita y quiero acatar la ley natural, la ley del progreso, la 
ley social, erigiéndome en padre de una familia. Los 
curas están en pugna con esas leyes. Reniego de la so- 
tana, porque es la envoltura del egoísmo, cuando no de 
la hipocresía. De la sotana se ha querido hacer el velo 
de la castidad; pero, ¡cuan fácilmente se ha convertido en 
las alas del murciélago del perjurio! 

— Jesús! amigo mío ; de que manera te expresas! 

— Pinto con la paleta de la verdad y con sus colores 
más vivos-; pero no exagerados; sinembargo, si te re- 
pugnan, hablemos de otra cosa. 

— Continúa. No me indignaré por oir lo que no sea 
contra Dios, ni contra tí. ¿Opinas tú que los sacerdotes 
deberían ser casados? 

— Te contestaré después de tomarte ese confortable 
que te trae esta buena vieja, qn.Qvale un mundo; vale dos... 

— ¡Santa Tecla!! dijo miseá Josefa, presentando á 
Panchita un vaso con caratillo de arroz. Estos pichon- 
cítos ayer no más salieron del cascarrón y ya cantan más 
que todos los arrendajos de Barlovento. 



XX 



Una vez que Panchita hubo dado cuenta del caratillo 
j miseá Josefa salido del cuarto, aquella me dijo : 

— Bueno, ^'pues, prosigamos : ¿ te gustaría que los 
curas se casaran? 

— ¿No fumas antes un cigarrillo! Sobre el caratillo 
cae muy bien. 

Esto diciendo, la presenté una caja de La América. 

— Mírame los dientes, mírame los labios y mírame 



ESCOMBROS! I 53 

los dedos — respondióme con gestos adecuados. ¿Están 
negros, inorados y amarillosl 

— Al contrarío : los veo brillantes, encarnados y 
blanquísimos. 

— Pues eso te prueba que no soy de las mujeres que 
imitan á los hombres hasta en sus vicios. 

— De ello estaba yo muy cierto ; por eso te ofrecí el 
cigarrillo ; pues si hubiera creido que tenías ese vicio, 
me hubiera guardado de hacerlo. 

— ¿Te chocan mucho las mujeres fumadoras? 

— Muellísimo ; y á todos los hombres, siempre que 
no sean cigarreros ; aunque algunos lo disimulan para 
echarla de tolerantes. Para mí es motivo para tirarme 
de espalda el ver á una niña bonita con una pierna so- 
bre la otra ; con un puño sobre el muslo, con un codo 
sobre el puño, con un cigarrillo entre dos dedos y con la 
boca y la nariz convertidas en chimeneas. 

No sé por qué causó tanta risa esta contestación á 
Panchita. 

— Pues, amigo mío, me dijo, si tuvieras intimidad 
con todas las caraqueñas, vivirlas tirándote de espaldas. 

— Lo sé, y estoy por creer que poseo la linterna de 
Diógenes, puesto que he hallado una caraqueña que no 
fuma. 

— Hay otras más; no muchas; pero dejemos 

en paz á las fumadoras y contesta á mi pregunta : ¿ te 
gustaría que los curas se casaran? 

— Sí : un padre de familia sería el mejor sacerdote. 
Nadie puede creer en la castidad de los curas y, de con- 
siguiente, son juzgados hipócritas (salvo el uno por mi- 
llar). I, Qué valor, pues, podremos dar á los sermones y 
consejos de un hipócrita? Aparte la imbecilidad, el fana- 
tismo y la misma hipocresía, |, quién se inclinará ante un 



1 54 ESCOMBROS ! . 

clero que cae al fin en el peijurio, porque su primer paso 
es un juramento contra un imperioso precepto natural ? 
La hipocresía tonsurada : he ahí nuestro clero. La insti- 
tución del matrimonio es una institución divina por mo- 
ral ; es el arco toral del edificio social ; es el manto de la 
honorabilidad. Es algo más: es una incontrovertible 
imposición de la conciencia. Las palabras creceos y miil- 
tipUcaos son la síntesis de todo esto y se extienden á to- 
dos, y quien acate á Jesucristo como legislador de la 
moral, debe aceptar sus preceptos, y quien vive en el 
seno de la sociedad, debe aceptar lo instituido por el Po- 
der Civil. La Naturaleza impuso la reproducción ; Jesús 
y el Estado la refrendaron con el sello de la moralidad. 
Que un padre de familia, por honorable y virtuoso que 
sea no pueda ser sacerdote de la religión del Cristo, 
¿ háse visto absurdo más estupendo? Quien imponga la 
moral y j)ractique la virtud en su hogar, ¿por qué no ha 
de poder aconsejar la virtud y predicar la moral en ei 
templo"? El sacerdote no debe hacer otra cosa; lo de- 
más son ridiculeces. 

— En todo eso te concedo la razón, amigo mío. Ver- 
daderamente, sería magnífico, admirable, ver á un padre 
de familia, respetable, como varios que conozco, en un 
confesionario para darnos consejos, ó en el pulpito para> 
señalarnos los vicios que debemos extirpar, los peligros 
de que debemos huir y las virtudes en cuya práctica nos 
hemos de ejercitar. 

! — Mas es el caso que hay tenaz oposición para que 
tan grandioso espectáculo nos deleite, porque los más han 
querido, ante todo, hacer del sacerdocio un monopolio, 
reservado únicamente para los que prefieran el sopor de 
la holgazanería á las caricias de unos hijos ; para los que 
se sientan tentados por las promesas de un negocio lu-. 



escombros! 155 

crativo y desprecien las gratísimas fruiciones que propor- 
ciona el calor de la familia ; para los que no tengan, en 
fin, corazón de padre, sino un bólido de hipocresía para 
andarse escumendo por entre las puertas secretas de la 
inmoralidad. Des/caría yo saber lo que pasaría por el 
ánimo de un cura que tuviese la dicha, como la tuve yo, 
de encontrar en su camino un ángel como tú. También 
quisiera saber de qué sustancias está formado su corazón, 
si en el acto no le entran tentaciones de rasgar su sota- 
na, y qué clase de sentimientos podría abrigar su alma, 
si no se arrodilla ante tí para adorarte. 

— ¿ Te ohddas amigo mío, de que todas las almas y 
todos los corazones no pueden ser tan generosos como tu 
corazón y tu alma? 

— Pues quien tenga libre el corazón, te vea y no te 
ame, ni sabe apreciar la virtud y la belleza, ni es capaz 
de amar á nadie. ¿ Sabes que desde que te conozco es- 
toy por creer que hay en mí algo más que materia y 
que llevo á Dios en mi alma? Me parece que lo siento 
cuando estoy á tu lado ; que lo A^eo cuando me miras, y 
que lo oigo cuando escucho tu voz. La Iglesia de la 
Inquisición quiso convertir la humanidad con fuego de 
leña ; bien se ve que no conocía el fuego del amor. 

— ¿Es decir que te he convertido? Ay! que conten- 
ta esto}^! i Ojalá no digas eso sólo por galantería ó por 
darme gusto! 

Esto diciendo, mi amada hizo un gracioso gesto para 
expresar su satisfacción y luego, por tres veces, con el 
pulgar de su diestra hízomle una cruz en la frente agre- 
gando : 

— En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu 
Santo. 

— Haz otra en nombre tuyo. 



156 ESCOMBROS ! 

— I Te agrada muclio que te hagan cruces en la 

frente! 

— Tanto, que estoy por exigirte que me hagas una 

en nombre de cada una de las once mil vírgenes? 

— Entonces te sacaría sangre. 

—Primero se te gastaría ese dedito, tan chiquito, tan 
suavecito, tan blandito y 

— Apuesto que me vas á decir que fué formado con 
pétalos de rosa mosqueta, del modo que hacen los basto- 
nes de barajas. 

— Si me aseguras que en el cielo se cultivan las ro- 
sas mosquetas, no vacilaré en decírtelo, 

■ — Yo no he estado nunca en el cielo. ¿No recuer- 
das que vine del infierno? 

Cuando estas palabras dijo, alusivas al hogar de su 
padre, Panchita bajó los ojos é inclinó la cabeza, cuyo 
movimiento fué aprovechado por una de sus hermosas cli- 
nejas para venirse hacia adelante y disputar al Ancora de 
Salvación las caricias que le prodigaban tan delicadas ma- 
nos. 

Cuan afortunada fué! Después de hacer Panchita 
que le lamiese repetidas veces la palma de su izquierda, 
agitándola conio una brocha, púsose á quitarle las hor- 
quillas. 

— ¿, Querrás, Panchita, poner dentro del escapulario 
que vas á hacerme esas hebras de pelo que te estás arran- 
cando? 

— No, señor mío ; eso sería un sacrilegio. ¿ De cuán- 
do acá las reliquias son guardapelos? 

— Cuando el pelo es de un ídolo, bien puede estar 
junto á la estampa de un santo. Llamas á eso sacrilegio ; 
sinembargo, cierto estoy de que no vacilarías en poner 
en lugar del pelo un pedacito de las medias que usó Pío 



ESCOMBROS ! 157 

IX. Verdad! Pero, mira : transijamos. Debes tener 
algún escapulario ; dámelo y haz el de San Rafael para 
tí. Sin pelo tuyo, no me gustaría. 

— Lo que tengo es un rosario que me dio mi madi'e en 
su última hora. Me propuse llevarlo hasta la tumba ; pero 
ya que estoy al borde de ella, voy a confiártelo. Nadie 
mejor que tú sabrá conservarlo y venerarlo. 

Dichas estas palabras, besó repetidas veces, regándo- 
lo á la vez con sus lágrimas, un rosario que se había qui- 
tado, de cuentas negras y avemarias de oro. Después, 
agregó : 

— Tómalo. ■ 

Comprendiendo yo la necesidad de alejar la conver- 
sación del tema de la separación eterna, iniciado ya por 
la pobre niña, la dije : 

— jSío lo acepto aún. 

— |Nq, lo aceptas, amigo mío ! Por qué ? 

— Porque quiero que me lo entregues en cambio de 
las arras y anillo que á su tiempo te daré. 

¡ Qué desgraciado anduve al pronunciar tal frase ! 

Su efecto fué totalmente opuesto al que me había 
prometido ; pues ella bien sabía que la felicidad á que ha- 
cía yo alusión no sería jamás alcanzada por nosotros, 
para-rayos de la desgracia. 

Una violenta trepidación en todo su ser me hizo 
comprender que la implacable^ muerte había empujado á 
mi adorada Panchita para que diese un paso ruás en el 
camino fatal que conduce al imperio de las impenetrables 
sombras. 

La lividez de sus mejillas aumentó; sus labios inten- 
taron decir algo; pero la mordaza de un sollozo lo impidió; 
sus ojos, humedecidos, miraron á lo alto, después fijáron- 
se en mí y notando la viva conmoción revelada en mi 



158 ESCOMBROS 



semblante, sus párpados, diminutas cortinas de un cielo 
en miniatura, cayeron, pretendiendo inútilmente contener 
las lágrimas que, talvez por haber sido condensadas por 
la forzada abstinencia, sin dejar huella alguna rodaron 
por el pálido y finísimo terciopelo de sus mejillas. 

Una de sus manos sirvió de apoyo á su desfallecida 
y angelical cabeza, y la otra y las mías se conectaron pa- 
ra que se trasmitiesen de su ser al mío las ondas de dolor 
que partían del corazón que tanto me amaba, que sufriera 
tanto y que tan digno íné de ser el predilecto de la dicha 
y nó una víctima del infortunio, incalificable absurdo que 
tan poderosamente me ha tentado á pensar en la ceguedad 
del infinito. 

Yo hacía esfuerzos para hablarla, con el fin de dis- 
traerla, más no podía vencer mi emoción. 

Un acceso de tos la sobrevino, y cada uno de sus im- 
pulsos resonaba lúgubremente bajo la comba de mi crá- 
neo, como resuenan bajo las bóvedas del panteón los 
golpes dados por la piqueta para abrir la sepultura de un 
.ser querido. 

— Hazme el favor — rae dijo — de mezclar con dos de- 
dos de agua quince gotas de la medicina de aquel frasco 
de tapa de cristal. 

Mientras yo daba cumplimiento á su orden, ella no 
cesó de toser, y cuando me volví para entregarla el me- 
dicamento, el vaso que lo contenía se escapó de mis 
manos. 

¿ Qué había visto ? 

La imagen de la muerte representada por una azu- 
cena en botón. 

En la preciosa cabeza de Panchita, caída hacia 
atrás y apoyada en el espaldar del mecedor, parecía que 
habían sido borrados por el dedo de la terrible parca 



escombros! 159 

todos los lineamientos de la vida. 

Entreabiertos sus párpados y sus labios, j extingui- 
do el sonrosado tinte de éstos, dejaban ver solamente la 
nevada orla de sus negras pupilas y el nacarado esmalte 
de sus dientes. 

Una escupidera de blanca loza que á su izquierda 
estaba se había teñido de carmín. 

Sangre había salido de los pulmones de mi amada, y 
toda la mía me parecía que se había evaporado de mis 
venas ó convertido en hielo. 

La tomé ambas manos y se las sacudí suavemente, 
diciéndola en el más alto tono de la angustia : 

— Panchita ! Pan chita mía ! qué tienes? ¿, Te han 
hecho daño mis últimas ¡palabras ? No he querido en- 
tristecerte. Perdóname ! . 

Miráronme sus ojos y dejaron escapar un par de 
perlas, y sus labios se plegaron para dibujar una sonri- 
sa, quinta esencia de la tristeza, mezclada con una dosis 
de pasión elevada á los cien grados. Después me dijo : 

— Soy yo, mi buen amigo, quien debe pedirte per- 
dón. Tú no has hecho más que intentar alegrarme con el 
recuerdo de nuestra ilusión más querida, pero á la vez 
más imposible. Perdóname que haya turbado con mis 
lágrimas la amemidad de nuestro diálogo. Pero . 



qué he de hacer? No es mía la culpa. Hace días, cuan- 
do me hablabas de nuestro soñado matrimonio, la incer- 
tidumbre me hacía sonreír ; pero ahora, al ver desde el 
umbral de la otra vida las cenizas y el humo de nuestro 
hermoso castillo de ilusiones, sufro horriblemente, no 
tanto por la parte que me corresponde en la burla del 
destino, como por pensar lo desgraciado que vas á ser por 
habérsete contagiado mi mala suerte. Si no me hubieras 
hallado en tu camino, serías feliz. Perdóname, amigo 



1 6o ESCOMBROS 



mió; en cambio de tu felicidad te he dado toda mi alma... 

Largo rato luché con la emoción para poder hablar. 

— Pero Panchita mia : la dije al fin. ¿ Cómo 

es posible quedes acogida á tan injustificables pensamien- 
tos I Desecha esos caprichos, incomprensibles y además 
peligrosos para tu estado, delicado sí; pero no mortal. 

• Sacudiendo en señal de duda la cabeza, me respon- 
dió: 

— Yq lo conozco muy bien. Créelo ; no estoy enga- 
ñada : yá es tiempo de que nos vayamos preparando -para 
recibir el terrible fallo de Dios. 

— Amada mía! dije separando de su rostro el afor- 
tunado pañuelo que bebía su llanto. ¿ De cuándo acá esa 
manía ? Olvídala y torna á ser festiva y confiada. 

— Festiva lo he sido á veces, porque has tenido poder 
para trasformar mi corazón con tu presencia ; pero nunca 
he confiado en el porvenir. La felicidad de amarte y ser 
amada por tí, parece que se me ha concedido solamente 
para que- me sea dolorosa la muerte, único bien que espe-' 
raba 

Ambos guardamos un profundo silencio, y nos pare- 
cía que la vida universal se había detenido en su camino. 

Si los átomos del aire hablasen, hubiéramos podido 
escuharlos. 

— ¿ Qué pasaba por Panchita ? 

Su mirada, envuelta entre las sutiles gasas de sus lá- 
grimas, se paseaba de su falda á mi rostro y viceversa : 
intentaba hablarme, pero por en medio de dos labios no 
puede brotar la contenida lava de un inmenso dolor. 

Y por mí, qué pasaba"? 

Pasaban oleadas de tempestades por mi mente y una 

espada de hielo á través de mi alma. 

No podré calcular la duración de aquel sombrío si- 



ESCOMBROS ! l6l 

lencio. Una mano, posada sobre mi hombro, hízome vol- 
ver sobresaltado y derramar el plato de sopa que traía 
miseá Josefa para la enferma. 

Cuando aquella salió para reponer la sopa, Pancliita 
me dijo: 

— Toma el rosario. 

Lo cojí, besándolo varias veces, como también la ma- 
no querida queme lo entregaba ; en su presencia me lo 
puse en el cuello y salí, sin poder añadir una palabra. 

Después de la comida, que no probé, miseá Josefa 
me dijo : 

— ¿ Qué ocurre entre ustedes ? Pancbita está muy 
abatida y tú, nada menos. 

— Es por que ella presiente su cercana muerte, y co- 
mo me lo dijera, quise distraerla y alegrarla hablándola 
• de nuestro matrimonio ; pero como tiene la seguridad de 
que esto no pasa de ser un sueño, ha querido que despq;^- 
temos de él, para que estemos preparados á recibir la ate* 
rradora realidad. 

— ¡Pobre Panchitaü dijo la buena señora apli- 
cándose á los ojos su pañuelo de madras. 

Esta frase y este movimiento me hicieron levantar 
del asiento, como botado por un resorte poderoso, y con 
una mano en el corazón y otra en la frente, corrí á ence- 
rrarme en mi cuarto. 

Me dejé caer en una silla; apoyé los codos en una 
mesa y en ambas manos la cabeza y el libro qu^ so- 
bre esa mesa estaba abierto, revela aún que fué bañado 
por un torrente de lágrimas! 

A las ocho volví á la habitación de mi amada. 
Sus accesos de tos se sucedían á menudo y la fiebre 
había subido algunos grados. 

Las tres horas que pasé con ella fueron tristísimas y 
11 



102 ESCOMBROS 



casi silenciosas. 

— -Ni una broma, ni una frase alegre, ni una sonrisa 
cruzáronse nuestros labios. 

Una cosa lúgubre había en medio de nosotros. Ve- 
lábamos un cadáver querido : el cadáver de nuestra espe- 
ranza ! 



XXI 



Al levantai'me el día siguiente pregunté á miseá Jo- 
sefa por Panchita. 

— En este momento se quedó dormida, pues no lo ha 
hecho en toda la noche, me respondió. 

Forzoso era esperar algunas horas para verla. ¿Qué 
hacer dtirante tan larga espera? 

Cuando queremos ocultar nuestra pena á las miradas 
indiscretas, ó deseamos huir del dolor que nos abruma, 
nos lanzamos á la calle para vagar solitarios, abandona^ 
dos hasta de la propia voluntad. 

Por eso vemos á menudo seres paseándose distraida- 
mente, á los cuales tomamos por sonámbulos ó idiotas. 

Son dignos de compasión, pues llevan una tempes- 
tad dentro del pecho, y, sinembargo, nos burlamos de 
ellos. 

¡Hasta con el dolor ageno se divierten los felices ! 

|,A cuántos serviría yo de mofa aquella mañana, 
cuando, sintiendo tales deseos y temiendo que el conti- 
nuado pensar en mi desdicha turbase la marcha regular 
de mi cerebro, me di á vagar por las calles con el propó- 
sito de entretenerme, aunque fuera con la lectura de los 
nombres de las casas mercantiles : nombres que ponen de 



escombros! 163 

Telieve dos particulares del carácter venezolano : la ido- 
latría por el oro y la manía de estar estropeando á cada 
paso las palabras extranjeras. 

De ahí esta larga lista de títulos : "La Estrella de 
Oro," "La Copa de Oro," "El León de Oro," "Las Tijeras 
de Oro," "El Barril Dorado," "La Casa de Oro," "La Ta- 
eitadeOro," "La Bota Dorada," "La Maison Dorée," 
"Au Printemps," "Magasin Universel," "Au Bon Marché," 
"La Ville Saint Denis," "Au Petit Picus Saint," "Boulan- 
gérie et Patisserie de la Societé," "La Glaciere," "L' Ex- 
celsior," "La Charcuterie," "Au Petit Louvre," "Au Pa- 
lais Eoyal," "Au Petit Gagne," "American Bar," etc. etc. 

No se cuenta casa alguna que haya quebrado, tenien- 
do un título extranjero ó algo de oro en él. 

El sólo nombre del Bey del mundo atrae á sus idólatras, 
que lo somos todos, y por esto, no será extraño que el día 
menos pensado se le ocurra á alguien bautizar su vento- 
rrillo así: El Sais^cocho de Oro. 

Indudablemente haría fortuna. 

Los establecimientos bautizados en lengua extraña 
también tienen preferencia, sobre todo con respecto á las 
mujeres. 

Conozco una señora que vive en San Juan y que or- 
dena á su sirviente que le compre el pan en la Boidangerie 
et Pcdisserie de la Société^ á pesar de que en la panadería 
de la próxima esquina lo hacen inmejorable, sólo por dar- 
se el gusto de pronunciar aquella frase francesa y para 
que el criado la tenga por persona instruida y lo haga 
constar así ante sus camaradas en las conversaciones del 
mercado. 

A varias señoritas también he oido decir que compra- 
ron la pava ó el abanico en Au PrintemjJS, en Hir/h Life 
Parisiens ó en Au Petit Gagne, y tal ó cual joya en Au 



1 64 ESCOMBROS 



Palais Boyal, y me he fijado en la satisfacción que sabo- 
reaban por habérseles presentado la ocasión de probar 
que son intrépidas para eso de masticar las voces extran- 
jeras. 

Pero el principal objeto de este capítulo no es criti- 
car la petulancia que han querido explotar los dueños de 
los establecimientos mercantiles, bautizados tan acertada- 
mente, sino poner de relieve el despilfarro de la Adminis- 
tración de Andueza Palacio y la bajeza de los falsos amigos 
que acuden al olor del hienestar como los cuervos al olor 
de la matanza. 

Intentaré lograr mis propósitos refiriendo lo que en 
aquel paseo me ocurrió. 

Pocas cuadras había andado, cuando me encontré con 
un joven á quien llamé mi amigo en otro tiempo; pero 
que hacía días pasaba por junto á mí haciéndome com- 
prender que yo le inspiraba alto desprecio. 

i Cuál no sería mi asombro al ver que se me acercó 
sonriendo, y colocando cariñosamente sus manos en mis 
hombros, me preguntó en tono almibarado: 

— ¿Qué hay, querido *? ^Cómo te tratan? y continuó 
dirigiéndome muy tiernas y afables palabras, mientras 
inútilmente trataba yo de explicarme tal cambio en tal 
sujeto. 

No recuerdo si le contesté y cómo lo hice. 

Al darme el abrazo de despedida, me invitó á tomar 
una copita de brandy en el American Bar, el cual me re- 
comendó como excelente. Me extrañó Isi invitación, no 
menos que sus agasajos, y no la acepté. 

Continué mi camino, y á poco andar, otro tipo de la 
misma calaña, con más alegría que un fiel perro cuando 
vuelve á ver al amo que estaba ausente, exclamó: 

—¡Hola! grande y buen amigo! ¿Qué era de tu 



ESCOMBROS ! 165 

vida? 

Sin aguardar mi contestación, agregó que me había 
solicitado con mucho empeño para que le acompañase á 
dar un paseo en coche. Echóme el brazo, díjome que es- 
taba muy gordo, creo que hasta buen mozo me halló, y 
terminó su meloso discurso declarando que en casa de 
Calabria había un exquisito vino soterno, é invitándome 
para que fuésemos á vaciar varias copitas. 

Un gran triunfo alcancé con la evasión de tal invt- 
tación. 

Lo dejé, retirándome con el deseo de meditar sobre 
aquellos dos singulares casos. 

— He aquí dos problemas, me dije, y deseoso de re- 
solverlos, me di á pensar en ellos con persistencia. 

Todas mis series de pensamientos, consideraciones y 
conjeturas eran interrumpidas por otros tipos de la mis- 
ma ralea que con frases por el estilo de las reproducidas 
ya, con sonrisas no menos joviales y con IialagOo que en 
efusión nada envidiaban á los descritos, me expresaban el 
placer que mi presencia les causaba y lo mucho que ha- 
bía e]igordado ; se lamentaban de mi ausencia^ tan larga 
y triste para ellos, y deploraban su distracción, cuando 
yo les aseguraba que muchas veces habían pasado cerca 
de mí esquivando mi saludo. 

Para aumentar mi confusión, cada cual de estos ama- 
hles, antes de despedirse, me hacían, como los otros, ga- 
lantes invitaciones acompañadas de profusos elogios : éste 
al Vermouth de Jaime Escofet, aquél á los coktails de 
Pornaska ; quién á la champaña de Chenel y el otro á la 
cerveza helada de ^' La Mejor." 

Algunos se distinguieron por sus recomendaciones 
á los lujosos landeaiíx de, "La Equitativa," ó á las ele- 
gante» victorias de la "Cochera Principal" y hubo al- 



1 66 escombros! 

guien que me dijo que daba gusto ver en el '^Club Bo- 
lívar" grandes rimeros de onzas de oro ; entusiasmándose- 
tanto, que, insj)irado y creyéndose poeta, declaró que 
contemplando los amarillos montones sobre el verde ta- 
pete, le parecía ver las altaneras y seculares pirámides 
de Egipto, no en medio de tostados arenales, sino tras- 
portadas á las verdes y herbosas alfombras de nuestras 
pampas y doradas por el sol del mediodía. 

— ¿Qué significa todo esto? pregúnteme ya algo- 
indignado por mi torpeza. ¿ A son de qué en estos tipos 
tanta amabilidad, que parece irrisoria? ¿Qué tengo yo 
que hacer con el brandy de Fulano, ni con el Vermoutli 
de allí, ni con la champaña de más allá, ni con los coches 
del demonio 1 Será burla'? Esta,rán locos? Pero, tantos f 
No es posible que se hayan puesto de acuerdo pava re- 
presentar tan original comedia. 

Reflexioné largo rato y al fin me dije resueltamente : 

— Esto obedece á algim plan. En todas estas aten- 
ciones, en tanta galantería y obsequiosa y aparente amis- 
tad no hay burlas, sino cabalas, sin duda. Quizás al- 
gún ocioso ha propalado la falsa noticia de que he dado 
con el premio gordo de alguna lotería ; talvez algún 
tocayo mío, en todos mis nombres, ha heredado conside- 
rable suma ; es posible que alguna de esas lenguas, que 
hacen más matrimonios en un día que el Civil y los curas 
en vísperas de pascuas, haya promulgado mi falso próxi- 
mo enlace con alguna rica mujer. 

Pensando así, creí que ya estaba en la pista y desde 
estos puntos de vista aventuré muchas conjeturas. Miea- 
tras tanto mi confusión aumentaba á la par que el nú- 
mero de mis amigos, ayer renegados, hoy regenerados. 

Al fin llegó uno que empezó hablando muy confusa- 
mente, pero que terminó cantando claro. Al verme ex- 



escombros! 167 

clamó jovialmente: 

— ¡ Ali Mjué nauta! (todavía no sé lo que quiso decir- 
me con esto.) Ya te conejo ! Se mamó el amigo ! y con- 
tinuó dirigiéndome otras originales frases pertenecientes 
á ésa torpe fraseología que denuncia en quien la usa, que 
bajo la brillante exterioridad que dá el presumido traje 
de petimetre, se oculta el espíritu de un rústico, así como 
el desagradable miasma denuncia el agua sucia de jabón 
bajo la blanca espuma. 

Después de una larga serie de frases que no me hi- 
cieron entender más de lo que me .explicaría un chino en 
su idioma, terminó preguntándome : 

— ¿Cuánto te arrimaronf 

— ¿ Me arrimaron qué, quién, en dónde ? 

— Dinero, Andueza Palacio, en la Casa Amarilla, re- 
puso. 

— Tú sabes que no pido dinero, *que Andueza Pala- 
cio ni me conoce siquiera, ni valgo nada para él, y en 
cuanto á la Casa Amarilla, ni junto á ella paso, pues me 
gusta estar lo más lejos posible de los focos de corrupción 
y de todo aquello que despida tufo de aguardiente. 

— ¿ Es decir que nada te han dado? voMómc á pre- 
guntar aquel mentecato. 

— Nada. 

— ¿ Y entonces la carta del Presidente para tí ? 

— ¿Cuál carta? Parece que no hablas en tu juicio ó 
con seriedad. 

— Una carta que está como sobrante en el Correo 
Urbano y que te fué dirigida por Andueza. 

— Extraño lo que me dices, bien sea burlona ó seria- 
mente. 

— Pues bien! no más palabras y vamos á la oficina 
del Correo. 



I 68 ESCOMBROS ! . 

Muy cerca estábamos de ella. Solicité la carta en 
cuestión y me entregaron una tarjeta del Presidente de la 
Kepública, por la cual me deseaba un feliz año, para co- 
rresponder así á la felicitación de estilo que, en unión de 
mis maestros y condiscípulos de la Universidad, le dirigí, 
el día primero de enero. 

— Hé aquí el busilis de la peregrina trasformación de 
mis amigos I 

— Muflios, continué, dirigiéndome á mi acompañan- 
te, se imaginaron que esta tarjeta era alguna concesión de 
dinero y manifestáronseme como amigos sinceros. ¡ Oh 
poder del oro ! ¡ Oh triste condición del corazón humano ! 
Por sólo suponer que se me había dado dinero, los repti- 
les se han arrastrado ante mí en nombre de la amistad y 
preparando sus alevosas ponzoñas. Ver semejantes ejem- 
plos de vileza es muy triste, pero cuan útil también ! Una 
Inquisición debería de haber para todo aquel que después 
de apellidarse nuestro amigo y estrecharnos la mano pro- 
testándonos sincera amistad, porqué al pasar cerca de no- 
sotros no se haya sentido deslumhrado por nuestro traje, 
vuelva la cara, arrojándonos el guante de su desprecio; 
guante que, como la saliva lanzada al aire, le cae en el 
rostro, no encubierto entonces por la careta del hipócrita, 
pero sí marcado con el estigma del miserable, y que lue- 
go, cuando se imagina que nuestro bolsillo puede ser 
fuente de placeres para su alma ruin ; cuando piensa que 
nuestra amistad puede ser explotada como una mina de 
oro, se ajusta la máscara de la hipocresía y con mentidos 
halagos y pérfida sonrisa, se empeña en que le juzguemos, 
en el sublime sentimiento de la amistad, rival de Orestes 
y de Pílades. 

Quien me acompañaba, que estaba debajo del zurrón 
y esmcJiaba aquel sermón, se alejó mohíno y cabizbajo. 



ESCOMBROS ! 169 

Frente á mí estaba la Casa color de oro, es decir; la 
Casa Amarilla, remolino de Manstrong donde han nau- 
fragado tantas reputaciones. Al verla, cerré los ojos y 
me tapé las narices: parecióme que había \ásto la ima- 
gen de la patria ictérica y que había aspirado la insopor- 
table emanación de un cuerpo totalmente corrompido. 

Mientras guardaba en mi cartera la felicitación presi- 
dencial, pensé que aquel era un lionor dañino, pues por su 
causa, muchos me tendrían por un petardista. Indigna- 
do, la hice añicos; pero he aquí que entonces caí en que 
me convendría conservarla para mostrarla á los que yo des- 
cubriera que, como los otros, hubiesen creído que he es- 
crito al Presidente pidiéndole dinero, pues muy sabido es 
que no con otro objeto se le escribe hoy á Andueza Pala- 
cio, quien se ha propuesto comprar con el tesoro de la na- 
ción el renombre de liberal y muchos cómplices para el 
proyectado Continuismo. 

Recojí y guardé cuidadosamente todos los pedazos de 
aquella tarjeta, arrepentido de haber felicitado al manza- 
nillo más corpulento que hasta ahora he conocido. 

Sobre mjanera me atormentaba el pensar que los que 
me conocen me confundirán con esa caterva de pedigüe- 
ños á quienes el Presidente de la República dá puñados 
de monedas en pago de adulaciones: monedas que no le 
pertenecen y adulaciones que, junto con el licor, lo em- 
briagarán hasta el punto de hundir á esta pobre patria en 
espantosa ruina, según mis presentimientos. 

I Qué dirá la historia, exclamé, de este hombre que 
hasta con sus felicitaciones de Año Nuevo perjudica *? 



1 70 ESCOMBROS 



XXII 



Día por día se acentuaba más la gravedad de Pan- 
chita. 

Ya Estrada no me mentía: todos sus temores me los 
revelaba con franqueza ; pues aunque él conocía nuestro 
amor, babía tenido que ceder ante las encarecidas súpli- 
cas que le Mee. 

Cierta mañana se apareció acompañado de otros dos 
doctores. Ah ! no puedo recordar ese día sin que se re- 
produzcan en mí las mismas dolorosas sensaciones que 
entonces sentí. 

El sombrío espectro de la desgracia más horrible se 
alzaba amenazante en mi presencia. 

Mi cabeza, que concibió hermosísimos proyectos, 
quedó como herida del rayo, y mi alma, atrevida viajera 
por los espacios de la esperanza, y que se imaginaba es- 
tar en los umbrales del cielo de la dicha, cayó, rotas sus 
alas, en el abismo de la más espantosa decepción. 

El peligro era inminente, puesto que Estrada llama- 
ba en su auxilio á otros facultativos. 

Panchita estaba amenazada por una muerte cercana, 
y yo ni siquiera tenía el consuelo de los creyentes des- 
graciados. Yo ni creo en los milagros, ni en la eficacia 
de los medios de impetrarlos. 

Pero, 4 hubiera sido preferible un engaño consolador 
á la verdad aterradora ? 

Por lo pronto sí; pero después, sin hallarse el espí- 



ESCOMBROS ! . . . . 171 

ritu preparado para recibir el terrible' golpe, ¿ qué habría 
sido del equilibrio de mi cerebro y del hilo de mi vida ? 

¡ Cuan caro se paga siempre el consuelo que nos da 
el error! 

No lo quiero, nó; porque ahora comprendo que si 
no hubiera sido por mis instantes de duda y si no hubie- 
se abierto á tiempo los ojos para contemplar á alguna 
distancia aún la ateiTadora muerte de Panchita, y tam- 
bién de mi corazón, su inesperada presencia me hubiera 
llevado á la locura. 

Pero, viéndolo bien: ¿temo acaso la locura? 

j Ah ! Si no fuese porque ella casi siempre pone una 
pistola en nuestra mano, apoyándola luego en una sien, ó 
nos dice que la distancia de nuestro suplicio al descanso 
es la que media entre el borde de un puente y las peñas 
que lame el río al pasar ; si no me causara tanto hoiTor 
la idea del suicidio, yo desearía que la locura me acogie- 
se en su regazo, desprendiéndome así de lo que más me 
atormenta : la razón y la memoria, hasta que de allí me 
arrebatase la muerte para conducirme al frío lecho del 
verdadero descanso : el sepulcro ! 

Todo tiene su belleza y sus encantos ! 

¡A cuántos esa palabra ¡sepulcro! hará cerrar los ojos 
y helar la sangr^í - Para mí tiene la consoladora y dulce 
resonancia que para los hebreos tiene este nombre : Me- 
sías. 



172 ESCOMBROS ! 






La enfermedad de mi adorada Pancliita progresaba 
rápidamente.' 

En las noches de mayor angustia yo velaba su sueño 
y combatía con tenacidad el mío. 

No quería dormir, porque mis visiones eran espan- 
tosas. ' 

¡ Cuántas veces desperté con el corazón oprimido y 
la razón extraviada ! 

¡ Cuántas salté de la cama y corrí á aplicar el oido á 
la puerta de su habitación para convencerme de que no 
era verdad lo que soñando había creído ver ! 

Ya no eran nuestros diálogos animados como los pri- 
meros. De vez en cuando me esforzaba por distraerla, 
pero mi pensamiento era esclavo del dolor que me avasa- 
llaba. 

Una noche, sentada en su favorito mecedor, donde 
ahora me siento para llorar por ella, me dijo con prof éti- 
ca amargura, que no muy tarde nos convenceríamos de que 
no habíamos nacido para la dicha, y repitióme que era 
menester que nos fuésemos preparando para recibir el te- 
rrible golpe que la fatalidad descargaría sobre nuestras 
cabezas. 

— Por Dios! Panchita mía, no te expreses así, la dije. 

De pronto se arrojó en mis brazos gritando : 

— ¡Misericordia!! Señor! 

Ün fortísimo temblor se había sentido en Caracas. 



escombros! 173 

Mi amada no buscó la puerta para huir ó refugiarse 
bajo su dintel, sino se acojió á mí. 

¿ Por qué no te abriste \ oh tierra ! en el punto que 
pisábamos para descender abrazados al fondo de tus en- 
trañas? 

¡ Qué de lágrimas nos hubieras evitado ! 

¡ De cuántos sufrimientos nos habrías libertado ! 

La pobre niña estaba fría y un extremecimiento ner- 
vioso sacudía fuertemente todo su ser. 

Nuestros corazones estaban cercanos, y el- mío acele- 
ró sus palpitaciones como para reanimar el suyo, que casi 
no latía. 

El alma asomóse á mis labios y besó aquella frente, 
tan hermosa como pura. 

Tras del beso cayó una lágrima. 

Panchita comprendió lo que aquel beso y aquella lá- 
grima la decían, pues me dirigió una mirada de dulzura 
indescriptible. 

La hice sentar nuevamente ; me pidió agua, y el poco 
que dejó en el vaso lo apuré de un solo trago. 

— No bebas eso ! gritó abalanzándose hacia mí para 
evitarlo. 

La infeliz conocía su enfermedad, aunque aparentaba 
ignorancia. 

La impresión que la causó el temblor la hizo notabi- 
lísimo mal. 

Su delicado cuerpo, azotado de continuo por los em- 
bates del infortunio, no podía resistir con firmeza las 
sensaciones fuertes. 

Pasó una noche infernal; que fué también desespe- 
rante para miseá Josefa y para mí. 

En la madrugada corrí á la botica para comprar un 
medicamento que había prescrito Estrada. 



1 74 ESCOMBROS 



Al regreso, cuando crucé una esquina, escuché unos 
cantos monótonos y desacordes, y favorecido por la du- 
dosa luz de la aurora, vi, distante cuadra y media, un gru- 
po que avanzaba en dirección opuesta ala mía, y del cual 
salían los gritos. 

— He perdido el juicio ! pensé. 

Me detuve ; con ambas manos me oprimí las sienes, 
como para restablecer el equilibrio de mi dislocada razón; 
me cercioré de que no dormía, y aunque continuaba oyen- 
do las voces, alcé de nuevo los ojos para ver si había de- 
saparecido lo que estuve á punto de creer fantástica vi- 
sión. 

— Nó ; me dije ; ni estoy loco, ni sueño. Qué será 
esto ? ¿ Por ventura no son una mentira las nocturnas ex- 
cursiones de las ánimas ? 

A pique me vi de dar la razón á las timoratas viejas 
y de retroceder para seguir por otra calle; pero como me 
urgía llegar cuanto antes á casa y era invencible el deseo 
de aliviar los padecimientos de Panchita con el medica- 
mento que conducía, seguí avanzando resueltamente y 
deseché la idea de dar un gran rodeo. 

Marchando el grupo y yó en dirección contraria, 
pronto nos hallamos frente á frente. 

I Era una peregrinación á Maiquetía ! ! 

Desvanecidos mis temores, me di á pensar libremen- 
te sobre tan ridicula farsa reUgiosa. 

¿ Qué se propondrá esta gente con semejante masca- 
rada ? 

Todos esos farsantes llevan la careta de la hipocresía 
y se imaginan que por andar en íilas por los caminos, lle- 
vando líos y disfraces de peregrinos y gritando versos 
mal confeccionados por algún desgraciado sacristán, han 
de ser tenidos por santos y les han de perdonar sus deu- 



escombros! 175 

das y vender al fiado en todas las tiendas. 

¡ Desgraciados los que predican tales farsas ! 

No saben el mal que hacen á la religión de que se 
llaman sacerdotes. 

Todas las personas sensatas, aún las más católicas, 
las reprueban enérgicamente, y sólo forman parte de ellas 
aquellos que tienen muy presente que la hipocresía es 
lucrativa. 

Hombres de sotana ! No vistáis con los miriñaques 
del ridículo la religión cuya escultura es bella. 

Dejadla desnuda ; tal como la cinceló el Genio de 
Nazaret. 

De lo contrario, no extrañéis que siga en aumento la 
prole de la risa de Voltaire. 

¿ Queréis un precioso tema para vuestros sermones! 

Predicad continuamente sobre la caridad y la jus- 
ticia. 

¿ Deseáis hacer ejercicios para que no os haga daño 
vuestra vida sedentaria ? 

Visitad los hospitales y daos todas las tardes un pa- 
seo por los apartados ])a,rrios de la ciudad ; pero, eso sí : 
llevad algunas monedas en el bolsillo, si tenéis corazón. 

¿ Ambicionáis el aplauso y amor de la sociedad en- 
tera? 

Haced algo más que representar : enseñad y traba- 
jad para que no consumáis el dinero que cueste alguna 
gota de sudor á los demás. 

Queréis, en fin, hacer simpática vuestra misión y al 
menos respetada por todos la religión del Cristo 1 

Pues sed como el Pro. Jesús María Madera, honor 
de la Iglesia Católica. 

4. — - 



176 ESCOMBROS 






La ^peregrinación estaba compuesta de una larga fila 
de hombres y mujeres, vestidos con túnicas blancas y 
azules, llevando líos de ropa en el extremo de un garrote 
tendido sobre el hombro y, como ya he dicho, dando gri- 
tos con destemplado sonsonete. 

A la cabeza de los peregrinos iba un cura, del cual 
dijo una hija de la noche que se había parado en la esquina 
para verlos pasar: 

—Mírenle el arte al primer /cm¿oc/¿e; y tan amigo co- 
mo es de echarle á una la puerta abajo cuando no le abren 
ligero ! 



XXIII 



Panchita amaneció casi postrada. 

Yo pasaba las horas á su lado ; ' silenciosos ambo s 
puesto que estábamos en la antesala del Sepulcro. 

Cuando nos dirigíamos la palabra, era- para pregun- 
tarla yo: ^' — I, Cómo te sientes?", ó ella para decirme: 

— No has dormido nada. Vas á enfermarte también- 
¿ Por qué no me complaces yendo á acostarte siquiera un 
rato ? 

Si entonces me alejaba de ella, era para dar rienda 
suelta a mi dolor y sejoarar la válvula que contenía el to- 



ESCOMBROS !- - . . 177 

rrente de mis lágrimas. 

¿Cómo describir mis amarguras todas 1 

¿ Cómo confiar al papel tantas ideas, sombrías como 
espectros, que cruzaron por mi mente I 

Si apenas pude soportar tanto dolor, ¿cómo calcular 
su inmensa pesadumbre 1 

Cuando la sobrevenía un acceso de tos, los cuales se 
hacían cada día más frecuentes, Pancliita me decía: 

— Muy pronto moriré. Cuando lo deseaba. Dios no 
m.e mandó la muerte ; aliora que quiero vivir para tí, la 
veo á mi lado . ¿No te decía con razón que yo no ha- 
bía nacido para ser feliz ? 

Pobre Panchita ! Cuando recordaba yo quien 

era el culpable de su desgracia y de que se hallase al 
borde del sepulcro, lo confieso francamente, mis ojos 
veían por todas partes manchas de sangre y en mi alma 
resonaba gratamente algo a»sí como la detonación de un 
revólver. 

Estrada seguía viendo á la enferma acompañado de 
sus otros dos colegas, y ni una frase consoladora nos di- 
rigían. 

La buena miseá Josefa trataba de animarme ; pero era 
imposible conseguirlo. 

Para quien vé á su amada hundiéndose en la tumba 
no hay consuelo posible, salvo la locura ó la muerte. 

Una mañana, en que me hallaba como loco, y refu- 
giado en mi cuarto, miseá Josefa se me acercó para hablar- 
me de resignación y acatamiento á la voluntad divina, y 
terminó diciendo : 

—No te desesperes, hijo mío. 

— Pues devuélvala la salud; la contesté bruscamente 
é indignado. 

No me he cansado después de pedirla perdón, y me 
12 



178 ESCOMBROS !- 

atormenta aún el recuerdo de mi injusticia. 

Bien sabe mi querida miseá Josefa lo mucho que yo 
sufría y que mi razón no estaba firme. 

Sé que me lia perdonado, porque es muy buena y 
porque yo no soy sino el s^r más degraciado de la tierra. 

Se alarmó por mi estadx) desesperado j, sin duda de 
acuerdo con ella, fué que en la tarde Estrada me obligó 
á acompañarle en su paseo. 

Me resistí muchísimo ; pero como al fin comprendí 
su obstinación en ser complacido y como era él acreedor 
á un sacrificio, hube de seguirle, con el propósito, sinem- 
bargo, de hablarle de mi amada enferma, á fin de cer- 
ciorarme más de su verdadero estado y tratar de descu- 
brir el número de días de vida que mi amigo la calcu- 
laba. Pero él se abstuvo de ocuparse de semejante tema 
y cuando yo insistía, se daba sus trazas para no respon- 
derme. 

De esta manera llegamos al Puente de Hierro : nos 
reclinamos de una de sus barandas y nos pusimos á con- 
templar el turbio Gruaire, tan pobre j tan travieso. 

— ¡ Cuándo arrojaremos desde aquí á un tirano ! ex- 
clamó Estrada. ¡Con cuánto placer vería deshacerse la 
cabeza de Andueza contra esa laja, cual si fuera una 
granada, caída por madura de la mata, y á las sardinas 
perseguir afanosas las partículas diseminadas de sus se- 
sos ! I, Cuándo gozaremos tan hermoso espectáculo ? 

— Cuando no deshonremos los pantalones que lleva- 
mos, le contesté. 

Seguimos adelante, hablándome mi amigo del pro- 
yecto de Continuismo, negra nube que presagia la tor- 
menta que se desencadenará sobre Venezuela por la 
ambición y perversidad de unos y por el error, estupidez 
ó servilismo de otros. 



ESCOMBROS ! . 179 

— La causa de tan inicuo proyecto, me dijo, es que 
Andueza no tiene las cuentas claras y desea, ó osntinuar, 
ó la guerra. Si logra lo primero se afianzará por veinte 
años, por lo menos, y si viene la guerra, espera fugarse 
cuando se vea perdido, y luego dirá que los quince ó vein- 
te millones de bolívares que ha sacado del Tesoro Nacio- 
nal y lo que han cojido sus compinches fueron gastados en 
la guerra, jjara cimipUr la volimtad popidar. El creerá que 
la treta es muy ingeniosa; pero bastará que medite sobre 
lo horriblemente criminal que es, para que la deseche. 

—Ese marrano no meditsp nada, ni se detiene ante 
ningún crimen con tal que le dé para beber y comer. El 
ha hecho de la Presidencia de la República una parranda 
y cuando la gente de su calaña le coje el gusto á una pa- 
rranda no tiene más aspiración sino morir en ella. 

— Andueza ha sido siempre una contradicción vivien- 
te, y no sé qué creer en definitiva: si tirará la parada del 
Continuismo ó si dejará que se cumpla la ley. Sé que pa- 
ra instarlo á que haga lo primero están ahí el godo protes- 
tante de Coche y una cuadrilla de vagabundos sin honor 
y sin conciencia; pero ese marrano, como lo has llamado, 

es tan haragán ! que no es capaz de resolverse á 

nada, nó por virtud, sino por flojera. 

— Yo sí creo que asuma la Dictadura y declare la 
guerra á los sostenedores de la Constitución, sólo que, 
cuando vea la cosa difícil y apretada, irá á habitar un pa- 
lacio vecino al establecimiento de Mr. Hennessy, dejando 
á la patria que se desangre y á sus amigos expuestos á re- 
cibir por él la parte de castigo que no aguardará por falta 
de valor y dignidad. Porque no hay que esperar que se 
suicide, como Balmaceda, á quien pretende aumentar y 
corregir. El va á ensayar, nada más, y al considerar la 
victoria siquiera dudosa, dirá á sus mentecatos cómplices 



r8o ESCOMBROS 



que -paguen la cuenta que deja aquí pendiente y se fugará 
vergonzosamente. 

— Pues entonces en sus cómplices se hará el escar- 
miento. Es necesario aterrorizar á los traidores habidos y 
por haber, para que en lo futuro no encuentren cómplices^ 
los usurpadores. 

— El 93 se aproxima. 

— Es eso lo que nos hace falta. El pueblo, cristo de 
todas las Qausas, tiene derecho para ser una vez siquiera 
Camilo Desmoulins. 

— Ha sido el cristo, »porque una parte de ese pueblo 
ha colaborado inconscientemente en todas las malas causas. 

— ¡Y cómo no, si no lo instruyen ! . .La carne de cañón, 
como despreciativamente llaman los jefes á esa parte del 
pueblo, es la ignorancia rancia : no conoce sus derechos ; 
no sabe nunca á dónde vá ; rara vez puede distinguir 
lo justo de lo injusto, la verdad de la mentira, y siem- 
pre tiene necesidad de conductores^ que abusan de su 
ceguedad, explotan con ellos y adquieren importan- 
cia en relación al número que tenga su rebaño hu- 
mano. Por eso me decía un individuo antier noche : 
— " El Greneral Monágas puede aspirar á la Presiden- 
cia de la República porque cuenta con tres mil hom- 
bres suyos, suyos en cuerjDO y alma. " ¡ Eso es muy 
triste para esta pobre tierra ! ¡ Que todo hombre se crea 
con derecho á la Presidencia de la Repiiblica si cuenta con 
tres mil esclavos ! . . Ya ves : no se dice : — Fulano merece 
la Presidencia porque es liberal de corazón ; porqué es in- 
teligente y honrado ó por tales ó cuales servicios á la Pa- 
tria, sino porcpie tiene un hato de tantos hombres. Ahí tene- 
mos un sinnúmero de ambiciosos con la tamaña pretensión 
de go])ernar cerca de tres millones de habitantes por la 
única razón de poseer tres mil autómatas. ¿ Cuál es el 



ESCOMBROS ! - I 8 1 



resultado de ésto "? La miseria, la inmoralidad, la corrup- 
ción, el desbarajuste en que nos hallamos. Y la causa 1 
¿ Sabes tú cuál es la causa de todo eso ? 

— Quiero oiría de tus labios. 

— Pues oye la verdad monda y lironda : Los hom- 
bres del cubileteo político no se ocupan sino de robar, de 
vivir bien, de explotar la ignorancia del pueblo y de sa- 
quear su tesoro : por eso le niegan al pueblo la luz ; por 
eso la Instrucción Pública es un mito. De ahí el que los 
de la dase haja^ que desconocen sus derechos y no tienen 
conciencia de su autonomía individual, se dejen guiar, 
como bueyes, para arar el campo donde han de germinar 
las ambiciones de sus déspotas. Cualquier vagabundo, 
de tantos que tenemos aquí, puede, con diez hombres ar- 
mados, reunir quinientos, mil, dos mil, y más ; hacerse 
obedecer ciegamente por ellos y atentar contra la libertad 
y derecho de los otros. Es necesario, amigo mío, insti-uir 
^1 pueblo cuanto antes, ó estamos perdidos paid siempre. 

— Si llegaras á ser Presidente, cosa nada difícil, ¿qué 
sistema observarías para instruirlo? 

— Aunque se me viniera el mundo encima, en la se- 
guridad de que tal terremoto ni me aplastaría, ni duraría 
más de ocho días, haría lo siguiente : primero : retirar á 
todos los parásitos que viven del Tesoro Público las pen- 
siones gratuitas, y segundo, trasformar las iglesias en co- 
legios y sostener buenos institutores con los sueldos que 
indebidamente se dan á los curas. 

— ¡Cómo! ¿Harías esto último f 

— ¡Válgame Dios, que si lo haría! Para los pueblos 
que carecen de escuelas, los templos son objetos de lujo. 
Y los sacerdotes, hoy por hoy, qué son! Tiranos de la 
conciencia. ¿ Y sus palabras I Alcanfor para el espíritu, 
que lo enerva, que lo abate. ¿ Cuánto dinero cuesta la 



l82 ESCOMBROS !. . . . 

Catedral! Gitánto Santa Teresa I Cuánto la Pastora, 
Alta-gracia, San José y cada uno de los otros templos? 
Calcula esos valores, averigua la enorme suma que sale de 
nuestro Tesoro para los curas, y date á pensar sobre lo 
ventajosa que sería la circulación de tantos estancados mi- 
llones, para sostener con sus rentas muchos colegios, en 
los cuales fuesen instruidos, alimentados y vestidos gratui- 
tamente todos esos cliicuelos que vemos por las calles ju- 
gando á la metra ó á la cliapa y vendiendo periódicos ó 
billetes de lotería, 

— En verdad que eso sería ventajosísimo ; mas con 
todo, el mismo pueblo cuyo bienestar persigues, no con- 
sentiría en tal operación, porque está acostumbrado á ver 
esos templos como casas de Dios y porque los cree indis- 
pensables para el culto público y á éste un deber de la 
humanidad. 

—-Sé que una parte del pueblo, instigada por el cle- 
ro, y acompañada de él, desataría sobre mi una avalancha 
de improperios y excomuniones, en el caso de asomar yo 
tales ideas, siendo quien soy.; pero siendo Presidente de la 
República^ todo el mundo diría amén. 

— Creo que no faltaría quien protestara. 

— Es posible; pero allá, en un rincón del último 
cuarto d.e la casa, donde sólo podría ser oido por los rato- 
nes y cucarachas. 

— Concedo más valor á los curas y fanáticos, amigo 
mío. 

— ¿Y en dónde lo tenían cuando Gruzmán Blanco 
demolió la iglesia de San Pablo para levantar un teatro, al 
cual debía dar su propio nombre! ¿Qué lo habían hecho 
cuando se extrajo de la tierra la pi-imera piedra, consagra- 
da por el Arzobispo 'para la reedificación de dicho templo, 
decretada por Alcántara? ¿Podrás decirme en qué casa 



ESCOMBROS ! 183 

de campo estaba temperando el valor de los curas y faná- 
ticos cuando el mismo Guzmán jconvirtió á San Lázaro en 
cuartel y destruyó á San Jacinto (donde todo criminal que 
entraba era perdonado, aunque fuera el matador de su 
madre) para hacer un Mercado Público, y cuando hizo lo 
mismo con San Felipe para levantar una Basílica que de- 
bía llevar los nombres de su esposa, á quien no podía 
erigir estatuas 1 

— Me has tapado la boca, como dicen, amigo Es- 
trada. 

— -Sigue oyendo : donde estaba la iglesia de San Pa- 
blo, hoy la gente se divierte con funciones teatrales, y 
ninguno de los muchos que allí se arrodillaron, se confe- 
saron, oyeron misa y comulgaron, se acuerda ya de que 
allí estuvo una casa de Dios. En cuanto al terreno que 
ocupaba San Jacinto, que, como jsl te dije, bastaba que 
un criminal lo pisara para que la ley no le persiguiera 
más y la sociedad le acojiese en su seno, (ignoro la razón) 
ese terreno, digo, dá asco hoy : precisamente en el mismo 
sitio donde oficiaba el sacerdote, ofician ahora los burros 
de Irs verduleras de Chacao, que por cierto comen una 
yerba muy fresca y nutritiva. Ocupémonos ahora de 
" Santa Teresa, " donde todos los domingos se dice una 
cómoda misa de diez y media para las muchachas elegan- 
tes, es decir : para las que se levantan tarde y gastan dos 
horas vistiéndose. ¿, Qué es en realidad esta lujosa Basí- 
lica/? La más horrible humillación ; la burla más san- 
grienta que de Gruzmán Blanco recibió el clero. Guzmán 
dio á comprender que la había edificado, nó por fervor 
religioso, ni para halagar el fervor religioso del pueblo, 
sino talvez para terminar con su esposa alguna rencilla 
doméstica, llamándola, por un lado Santa A]S"A y por el 
otro Santa Teresa. Pero las ocurrencias del Ilustre no 



184 ESCOMBROS !. . - . 

pararon aquí. Tú bien sabes que en la cúpula principal 
de la Basílica hizo pintar .una Virgen, en todo idéntica á 
Ana Teresa de Guzmán Blanco, basta en el defecto de los 
oj,os. Al rededor de la Virgen estaban los apóstoles. San 
Pedro era el mismo Ilustre : un retrato del viejo Guzmán 
sirvió de modelo para pintar á San Pablo. Todo el que 
veía á San Diego exclamaba : — / Ese es Urbaneja I ; y en 
fin, los otros apóstoles eran los retratos de los principales 
guzmancistas. ¿Recuerdas todo eso'? 

— ¡ Pu'es no be de recordarlo ! Ayer no más lo pre- 
senciamos. 

— Luego entonces, vuelvo á preguntar : ¿ dónde está 
el valor, el celo religioso de los curas y fanáticos? Ved- 
los tan pacientes y tolerantes para con Guzmán ; sinem- 
bargo, si yo pidiera que los templos fueran convertidos 
en colegios para educar al pueblo, tratarían de lucirse 
conmigo, no obstante que de todo lo expuesto se deduce, 
que los que aceptaron humildemente aquellas burlas á la 
religión, no tienen derecho para chistar, mucho menos 
cuando lo ^que se pide es una cosa justa y apremiante- 
mente necesaria. 

— Bien ; eso por lo que respecta al clero y á los fa- 
náticos; pero es el caso que ese mismo pueblo, que tanto 
quieres favorecer, se opondría á tan loables propósitos, 
porque la tradición es una roca y el pueblo una ostra afe- 
rrada á ella. 

—Sí, pero á ese pueblo se le haría ver que los tem- - 
píos sólo existen para las muchachas que á ellos van con 
el único fin de lucir el traje nuevo de raso, el abanico de 
plumas y marfil ó la pava á la dernier; para*las \nejas que 
desean el título de santurronas, á fin de poder salpicar a 
la humanidad con la baba de sus lenguas, y para aquellos 
enamorados de oficio que por teléfono se dan citas con 



ESCOMBROS ! 185 

SUS amadas para tal ó cual misa, ó que van á elegir las 
que más les gusten, j luego esperarlas al salir y seguirlas 
hasta sus casas, cuyas aceras quedan descalabradas en po- 
cos días. Los religiosos de corazón casi nunca van á la 
iglesia, aunque sean ricos, y los pobres, jamás pueden ir. 
Aquellos tienen altares en sus casas, ante los cuales satis- 
facen las necesidades de sus almas, y en cuanto á los po- 
bres, en cualquier parte se arrodillan para rezar antes de 
dormirse, las oraciones que sepan, si se lo permite la fa- 
tiga ó el pensar que talvez no tendrán pan para el día si- 
guiente. Trasformados esos templos en colegios, nuestro 
pueblo se instruiría, pues él es de por sí inteligente y 

amigo de la luz, y ¡cuan feliz sería esta Patria si el 

pueblo tuviese un rayo de luz en su cerebro ! 

— Persisto en creer que esa trasformación que deseas 
es una hermosa utopía. La gente no podrá prescindir de 
los templos, pues aparte de lo grato que le es ver sus to- 
rres, sus cúpulas y sus artísticas molduras, cree -necesitar- 
los para los bautizos, para rezar las oraciones á los difun- 
tos, para las misas que á éstos mandan á decir sus deudos, 
para las confesiones, etc. etc. 

— Te diré: eso es una mera cuestión de costumbre. 
Así como las mujeres prescindieron ya del polizón, los 
pueblos también podrán» prescindir de los templos. ¿ Dón- 
de iban á pensar hace pocos meses las muchachas á la 
moda que llegaría un día en que reconocerían la inutili- 
dad y ridiculez del polizón'? 

— El paralelo merece una excomunión, querido Doc- 
tor, dije sonriendo. 

— Como quien dice : tma maldición de gallinaso. El 
paralelo es exacto, amigo mío. Los templos son para los 
pueblos lo que los polizones para las mujeres : bultos, 
bultos, y nada más que bultos. Dices que la gente los 



1 86 ESCOMBROS 



reclamaría para los bautizos ; pero esos se podrían hacer 
en las casas de los curas : no se necesita ima catedral 
para dos padrinos y una cargadora. ¿ Para rezar las ora- 
ciones á los difuntos "? Esas oraciones están demás, y 
fueron inventadas para lucrar : los mismos curas nos au- 
torizan á creerlo así, puesto que si no se les paga antici- 
padamente, ningún cura hace un entierro. ¿ Para las 
misas por las almas de los muertos ? Ya esas misas están 
cayendo en desuso, pues muchas personas han notado 
que los curas endilgan la misa de obligación á tres ó cua-. 
tro muertos, y por semejante ocurrencia quitan á sus 
deudos tres ó cuatro fuertes En confirmación de esto, 
te diré que no hace mucho que una señora, muy religio- 
sa antes, y algo decepcionada ya, me refería que habien- 
do mandado á decir en San Francisco una misa de di- 
funtos, y notando que á su lado estaban otras mujeres 
sollozando, entró en sospechas y al fin descubrió que el 
mismo cura les había dicho que la misa era de ellas : fijó- 
se entonces en otras dos familias, compungidas también, 
hizo la misma averiguación y obtuvo igual resultado. En 
cuanto á la confesión, que es la invención de la Inquisi- 
ción que más vida ha tenido, ya de ella sólo se acuerdan 
las beatas que tienen particular interés de hablar en se- 
creto con los curas. Siendo todo ^so verdad, como lo es, 
yo pregunto : | qué bienes les vienen al pueblo con esos 
templos? 

— El placer que experimenta oyendo los toques de 
campana.. ^ 

— Ah ! . — sí ; es verdad que la gente gusta mucho 
de los repiques y toques de ave-maria, de esos ladridos 
que el perro fanatismo dirige al astro del progreso ! Esto, 
en verdad, puede ser im serio inconveniente para que se 
realicen mis buenos deseos. 



escombros! 187 

— Talvez se conformaría con oir, en cambio, los to- 
ques de campana con que en los colegios públicos se lla- 
mase á los hijos del pueblo á comer y á las clases. 

— ¡ Hombre sí ! Tienes razón. Mi idea puede triunfar. 

— No cantes victoria todavía. Cuidado si hasta las 
personas que tienes por sensatas se tiran de espalda cuan- 
do le hables de tales cosas. 

— Pero me aplaudirán, sin duda, después que les 
haya hecho las tres preguntas que vas ahora á contestar- 
me á nombre de ellas. 

— Puedes dirigirlas. 

— ¿A qué deben atender principalmente los pue- 
blos ? 

— Claro está: á sus más apremiantes necesidades. 

— ¿ Y qué es lo que más necesitamos ^ 

— Instrucción. 

— I Y esa instrucción la dan los curas y se recibe en 
los templos'? 

— En verdad que nó. 

— Pues entonces, tengamos colegios en lugar de 
templos y preceptores en vez de sacerdotes, para que 
nuestros compatriotas, nacidos en la pobreza, de carne- 
ros que son, pasen á ser ciudadanos libres ; para que no 
sirvan inconscientemente las malas causas, de las cuales 
son ellos las principales víctimas. Ya verás ; si Andueza 
declárala guerra, morirán millares de esos infelices, mien- 
tras que los grandes culpables se salvarán, apelando á la 
fuga. 

— En todo cuanto dices tienes razón : tu idea es no- 
ble, levantada y filantrópica ; pero los curas te comerán 
vivo. 

— Te engañas; antes de comerme me asarán en una 
hoguera inquisitorial. No debo esperar otra cosa de ellos,. 



158 ESCOMBROS! 

porque sé lo mucho que les conviene que el pueblo no 
salga del embrutecimiento en que se halla ; pero como el 
embrutecimiento del pueblo es la causa principal del in- 
fortunio de la patria y de las muchas calamidades que so- 
bre ella lloverán, yo estoy en el deber de desear que ter 
mine ó disminuya; por eso quiero que nos deshagamos 
de lo superfino para adquirir lo necesario, y, en mi con- 
cepto, entre las cosas superfinas están los templos. El 
culto público es como la limosna que se dá para que los 
demás la aplaudan. Los religiosos que observan tal^s 
prácticas, llevan siempre caretas. Oye este magnífico pen- 
samiento de Lucrecio, que se me ha quedado impreso en 
la memoria: ^'' La religión no consiste en mirar incesante- 
mente á la xñedra velada, ni en aproximarse á los altares, ni 
en 2>rosternarse humillado hasta el suelo, ni en levantar las ma- 
nos ante las mansiones de los dioses, ni en verter en el templo 
mucha sangre de animales, ni en acumidar votos sobre votos, 
sino en c Olí templarlo todo coíí la ooncibií^cia 

TRANQUILA." 

— Sublime pensamiento es ese, en verdad. 

— Y justifica mis deseos. 

—Sí, pero en el propósito de conservar los templos, 
los curas alegarán que aquí hay escuelas ; que con esas 
bastan y que los templos no son superfinos. Seguramen- 
te se les daría la razón. 

— Pero yo, que no estoy en Pekín, replicaría que 
esas escuelas no sirven, que para hacerlas servir se nece- 
sita otra organización y nuevos fondos, y que por esto es 
que reclamo los millones que cuestan los templos y los 
que indebidamente consume el clero. Se necesitan cole- 
gios donde. los pobres hijos del pueblo, durante la infan- 
cia, sean educados y mantenidos por cuenta del Estado ; 
donde reciban una educación formal, para que sean ciu- 



ESCOMBROS ! 1 89 

dadanos útiles á la Patria y no maniquíes de los que por 
casualidad nacieron de padres ricos ó han crecido en otra 
atmósfera. El perfecto conocimiento en el individuo de 
su derecho inmanente, le dá valor cívico é independencia 
de carácter, y es eso lo que falta á la gente de tropa para 
que no se preste a servir dócil é inconscientemente la 
causa de los tiranos. En. cuanto á demostrar con ejem- 
plos que los templos son superfinos, nada más fácil. Esos 
seres que viven en las iglesias, que oyen todas las misas, 
que comulg-an todos los días, que se confiesan á cada ins- 
tante ; que adornan las imágenes y encieden las velas en 
todas las fiestas, y que no regresan á sus casas sin llevar 
un frasco de agua bendita; qué adelantan? qué son ? 
para qué sirven '^ Ese afán de andar buscando absolución 
prueba que sus conciencias están repletas de remordimien- 
tos ; ese interés de aparecer en público como santos, es 
hijo de la necesidad de tener caretas, y ya sabemos lo 
justamente temidas que son las personas santurronas, cu- 
yas lenguas son regaderas con que la calumnia vierte su 
virus sobre la humanidad. 

— En todo tienes razón, amigo mío. Tus ideas son 
liijas de tu amor al pueblo y de la insistencia con que per- 
sigues su bienestar; lo reconozco; pero, por desgracia, se 
perderán en el vacío, pues no serán muchos los que te ha- 
rán justicia. Así como los timoratos que se embarcan en 
buques de vela prefieren que liaya calma chicha, aunque el 
barco nada avance, y tienen gran temor al viento en po- 
pa, por creer que pueden naufragar, la mayoría de nues- 
tros compatriotas son partidarios del quietismo. Llegarán 
hasta á convenir que los actuales regímenes social, político 
y religioso son pésimos; pero, aunque se les presente la 
hermosa perspectiva de otros mejores, no querrán abando- 
narlos. 



190 ESCOMBROS !- - - , 

— Pues entonces que siga la danza ! y que na- 
die se queje cuando le llegue el turno de sufrir las conse- 
cuencias. En la Casa Amarilla está Andueza con una 
tamaña ambición que no le cabe en la panza: allí está una 
parte del pueblo embrutecida, creyendo que la autoridad 
de aquel borracho es emanada de Dios, como toda autoridad, 
según se lo dice la religión, j dispuesta, de consiguiente, 
á inclinar la frente y servir de máquina automática para 
matar á los, ciudadanos que se' opongan ala usiu-pación que 
nos amenaza, y alií está también toda la República, sobre 
la cual caerá un diluvio de calamidades y miserias que no 
sé si bastará para obligarla á abrirlos ojos y hacerla com- 
prender el fundamento de mis ideas y la urgencia de un 
cambio de frente. . 



XXIV 



— Extasíate en ese cuadro ! 

Esta exclamación fué lanzada repentinamente por 
Estrada á la vez que hacía alto y extendía la diestra ha- 
cia adelante. Se,9;uí con la mirada la dirección indicada, 
y he aquí lo que vi : Andueza Palacio, rodeado dé unos 
cuántos de sus inseparables, con una copa en la mano, da- 
ba gritos que parecían salir de una caverna. 

El teatro de tal escena era el botiquín de Nicanor, si- 
tuado más abajo del Puente de Hierro. 

— Brindo por él partido liberal amarillo! exclamó el 
capataz de los borrachos nacionales. 

Una desconcertada gritería sucedió al brindis, y lue- 
go empezaron las copas á chocar ; algunas de ellas rom- 
piéronse, otras se derramaron y todas fueron vaciadas y 



ESCOMBROS ! • 191 

vueltas á llenar, para ser de nuevo apuradas hasta las he- 
ces, después de otra mayor g-ritería. 

¡ Cuánta desvergüenza !, agregó Estrada. Eso es lo 
que ese vagabundo llama democracia : beberse copa tras 
copa en un botiquín público en compañía de sus favoritos, 

borrachos de profesión, j Oh pudor ! Mira esa torpe j 

ridicula parodia de Luis Felipe, el Bey Ciudadano, quien 
estrechaba la mano á los jornaleros, cuando era visto por 
muchos, para que le permitieran saquear las arcas nacio- 
nales y esquilmar al pueblo. En la Rotunda gimen ino- 
centes periodistas, otros han sido expulsados y de la ma- 
nera más cínica y atentatoria se ha expatriado á un nota- 
ble y digno ciudadano. Sinembargo; ese hombre que 
allí vemos quiere ser considerado como el prototipo de los 
liberales, por la imica razón de tener todos los vicios de la 
canalla. No puede pasar media hora sin beber una copa 
de licor; por eso se apea del coche para enti-ar en los bo- 
tiquines, creyendo á la vez que somos tan imbéciles para 
confundir tanta impudencia con las manifestaciones demo- 
cráticas. ¡ El Presidente de Venezuela bebiendo en las 
cantinas públicas ! — . ¿ Háse visto nunca tamaña des- 
vergüenza? ¡ Ah, Venezuela! Tú no sabes el mal que 

te has hecho y no alcanzas á vislumbrar la inmensa cala- 
midad que te espera ! ¡Ya verás cómo destrozará tu 

Constitución y tus Leyes quien ha roto tantas co23as y ba- 
rajas en las tabernas ! 

— ¿No deudas ya que ese hombre no retrocederá en el 
camino por el cual conduce á esta pobre Patria á la ruina? 

— Ya creo que de ese borracho debe esperarse todo lo 

malo. 

Nos detuvimos alpié de la cepa de bambúes que está 

en frente del citado botiquín, para presenciar aquella es- 
cena que dejaba entrever el doloroso porvenir de nuestra 



192 escombros!. 

Patria. 

Una copa de brandy se derramó sobre la pechera de 
la camisa de Andueza, nó porque la boca de éste se resis- 
tiera á darla entrada, sino porque ya su brazo se alzaba 
con trabajo y temblorosamente. 

Los serviles aduladores que le rodeaban sacaron sus 
pañuelos y lo pasaron repetidas veces sobre aquel abultado 
23eclio, inmejorable para servir de sepultura á los puñales 
de la libertad. 

Villegas Pulido y Palacio Renjifo se disgustaron, y 
dirigiéronse palabras ofensivas, á causa del empeño con 
que se disputaron elJwnor de limpiar la pediera al Presi- 
dente. Este se hizo cargo de reconciliarlos. Un nuevo 
litro de brandy apareció en la escena ! 

Poco después Andueza Palacio salió por la 

puerta del fondo; oyóse á intervalos algo así como el 
bronco ronquido de una caverna; sentimos un malestar en 
el estómago, y nos alejamos presurosos y escupiendo 

Continuamos andando, silenciosos. A pesar de la 
preocupación, que á veces me asaltaba, por el estado de 
Panchita, no pude sustraerm.e á muy tristes reflexiones 
sobre lo que Estrada me había hablado ; sobre la báqui- 
ca escena que habíamos presenciado, y sobre lo que po- 
día esperar este desgraciado país de un Presidente de tan 
ruines y villanas condiciones. 

Estrada también meditaba, pareciendo presa de vio- 
lento nervosismo. 

Apretaba los puños, golpeaba fuertemente el suelo 
con el bastón, gesticulaba de un modo amenazante, y 
dejaba oír de trecho en trecho sonidos guturales ó frases 
como las siguientes: "Infames ambiciosos y'corrompi- 
dos." " No saben sino beber y jugar." "¡ Qué vergüen- 
za para Venezuela !" "Nosotros mismos tenemos la cul- 
pa !" " Somos unos carneros !" 



escombros! 193 



* 



Al día siguiente la ciencia se cruzó de brazos, con- 
fesándose impotente para impedir que el despiadado dra- 
gón de la muerte devorase á un ángel. 

¡ Qué pequeño es tu cerebro, humanidad. ! 

j Es apenas del tamaño de una nuez y en su interior 
sólo hay lugar para el orgullo ! 

Los negros nubarrones del no ser van á ocultar para 
siempre á un sol de hermosura y de virtud en la mañana 
de la vida, y tú te conformas con decir que asi está es- 
crito! 

Escrito también debería de estar que fueras menos 
imbécil ! 

A las cuatro de la jnadrugada me había retirado á mi 
habitación, por exigencias repetidas de mi amada. Con 
lágrimas en los ojos me suplicó que atendiese á mi salud 
y que no permitiese que bajase á la tumba con la mor- 
tificación de verme enfermo por velar constantemente á 
su lado. 

Tenderme en mi lecho era todo lo que en su obsequio 
podía hacer : dormir me era imposible. 

A las ocho me levanté y púsome á dar paseos por 
la estancia con la inquietud de todo desesperado. 

Miseá Josefa llegó á mí y me participó que Pan- 
chita la había encargado decirme que deseaba hablarme. 

— ^Te voy á exigir un gran favor, díjome mLÍ amada. 

— Ordéname lo que gustes. 
13 



194 ESCOMBROS! 

— Me complacerás? 

— ¡Cómo no lie de complacerte, vida mía! 

—Yo conozco que mi muerte está muy próxima 

Aquí se detuvo porque los sollozos sufocaban su 
voz. 

Después de una larga pausa, que yo tampoco pude 
interrumpir, agregó : 

— Quiero ver á mi padre Por injusto que haya 

sido conmigo, no le tengo odio ; le amo todavía Quie- 
ro que sepa que le perdono antes de morir y recibir su 
bendición. Tú irás á buscarle ; verdad ? Le dirás, que 
su liija se halla moribunda; que le ama aún y que desea 
morir en sus brazos Yé, amigo mío te lo supli- 
co no le odies no le hagas daño es mi 

padre 

Nada la contesté: me fué imposible hablar, pues te- 
nía un nudo en la garganta que hasta de la respiración 
me privaba. , 

Salí á toda prisa y me dirigí á la casa de Don Ci- 
priano Céspedes, de cuya dirección me había impuesto 
Panchita en otra ocasión. 



xxy 



Mientras andaba, todos los detalles de la historia de 
Panchita, como '^abejas irritadas," se agolparon á mi me-' 
moria. Hacía esfuerzos por alejarlos, puesto que á la casa 
de aquel monstruo me llevaba una misión de paz, y llama- 
ba en mi auxilio las últimas palabras de mi amada. 

Yo no conocía á aquel hombre. |,Qué efecto me 
causaría su presencial ¿Podría resistir los impulsos de 



ESCOMBROS ! 195 

la cólera cuando viese su abominable figura? 

Esto pensaba hallándome ja en la sala de su casa, 
donde me dijo una vieja sirviente que esperase. 

Estaba en la casa donde tanto había sufrido mi 
amada. 

¡ Quién sabe cuántas veces, me decía, fué empujada 
contra esos muebles que estoy mirando! 

Me parece ver en esa alfombra las manchas de los 
esputos de sangre que la infeliz arrojara después de cada 
caída en su vía de amargura ! 

Por esa ventana recibía todas las mañanas el pan del 
desayuno. En alguna de ellas recibió también el germen 
de la enfermedad que muy pronto la hundirá en la tumba, 
y á mí en el antro del dolor, j ay ! mucho más espantoso 
todavía ! 

Como no quisiera pensar en tales cosas, que me pre- 
dispondrían muy mal para recibir á don Cipriano, me 
puse á acariciar los cobertores del sofá, que* suponía teji- 
dos por las preciosas manos de mi Panchita, llevándolos 
varias veces á mis labios. Igual cosa hice con la carpeta 
de la mesa redonda, formada por muchísimas rosas de se- 
da, pequeñas y de diversos colores. 

Luego pasé revista á los lujosos ornamentos de 
aquella sala. 

El boato, aunque riñendo con el buen gusto, había 
reunido allí tantos objetos de gran valor que, más que sa- 
la de recibo, parecía aquello el departamento de alguna 
Exposición de artículos de lujo. 

Al entrar, un campesino lanudo hubiera quedado allí 
inmóvil por el asombro; pero todo el que se haya formado 
una idea, por pálida que sea, del buen gusto, equilibrio 
entre la sencillez y la riqueza, se sonreirá despreciativa- 
mente ante aquella ostentación con que, al parecer, se 



196 ESCOMBROS 



quiere humillar á los visitantes ; pero que sólo nos incita 
á que formemos tristísimo concepto del dueño de la casa. 

De ese tenor hay muchas salas en Caracas, en las 
cuales entramos azorados; nó porque nos fascine tanta 
opulencia, sino porque nos parece que podemos tropezar 
con los muchos muebles que apenas nos dejan estrechísi- 
mo paso. 

Tal azoramiento, por ser equvocamente interpreta- 
do, regocija, mucho á los fastuosos visitados. 

No solamente esto tuvo en mientes Don Cipriano 
Céspedes al montar su casa á la oriental. Otra cosa 
peor propúsose también: despertar en los corazones de 
sus hijas la vehemente pasión por el lujo de que es él 
misei^able esclavo. 

El suponía que, creciendo rodeadas de tanta opulen- 
cia, sus hijas no amarían sino al dinero, y que por ser 
ricas sacrificarían todo generoso impulso de sus almas. 

, Fácilmente traducíase el propósito del indigno pa- 
dre que, a pesar de su pobreza, invirtió una suma consi- 
derable en valiosas colgaduras y alfombras ; en cuadros, 
espejos, muebles, arañas ; en un elegante piano y en va- 
rias mesas que, por el sinnúmero de adornos qué tienen, 
parecen de bazares. 

A todo pasé revista detenidamente. 

Cuando me fijé en un álbum de retratos que estaba 
sobre la mesa del centro, una idea cruzó por mi mente : 
la idea del robo, pero luminosa. 

Allí debía estar el retrato de mi Panchita ; lo bus- 
qué con afán, pasando con rapidez las hojas una tras 

otra ; lo encontré al fin y j maldición ! Ya 

iba á apoderarme de él, cuando se abrió una puerta para 
dar paso á Don Cipriano Céspedes. 

Estaba frente á frente del hombre que más odiaba ;^ 



ESCOMBROS ! 197 

del hombre cuya miserable figura me la había señalado 
el demonio de la venganza para dar á mi corazón la 
fiereza del chacal y poblar mi cerebro de las visiones de 
la demencia. 

Retirar la mirada de la preciosa imagen que había 
hallado en el álbum, para fijarla en aquel basilisco, era 
espantoso. 

Sentí los sacudimientos del furor y me pareció tener 
en las entrañas una caldera de hirviente hiél. Quise arro- 
jarme hacia él y sepultar mis crispados dedos en su cue- 
llo ; pero vino en mi au.xilio el recuerdo de las iiltimas y 
suplicantes frases de Panchita. 

No le odies, repetía el eco de su voz querida. No le 
hagas daño Es mi padre . . . . , 

Don Cipriano se acercó á mí ; me alargó la diestra; 
pero no pude vencer la repulsión que me impedía estre- 
chársela. 

Preferible hubiera sido para mí meter la mano en un 
bracero, como Scévola, á tocar la del verdugo de mi Pan- 
chita. 

Es este hombre pequeño, como de cincuenta y cinco 
años ; con patillas cuya excesiva negrura delata el con- 
sumo de la orija; de complexión robusta y sanguínea, mi- 
rada torva y frente ancha y plegada. 

Vestía con elegancia, y del pañuelo que llevaba en 
la mano izquierda, trascendía un fuerte perfume de vio- 
letas. 

El comprendió por mi desaire que quien le visitaba 
no le tenía buena voluntad, y sin tomar asiento me pre- 
guntó bruscamente : 

— ¿Qué se le ofrece á usted! 

— Supongo que es con el señor Cipriano Céspedes 
<^.on quien hablo. 



198 ESCOMBROS 



— Sí, señor. Qué me quiere ^ 

Nuestro diálogo empezaba reñido con la cortesía y 
dejando entrever cual sería su fin. 

— Acatando la voluntad de una moribunda, le dije, 
vengo á invitar á usted á seguirme. 

— Cómo ! Qué dice usted? ¿De qué moribunda me 
habla? 

— De Pancliita, la desgraciada hija de usted. 

— Y. -^ ¿ Usted se atreve á pisar esta casa? Us- 
ted, su seductor; usted, su raptor, está en mi presencial. . 
Salga, infame, de aquí, si no quiere que le eche á pata- 
das ! ! - - 

Hice un esfuerzo sobrehumano y logré contenerme^ 
para no matar aquel perro con hidrofobia que tenía de- 
lante. 

— Señor Céspedes : óigame usted con calma. Yo no 
he venido aquí para ser vejado. Yo no soy seductor de 
Panchita ; sino su protector. Ella es tan pura como des- 
graciada, y no debe usted escupir el alma que ha desga- 
rrado. Por ventura, ¿ no está satisfecho su fiero instinto 
con haber martirizado el cuerpo de un ángel ? 

No era posible contenerme más. ¿Cómo iba á esco- 
jer palabras para responder á aquel salvaje? 

Para tratar con monstruos no hay diplomacia cono- 
cida. 

El hizo un movimiento para acometerme, pero lo 
contuve con mi actitud resuelta y con una mirada amena- 
zadora. 

— Su hija está moribunda, agregué en otro tono, y 
baja á la tumba conducida por los brazos de ia desgracia 
y la virtud. 

— ¿ Virtuosa ! . . . . gritó ; virtuosa ! la perdida que 

abandona su hogar para entregarse á un hombre f 



ESCOMBROS ! 1 99 

I 

: La que está moribunda será la concubina de usted; mi hi- 
ja murió hace días!. - .Salga usted en el acto, si no quiere 
experimentar cómo hecho los perros de mi casa. 

Me empeñaba en cerrar el oído á las infernales pala- 
bras de aquel demonio, para escuchar la resonancia en mi 
alma del celestial acento del ángel moribundo : No le 
odies No le hagas daño Es mi padre 

Gracias al recuerdo de estas frases y de la manera 
como me fueron dirigidas, recobré bastante imperio sobre 
mí para encadenar mi furor y dirigir á aquel hombre al- 
gunas súplicas. 

Traté de conmover su corazón, describiéndole el do- 
loroso estado de Panchita y su vehemente deseo de morir 
en sus brazos. Le referí también nuestro casual encuen- 
tro; pero ni se conmovió^ ni me creyó. 

— Complazca á su hija moribunda, insistí. 

— Yo no soy el padre de ninguna meretriz. 

— Pero es el verdugo de su hija ! repliqué fuera 

de mí. ¡ Malditos sean los monstruos filicidas como us- 
ted ! 

Alzó una silla y me la arrojó con furia. Fuerte 
golpe recibí en la cabeza y en el brazo izquierdo, con el 
cual quise detenerla. Luego tomó otra y la levantó con 

igual intención ; pero . no pude más. Saqué el 

revólver que siempre me acompaña, desde que hay en 
Caracas una cantina para cada cinco habitantes, y le 
apunté á la cabeza 

— Está usted preso, dijo quien me arrebataba el re- 
vólver. 

Era un agente de policía que poco antes había vis- 
to apostado en la próxima esquina, asechando á un pe- 
riodista oculto en una casa. 

La vieja sirviente fué á buscarlo cuando oyó los gri- 



200 ESCOMBROS ! . 

tos con que su amo me miandaba salir. 

Un cuarto de hora después me hallaba en el Cuartel 
de Policía. 



XXVI- 



Job, ,á pesar de su memorable paciencia, maldijo la 
hora en que fué concebido, y yo, en el colmo de mi de- 
sesperación, maldije el instante en que este mísero pla- 
neta dio el primer paso en su extensa órbita. 

¿Qué mayor desgracia podría sobrevenirme que el 
fallecimiento de Panchita, sin que me fuese dado recojer 
su último suspiro y su postrera mirada? 

Ella, que tanto deseaba morir en " los brazos de su 
infame padre, ¿^no tendría ni aún el consuelo de oir hasta 
en los umbrales del no ser mis juramentos de amor y 
lealtad! 

I Qué pensará ; qué será de ella cuando note mi tar- 
danza ? 

Mi ausencia y la angustia que la cause, acortarán ^ 
sus días! 

Llegará á imaginar que su padre me ha matado ó 
viceversa ! 

¿ Qué hacer en tan tenible trance ? 

Todos estos pensamientos, capaces de volver loco á 
cualquiera, me torturaban horriblemente, y tentaciones 
me dieron de arrojarme sobre los centinelas y obligarlos 
á que descargasen sus armas contra mi pecho. 

Por qué no lo hice '? Porque aún esperaba ver otra 
vez á mi amada Panchita. 

¡ Oh, esperanza ! ¡ Quién tuviera la lira de Leopar- 



ESCOMBROS ! 20 1 

di para cantarte ! 

¡ Til no me abandonaste en aquel dolorosísimo su- 
plicio, y por tí siento aim palpitar entre mis labios el úl- 
timo suspiro de mi amada, y en mis oídos y en mi alma 
resonar las postreras palabras de su eterna despedida! 

Sin tí ¿, qué hubiera sido de mi razón cuando gravi- 
tó sobre ella la abrumadora meditación de aquellas horas, 
por su amargura inolvidables I 

Mis pensamientos eran negros y mis ideas punzaban 
como espinas. 

Allí me creí trasformado en fiera y pude paladear 
la sed de destrucción de los leones del desierto y de los 
tigres de Bengala. 

Y cómo no ? 

Yo era el protector de una desgraciada ; era el ado- 
rador de un ángel y me encontraba prisionero ; en tanto, 
Don Cipriano Céspedes, aquel hombre más que fiera, por- 
que las fieras aman á sus hijos y él vendía y mataba á las 
infelices que le debían el ser, estaba tranquilo en su ho- 
gar ó se divertía en los paseos ó en los Clubs. 

Sí ; en los Clubs; en esos garitos de sangre azul, que 
han merecido distinciones y privilegios de inviolabilidad, 
aquí, en una República, donde no existen títulos de no- 
bleza para nadie. 

Se persignen y se gravan las casas de juego en baja 
escala, y se respetan y hasta se protejen aquellas frecuen- 
tadas por personajes políticos y miembros de la clase afor- 
tunada. Pues bien : estas son más perjudiciales que aque- 
llas, porque el cliente de garito puede comprometer el 
bienestar de su familia ; puede hundirla en la ruina ; pero 
el jugador de los Clubs es una bomba neumática que 
extrae de las arcas nacionales un raudal de oro para 
aplacar la sed insaciable de su vicio. 



202 ESCOMBROS ! 

Quien pierde en los garitos ha perdido el sudor de 
su frente, y quien pierde en los Clubs ha perdido la san- 
gre del pueblo. 

Andueza Palacio, Casañas, Batalla, Mijares, Villegas 
Pulido, Palacio Renjifo, Sarria y tantos célebres jugado- 
res, son causantes del hambre que han padecido más fa- 
milias que las que deben su desgracia á los vicios de sus 
padres, porque aquellos explotadores políticos se desqui- 
tan de sus pérdidas con las exacciones que imponen al 
pueblo, y se burlan de la mala suerte, pues está á merced 
de ellos el Erario Nacional. 

El pueblo trabaja para que sus mandatarios jueguen 
y se embriaguen en los Clubs, donde la juventud se in- 
ficiona y donde todos los que allí concurren comprenden 
la necesidad de introducir las manos en las arcas públicas 
para llevar la vida licenciosa y estúpida que llevan los 
ho}^ señores del Poder. 

Estas consideraciones no son intempestivas : se des- 
prenden del juicio que me he formado de Don Cipriano 
Céspedes, á quien no definió Panchita debidamente, por 
escrúpulos filiales. 

He sido bien informado sobre la vida que hacía ese 
hombre, y he comprendido que a ella deben sus hijas su 
desgracia. 

Céspedes llevaba la vida del jugador en gran escala, 
Cuando no estaba en los Clubs, se hallaba en el salón 
de la Ca;sa Amarilla destinado por Andueza para el juego.. 

Varias veces, fué arruinado y protejido, alternativa- 
mente : tres ó cuatro contratos le fueron concedidos ; pero 
las considerables ganancias que le reportaron desaparecie- 
ron bien pronto sobre el tapete verde. 

Estando falto de dinero y sin esperanzas de conse- 
guir nuevos contratos ó concesiones en efectivo, resolvió 



ESCOMBROS ! 203 

casar á sus hijas con capitalistas á quienes poder ocurrir 
en sus apuros de jugador. De ahí la infelicidad de ellas. 

¡ Y ese hombre estaba en libertad, mientras que yo, 
el protector, el adorador de su desdichada hija, estaba en- 
cerrado en una prisión ! 

¡ Oh justicia ! ¿Cuándo posarás tus plantas en la 
tierra! Cada hora desprendida de la inmensa ampolleta 
del tiempo era una gota de hiél caída sobre mi corazón. 
Cuando una gruesa capa lo cubría, me diie : 

— Si matar es siempre un crimen, el crimen es á ve- 
ces seductor. 

En aquellos momentos de desesperación, de locura, 
¿ qué hubiera sido para mí más grato que hundir hasta el 
pomo un puñal en el pecho del sacrificador de mi amada? 

De todas las visiones de mi extraviada mente, la 
que más la recreaba era aquella que representaba á Don 
Cipriano Céspedes revolcándose en su sangre y pugnan- 
do por arrancarse el acero enterrado en sus entrañas. 

En mi prisión comprendí cuan verdadero es que la 
mayor parte de los criminales merece más compasión que 
castigo. La Naturaleza es la madre del crimen y la so- 
ciedad la nodriza. 

Si las leyes sociales fuesen perfectas, los criminales- 
parecerían hermosos, por lo raros. 

La parte más angosta de la ley social es la que co- 
rresponde á la mujer. 

¿Si los hijos de Don Cipriano Céspedes hubieran 
sido varones, los habría sacrificado? 

¿ Habría tenido la idea de especular con ellos ? 

I, Los hubiera reducido á la condición de esclavos? 

Nó ; pues á la primera insinuación despótica, hubie- 
ran sacudido el yugo paterno, sin exponerse á los emba- 
tes de la suerte. Pero unas pobres niñas, ¿ dónde halla- 



204 ESCOMBROS 



rían refugio seguro? 

Bastaría que saliesen de bajo el techo que es para 
ellas más espantoso que la pesada losa de una tumba, 
para que la injusta sociedad las infamase, llamándolas 
prostitutas. 

Y cuando la mujer no apura la copa del martirio 
siendo hija, la apura siendo esposa. 

¡ En verdad que es bastante triste su condición ! . . . . 

Y eso que, según el Cristianismo, está redimida. 



XXVII 



Yo no puedo creer que haya tormento más horrendo 
que aquel con que fueron probados el temple de mi alma 
y la firmeza de mi cerebro. 

Tampoco puedo pensar que exista imaginación algu- 
na de bastante vuelo para alcanzar á medir toda su gigan- 
tesca extensión. 

Yo, que en alas del amor me había remontado hasta 
penetrar en el cielo de la dicha, veíame ahora sepultado 
en un asquerosísimo antro de podredumbre y vicio. 

Mis carceleros me parecían demonios y en los sem- 
blantes de mis compañeros de prisión veía los rasgos del 
crimen. 

El espectáculo que tenía ante mí, me horrorizaba. 

El pensar que indebidamente estaba pisando aquel 
escenario, que pisaban también tétricos actores del crimen 
y asquerosos representantes del vicio, sublevaba mi espí- 
ritu, y á veces, sintiendo en mi pecho la erupción de 
efervescentes pasiones, yo mismo me consideraba una 
bestia. 



ESCOMBROS ! 205 

Allí vi á un viejo, cuya sangre quería brotar por los 
poros y por los ojos; con el cabello enlodado y una rotura 
en la frente ; la camisa y el chaleco sin botones; el panta- 
lón dejando ver las rodillas ; el paltó-levita con una aber- 
tura en la espalda y una de sus faldas pendiente de pocos 
hilos; sus zapatos no eran hermanos y, aunque como pro- 
tectores nada de bueno tenían, no eran muy crueles como 
prisiones, pues permitían é los pies respirar el aire libre. 
Aquel viejo era el tipo real del consuetudinario beodo, 
recojido la noche anterior sobre una acera. 

Cuando lo divisé, estaba acurrucado en un rincón y 
golpeando con la cabeza las paredes que formaban el án- 
gulo. 

De vez en cuando abría los inyectados ojos para 
pasear por su redor una mirada estúpida, y entonces de- 
jaba oír un ronco gruñido ó algunas incompletas inso- 
lencias. 

Lo estuve contemplando hasta que se le acercó una 
muchacha que acababa de entrar. 

Calculé que esta muchacha tuviese doce años. An- 
di'ajosa, descalza, con medias de sucio en los pies y vetas 
de lo mismo en el rostro y en los descubiertos seno y 
brazos, y con el cabello revelando que jamás había reci- 
'bido las caricias del peine, muy claramente decía, en el 
lenguaje de su miserable apariencia, que era la hija de 
aquel borracho. 

Iba á llevar á su padre el almuerzo, y este consistía 
en una mezcolanza de todos los desperdicios que aquella 
infeliz habia podido recojer en algunas posadas, donde 
fregaba los platos. 

Los huesos descamados, el arroz, las caráotas (ne- 
gras y blancas) los fideos, los tallarines de diversas for- 
mas, los garbanzos, la carne frita, los pedazos de pan de 



206 ESCOMBROS ! 

maiz y de trigo, estaban reunidos en un perol. 

Mientras el viejo roía los huesos y se engullía aquella 
-especie de mazamorra, la muchacha, despu.és de verme 
detenidamente largo rato, se acercó á mí y pidióme una 
limosna. 

Entablé conversación con ella y me impuso de lo 
que dejo dicho, agregando, con lágrimas en los ojos, que 
^' no tenía vida," porque su padre " se la pasaba preso," 
pues no quería sino " estar bebiendo todo el santo día.' 

Bastó que llevase la mano al bolsillo para sacar la 
moneda que entregué á aquella desdichada, para que me 
Viese rodeado de unos cuantos pedigüeños, á quienes tuve 
que gritar y amenazar, para poder salir del rincón á donde 
me habían hecho replegar. 

Desaparecieron los inocentes é injustamente presos, y 
aparecieron los ladrones, los beodos y los asesinos. 

ün ladrón que, mientras me pedía dinero, díjome que 
lo habían prendido porque lo encontraron " sobre la pared 
de su casa, " después de habérselo negado, refunfuñó esta 
frase: "Algún día pasará por mi banda. " Otro que me 
juró que había matado á una mujer " en defensa propia, " 
me amenazó de esta manera: "yo me los he pegado más 
gordos" Un tercero, arrestado por borracho, mientras me 
pedía me dijo : " Dicen que me encontraron anoche dur- 
miendo sobre un puente, pero sería porque me rindió el 
sueño al pasar por allí, pues estuve velando hasta muy tar- 
de á la cabecera de un amigo que está muy grave. Yo, 
«eñor (créamelo usted) hace mucho tiempo que hice una 
promesa á la Coromoto de no probar ni pizca de licor. " 
Mas después de ver desvanecida su esperanza de quitarme 
algo, murmuró : "Se muere una de frío y no encuentra 
quien le dé para pegarse un palito. " 

Todos me amenazaron ó murmuraron algo, menos 



ESCOMBROS ! 207 

nna persona que celebró lo que los demás llamaban pi- 
chirres. 

Era una mujer de la vida airada, presa por haberle 
quitado la carabina á un policía, después de tumbarlo de 
un "cabezaso volado, por ser amigo de que una le sirva 
de haldivié. " 

Bien pronto comprendí que en su aprobación sólo ha- 
bía egoísmo, pues á la vez que intentaba retorcerme los bi- 
gotes me dijo : 

— Con un compañero tan peritanfláutico (*) como 

éste, bien puede una estar presa todo el tiempo que 
quieran. 

En todo humano corazón tiene resonancia la lisonja, 
mas nó cuando el bolsillo teme pagarla, y sale de los 
ahumados y morisqueteros labios de una ramera, cuyas 
amarillentas mejillas contrastan con su nariz, sospecho- 
samente encarnada. 

El dinero que me quedaba en el bolsillo no estaba 
destinado para ella; así lo comprendió, pues se alejó 
murmurando denuestos contra mí. 

Más por espíritu de observación que por otra cosa . 
salí de la pieza, donde con otros me habían puesto, y 
atravecé el largo y asqueroso corral donde estaban con- 
fundidos los hombres, los muchachos y las mujeres, con 
muchas bestias, perros y cerdos de los oficiales de policía. 

Las pestilenciales emanaciones de los chiqueros y las 
producidas por los desórdenes de los prisioneros, causan 
dolores de cabeza y trastornos en el estómago. 

Allí no se puede estar muchos días sin enfermarse. 
Esto lo saben los Jefes de aquel cuartel; pero ellos creen 
que cumplen su deber aumentando la desgracia de los 
prisioneros que se les confía. 

(*) Quería decir apuesto, gallardo. 



208 ESCOMBROS 



Estos — si no tienen parientes que le lleven otra cosa — 
sólo comen caráotas ó frijoles sin sal y una sojpa de arroz ; 
llamada así por unos cuantos granos que de dicho cereal 
sobrenadan en un poco de agua liervida con manteca. 

Esta comida se la dan ciertos especuladores que allí 
tienen sus ranchos^ en cambio del dinero que recojen entre 
todo el que llega ; pues yo me engañé, al creer que reci- 
bían raciones. 

"X« ociosidad es madure de los vicios^'''' reza sabiamente 
cierto apotegma y, sinembargo, entre nosotros se castiga 
el vicio con la ociosidad. 

¿ Por qué no se obliga á los presos criminales á traba- 
jar, como en otras naciones ? 

Obligándolos, ellos se habitúan al trabajo; del hábito 
se desprende el amor, y el amor al trabajo corrige á los 
culpables y los dignifica. 

Pasead una mirada por nuestras cárceles, gobernan- 
tes, y veréis muchas miserias que deben desaparecer. 
(Hablo con los gobernantes del porvenir, pues los actua- 
les ¿, cómo van á ver nuestras miserias, si no vén 

siquiera el sol?) 

Imponed el trabajo á los criminales á quienes queréis 
castigar y corregir. No los echéis' en brazos de la ociosi- 
dad, pues cuando los pongáis en libertad, volverán á robar 
y á matar. 

AI regreso de mi excursión por aquel largo y nausea- 
bundo corral, cuya fiel descripción, si fuese hecha por Zo- 
lá, obligaría al lector á aplicarse el pañuelo ala nariz y á 
tomar bicarbonato de soda, vi, en uno de los pesebres no 
ocupados por las bestias, un indio, de semblante tan cada- 
vérico, que daba compasión al verlo. 

Un sucio pañuelo de Madras cubría su cabeza, dejan- 
do ver algunos mechones de largo y bañado pelo ; su tra- 



ESCOMBROS ! 209 

je, sucísimo también, estaba además roto en mucbas partes; 
nada tenía en los pies, y con las manos en los sobacos y 
acurrucado sobre la paja del pesebre, lanzaba lastimeros 
quejidos. 

Acerquéme á él y le pregunté quién era, que tenía y 
por qué estaba allí. 

A todo me contestó, interrumpiéndose de vez en 
cuando por los fortísimos calofríos de la fiebre ; pues com- 
prendió que yo me interesaba por él. 

He aquí el extracto de su narración : 

Había servido como soldado cuatro años en uno de 
los cuarteles de esta ciudad. Por una lijera falta que co- 
metió, le dieron cien palos que le tuvieron los miembros 
envarados durante muchos días. Cuando pudo moverse, 
lo pusieron en libertad, porque, afortunadamente para él 
entonces soltaban diez soldados por cada cincuenta reclu- 
tas que entraban, para luego decir el Grobierno que se es- 
taban legalmente reemplazando las tropas, cuando su úni- 
co propósito era el de aumentarlas para apoyar el proyec- 
tado continuismo. 

Cuando se vio en la calle, sin un centavo y sin sa- 
ber á dónde dirigirse, fué tentado por el deseo de volver al 
cuartel; pero como estaba imposibilitado para el servicio, 
á causa de la bárbara paliza que recibió, desistió de aquel 
deseo. 

Cuatro años bacía, que ni veía, ni tenía noticia algu- 
na de su madre y hermanas, residentes en Guatire. 

Quería volar, para estrecharlas entre sus brazos, si 
vivían aún; pero ¿cómo hacerlo estando tan enfermo y 
miserable? 

Resolvió ir al Hospital "Vargas" para ver si lograba 
mejorarse; pero después de permanecer allí muchos días, 
resolvió escaparse. 
14 



2 I O ESCOMBROS ! 

— Allí se lleva una vida de perro., me dijo. Toaos 
los enfermos están allí como botados. Yo tenía á mi de- 
recha un tísico que no me dejaba pegar los ojos, y á mi iz- 
quierda un galicoso, sin nariz, con las orejas comidas y 
casi ciego ; yo no podía comer si lo veía. Todos los en- 
fermos están juntos, de manera que uno líega con una en- 
fermedad y puede salir con dos ó tres. Temí que se me 
contagiara la tisis y el gálico de aquellos vecinos y por 
eso me escapé. Además, allí no atienden á los enfermos, 
sobre todo si no son rezanderos, y los alimentos son como 
los del cuartel. 

Después que aquel desgraciado indio se vio fuera del 
Hospital, tampoco supo á dónde debía dirigirse. 

Se dio á vagar por las calles de la ciudad, pidiendo 
limosnas. Elqu.e más le daba, le daba un centavo y pa- 
ra avanzar un paso sufría horribles dolores. 

Víctima de un muy generalizado error, exigió á un 
transeúnte que le diese las señas de la casa más cercana 
de algún cura. 

Afortunadamente no tuvo que andar mucho, pues 
hay una ó dos en cada cuadra. 

La apariencia de la casa le hizo sonreír de gozo, pues 
revela que su dueño es riquísimo, y creyó que como sacer- 
dote al fin, le socorrería pródigamente. 

Su gozo aumentó cuando, desde el umbral del por- 
tón, contempló un hermoso patio poblado de matas de di- 
versas clases. 

Una gran pajarera está al frente y otras pequeñas 
jaulas con canarios y cardenales, alternando con cestas de 
parásitas, penden del techo del corredor, entre pilar y pi- 
lar. 

Grrandes tiestos con vistosas matas, y cuadros de 
gran valor adornan el mismo corredor. 



escombros!...- 211 

Yo he tenido ocasión de entrar á esta casa, donde el 
lujo campea de extremo a extremo. 

El enfermo soldado encontró al cura sentado en una 
butaca de damasco, en medio de dos artísticos tiestos de 
fortuna y con un libro en la mano. 

— ¿ Qué se le ofrece ? le preguntó con acre acento. 
El pobre se le acercó ; díjole que había sido despedido del 
cuartel por enfermo, que no poseía ni un centavo, que no 
tenía familia aquí, sino en G-uatire, j que le rogaba, por 
amor de Dios, que le socorriese para marchar á dicho 
pueblo. 

— / Vuelva el sábado !! 

He ahí todo lo que el infeliz obtuvo por lo pronto de 
aquel sacerdote. 

¡ Qué volviera el sábado y aquel día era lunes !! . 

— Estaría rezando — dije al ex-soldado — y no quiso 
interrumpir sus oraciones. Usted ha debido volver más 
tarde. 

Esto lo pensé, porque me resistía á creer que un Mi- 
ÍTISTKO DE Dios, rico, muy rico, tuviese un corazón de 
piedra, que no se enterneciera cuando por su Dios le pedía 
una limosna un pobre enfermo ; pero cuál no sería mi 
asombro cuando éste me dijo : 

— Nó, señor. Como yo me le acerqué mucho, y sé 
leer algo, vi que el libro que leía era ... 

Quedóse mi interlocutor pensativo largo rato, dándo- 
se á intervalos golpecitos en la frente, hasta que agregó : 

— / La Calavera de Gustavo ! ! 

— ¿No será, le dije, Gustavo el Calavera? 

— / J^eeelena I exclamó. 

Con esa vulgar exclamación quería confirmar mi 
dicho. 

Después impúsome de que, cuando se retiraba, un 



212 ESCOMBROS 



perrito galgo se le fué detrás, oliéndole las pantorrillas. 

En el zaguán se fijó en el collar que tenía, todo en- 
chapado en plata, y después de hacerse algunas reflexio- 
nes, luchar con poderosas tentaciones y vencer muchos 
escrúpulos, terminó por sacar una cJianveta, resuelto á 
cortar y llevarse aquel collar. Pero comenzó su opera- 
ción con mano tan temblorosa, que hirió en el cuello al 
animalito. Al ahullido que éste lanzó, acudió el cura, 
quien sorpre^ndió al / sacrilego ladrón ! 

Llamar á un criado, alcanzarlo éste, buscar un poli- 
cía y encontrarse preso el infeliz soldado, fué cuestión de 
pocos minutos. 



XXVIII 



Cuando aquel desgraciado terminó su narración, lle- 
vé enternecido la mano al bolsillo: extraje de él todo el 
dinero que contenía, plíselo en su trémula diestra y me 
alejé sin contestar nada á estas frases, repetidas con ins- 
tancia y conmoción : 

— Dígame su nombre, caballero . . . . Quiero tenerlo 
presente 

Llegué al cuarto donde se me había puesto, y sen- 
tado en un muy sucio banco de madera me puse á me- 
ditar sobre agenas miserias, olvidado de las mías. 

La vida del soldado y la vida del cura : he ahí el 
tema de mi meditación. 

La vida del soldado, serie de miserias. 

La vida del cura, fuente de idem. 

Ambas reclaman una reforma necesaria y radical. 

San Pablo autorizó á los que sirven al altar para 



ESCOMBROS ! 213 

vivir del altar; pero ¿ quién los ha autorizado para vivir 
del Tesoro del Estado? 

Bien está que exploten las doradas vetas de aquella 
mina y aún que recojan las virutas que á la candidez qui- 
tan los cepillos colocados en las puertas de todos los tem- 
plos; mas es un deber de conciencia renunciar las pre- 
bendas que cobran del Tesoro Nacional, formado por las 
contribuciones de todos los que en la nación habitan; ya 
sean cslíóUgos, perros judíos, malditos protestantes ó condena- 
dos ateos. 

¿ En dónde está el decantado menosprecio de los bienes 
terrenales con que los curas quieren anonadar las justas 
aspiraciones de los demás, á fin de que las egoístas de 
ellos puedan enseñorearse y absorverlo todo ? 

En verdad que no sé dónde halláis tanta seriedad pa- 
ra predicar la humildad, tonsurados habitantes de pala- 
cios. 

La práctica de vuestra caridad se reduce á decir á 
los pobres : Bienaventurados los que han hambre y sed de 
justicia — . 

No contentos con explotar á vuestros ^e/es, vivís tam- 
bién de los infieles, cobrando al Estado lo que el Estado 
no debe pag-aros más ; porque las contribuciones de todos 
son para atender á las necesidades y propender al bien de 
todos^ según la voluntad de todos. 

Vosotros podríais labrar la tierra, tallar madera y ha- 
cer zapatos y sombreros, pues tenéis mucho tiempo deso- 
cupado, ¿por qué preferís leer novelas de Paul de Kock, 
acariciar perritos galgos y recrearos con el canto de prisio- 
neros pajaritos? 

¿ Por qué^no trabajáis I Porque el Estado y el oficio 
os dan para vivir con lujo. 

Es natural que no seáis buenos, puesto que es el pro- 



214 ESCOMBROS 



pósito de especular lo que os lleva al Seminario y luego á 
la Sacristía. (*) 

Apartaos y veréis como desinteresadamente afluyen 
padres de familia á ocupar vuestros puestos para predicar 
la verdadera moral, ensalzar la virtud y aconsejar á los 
culpables que buscan fuerzas para alejarse de la senda 
del mal, ó quieran reparar debidamente el daño causado 
al prójimo. 

Sí; para cumplir tan sublime misión, afluirán venera- 
bles padres ' de familia, que no podrán ser tildados de 
especuladores é hipócritas. 

Si no os apartáis voluntariamente, es necesario que 
se os aparte. 

El primer paso debe darlo el Estado, privándoos de 
las injustísimas prebendas que os entrega. 

Allí están los guardianes del orden público, que sí las 
merecen, casi muñéndose de hambre. 

El ejército debe desaparecer y la policía aumentarse 
, Que los mandatarios se ganen el corazón del pueblo 
y no tengan cómo sostener sus despóticos caprichos. . 

La actual vida del soldado es dolorosísima. 

Nos jactamos porque la esclavitud ha desaparecido 
entre nosotros; pero, g, qué es el soldado venezolano sino 
un esclavo? 

Por tiempo indeterminado se vé obligado á servir, 
recibiendo dos reales de ración y soportando insultos, pla- 
nazos, palizas y otros bárbaros castigos. 

¿Cuántos no han recibido un machetazo por haber 
llevado la pedida candela en una cucharilla, que quemó las 
delicadas manos del jefe, en vez dé llevarle un tizón "? 

¿ Cuántos no ha,n perdido la vida porque faltaban dos 



(*) Ko olvido que en toda regia liay excepciones. 



ESCOMBROS ! 215 

dedos á la media botella de ron que se les mandó com- 
prar I 

El jefe que mata ó hiere á los soldados es ¡ un 

huen jefe ! Nada más ! 

Los pobres soldados no tienen derecho para formar 
familia, y el que la tenga, es mil veces más desgraciado ; 
porque inútilmente suspirará por las dulzuras de su hogar 
y morirá mortificado horriblemente, recordando los mimos 
maternales, las caricias de su esposa y el alegre acento de 
sus hijos. 

Si se necesita sangre para hacer mezcla y alzar al- 
gún castillo feudal, la de ellos es la primera que se vierte, 
y con sus cadáveres forman los tiranos los cimientos de sus 
tronos. 

¿Por qué esos desdichados no están bien remunera- 
dos para que sirvan voluntariamente, teniendo sus horas 
de servicio y sus horas destinadas al descanso en el hogar ? 
Por qué? Por que se grava más el Tesoro 1 

Pues que cesen los inmerecidos sueldos de los curas 
y protéjase, como es de justicia, á los guardianes del orden 

público. 

Auméntese la policía y ciérrense los cuarteles, en cu- 
yos edificios queda,rían muy bien unas escuelas de artes 
y oficios para los delincuentes. 

Apártese la mano del clero de las arcas nacionales y 
ábrase la puerta del hogar para los parias á quienes lla- 
mamos soldados. 

Estando bien remunerados, los defensores del orden 
público serían empleados y no esclavos. Cuando quisieran 
podían renunciar sus destinos, en la seguridad de que no 
faltaría quien voluntariamente se ofreciese á reem.plazarlos, 
y para castigarlos por sus faltas, no habría que apelar á los 
planazos, á las palizas, á los cepos de campaña y á otros no 



2 I 6 ESCOMBROS ! 

menos bárbaros castigos cuarteleros; pues la destitución 
sería suficiente y harto temida. 

Pero nó ; nada de esto se liace. 

El Estado mima y subvenciona á los curas y veja y 
mata á los soldados. Por qué ? 

Porque aquellos tienen una raspadura en la cabeza 
y éstos sombras en el cerebro. Pero si el Estado dice á 
los Guvsis: no más subvenciones, Isi mayor parte se dejará 
crecer el pelo en el lugar que les cubre el solideo, y si in- 
vierte esas Subvenciones en bien de los soldados, de la ser- 
vidumbre pasarán al hogar, donde serán señores. 

Justicia ! gobernantes, para esos infelices. Acordaos 
de que' os llamáis liberales y no clericales. 

Y vosotros, ministros del Señor, sabed que un sacer- 
dote sin conciencia sólo inspira desprecio; que el renun- 
ciar las prebendas inmerecidas es un deber de conciencia ; 
que no debéis vivir de las contri})uciones de los infieles, 
por escrúpulos de conciencia, y que la miseria de muchos 
depende de vuestra riqueza ; cosa que repugna á la con- 
ciencia. 

Los sacerdotes sin subvenciones, padres de familia é 
hijos del trabajo; la metamorfosis de los cuarteles en ta- 
lleres para los delincuentes, y los parias-soldados ascen- 
didos á la categoría de empleados voluntarios ; hé ahí unas 
magníficas reformas reclamadas por la época. 



ESCOMBROS ! 217 



XXIX 



No podré describir la tortura que padecí en los tres 
días que duró mi prisión, porque ni siquiera deseo recor- 
darla. 

Los tristes recuerdos son para las almas heridas uña 
reproducción délos dolores sufridos, y la mía mana sangre 
aún. 

Estrada fué á visitarme; le referí lo ocurrido y se 
comprometió á buscar, en unión de miseá Josefa, alguna 
falsa explicación para tranquilizar un tanto á Pancliita, 
cuya angustia era, según me dijo él, mortal. 

También trató de animarme asegurándome que pron- 
to obtendría mi libertad, valiéndose de personas influyen- 
tes en el Globierno. 

Yo le agradecía mucho sus palabras de consuelo ; 
pero, cuan infructuosas eran ! 

El segundo día de mi prisión volvió mi buen amigo. 
Cuando le vi entrar, quédeme frío ; creí que me traía la 
noticia del fallecimiento de mi amada. 

— Qué tienes? me preguntó. 

— Habla tú ; dímelo todo. 

— Pero estás nervioso y lívido ! Qué te imaginas "? 

— Panchita ha muerto ; verdad! 

— Nó, nó, querido amigo; hemos podido tranquilizar- 
la é infundirla esperanzas de verte pronto. 

Esto me lo decía para engañarme con la mejor inten- 
ción; pero yo bien sabía que la angustia de Panchita 



2 I 8 ESCOMBROS 



aumentaba á cada segundo que trascurría sin verme, mien- 
tras que disminuía la ya cortísima distancia que la separa- 
ba del sepulcro. 

La noche del tercer día estaba más desesperado aún, 
maldiciendo el imperio de la injusticia en la tierra y pre- 
guutcíndome si habría un ser má.s desgraciado que yo. 

Estaba sentado en el extremo de un banco, con los 
codos en las rodillas y apretándome la cabeza con las 
manos para impedir que estallase. 

En el btro extremo tomó asiento un hombre y después 
de un rato de silencio me dijo: 

— ¿ Ha visto usted, señor, injusticia mayor que la que 
emplean conmigo? 

Las almas desgraciadas se atraen, y el mayor c6n- 
suelo para todo desdichado es, sin duda, encontrar otro 
que lo sea aún más. 

Antes de ser yo tan incomparablemente infortunado, 
cuando caminaba á la ventura por las calles, pensando en ' 
mi triste situación y desesperado de mejorarla, si encon- 
traba algún mendigo, después de socorrerlo me detenía á 
contemplarlo largo rato, j la presencia de aquel ser más 
infeliz que yo, me consolaba notablemente, y proseguía 
luego mi camino, satisfecho de mi suerte. 

Las palabras de aquel hombre, despertaron interés 
en mí; pues precisamente cuando pensaba que la injusti- 
cia de que era víctima no podía tener rival por lo cruel, 
parecía que me invitaba á ponerla en parangón con la 
que él sufría. 

Le pregunté quién era, y me hizo la siguiente expon- 
tánea narración. 

— Yo era agente de policía y ayer en la mañana se 
me ordenó que me fuera en el mismo tren en que salió el 
Presidente para Macuto. Anoche me pusieron de guardia 



ESCOMBROS ! 219 

á la entrada de una casa de juego de dicho pueblo: como 
á las cinco de la mañana salieron dos jugadores y oí este 
diálogo :" — Entienda usted que este Doctor Andueza es- 
un hombre bien sereno: esta noche le he ganado setenta 
mil pesos y está como si tai cosa. — ¿ Setenta mil pesos le 
ganas? — Me parece que hay un pico no despreciable. — Y 
entonces, Casañas y Batalla cuánto perderán? — De Casa- 
ñas tengo un vale de diez mil pesos que cobrare mañana 
en el Ministerio de Hacienda: él tenía treinta mil en el 
bolsillo y quedó Umjño de hola; en cuanto á Batalla, ílg'ú- 
rate cómo estará cuando ni ganas de reir tiene estanoche^ 
y eso qae e\ pagano es, el pueblo!!" Como á las siete 
referí á otro policía lo que había oído ; al medio día reci- 
bí la orden de regresar á Caracas, y esta tarde, cuando 
llegué, se me comunicó que estaba depuesto y arrestado. 
Después de mucho preguntar, fui informado por un íimigo 
que la causa de mi prisión no es otra que la indiscreción 
que cometí al ponerme á revelar secretos delicados. Tam- 
bién me aseguró que mañana me pasarán á la Pa'>tunda. 
Vea usted, joven, qué tamaña injusticia. Se castiga como 
un gran delito referir á otio lo que casualmente se ha 
oido, y se derrocha impunemente el tesoro de la Nación. 
Mi madre está enferma y postrada en una cama hace tiem- 
po; no cuenta con otro auxilio que el que yo podría dar- 
la. Ahora morirá de mengua y de hambre ! j Ay , 

Dios mío ! ¿ Qué te ha hecho mi pobre madre I ¿„ En qué 
te he ofendido yol 

Continuó mi compañero de prisión lamentándose de 
su mala suerte y fulminando anatemas contra los que arro- 
jan en una noche sobre el tapete verde setenta mil pesos, 
que no les pertenecen, y encierran en un calabozo á un 
pobre ciudadano por el solo delito de saberlo. 

Pedí al infeliz prisionero la dirección de la casa que 



2 20 ESCOMBROS ! 

habitaba su madre, la que murió pocos días después, nó 
de hambre, ni de mengua, como él lo había temido, gra- 
cias á la pequeña protección que Estrada y yo pudimos 
dispensarla, pero sí de la pena, justamente grande, de sa- 
ber que su único hijo se hallaba en un calabozo. Hice lo 
posible por consolarle diciéndole : 

— Creo que pronto saldré de esta prisión, y si así fue- 
re, á la madre de usted nada faltará. Le prometo auxi-' 
liarla suficientemente y tengo un amigo, famoso médico, 
que la devolverá muy pronto la salud. 

El entonces, enternecido, y con las lágrimas asoma- 
das á los ojos, me tomó una mano ; me la estrechó con efu- 
sión y, á no impedírselo yó, me la hubiera besado, repe- 
tidas veces. 

No es más tenaz la lucha entablada entre el enamo- 
rado, delirante y loco de emoción, cuyos labios están tos- 
tados por la sed de posa,rse en la aprisionada mano de la 
mujer amada, aunque despreciativa, y el afán de ésta por 
esquivar lo que tanto la repugna y haría el efecto del con- 
tacto de un hierro candente. 

Así expresan esos hombres su gratitud, elocuente- 
mente por cierto ; quedando el prodigar monedas á manos 
llenas para aquellos que, cuando llegan al poder, juzgan 
noble el hurtar al pueblo su tesoro para saldar sus cuen- 
tas de favores en otros días recibidos. 

Después de haber desistido de su intento, el ex poli- 
cía me dijo : 

También me hará usted el servicio de decir la ver- 
dad á mi querida madre, á fin de que sepa que su liijo no 
está preso por criminal. El corazón me dice que no la 
volveré á ver y estrechar en mis brazos, por que, no pu- 
diendo quitarme la memoria, ni enmudecerme, ni sabien- 
do apreciar debidamente la palabra de un hombre hon- 



ESCOMBROS ! 2 21 

rado, puesto que ellos no lo son, esos infames gobernan- 
tes liarán de mi calabozo una tumba. 

— Y usted piensa, le objeté, que esos hombres serán 
eternos en el poder $ g, No cree usted que el pueblo los 
conoce bien y lia dictado yá la sentencia que merecen 1 
¿ Se imagina usted que se ha de editar el segundo tomo de 
la veintena autocrática de Gruzmán Blanco ? 

— ¡ Quiera el cielo que estén bien fundados sus pre- 
sentimientos ! Pero yo creo que esos hombres son tan 
ambiciosos como Guzmán y sus esbirros, y aunque no 
tengan talento y valor para ser tiranos, pedirán al aguar- 
diente inspiración y audacia. En cuanto á nuestro pueblo, 
me parece que todavía gatea. Cuando la inicua expulsión 
del Doctor Rojas Paúl, todos los policías que fuimos apos- 
tados en las esquinas por donde debía pasar, estábamos 
resueltos á j)onernos de parte del pueblo, si en lugar de 
cruzarse de brazos hubiera protestado contra tan infame 
atentado. 

— Muy seriamente me hacen pensar sus palabras; 
mas no desesperemos. El pueblo toma nota de esas bar- 
baridades y cuando llegue el día oportuno de arreglar las 
cuentas, ya verá usted cómo se escarmientan los tiranos 
en las personas de nuestros actuales opresores. Con la 
expulsión del Doctor Rojas Paúl, Andueza Palacio ha 
querido tomar el ¡^ulso al pueblo ; pero el pueblo lo ha en- 
gañado, fingiéndose el enfermo. Guzmán Blanco pudo 
sustraerse al condigno castigo, y como nos hace falta un 
terrible ejemplar, el Jefe de esa beoda camarilla se ha 
prestado á ser el candidato. Si quieren un ítoveiíttitkés, 
lo tendrán con el nombre de ííOVEIIítidós. Nos adelan- 
taremos un año, en gracia á la superioridad de la panza 
de la predestinada víctima sobre la de Luis XVI. Y. . . . 
veremos si hay después quien amamante planes libertici- 



22 2 ESCOMBROS 



das y se despose con la criminal ambición. 

— Me pgtrece, señor, — dijo el ex-policía poniéndose 
vertí cálmente el índice en la frente — qne he oído decir 
que en la perdición de Luis XVI, á quien aca,ba usted 
de nombrar, contribuyó muclio su esposa. 

— Asi fué: la austríaca María Ántonieta era muy 
orguUosa y ambiciosa, aconsejó mal á su esposo y con- 
cluyó por hacerle perder la cabeza y perder la propia. 

— Pues como que tienen algún parecimiento la es- 
posa de este Presidente y aquella reina. 

— Por qué lo dice usted? 

—Porque — lo sé de buena tinta — esta señora ha 
aconsejado el Continuismo á su marido. 

— Cómo así? Refiérame eso, si no hay impedimento. 

— Con mucho gusto. En una reunión de familia, 
que hace pocas noches hubo en la Casa Amarilla, el 
Presidente dijo: — "Ya me faltan muy pocos meses para 
entregar estos peroles T (Ya sabe usted que este señor, 
.aunque instruido, según aseguran, se expresa tan vulgar- 
mente como cualquier carretero, aún en sus documentos 
oficiales). Pues bien : cuando su esposa oyó tales pala- 
bras, le interrumpió con estas: — ''¿Y quién te ha dicho 
que no puedes quedarte diez y ocho años más? ¿G-uz- 
mkn. no lo hizo I Pues lo que hizo Guzmán lo puedes tú 
hacer." 

— Eso dijo 1 

— Como que hay un Dios en el cielo. 

— Bien; ya está reproducido el primer acto de la 
bíblica comedia del Paraíso: en el segundo, saldrán des- 
nudos como entraron, avergonzados de su criminal figu- 
ra, regando el suelo con sus lágrimas y ¡ cuidado 

si con su sangre también ! 

Después de cruzarnos algunas frases más, quedé 



ESCOMBROS ! 223 

abstraído en profunda meditación sobre este tema y lue- 
go sobre la critica y angustiosa situación de mi amada. 

— ¿Habrá muerto 1 me preguntaba á menudo, j un 
temblor general se apoderaba de mi ser. 

De esta manera, en tan tremenda angustia, pasé to- 
da la noche. 



XXX 



Como cariñosa mensajera de la esperanza recibí la 
primera claridad del día, porque quien sufre ve con pla- 
cer disiparse las sombras que rodean su cuerpo, creyendo, 
aunque momentáneamente, que así también se disiparán 
las tinieblas que le amortajan el alma. 

Los felices, ó menos desgraciados que yo, empezaron 
á luchar con la modorra, provocando la reacción de sus 
músculos y el movimiento de sus miembros. 

Aquí se oía el crugir de una coyuntura al estirarse; 
allí el pujido de quien al levantarse se cimbraba hacia 
atrás, y más allá los bostezos con que otro despedía á 
Morfeo. 

A mí sólo me crugía el cerebro. 

Los presos dieron principio á la recíproca narración 
de sus ensueños, celebrándoselos miituamente. 

Cada ensueño era un prisma á través del cual se veía 
el estado del ánimo de quien lo había tenido, adivinándose 
sus sentimientos y deseos. 

Uno, preso por ladrón, dijo riéndose á carcajada : 

— Yo soñé que mi vale Vicente y yo le habíamos 



224 ESCOMBROS 



puesto la mano al molondrón ( * ) del isleño Mora. Y ya 
sabe que estaba cuajado. Había más americanotas amari- 
llas ! ¡ Ah caramba ! Ya sabe usted que el zam- 
bo se había dado una organizada de padre y muy señor 
mío. 

Otro, recojido en las calles en completo estado de em- 
briaguez, dijo : 

— Sueño bueno el mío. Supónganse que yo y que 
pasaba por frente á la Casa Amarilla y se me ocurre mi- 
rar hacia arriba en momentos en que Andueza estaba jun- 
to á un balcón, rodeado de una partida de los de la 
cofradía del chimichtirri, y con una copa y un litro de 
Hqnnesy cinco estrellas, doble extra. 

Como á mí me gusta mucho contemplar el hermoso 
color del topacio (pues aquí donde ustedes me ven soy 
medio poeta) me recosté de la baranda de la |)laza y me 
puse á ver aquel chorrito de líquido topacio salir de la bo- 
tella y caer en la copa. Entonces Andueza se fijó en mí 
y con su vocerón de trueno dijo á sus camaradas exten- 
diendo la mano hacia mí: — "Muchachones ! allí está un 
liberal amarillo echando la baba : no podemos permitir 
que se descríe. Con éste ya son veinte mil U]sro. Invité- 
mosle á pegarse un palo por la gloria de nuestro partido." 
— Sí ; sí ; gritaron los otros ; que suba ; que suba ese libe« 
ral amarillo." El Doctor entonces me carpeteó con su 
gorro para que subiese. Como eso de ponerme á subir 
escaleras era un compromiso muy serio para mí, grité: 
"i Doctor ! Yo he hecho una promesa al dios Baco de no 
subir escaleras sino á los empujones. Si usted quiere, me 
pongo bajo el balcón para que me vacíe el litrico entero, 
y le aseguro que no dejaré perder ni una gota." — Nó; nó; 



{ * ) Quería decir : tesoro enterrado. 



ESCOMBROS ! 225 

diio el buen Doctor; tú debes subir, hermano: á ver, que 
vayan dos edecanes á buscar á aquel liberal amarillo. Y 
dicho j hecho : dos edecanes me subieron casi en 
peso y no me soltaron hasta no estar «^n el gabinete 
de trabajo del Presidente. ¡Qué cuadro tan hermoso!!. . 
Entiendan ustedes que ese g-ordiflón se dá buena vida, á 
juzgar por lo que he visto en sueños; que así debe ser, 
porque viene muy de acuerdo con lo que me ha contado 
uno que fué sirviente en la Casa Amarilla y que ha pre- 
senciado muchas parrandas presidenciales. Figúrense 
ustedes que vi sobre una mesa, haciendo las veces de pi- 
sapapeles, unos veinte litros de brandiy, llenos, y debajo 
como treinta vacíos : esa era la tarea de ese dia. Cuando 
me \deron, todos los bienaventurados que allí estaban me 
salieron al encuentro. El Doctor estaba con su gorro, en 
mangas de camisa, sudando la gota viva y con la batuta 
en la mano : es decir, con la botella. Se adelantó hacia 
mí con los cachetes inflados; me echó el brazo y me en- 
tregó una copa con cuatro dedos del cinco estrellas, — 
¿ Por qué brindo ? pregunté. — Por la Reintegración Libe • 
ral, me respondió un guzmancista rancio (Manuel Antonio 
Matos, si no me equivoco.) Por el Partido Liberal Ama- 
rillo, corrigió Sedestrong, no sabiendo sobre qué pié car- 
gar el cuerpo. 

— Por la vigencia inmediata, agregó Casañas frun- 
ciendo su cara de perro bull-dog. — Por el exterminio de 
las Mayorías Zamoranas y del viejo Don Ovidio, exclamó 
Batalla sonriendo como mico. — Por las ninfas del '' Ma- 
món," repuso Villegas Pulido. — Por mi contrato de cloa- 
cas, opinó Manuel Modesto Gallego. — ^Nó; nó, gritó el 
Doctor Andueza agitando la batuta : que brinde con pre- 
ferencia por el inventor del alambique : después brin- 
dará por todo lo demás. En esto entró un edecán di- 
15 



220 ESCOMBROS 1 ■ 

ciendo : — Respetado Doctor: aquí está un paquete de 
telegramas en consulta. Tomó el Doctor el paquete, lo 
abrió, encendió una vela (y cuenten que eran las doce 
del día) y rompió los veinte ó veinticinco telegramas que 
contenía, sin leer ninguno, diciendo: — Que vayan a la 
porra esos godos : los que no pertenezcan al partido li- 
beral amarillo no tienen derecho para poner telegramas. 
Mira, edecán, que le pregunten á Valarino si ya trasmi- 
tieron á todas las oficinas los editoriales de anoche de JEl 
Pueblo, de Ei Tribuno y de La Opinión Nacional, y que 
cuidado si trasmite ningún telegrama de esos godos hi- 
drófobos á quienes voy á exterminar : sí ; á quienes voy 
á exterminar: lo juro por Martel y Mr Hennessy. Que 
me sepa á agua el brandy y la champaña si no los ex- 
termino.^ — No se incomode; no se incomode, Doctorcito, 
dijo un vejete que no acababa de sacar el pañuelo de en- 
tre los faldones del paltó-levita. Para pasar el mal hu- 
m^or el Doctor se bebió cuatro copitas seguidas. — Vamos ; 
vamos á brindar en verso por el inventor del alambique, 
como lo ordena el Doctor. A ver. Doctor; para que este 
liberal amarillo se inspire, póngale su gorro ; ese mila- 
groso gorro que ha empollado tantas robustas ideas. Es- 
to lo decía un señor, muy calvo y muy feo, por cierto, 
(Manuel María Bermúdez, sin nombrar persona) á tiemi- 
po que abarcándome por la cintura pretendía encara- 
marme sobre una silla para que brindara. Se le oyó' el 

pugido al boquinete ; peló la cuerda y ¡ cataplún! 

ambos rodamos por el suelo. El se levantó llorando por- 
que con un vidrio de una copa rota se cortó un labio ; 
pero yo, como me aporree mucho, pues caí debajo y en- 
contré tan suavecita la alfombra, resolví quedarme allí y 
dormir tranquilamente, hasta ahora que me levanto en 
gracia de Dios. 



ESCOMBROS ! .. 227 

* 

Todos los presos celebraron el ensueño del borradlo, 
pero uno objetó: 

— El sueño es muy bueno ; pero no está del todo 
exacto al natural. 

— Por qué no I preguntó el soñador. Ya les lie di- 
cho que un amigo mío que fué sirviente de Andueza me 
ba referido ocurrencias semejantes. Morfeo no lia hecho 
más que hacer una divertidísima comedia con toda esas 
escenas para hacerme pasar una noche de perlas. 

— Pero hay un puntico que no es exacto. 

— I Cuál es- ese puntico ? 

- — Tú has dicho que Andueza, para pasar el mal hu- 
mor se bebió cuatro copitas seguidas,-y á mí me consta 
que Andueza no bebe en copas cuando está en su casa. 

— ¿, Y en qué "? | A pico de botella ? 

— Nó. Adivinen ustedes cómo bebe. 

— En totuma"? 

— Tampoco. El tiene un tubo de plata con más de 
una vara de largo y algo curvo. Pues bien: ese tubo lo 
mete en el litro de brandy y se pega á cTiupar como un 
becerro mamantón. 

— ¿ Y cómo sabes tú eso ? 

— Gruá ! ¿ Y por qué estoy yo aquí sino por haber 
imitado al Doctor! Yo era su camarero y una vez lo 
.sorprendí arrellanado en un butacón, con el litro por de- 
lante en una mesita, con un extremo del tubo de plata 
dentro del litro, con el otro en la boca, con los ojos ce- 
rrados y chupando que era un contento. Al día siguien- 
te quise disfrutar el placer de beber así; aproveché, pues, 
■el momento en que el Doctor estaba encantado oyendo 
silbar su célebre paraulata. Ya saben ustedes qué pa- 
raulata es esa. 

—Sí ; interrumpió otro preso. He oído decir que 



2s8 ESCOMBROS !. 

Andueza no tiene más oficio que beber brandy, dormir y 
oir cantar su paraulata, y que cuando celebran Gabinete 
en la Casa Amarilla nunca resuelven nada y los Minis- 
tros se retiran bravísimos porque á cada momento An- 
dueza interrumpe la discusión para decirles: Oigan, oigan 
esa paraulata qué huena I También me refirieron que el 
último disgusto de Andueza y de Casañas fué porque 
éste le estaba imponiendo de un plan interesantísimo y 
aquél le interrumpía diciéndole : Escuche, compadre ; es- 
cuche eáe primor de paraulata. Casañas no le hacía caso 
y continuaba; pero Andueza volvíale á interrumpir: Es- 
pérese, compadre, déjeme oir mi paraulata. Eso vale mucho! 
Así lo tuvo hasta que Casañas se marchó furioso, y es- 
tuvieron bravos hasta que se contentaron, no hace mu- 
cho, con unos cuantos palos de brandy. 

— Todo eso es verdad, asintió el ex-camarero de 
Andueza. Y sigo mi historia: me acomodé, pues, como 
había visto al Doctor : arrellanado en un butacón, con el 
litro por delante, con una punta del tubo de plata dentra 

de él y con la otra en mi boca, y allá te van chupi- 

dos, míster Hemiessy. Pero ¡ malhaya sea ! 

Cuando ya me estaba quedando dormido, se presentó el 

barrigón y pá pá pá me endilgó con 

sus patazas tres descargas por retaguardia (que algún día 
me pagará) y me mandó zampar á esta pocilga, que no- 
policía, como la llaman. 

— Para un buen gusto un buen susto, camarada, 
dijo riendo el liberal amarillo del sueño. Entienda usted 
que el indio Raimundo tiene ingenio ! Mire y que haber 
inventado ese modo de beber ! ¿ Y^'se bebe muy sa- 
broso así, chupandito, hermano? 

— ¡ Que si se bebe ! . ¡ Caramba ! si eso es la 

mismo que verle las barbas al Padi'e Eterno ! Si este país 



ESCOMBROS ! 229 

fuera un país de boiTachos, entonces si merecería la Presi- 
dencia el padrote Andueza. ¡ Ah hombre para beber, ma- 
nito ! 

— Pues si pega el Continuismo, se hará digno de la 
Presidencia, jDorque al paso que vamos, pronto todo bicho 
de uñas será borracho. El Destripador de botellas se ha 
propuesto enviciar á la juventud y á los viejos j á las 
mujeres y á los curas y á todito el mundo, i Conque el 
tercio no bebe sino por cañería ! 

— Por eso te decía que tu sueño no era del todo exa- 
to al natural. Por lo demás, es muy bueno, y sobre to- 
do, muy sabroso. 

— Si es muy sabroso, dijo un tercer bebedor. Te 
envidio, hermano, por haber gozado tanto, añadió dando 
palmaditas en el hombro del soñador. 

— No me envidies, hombre ! que ahora caigo en que 
he perdido una mascada de tabaco negro que boté cuando 
creí que iba á brindar, y que ahora no encuentro, j Una 
mascada más buena ! . - . . Valía más que Andueza y sus 
veinte mil amarillos. 

Continuaron mis compañeros de prisión refiriéndose 
otros ensueños más, de los cuales sólo recuerdo el de un 
muchacho de doce años, poco más ó menos. 

— Yo tuve, dijo, el sueño más sabroso que pueda 
darse. 

— Cuál fué ese I preguntáronle. 

— Soñé que todos nosotros éramos diablos. 

— Y ese es un sueño sabroso ? preguntó uno. 

— i Cómo no ! contestó el muchacho, si Andueza y 
demás borrachines de la Casa Amarilla estaban á nuestra 
disposición y nosotros nos divertíamos haciéndolos saltar 
de paila en paila y tirándolos ulos á otros para apararlos 
en unos teneiKo'es encendidos, y grandes, como esos de 



230 ■ escombros! 

botar basura, , 

Los policías, en tanto, como los pájaros al amanecer,, 
saltaban; cantaban ó chillaban. Así pasan todo el día. 

Parece que se complacen en mortificar con su buen 
humor á los que lo tienen color de hiél - 

En son de juego se amagan con las carabinas, cuyas 
bocas vuelven á menudo hacia los prisioneros, para ame- 
drentarlos, so-pretexto de apuntar á sus compañeros. 

Varias veces vi algunas bocas de fuego vueltas hacia 
mí; pero,' lejos de atemorizarme, anhelé que saliese el 
tiro y me partiese el corazón, que tan molesto me era. 

No tan deseoso estaba de la muerte el muchacho que- 
refirió el último ensueño, quien al ver á un policía apun- 
tándole con su fusil, le gritó indignado : 

— No sea usted bruto! ¿No vé que me puede ma-, 
tar? 

— Cuidado, pues, contestó el policía, si lo hago pan- 
quear de verdad verdad, para que no sea tan chillón. 

Al oir esta amenaza, un a,migo del jovencito, mayor 
que él, terció en la cuestión diciendo al policía: 

— Usted es muy cobarde y sinvergüenza. Se vale 
de la ocasión de ver á uno preso y desarmado para ame- 
nazarlo. Yá veremos si en otro tiempo y en otro sitio es 
tan guapo como aquí. 

— Silencio usted también ! replicó el provocador. 

— ^Vaya usted al infierno! exclamó el defensor del 
muchacho. 

Entonces aquél, seguido de otros compañeros, se aba- 
lanzaron sobre ambos presos, pero otros amigos de ésto& 
se interpusieron, dando voces y alzando los puños. 

Yo también me puse al lado de los débiles, y la actitud 
resuelta de todos contuvo á los acometedores. 

En breves instantes cruzáronse un centenar de ame- 



escombros!,... 231 

nazas é inteijecciones de parte y parte. 

— ¡ Silencio ! ! ¡ Silencio ! ! gritaron muchas veces los 
policías ; pero por toda respuesta recibían de las bocas de 
aquellos jóvenes la brillante saliva de Cambronne. 

Atraído por el alboroto, acudió uno de los jefes del 
cuartel, preguntando : 

— ¿ Qué zaperoco es éste "? 

Unos de los policías contestó. 

— Que estos patiquines se íiguran que están en la im 
pronta y que tienen derecho de gritar aquí. 

— Embustero ! Infame ! — ^interrumpióle uno de los 
jóvenes — Estos animales — continuó dirigiéndose al jefe 
— se la pasan amenazándonos con sus carabinas, y no esta- 
mos dispuestos á soportar amenazas de nadie. 

El indolente jefe encojióse de hombros, se chupó los 
dientes, metióse las manos en los bolsillos del pantalón y 
giró sobre sus talones, diciendo despreciativamente: 

— Una cosa es con guitarra y otra cosa es con ma- 
racas. Estos orejas-blancas están muy acostumbrados á 
manosear el plomo que hace letras y le tienen mucho 
miedo al plomo que hace troneras. 

Esto lo decía por que aquellos jóvenes eran los ca- 
jistas de una de las imprentas violadas y cerradas por el 
autocrático Gobierno de Andueza Palacio. 



■ttfín^ B" - 



232 ESCOMBROS 



XXXI 



RetirároDse los policías y nosotros también. Enton- 
ces entablé^ conversación con uno de aquellos jóvenes, de 
simpática presencia y con no más de veinticinco años. 

— Las últimas palabras de aquel oficial, le dije, me 
hacen creer que ustedes son impresores. ¿ Puedo saber 
por qué están presos ? 

— Usted no se ha engañado. Nosotros somos emplea- 
dos de la imprenta ^^^ y hace cinco días que nos hicieron 
presos en momentos en que trabajábamos muy tranquilos; 
rompieron las cajas, botaron los tipos, lleváronse cuantos 
papeles hallaron y sellaron la imprenta. 

— ¿ Y por que causa í 

— Por la de tirarse en dicha imprenta un periódico 
independiente. 

— Según eso, estos mandatarios han coartado , hasta 
la libertad de industria. ¡ ¡ Y se llaman liberales ! ! 

— Y desean continuar ! . 

— Pero bien : ¿ qué cargo se les hace á ustedes ^ ¿ De 
qué manera disculpan el atentado t 

— Qué cargos nos van á hacer, ni qué disculpa van á 
buscar. ¿ Usted no sabe cómo hacen estos borrachínes 
todas sus cosas ? Ellos no se cuidan de Henar fórmulas, 
ni de nada. Aquí nos tiene usted presos por el sólo deli- 
to de trabajar en nuestro oficio para ganar nuestro pan. 
Allí están nuestras madres y nuestras hermanas inconso- 
lables, expuestas á pasar hambre ó á enfermarse si traba- 



ESCOMBROS ! 233 

jan con exceso, porque á nosotros nos tendrán quien sabe 
cuánto tiempo presos ! y cuando salgamos de aquí tendre- 
mos que ponernos á aprender otro oficio ; pues el de im- 
presor es peligroso bajo el gobierno del aguardiente. 

— j Qué bárbaros ! ¡ Qué vagabundos! 

— Y eso es nada : es que es un delito hasta venderle 
empanadas á los cajistas. Aquel muchacho á quien apun- 
tó el policía con el fusil, estaba en la imprenta vendién- 
donos empanadas j arepitas cuando fueron á buscarnos, y 
lo echaron también por delante, después de comerle todo 
lo que le quedaba, sin pagarle ni un centavo. 

— ¿ Y no se ha quejado á los jefes ? ¿ No ha recla- 
mado nada I 

— Gomo no ! Pero le han contestado que esas son 
tonterías y que ellos 110 se ocupan de eso. El Goberna- 
dor Batalla estuvo aquí y le dijimos que ese muchacho 
no era empleado de la imprenta y contestó: — "Pues para 
que otro día no se meta donde no le conviene." Des- 
pués salió por ahí con su sonrisita de máscara, diciendo: 
— "Nada: vamos á acabar con toda imprenta que no sea 
nuestra. El Gobierno se agarra de las uñas que pueda." 

— ¿ Eso dijo el Gobernador ? 

— Sí, señor, el Gobernador eso dijo. 

— ¡ Qué vandalaje ! 

^Nada: sino que lo que andan buscando es no te- 
ner quien los incomode en sus orgías. Necesitan beber, 
jugar y robar á todas sus anchas, y como los periódicos 
independientes les dicen la verdad, no se conforman con 
encarcelar á sus redactores, porque saben que aparecen 
otros, sino que cargan también con los pobres cajistas y 
cierran y destrozan las imprentas. Y eso que ese barri- 
gón de Andueza dijo que quería prensa libre. 

— Ese siempre dice una cosa y hace otra. Es el 



234 escombros!. 



" tipo del felón cínico." 

— A menos que él entienda por prensa libre una pren- 
sa que no funcione. Se encarcela á los periodistas y á 
los impresores para que las prensas queden libres : es de- 
cir, sin empleo. . . . 

Aquí fué interrumpido mi interlocutor por otro de 
sus colegas, quien dijo: 

—Y aún todo eso fueran flores de cantueso — como 
decía Sancho — si no viniera después el Continuismo. 

— Lo cree usted ? — ^le pregunté con el fin de conocer 
la opinión de aquel joven. 

— Por lo menos lo intentarán, porque de los borra- 
chos todo se puede esperar. 

— Pero ellos saben que el pueblo no los quiere ; que 
una intentona de usurpación costaría mucha sangre y que 
al fin serían vencidos. 

— Ellos no piensan nada de eso, ni saben tal cosa. 
Les cuesta trabajo encontrar las puertas de sus casas, y 
van á estar consultando la opinión del pueblo, ni reparan- 
do en la sangi'e que pudiera derramarse ! Usted verá 
como tiran la parada del Continuismo, por cabezona que 
la vean. Si pegan, bien ; y si nó pegan, se van á vi- 
vir á la Rus La perouse, cuando vean la cosa peliagu- 
da. En este caso se van sin entregar cuenta alguna, que 
es lo que ellos quieren, porque en la Tesorería Nacional 
entraron el diablo y su hermano. Hicieron su cueva y 
ahora quieren imitar al lagartijo, removiendo la entrada 
con la cola, para que no sepan donde viven. 

— ^A pesar de todo, repliqué, ellos retrocederán cuan- 
do se convenzan de su impopularidad. 

— ^Nó, señor mío : no se haga ilusiones : ¿ Usted no 
sabe lo que es un borracho cuando dice : de aquí no paso ; 
aquí me quedo ? Si un borracho se le acuesta en el zaguán 



ESCOMBROS !. 235 

de su casa, usted no lo echa de allí ni que Uame en su 
ayuda á San Cristóbal, á pesar de ser el santo que tien& 
más fuerza. Si usted lo insulta, no le contesta y se que- 
da : si lo empuja, gruñe y se queda : si le dá una patada 
por el lado del hígado, se voltea, le presenta el lado del 
hazo, y se queda. Esa misma función vamos á tener aquí 
con Andueza; usted lo verá y se acordará de mí. 

— ¿ Es esa su convicción ? ¿ No teme usted enga- 
ñarse ? 

— ¡ Qué voy á engañarme ! - — Borracho es borra- 
cho, señor mío, y á los borrachos nunca les faltan xíama- 
radas que los acompañen ciegamente en todo ; y como se 
trata de no abandonar la Casa ' Amarilla, hoy convertida 
en taberna. . . .figúrese usted á lo que estai'án dispuestos 
esos cabezas de péndulo de reloj. 

— Convengo en que ellos se hayan hecho ilusiones, 
porque creen que el Congreso se les venderá ; pero como 
esto no será así, abandonarán sus propósitos cuando vean 
la actitud digna de aquel Alto Cuerpo. 

— Bah ! no faltarán algunos que se vendan y los 
otros, no podrán reunirse, y si se reúnen, los zampan en 
la Rotunda á vista de todo el pueblo, que no podrá de- 
fender á sus representantes por culpa de ellos mismos. 

— ¿ Cómo por culpa de ellos mismos 1 

— Guá ! porque ellos no han permitido al pueblo el 
derecho de tener y llevar armas, mientras que le han da- 
do un ejército al que dirige el pandero, para que haga lo 
que le dé su perra gana, sin que el pueblo pueda ni chis- 
tar, porque, aunque tenga la razón, vá para la cárcel como 
dice el refrán. 

— ^Ya voy viendo más claro lo que harán estos hom- 
bres, dije á mi interlocutor. Tiene usted razón : un bo- 
rracho armado es terco v atrevido cuando se halla entre 



236 escombros! 

gente indefensa. ' ' 

— Y nada fuera si estuviera solamente armado ; es 
que tiene también en sus manos el aceite que afloja todo 
tornillo : el dinero ; y con él le aflojará los tornillos de la 
cabeza á más de cuatro para que le a^^uden eficazmente 
en toda faena ; hasta en la de hacer de Venezuela el más , 
hermoso cementerio " que vieron los tiempos pasados, los 
presentes, ni esperan ver los venideros." De eso también 
son culpables los Legisladores, porque han debido poner 
el Tesoro Nacidnal lo más lejos posible de las garras del 
Presidente, y no permitirle que tenga esa maldita ca;jita 
con que compra los esclavos que necesita. Nosotros no 
estaremos bien gobernados mientras nuestros Presiden- 
tes puedan disponer á su antojo del ejército y del Tesoro. 
¿ Para qué esas fuerzas armadas ? ¿ Somos acaso una na- 
ción beligerante I Que se distribuyan las armas naciona- 
les entre todos los ciudadanos y que se nos reconozca el 
derecho de tenerlas y llevarlas, y tendremos, como conse- 
cuencia lógica, magistraturas ejemplares. El pueblo es 
el soberano, luego el pueblo debe ser el armado. A los 
mandatarios toca obedecer, luego los mandatarios no de • 
ben tener medios para resistir. ¿ Por qué esos pretoria- 
nos á sus órdenes ? ¿ Por qué han esclavizado una parte 
de la ciudadanía, el ejército,, para tenerla levantada, co- 
mo amenazadora espada, sobre la otra parte! ¿Que á to- 
da la ciudadanía armada nadie querría ni podría gober- 
narla ? Eso dirán los que prefieran enervar el corazón del 
pueblo con la opresión, para jugar con él, á ganárselo por 
el amor para guiarlo por la vía del progreso. Que el 
pueblo imponga y que el Gobierno tema ; de esas pre- 
misas se desprende esta anhelada conclusión: El gobierno 
del pueblo i)or el pueblo. Lo contrario solo ha dado por re- 
sultado el despotismo. El que quiera sostenerse, que se ha- 



ESCOMBROS !- . -■- 237 

ga amar, pues el que aspira á ser temido, comienza por ser 
odiado, luego verdugo y concluye por ser víctima. Tanto la 
ambición como el furor, al despertar, deben hallarse frente 
á frente del fantasma del miedo. Si Andueza Palacio no 
pudiera hacer del Tesoro Público lo que le dé la ga- 
na, y si el pueblo estuviera armado, no sobrevendi-ían 
sobre esta tierra todas las calamidades que irremisi- 
blemente lloverán sobre ella. El Congreso debe ocu- 
parse cuanto antes de tan imperiosas reformas, para que 
más tarde no se repita lo que en breve presenciaremos. 

— Para que el Congreso se ocupe de eso, dijo otro 
cajista, es necesario que la atmósfera de las Cámaras sea 
puro corne ciervo. 

— Para qué? le preguntó mi interlocutor. 

— Para que se les espante el sueño á los Padres 
Conscriptos. 

— O que fijen otra liora para las sesiones, que no sea 
la de la siesta, agregó un tercero. 

Deseando continuar hablando con el primero sobre 
aquel tema, le dije, interrumpiendo á los otros: 

— Mucho me agradan sus ideas : ¿ por qué no las 
expone y sustenta por la prensa ? 

— Esas ideas no son mías; usted sabe que en las im- 
prentas se lee y oye muchas cosas buenas, y yo soy fonó- 
grafo de lo bueno que leo y oigo. En cuanto á pisar 
el palenque de la prensa, como dicen ; no lo hacen los que 
tienen una pluma más relumbrosa que la Santa Catalina (^) 
de Pepe Ampáram y lo voy á hacer yó ! . 

Cada cual hace lo que pueda. Todos debemos de- 
nunciar los atentados, quejarnos de las injusticias y recla- 
mar lo que nos pertenece. 



(*) Así llama el General Ampáram su lanza. 



238 ESCOMBROS 



— Pero allí están los literatos con la pluma detrás de 
la oreja, esperando que alguien diga algo por la prensa 
para caerle encima y burlarse de él. 

— Y qué importa? Eso harán los necios, y los necios, 
por literatos que sean, deben ser despreciados. Si usted 
no sabe escribir para el público y lo hace, por lo menos 
dará brío á algunos que sí lo harán brillantemente ; pero 
que por cortedad no se han lanzado á hacerlo. Nuestro. 
Eduardo Blanco vino á saber que tenía talento á la edad 
de treinta años, cuando escribió no sé qué cosa, obligado 
j)or no sé qué circunstancias, y yá vé usted la talla que ha 
alcanzado. Aquí hay muchos que podrían empuñar la 
pluma del periodista; mas no lo hacen, á pesar de que 
necesitamos una robusta falange que defienda nuestros 
fueres. La prensa no es solamente para los clásicos; 
todo patriota puede quejarse por su órgano y apostrofar 
á los tiranos. La idea, la intención, valen más que la for- 
ma y que el estilo. Quien se ponga á anotar las faltas 
gramaticales de un artículo de. periódico, es un necio. 

— Sinembargo, no falta quien de tal cosa se ocupe. 

— Pero esos jamás toman la pluma para decir : " el 
pueblo necesita tal cosa ; tal acto del Grobierno es un 
atentado, " etc, porque no son de los que se exponen á 
sufrir mi carcelazo. Al estilo de unos falta pureza, y al 
corazón de los otros valor cívico. 

A este punto había llegado nuestra conversación, 
cuando un coche se detuvo á la puerta. 

Eran las diez de la mañana. 

— Debe ser un preso de categoría, dijo el cajista, y 
yo pensé que se nos iba á pasar á la cárcel, sin seguír- 
senos el proceso legal, cosa nada extraña en tales tiem- 
pos. Un instante después presentóse Estrada dicién- 
dome : 



escombros! 239 

— Estás en libertad ; vente conmigo. 
Miré al oficial de guardia, quien me autorizó con un 
^-esto para que siguiese á mi amigo. 



XXXII 



Estrada me hizo entrar en el coche detenido á la 
puerta y dio orden al cochero que partiésemos á escape. 

Ni una sola palabra pronunciamos en el trayecto que 
recorrimos. 

Temía interrogar á mi amigo, porque presentía que 
nada satisfactorio podría decirme, y él parecía celebrar 
mi reserva que le ahorraba la mortificación de mentir ó 
la mayor aún de decirme la verdad. 

Tan buen amigo ; tan generoso corazón era solida- 
rio en mi dolor y había comprendido la inmensidad del 
amor que me unía á Pan chita ; por eso quería evitarme la 
tortura de una fatal revelación. 

Sólo habiendo un corazón que no same, como me 
amó Panchita, otro que nos profese verdadera amistad, co- 
mo la queme profesa Estrada, y poseyendo el cariño de 
una mujer tan generosa como miseá Josefa, nos podremos 
abstener, en medio de nuestra desesperación, de impetrar 
del cielo, para el planeta entero, una limosna de fuego co- 
mo la que envió á Sodoma y á Gromorra. 

Son aquellos seres los únicos que, sin obedecer á los 
deberes de la sangre, me -han hecho comprender que la 
humanidad vale algo ; que en su corazón germinan senti- 
mientos generosos ^ que existe el germen de la perfección, 
y que entre las zarzas brotan flores. 

El anhelado bien de la libertad lo debía á Estrada, 



240 ESCOMBROS 



quien, según sus promesas, había hecho soberanos esfuer- 
zos hasta salir victorioso en la empresa con que ha empe- 
ñado mi gratitud para siempre. 

Detúvose el coche ; salté hacia á fuera, sin abrir la 
portezuela, y me dirigí á la habitación de la enferma á to- 
do correr. 

En la puerta me detuvo miseá Josefa. Su rostro era 
el espejo de un colosal dolor ; de sus ojos brotaban abun- 
dantes lágrimas y sus palabras convertíanse en sollozos. 

No pude dar un paso más. 

Panchita ha muerto, pensé, y me apoyé de espaldas 
contra la pared, porque mi cuerpo vacilaba, cual si una 
bala acabara de sepultárseme en medio de la frente. 

— Entra : — me dijo al fin miseá Josefa — te espera. 

— Ah ! vive ! exclamé, y me lancé hacia den- 
tro. 

— Panchita ! . Panchita de mi alma ! . . . . — grité 

colocándola una mano en- la frente. 

La pobre niña mé miró. Aquella mirada no era bri- 
llante, como las que despedían sus hermosos ojos : tierna 
sí ; pero velada por las sombras de la muerte. 

— Gracias á Dios ! me dijo. Moriré viéndote : ese 
era el otro consuelo que esperaba. .- .Repíteme que me 
amas, porque dentro de pocos minutos me habrás perdi- 
do - para siempre !.--.. 

— Sí te adoro, Panchita; jamás te olvidaré. 

— Gracias, amigo mío ; eres muy bueno ; pero . — 

¡ Ah ! - cuando te oigo decir que me amas, si pienso en 

mí, siento una felicidad egoísta que me inunda el pecho ; 
mas si pienso que por amarme vas á ser desgraciado todo 
el resto de tu vida, entonces me creo el más desgraciado 
de los seres. 

— No te expreses así, amada mía : me haces mucho 



ESCOMBROS ! 241 

daño. Soy desgraciado por perderte, no por amarte. 

— l^ero si no me hubieras hallado en tu camino, se- 
rías feliz. Perdóname, amado mío : yo no tengo la culpa. 
¿ No es verdad que me perdonas ? Mira : yo te amo mu- 
cho ; yo quisiera vivir para tí j Dios mío ! ¡ Dios 

de mi alma ! hazle feliz, aunque deje de amarme !. . . 

Estas desesperadas frases de Panchita causáronme 
una impresión profunda é indescriptible. 

En vano intentaba interrumpirla y consolarla. Mis 
labios temblaban nerviosamente; mi lengua estaba muda; 
la lava del dolor obstruía mi garganta, y las protestas del 
corazón que no podían salir por ella, convertidas en lágri- 
mas brotaban por los ojos. 

Penosamente levantó una de sus manos y la pasó por 
mi cabeza : luego, apoyándola en mi frente, me hizo alzar 
el rostro, que tenía inclinado para ocultar á sus ojos el to- 
rrente de mi llanto y mi colosal dolor. 

Nuestras miradas se encontraron, y largo rato sostu- 
viéronse inmóviles. De pronto una violenta convulsión 
sacudió su cuerpo, y sus hermosos ojos, las bendecidas 
estrellas de mi alma, ocultáronse entre sus párpados. 

Creyendo que el dedo de la muerte los había cerrado 
para siempre, grité desesperado: 

— Panchita! Panchita! mírame otra vez. Panchita! 
habíame, vida mía ! . 

Como obedeciendo á un gran esfuerzo, se entreabrie- 
ron sus párpados, y con voz muy apagada me dijo : 

— Acércate más. 

Aproximé mi oído á su boe^a para recojer con avidez 
estas frases : : 

— Junto á la almohada está el costurerito de mi ma- 
dre dáselo á miseá Josefa, que ha hecho sus veces 

y ha sido tan buena como ella. Dentro está el pañue- 

16 



242 ESCOMBROS ! 

lito con que me vendé la herida de la cabeza es para 

tí consérvalo y no olvides á quien tanto ha deseado 

hacerte feliz muero amándote mucho perdona 

á mi padre no me olvides adiós ! 

Quedó muda ; alcé la cabeza ; vi su rostro lívido y 
sus ojos cerrados, y poniéndola ambas manos en las sie- 
nes grité desesperado : 

— ¡ Panchita ! . \ Panchita mía ! . . . 

Apenas se entreabrieron otra vez sus ojos para diri- 
girme una,, mirada que parecía de ultratumba y sus la- 
bios articularon estas palabras, casi un murmullo: 

— Perdona á mi padre y no me olvides 

Su cuerpo estremecióse y lanzó el postrer suspiro, 
que recojí en mis labios, dándola en cambio toda mi alma 
en un beso. 

¡ Ya mi amada no existía !!.-.... 

Como herido por un rayo vacilé ; lancé un rugido de 
dolor; una terrible imprecación espiró en mi garganta; 
me llevé ambas manos á la frente ; aparté la mirada de 
aquellos despojos de la muerte, de aquel amado cuerpo, y 
la pasé extraviada por la estancia 

— ¡¡ Cielos !! exclamé retrocediendo. ¡ Qué mi- 
ro !!. ¡Su verdugo !!. / Monstruoso filicida !! . 

¡¡ Maldito seas !! 

Un hombre que estaba sentado á los pies de la cama, 
con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre 
las manos, dio un salto acompañado de un grito hon-ible 
y salió corriendo. 

Era el padre de Panchita, á quien miseá Josefa lo- 
gró conmover y llevar allí. 



Todos los domingos por la mañana me dirijo al ma- 



ESCOMBROS ! 243 

nicomio de Catia, y por la tarde al Cementerio del Sur. 

Voy á velar por el demente don Cipriano Céspedes, 
y á llorar después sobre la tumba de mi amada Panchita. 

Concluida esta historia, vuelvo la vista por doquiera 
y sólo miro Escombros! 

Los escombros de mi esperanza; los escombros de mi 
castillo de ilusiones ; los escombros de la moral pública, y 
del magnífico edificio de la Rehabilitación Venezolana. . 
¡ irritantes escombros ! 

¿ Qué he de hacer ! 

Ya el deber me ha hablado. 

La reconstrucción del edificio demolido por Andueza 
Palacio ha comenzado *yá. 

Tomaré parte en la gloriosa faena. 

¡ Ojalá mi cadáver sea una de las piedras de la base! 

Caracas : 15 de mayo de 1892. 



ESCOMBROS !. - . . 245 






Tres días después de haber marcado el Congreso 
Nacional la frente del Doctor Raimundo Andueza Pala- 
cio con el indeleble é ignominioso estigma de Traidor 
Á LÁ Patria, diciendo al mismo tiempo á los pueblos: 
Levantaos I no más cadenas ! mi querido amigo Daniel 
fué á visitarme á media noche y me dijo : 

— Acaban de ofrecerme un caballo y se me ha pre- 
sentado una buena ocasión para marcharme ahora mismo 
al campamento de la RevoluciíSu Legalista. Después de 
Estrada, quien me acompañará,- no tengo más amigo que 
tú. A tí, pues, debo confiar esta historia, recientemente 
escrita. Me harás el favor de publicarla si, por fortuna 
para mí, mi muerte aumentase el enorme peso que gra- 
vitará sobre la conciencia de ese usurpador que entrega 
el nombre de sus mayores á la excecración de la presen- 
te y futuras generaciones; que va á formar charcas de 
sangre allí donde la patria luce sus alfombras de verdu- 
ra; que va á ser culpable de la horfandad de muchas 
inocentes criaturas, de la desesperación de muchas viu- 
das y de la muerte de dolor y mengua de un sin número 
de ancianas y desvalidas madres, y que recibirá, no muy 
tarde por cierto, el terrible castigo que de un pueblo dig- 
no y vejado debe recibir el sanguinario déspota que lo 
hiere y esquilma para dar pasto á sus insaciables' vicios. 



246 ESCOMBROS ! 

Dichas estas palabras, el noble Daniel me entregó 
nn cuaderno manuscrito, que es la presente historia; 
abrazóme con efusión y m.archóse agregando : 

— Me volverás á ver entre tus. brazos con los laure- 
les del triunfo, ó en el escenario de la Historia con la 
palma del m^artirio. 

La sangre de Daniel era sangre de héroes y de li- 
bres. Vedla, si noy sobre la frente de Andueza Palacio. 

En una de esas sangrientas batallas con que quiso 
el Usurpador conquistar para su nombre la celebridad 
infernalmente grande de Guzmán Blanco, una bayoneta 
traspasó el valeroso corazón de mi amigo. 

No te lloro, Daniel; nó. 

Mis lágrimas no caerán sobre tu tumba. Todas se 
convertirán en maldiciones, é incorporadas á la deshecha 
tempestad de las iras de un pueblo entero, azotarán jus- 
ticieramente la bamboleante cabeza, con cerdas erizadas 
como las del lomo del jabalí, indigna hasta de servir de 
escoba para barrer el pavimento de la Casa Amarilla, y 
en la cual los vapores del licor hicieron la noche para 
que huyeran las ideas liberales y aparecieran, como si- 
niestros buhos, los sangrientos planes liberticidas. 

Maldición sobre tí, Andueza Palacio, moderno Cen- 
tauro, mitad Baco, mitad tigre. 

Contempla tu obra, y si no te hoiTorizas, si no sien- 
tes una espada de fuego que te traspasa el corazón, si 
no estalla tu cabeza en mil pedazos, forzoso es creer, en 
obsequio del linaje humano, qué tu madre no fué una 
mujer, ni tu padre un hombre. 

Entonces, hasta difícil sería precisar qué fieras te 
engendraron y en qué antro te hallaron los caritativos 
esposos que te llamaron liijo, ¡ ay ! para vergüenza eterna 
de sus nombres. 



escombros! 247 

Responde á las madres que te preguntan por sus 
hijos, muertos en las carnicerías de tu ambición. Mira á 
esos huerfanitos que tiritan desnudos y están hambrientos 
y moribundos, porque tií. necesitaste la sangre de sus pa- 
dres para aplacar la sed de tu alma neroniana. Si aún 
te ama tu esposa, dila que se imagine el inmenso dolor 
de la viudez y que te describa luego el conmovedor esta- 
do de tantas viudas que lloran, gritan, vociferan, te mal- 
dicen mil veCes, rasgan sus vestidos, se arrancan los ca- 
bellos y piden al cielo — por desgracia inúltimente ! — que 
te anonade con sus rayos. 

El salto que diste de la taberna al Capitolio ha cos- 
tado la ruina de la Patria; de esta Patria infeliz, cuyo 
suelo no ha bebido ni siquiera una gota de tu sudor ó 
de tu sangre, porque las filtraciones de tus poros no son 
sino alcohol que se evapora al contacto del aire, y tu 
sangre se ha convertido en hielo en los momentos de 
conflicto. 

Tú has debido tener presente todo esto, antes de so- 
ñar con la sombría celebridad de los usurpadores. 

Tú, incapaz de decir á alguno de tus esclavos que 
te traspasase el pecho con su espada, no has debido imi- 
tar á Nerón, descubriendo las entrañas de la Patria. 

Si no habrías de tener fuerzas para levantar una 
pistola á la altura de tu frente y saltarte la tapa de los 
sesos ; si no debías deleitar al mundo con el magnífico 
espectáculo de otro usurpador suicida; si no ibas á au- 
mentar esas trascendentales lecciones de la Historia que 
tan torpemente despreciaste, ¿para qué, di, seguiste las 
huellas de Balmaceda? 

Para luego huir cobardemente, dejando á la Patria 
desangrándose por todas sus arterias ; á tus insensatos 
cómplices abandonados y expuestos á recibir del indig- 



248 ESCOMBROS 



nado pueblo los golpes que no te alcancen, y ante el 
mundo entero en muy mal predicamento el nombre ve- 
nezolano, que no sabes llevar, porque después de haber 
hecho derramar tanta sangre, no has querido verter una 
sola gota de la tuya, y cuando la embriaguez te permi- 
' tió divisar el peligro, huiste vergonzosamente, llorando al 
par de tu esposa y de tu hija. 

Sí ; lloraste como una mujer ; pero ni aún tus lágri- 
mas reclaman compasión para tí. Te degradan, te envi- 
lecen, si puede degradarse y envilecerse más quien taíito 
lo está. 

Aquellas no fueron lágrimas de arrepentimiento, pues- 
to que no intentaste reparar el mal causado ; sino lágrimas 
de despecho al contemplar el contraste entre la monstruo- 
sidad de tu ambición y la pequenez de tu espíritu. 

¡ Hasta de tus lágrimas nos avergonzamos !! 

La Historia dirá que Venezuela tuvo por Presideute 
una mujer con pretensiones de hombre ; un pobre diablo 
con pretensiones de César ! 

En verdad que no es fácil explicarse cómo puedes 
arrastrar esa vida universalmente maldita é incomparable- 
mente ridicula. 

Ante la sombra de Balraaceda sentimos algo así como 
respeto hacia el hombre que supo con tenacidad, valor y 
dignidad defender una causa y una idea; idea y causa á 
las cuales ofrendó, llegado el caso, hasta su propia san- 
gre, para borrar con ella todas las desfavorables conjeturas 
sobre la sinceridad de sus convicciones. 

Pero ante tu estúpida figura, ¡ oh Andueza Palacio ! 
no podemos estar serios mucho tiempo, á pesar de quedas 
heridas de la patria están manando sangre. Eres la per- 
sonificación del ridículo! Después de hacernos rabiar, 
nos haces reir. 



ESCOMBROS ! 249 

Sobre la tumba de Balmaceda la historia se detendrá 
con la frente plegada, con la mirada torva y severa ; pero 
con cierta gravedad honrosa para el suicida de la Lega- 
ción Argentina. 

Pero al redor de tu tumba ¡ oh arsenal de todos los 
vicios ! la sátira, el ridículo, el epigrama y la ironía baila- 
rán una especie de danza macabra. 

Porque cabalgabas sobre el delirium tremens, que es 
tu caballo de batalla, creíste que, atada á la cola de seme- 
jante corcel, podrías arrastrar á Venezuela, cual otra 
Brunequilda, por entre los lodazales del deshonor y la vi- 
leza. Pero la patria de los héroes de La Mocotí y Bejuma: 
de La Vela y Puerto Cabello : de Ciudad Bolívar y La 
Villa : de San Mateo y Cumaná: de El Amarillo y Boque- 
rón, ha roto las ligaduras que en mala hora la pusiste ; se 
ha restañado la sangre de sus heridas con los laureles que 
ha segado ; ha recojido el cetro de la libertad que para 
ella conquistaron nuestros mayores, y se ha levantado al- 
tiva y con majestad de soberana. 

En tanto tú, '^ figura pavorosa", te fugaste llorando 
cuando te convenciste de que no es tan fácil como creías, 
representar sobre el escenario de la vida real el papel de 
usurpador y temerario. 

^De la Casa Amarilla me sacarán aventado ! ex- 
clamabas en tus cómicos alardes de valor y — . ¡saliste 
llorando, pobre diablo ! 

A fuer de compatriota, debes esperar de mí un 
consejo, y como desgraciado que eres, algunas palabras 
de consuelo. 

Oye, pues, el único consejo que debo darte; las úni- 
cas palabras de consuelo que puedo dirigirte : 

Ordena á tu esposa y á tu hija que vengan á curar las 
heridas de los mnchos desgraciados por tu culpa, y á enjugar las 



250 ESCOMBROS 



lágrimas de tantas desesperadas viudas; de tantos hambrientos 
huérfanos y de tantas desvalidas madres que te preguntan por 
sus esposos, por sus padres y por sus hijos, y, después que esto 
les hayas ordenado suicídate ! 

Antes de entregar al público la presente obra, he 
querido agregarla las anteriores líneas — grito doloroso de 
mi peclio — y las siguientes como protesta contra la injus- 
ticia que ha querido cebarse en los que, como mi amigo 
Daniel, empuñaron las armas de la Libertad y tremola- 
ron la bandera de la Ley. 

Los únicos culpables de la reciente guerra son An- 
dueza Palacio y sus cómplices. Y éstos son los presti- 
digitadores políticos que resucitaron muertos é hicieron 
combinaciones de nombres y apellidos para elaborar Ma- 
nifestaciones, de las cuales formó el Usurpador un cua- 
derno con que quiso luego reemplazar la Constitución; 
los que pusieron á sus órdenes su espadas y sus rebaños 
de hombres, en cambio de un puñado de oro ó de men- 
tidas promesas, y los que, ante su insolente y despótica 
actitud, cruzáronse de brazos por ser amigos incondiciona- 
les de la paz. 

Esa guerra, por desastrosa que fuera, era necesaria 
para castigar á los autómatas confeccionadores de Pronun- 
ciamientos y á los que colocaron sus espadas en uno de 
los platillos de la balanza del mercantilismo político, di- 
ciendo al Usurpador que echase en el otro su equivalen- 
te en oro ; para escarmentar á los que pusieron sus fir- 
mas al pié de estúpidas manifestaciones, guiados tan sólo 
por el pueril deseo de ver sus nombres en letras de molde, 
y á los que siguieron ciegamente á sus vendidos caciques, 
porque no saben vivir sin amos, y para abrir los ojos á los 
amigos incondicionales de la paz, quienes contribuyen en 



escombros! 251 

toda usurpación con su habitual indiferencia. 

Sinembargo, éstos, los amigos incondicionales de la 
paz^ protestan contra la magnífica protesta de los Legalis- 
tas : la apelación á las armas. 

Porque ellos ignoran que lo que tanto predican, la 
amistad incondicional por la paz, no es otra cosa que el ser- 
vilismo. Porque, aunque venezolanos, protestan también 
contra la gloriosa y larga guerra de nuestra Emancipa- 
ción y á pesar de llamarse liberales, reniegan de Buchiva- 
coa, Santa Inés y Curbatí, campos inmortales de donde 
surgió, como virgen magestuosa y protectora, la Carta 
DEL 64. Porque, en fin, para ellos ^'- es preferible sufrir 
veinte años de usurpación á veinte y cuatro horas de guerra. '' 

Esto dijo uno de los que anatematizan á los venga- 
dores de la Constitución, á los soldados del Derecho, olvi- 
dándose de que tiene más de cuatro dedos de frente y que 
en otras ocasiones lia increpado la ambición de Guzmán 
Blanco y se ha avergonzado de ser venezolano, porque du- 
rante diez y ocho años los venezolanos estuvimos ante 
aquel tirano como ahora desearía él que estuviésemos ante 
Andueza Palacio: protestados de rodillas. 

Temiendo que algún inglés escuchara tal frase, de- 
searía que mi voz pudiese ser oida en las riberas del Po- 
marón y allende el Atlántico, para que sepan los buitres 
de nuestra Gruayana que no todos los venezolanos deci- 
mos lo mismo. 

No ! Acompañados por la razón, la mayor parte de 
los libres por la espada de BolíVar aceptamos toda lucha, 
ora sea para segar laureles como los de Carabobo y Santa 
Inés, ó yá para recojer la palma del martirio de Sagunto 
y Zaragoza. 

Cosa incomprensible ! Los amigos incondicionales de la 
paz^ si he de juzgarlos á todos como el que ya he aludido, 



252 ESCOMBROS !, 



reconocían que el derecho asistía al Congreso y que An- 
dueza Palacio pretendía humillarlo y envilecerlo ; sinem- 
bargo, lejos de defenderlo, reprobaron su desesperada y 
dignísima protesta, y dejaron al Usurpador que forjara los 
grillos que quiso ponernos y afilara el puñal con que ha 
picado las arterias de la Patria. 

Ellos decían que " el medio de acabar con la tiranía 
es la paz, que sólo se la debe combatir con la palabra ó 
con la pluma." 

¡ Excelente lucha entre un Gobierno armado de ba 
yonetas y remigntons y un pueblo atenido únicamente á 
sus plumas y á sus palabras ! 

Voy á acudir á Víctor Plugo 'para que tome parte en 
la defensa de los soldados de la Legalidad ; no porque yo 
tenga interés en que sean excesivamente honrados los 
amigos incondicionales de ¡a paz, sino para que en lo porve- 
nir no tenga resonancia su calificativo sonoro, pero ver- 
gonzoso. 

Oigamos lo que dijo Víctor Hugo con su poderosa 
voz, que retumbará en el infinito de los tiempos. Leamos 
lo que escribió con su pluma, inmensa como un cometa y 
deslumbradora como un sol : 

" La revolución es un peage." 

" La guerra no es una vergüenza; la espada no es 
un puñal, sino cuando ella asesina al derecho, al progreso, 
á la razón, á la civilización, á la verdad." 

'' Una insurrección es un entusiasmo. El entusias- 
mo puede encolerizarse ; de aquí el apelar á las armas." 

"Mostrarse siempre pacífico, es una cosa que no 
depende tan sólo de un río ; no elevéis á su paso una ba- 
ndera, no arrojéis una roca : el obstáculo hace espumar el 
agua y pone en esfervescencia á la humanidad. De aquí 
los disturbios que estallan á veces, pero después de estos 



escombros! 253 

disturbios se reconoce que se ha recorrido una buena par- 
te del camino." 

"La Francia se desangra, pero la libertad sonríe, 
y ante la sonrisa de la libertad, Francia olvida sus pro- 
pias heridas." 

Los amigos incondicionales de la paz dicen que no re- 
probarían la guerra (sin duda porque no la creen probable) 
si los ingleses sostuvieran sus pretensiones sobre nuestra 
Gruayana, con la insolencia y obcecación con que Andue- 
za Palacio sostuvo las suyas, respecto al Continuismo, ante 
el Congreso Nacional, "porque esa sería una guen-a in- 
ternacional y no entre hermanos. " Por eso copio estas 
otras frases del mismo ilustre pensador : 

" ¿ Por qué hablar de guerra civil? La guerra civil? 
¿Qué quiere decir ésto? |, Es que existe alguna guerra 
extranjera? jEs que toda guerra entre hombres no es la 
guerra entre hermanos '? La guerra no se califica sino por 
su objeto. No hay guerra extranjera ni guerra civil ; no 
hay más que la guerra justa y la guerra injusta. " 

"Fuera de esta cosa santa, la justicia, ¿ con qué de- 
recho renegaría lá espada de Washington de la pica de- 
Camilo Desmoülins?" 

"Leónidas contra el extranjero, Timoleón contra el 
tirano, ¿cuál es más grande? El uno es el defensor; el 
otro el libertador. " 

"La monarquía es el extranjero. El despotismo vio- 
la la frontera moral, como la invasión viola la frontera 
geográfica. Arrojar al tirano es, en ambos casos, reco- 
brar su propio temtorio. Llega una hora suprema en que 
no basta protestar ; después de la filosofía es menester la 
acción ; la viva fuerza acaba lo que la idea había bos- 
quejado : Prometeo encadenado principia, Aristogitón con- 
cluye. La Enciclopedia ilustra las almaSj el diez de 



254 ESCOMBROS 



agosto las electriza. Después de Esquilo, Trasíbulo; des- 
pués de Diderot, Dantón. " 

Ya que son tan idólatras de la paz, cosa nada repro- 
bable si no fuera por el incondicionalismo, y ya que creen, 
con razón, que á la prosperidad se marcha por en medio 
de la paz, que oigan del mismo Víctor Hugo cómo se cons- 
truye la paz : 

"Una multitud se trasforma fácilmente en obedien- 
cia. Es preciso remover, incitar y aún hostigar á los 
hombres por el beneficio mismo de su propia liberación ; 
herirles la vista con los rayos luminosos de la verdad ; 
arrojarles la luz á puñados terribles. Es preciso aterrar- 
los'un poco con el violento espectáculo de su propia sal- 
vación ; este deslumbramiento los despierta de su habi- 
tual letargo. De aquí la necesidad de los toques á rebato 
y de las guerras. Tales guerras construyen la paz. " 

Después de ia reciente guerra, no serán, por cierto, 
los cómplices de Andueza Palacio los que desmientan á 
Víctor Hugo en estos últimos puntos, firmando en lo su- 
cesivo insensatas manifestaciones , cuyo padrón salga de la 
Casa Amarilla, ó vendiendo tan baratas sus espadas. 

Quedan, pues, brillantemente rebatidos por el ilustre 
pensador francés los injustos cargos de los amigos incondi- 
cionales de la paz, contra los esforzados Paladines de la Ley 
que derramaron su sangre y expusieron sus vidas, para 
reconquistar nuestros derechos, conculcados por el más 
vil de los usurpadores viles. 

Esos beneméritos, por quienes la patria se enorgu- 
llece, no creyeron, como sus detractores, preferible el sue- 
ño de la servidumbre á la grandiosa tempestad que con 
sus rayos de fuego y sus centellas de plomo ha purificado 
la atmósfera infestada por el aliento pestilencial de nues- 
tros tiranos. 



escombros! 255 

Ellos prefirieron ver por doquiera charcas de sangre 
y montones de cadáveres, antes que soportar que el mil 
veces maldito Usurpador marcase nuestras espaldas con el 
hierro candente que figura una copa y un látigo entrela- 
zados. 

Releed los pensamientos que he copiado, amigos in- 
condicionales de la paz, y decidme luego si podéis desmen- 
tir al Grenio del Siglo XIX ; si aún os quedan sombras en 
el cerebro para arrojarlas sobre la benemérita conducta 
de los restauradores del Derecho, y si os encontráis con 
fuerzas suficientes para combatir y derribar un despotismo 
sin más balas que vuestras palabras y sin más aceros que 
el de vuestras plumas. 

Inmortalizaos realizando lo que consideró una utopía 
el sublime pensador francés, ó dad gracias conmigo, y 
rendid el justo homenaje de admiración á los que en los 
campos de batalla reconquistaron nuestros fueros y salva- 
ron la dignidad de la Chile del norte, venciendo heroica- 
mente á la ridicula parodia de Balmaceda. 

Bendición á los que, como mi inolvidable amigo Da- 
niel, cayeron en la tumba de los héroes, envueltos en la 
bandera de los libres, y gloria eterna para los que logra- 
ron poner el pié sobre la frente de Andueza Palacio, el 
Balmaceda llorón. 

Caracas : octubre de 1892. 



iF'iiÑr 



Microfilmed 

SOLINET/ASERL PROJECT 

1990-92